domingo, 30 de noviembre de 2008

Libros de bolsillo

Salgo a la calle con sabor de domingo extasiado en los labios. Echo de menos compañía para ir a comer a Antón Martín, pero creo que en realidad lo que me falta es un libro que me enzarce y me acostumbre a llevarme fuera de casa.

He descubierto un café de estilo neoyorkino que es nuevo. Sé que no puedo tomar café porque tanto el café como la leche me sientan fatal, pero quiero ir allí para encontrarme rodeada de libros y masticar ese olor de papel tostado por los años, resentido por la humedad e hinchado en su centro por los calores de muchos veranos.

Tut-tut!!

Atención: Poquitos ha recibido un tren por su segundo cumpleaños. Es un tren de colores, muy Playschool, y se ha pasado un día entero volviendo loca a mi hermana jugando con él. Tenía una ilusión loca, y cuando me ha visto en la webcam me llamaba constantemente para enseñármelo. Casi le hacía yo tanta ilusión como el tut-tut :-)

Yo quiero un tren de colores para pasarme días enteros jugando con mis emociones, aireándolas, coloreándolas, revisando sus suturas y dinamizando su marcha. Tut-tut!!

Por la mañana

Hoy me siento mejor, creo que me ha venido bien tener unos días de perspectiva. La creatividad visual vuelve a entrar en mi campo de mira, y como siempre me hace volver a mí misma. Me encanta escribir y leer (aunque ahora tengo una crisis de lectura - George Steiner me centrifugó la cabeza, prefiero leerle a cachitos -vuelvo a Otto Rank y luego a Amazon para pillar algo de Anäis Nin).

Voy a coger el móvil y filmar un vídeo sobre Vincent para ver si le consigo un poco de dinero de mis amig@s con pasta, ya que el tema del permiso de trabajo no va a prosperar.

He escrito una contestación en Público a un artículo sobre la identidad masculina. ¡Qué malo es el periodismo en España! Seguro que hay contadas excepciones, pero, por favor, que me guíen. El periodismo en línea no me convence. No me entero de lo que pasa en el mundo, es tedioso, tendencioso y aburrido. Prefiero la blogosfera mil veces :-)

Voy a tener que ducharme y salir a ver a Vincent, porque estoy de lo más remolona. Pero me ha gustado despertarme con más ilusión y creo que el haber cocinado, lavado y fregado ayer me ha venido bien. Mi intuición al no cuidarme lo suficiente suelta la alerta roja y mi cuerpo y mente se van directamente al infierno si no me doy la seguridad a mí misma de que todo va bien. ¿Qué va primero, la gallina o el huevo?

Hoy he dormido regular, pero posiblemente estoy más descansada. Sé que estoy más animada cuando pienso en proyectos nuevos, me levanto con ganas de salir de casa un ratito y de planear volver para hacer cosas. Tengo varias Babelias atrasadas y voy a echarles el diente. También tengo una cita con mi madre para comprar una nueva lavadora. Nos vamos a echar unas risas como no quepa en el espacio debajo del pollete (palabra castellana que tenemos que recuperar: véase aquí (en mi casa la hemos usado continuamente). Tengo como máximo 80cm de alto de espacio y me voy a arriesgar a pillar la altura estándar que es de 85cm. Bueno, es el Corte Inglés, o sea que siempre se puede devolver. Y seguro que anda loco por vender lavadoras, vender, vender, vender.

En Opencor tienen una oferta de que te gastas €10 euros y te dan otros €10. Creo que voy a picar ... y así comprar pan y queso mientras me espabilo y hago el pedido en Ecología Certificada, que creo que va a ser mi desayuno en invierno, porque no me apetece el muesli demasiado. Es oficial: necesito proteínas para desayunar. A lo mejor estoy dejando de ser pajarita.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Perspectiva III

Hoy, sábado. ¿Qué me lleva pasando toda la semana?

Yo no sé muy bien lo que es tener resaca, pero estas Heineken y su simbología me han dejado el cuerpo hecho unos astrojos. Llevo todos los días de esta semana con dolores musculares tremendos, el estómago hecho unos zorros, teniendo pesadillas todas las noches. Me he levantado estos días como si hubiera sobrevivido mi asesinato y sin haber descansado. Se me ha metido el miedo en el cuerpo con tanta pesadilla y no creo haber pasado de la fase REM del sueño, así que no he tenido un sueño realmente reparador.

Conclusión: me he pasado toda la semana desde el miércoles más o menos hibernando. Bueno, quitemos el menos.

El frío ha llegado a Madrid como si nos hubieran cambiado la espina dorsal por una estalactita, y la gente se ha refugiado en sus casas. Al llegar yo a la mía he ido directamente al sofá y me he puesto a ver películas con una profusidad aberrante. Me he dedicado toda la semana a comer pan con queso y aceite, mi comfort food, de la que viví casi exclusivamente en Londres cuando necesitaba sentirme yo, depurarme, simplificarme, convertirme en la síntesis de mí misma. ¿Necesitaría las grasas después de tanta Heineken este finde?. Mi médico de cabecera me dijo que mis resultados hepáticos no eran normales porque se notaba que no probaba una gota de alcohol, y mi hígado no está acostumbrado a filtrar el agua del caldo de la cebada.

He sentido reumatismo en mis articulaciones y la muy concreta y precisa actitud de no querer hacer absolutamente nada. He confrontado estos días con gran estupor vital y creo que la cosa se consolidó el miércoles después de ver a Bizcochito. Me pasé por el herbolario después de pensármelo mucho porque no había recibido ningún mensaje de texto o esta boca es mía por su parte esta semana. No quería desaparecer del todo pero también me sentía mal por ser yo la que se tuviera que estrellar con las calabazas de frente. Cuando entré no supe qué pensar sobre su actitud. La vi muy nerviosa e intenté disimular. No logramos hablar mucho porque sentí que no iba a abrirse y contarme realmente lo que tenía en mente. La vi muy cabizbaja, frágil, y al final salí apresuradamente de allí, aunque la dejé con una sonrisa que decía algo así como: "Somos amigas, quiero que lo sepas por encima de todo ..." No me extraña que no quiera entablar contacto conmigo. El fin de semana pasado se acercó demasiado al fuego y creo que eso le ha hecho reflexionar. Mi avalancha de mensajes poéticos le habrán puesto sobre aviso. Creo que tiene el derecho de tener una relación con su novio sin que nadie se entrometa. Y también creo que mis sospechas desde que la conocí fueron, aunque intuitivas, fundadas: Bizcochito tiene mucho, mucho peligro.

Así que esta semana mi propio cuerpo me ha servido de centinela y me ha avisado de que debo cuidarme, porque mis escapadas al territorio complejo y desconcertante de las relaciones fluidas no sólo no dan fruto sino que me dejan baldada física y emocionalmente. Las horas transcurridas con estupor viendo cómo mi ropa sucia se acumulaba, los platos quedaban de nuevo sin lavar, la comida sin cocinarse y ni rastro de la peli me hicieron ver al final de estos cuatro días que esto debe acabarse. Es la segunda vez en un mes y pico que caigo sin red y esto no puede convertirse en una costumbre, no gano para sustos y tampoco racionalizo lo suficiente.

He estado observándome y todas estas noches galopantes, retorciéndome por el dolor muscular y de estómago que me ha promovido pesadillas me han hecho procesar mis emociones a un nivel interno muy profundo. He visto como los conatos de una posible depresión eran sofocados por mi matutino Lamictal, y cómo los petardos sin estallar de los pensamientos viles, decrépitos y desahuciantes de la ansiedad se han tenido que volver, ofuscados, por donde habían venido.

Sabes cuándo estás deprimida porque de repente te obsesionas con pensamientos macabros, y debe ser que esta situación con Bizcochito ha hecho que en mi mente vagara la dama desértica, pero gracias a Dios ahora tengo ángeles de la guarda que me protegen. No se ha llegado a materializar ninguna emoción negativa; he comprendido lo de Bizcochito incluso cuando estaba gestándose, y no he llorado casi. Desde el principio de esta crisis me he repetido aquéllo que realmente debería hacer: recomponerme, cuidar de que mis rutinas continúen, no dar tregua a los desengaños y no confiar en la magia exterior hasta que haya dado muestras de ser real.

Ayer terminé el trabajo a las cuatro y media, y desde las cinco y cuarto he estado tumbada en el sofá viendo películas y dormitando, así hasta hoy. No sin haberme ventilado cuatro madalenas y una bolsa de nachos (muy orgánicos pero con sabor a chile, y todavía me arde el estómago, maldito chile en polvo). Esas horas he tenido sueños alimenticios que me han resarcido algo de las pesadillas de la semana. Al final me he levantado como una Lázara y he visto con claridad que tenía que arreglar la casa, escribir, cocinar y volver a la única rutina que me hace sentirme bien, y que es la creativa. Después de eso todo viene rodado.

He tenido una buena, excelente noticia esta semana, y es que he negociado mi contrato en el trabajo y voy a trabajar de autónoma para mi cliente favorito. Esto va a ser un paso hacia adelante importantísimo, porque voy a intentar trabajar una media de cuatro horas diarias y ocupar el resto del tiempo en mis asuntos. No voy a tener que ir a oficinas deprimentes ni aguantar a clientes que te tratan como si fueras infecciosa por ser de la ETT... perdón, la empresa de servicios informáticos. Puedo dejar mi muesli y mi leche de avena en la nevera para desayunar cuando estoy ahí, y tengo mi chiringuito donde trabajo con vistas de décimo piso a Madrid. Además los días son variados y hago muchas cositas; estoy a mis anchas, me divierto y me río un montón con Marcos, me organizo el tiempo como quiero y la gente me respeta. Este año que viene voy a hacer lo que me dé la gana. Impresionante ¿verdad? Sin embargo no he podido procesar demasiado la buena noticia porque tenía el cuerpo asediado y la mente atenazada por la ansiedad que me ha generado la situación con Bizcochito. Supongo que los bipolares somos así.

La verdad es que a pesar de todo he sentido un trasfondo de optimismo y seguridad, aunque sabía que tenían que pasar unos días para poder volver a ser yo misma. Dentro de un ratito voy a meterme de cabeza de nuevo en la peli. Quiero subir los capítulos y dejarme de tonterías. Como siempre, hoy empieza todo.

Perspectiva II

Sigo actualizando lo que no pude pasar esta semana ...

Miércoles

Hoy es la quinta o sexta vez que me levanto con dolor de estómago. Creo que el motivo es que mi cuerpo está hecho polvo de luchar con este súper resfriado y también, el saber que hoy tengo que negociar mi contrato. Llevo varios días leyendo cómo Kakfa desdeñaba los estamentos opresivos de la sociedad y la burocracia feudal, y hoy me quiere ver el jefe de proyecto que ha venido de Barcelona.

En esta empresa están echando a la gente que lleva mucho tiempo y quieren ofrecerles "el paro" sin indemnización . Han echado a personas mayores que llevan más de diez años aquí de la noche a la mañana: coge tus cosas y te vas en una hora. Yo que destesto esta actitud y se me nota en la cara voy a encontrarme con uno de los responsables máximos de esta deshumanización global.

Bueno ell@s echan a gente y yo me quiero ir. Supongo que tenemos algo en común. Ya veremos cómo va.

Hoy me duele la cabeza, el estómago y los músculos. Mi carga de serotonina es pequeña, está a medio gas, pero bueno es pronto todavía. Estoy ilusionada con otro trabajo que me están ofreciendo aunque tal vez sea agobiante, pero podría trabajar de 4 a 10 y tener el resto del día para mí. No quiero ni puedo compatibilizar la formación del nuevo trabajo con éste y aunque tal vez sea humanamente posible hacerlo no puedo soportar trabajar el doble y no tener tiempo para respirar. Sería difícil y me deprimiría.

Ya he cumplido en mi vida suficientes décadas de cross y la verdad es que en estos momentos no creo que deba sacrificarme por nada que no sea mi familia o mi trabajo artístico y avance personal. Soy una floja y lo sé.

Alguna gente encontraría en un trabajo absorbente la terapia precisa para esconderse de una relación marchita, un@ jefe tocapelotas, una familia agobiante ... Yo, sin embargo, siento que este invierno Madrid parece querer hibernar yo estoy en plena forma para crear y lo último que quiero son dos semanas miserables trabajando de 9 de la mañana a 10 de la noche haciendo el mono mileurista sin Kafka, Anäis Nin o George Steiner. Sorry, world! que paren el mundo que me bajo.

Supongo que la gente normal se curaría un dolor de estómago con un tratamiento de choque -véase un café de máquina bien cargado. Si creamos un agujero ardiente en él, el dolor por lo menos será inducido. Yo, sin embargo, lo que quiero es relajarme, seguir en la hinopia, ayudar a mi madre con optimismo. Hoy me ha llamado, la pobre, a primera hora de la mañana hecha polvo porque mi hermano ha tenido fiebre toda la noche y pudiera tener neumonía de nuevo. Mi madre se ha pasado toda la noche en vela mientras mi padre andaba como alucinado, inmerso en una extraña pesadilla babeliana, hablando en varios idiomas, delirando. Poquitos se ha quemado los deditos con un foco en una tienda y yo quiero estar como una rosa para llevarles lo que sé que necesitan en su corazón, sin tener que esconder un olor a fracaso o comportarme como si viviera de incógnito.

Perspectiva

Bueno, sí que he estado escribiendo, pero me sentía bastante pusilánime y no he pasado el material de mi Moleskine a Un día en Madrid. El final de la semana me he estresado y se me han apelmazado los músculos como pelotas de tenis y sólo he podido hacer lo que bien sé cuando tengo que lamerme las heridas: ver doscientos dvds de películas hasta que las historias de otr@s me inspiren y me hagan olvidar las mías.

Voy a trascribir parte de lo que he escrito y tal vez lo que he estado elaborando en mi mente cada día pero que no es traspasado siguiera a la Moleskine:

Lunes o Martes??? Ahhhh, no, fue el domingo, sí.

Recorro Babelia y sus clementinas páginas repletas de intelectuales judíos franceses repicando en portátiles Macintosh letras de crónicas y mitomanías, encerrados en sus lofts urbanos o en la campiña europea. Leo:

Antony Beevor, fotografiado a primeros de este mes en su estudio.

A ver, ¿qué tendría que hacer yo para ser Antony Beevor algún día? A pesar de ser 41 o de tener 41 años, sorry, y de ser ya mayor, a lo mejor todavía puedo hacerme adulta de verdad y salir en una foto en un suplemente literario.

Sigo leyendo a pesar de estar en el metro Urgel a seis minutos ... a dos minutos ahora de coger la línea 5, la verde, y dejar territorio comanche para llegar a mi barrio, Alonso Martínez, lleno de perros de vieja y de burguesías encebolladas y progresistas de medio pelo que jamás, jamás han pasado hambre; pero ante todo a mi portátil, mi sofá, mi pan con aceite y mi mundo.

Y siento mucho estar tan tarada con mi mundo, mi barrio, pero no lo he destetado todavía. Ostento muchas imperfecciones.

Estoy muy contenta de no pasar frío en este vagón porque L. y yo nos hemos pasado varias horas divagando sobre lo divino y lo humano en la calle. Yo estaba persiguiendo cielos estrellados, pero no he encontrado todavía ninguno en Madrid desde que volví hace casi cuatro años ya.

Tal vez el cielo de mi litera me entregará los sueños en bandeja de plata esta noche.

Anthony Beevor, entre cajas y cajas de vino francés. Claro, vino francés, tiene que ser vino francés, si no es francés ¿cómo podía beberlo Antony (sin hache) Beevor, por favor?

Ah, acabo de enterarme de que Antony Beevor es inglés. Sigo leyendo sobre su libro y la batalla de Normandía donde él lleva décadas estudiando la evolución de la relación franco-norteamericana desde entonces. Y el tren ha llegado ya a a La Latina y se llena de lo que L. llama gente normal. Yo me alegro de acercarme al centro porque así llego a casa pero siento náuseas porque a pesar de mi plumas he pasado frío y quiero llegar ya, a mi sofá y hacer pis, entronizarme de nuevo en mi mundo y estar tranquila. Es más, no voy a salir en Alonso Martínez, voy a hacer trasbordo e irme directamente a Bilbao para llegar lo antes posible a mi casa.

Me he bebido dos Heineken más y ya se ha estropeado la magia. La segunda la he puesto en una botella de agua para salir del bar y abandonar los homófobos de al lado que hablaban por encima del nivel del fútbol, y ya no me ha sabido a Bizcochito, sino al fracaso de no haber recibido suficientes mensajes respondiendo a los míos. Presiento y sé que ya se está alejando de mí para no volver. Como siempre estropeo las cosas haciendo todo lo que está en mi mano para probar hasta qué punto puedo llegar y para que se estropeen las cosas lo antes posible si tienen que estropearse y no pasarme más tiempo cándida e ingenuamente esperando que prosperen y fructifiquen.

Próxima estación, Chueca, donde la plaza está vacía; yo sé cómo está Chueca un domingo por la noche: desierta, desolada, sucia, porque ahí estuve el fin de semana pasado y terminé vagando por Malasaña para volver corriendo de vuelta a Chamberí.

No espero saber nada de Bizcochito esta noche aunque me debe por lo menos dos mensajes. Borro su número del móvil para no agobiarla más.

martes, 25 de noviembre de 2008

Tuesday

Hoy ha sido un día muy interesante repleto de novedades. En primer lugar, me han llamado para un trabajo de tarde, de cuatro a diez bastante cerca de mi casa. Si me seleccionan será adiós a éste último que ha tenido bastantes altibajos y a cierta libertad que me ha permitido desenvolverme y sentir que podía llevar a cabo mis planes. Ahora vendría la segunda parte.

Bizcochito no me ha llamado ni me ha enviado ningún mensaje en estos dos días. Yo ayer pasé fugazmente a verla para no molestarla demasiado porque sabía, intuía que no le iba a gustar que yo estuviera detrás suya. Tenía la sonrisa un poco congelada; estaba ocupada, pero aunque el herbolario esté justo al lado de mi casa no voy a pasar esta semana hasta que me llame ella. Es bueno que le dé tiempo para aclararse la cabeza, o simplemente para procesar nuestro encuentro. David piensa que no tengo que jugar al escondito; pero no es un juego, es natural que quiera refugiarme un poco. No he sabido nada de ella en varios días tras la noche tan intensa del sábado, así que no tengo más remedio que protegerme un poco (y protegerla a ella también).

Estoy buscando una bola de cristal con nieve dentro. Me la están pidiendo en la tienda de todo a 100 de al lado de casa. Quiero leer más y refugiarme en mi interior, hibernar un poquito, esconderme en la bola. Tengo muy buena energía durante la mañana y luego me empiezo a cansar y al final sólo quiero estar tumbada con las piernas en alto viendo una peli o algo así. No puedo mantener el interés. Esto está pasando únicamente en estos últimos días, debe ser la tónica de la semana.

lunes, 24 de noviembre de 2008

La madre

Mi madre me comanda: "Entra y saluda a tu padre". Y yo pienso, si pudiera decirle: "Tú eres mi padre".

Mi almohada

Ayer me fui a dormir con cierta aprensión, como me sucede muy a menudo. Tenía el cuerpo revuelto y la mente repleta de caracolas. Saqué la madre que hay en mí y me llevé a la cama, pero antes intenté encontrar puntos de inflexión, pliegues de domingo y en general cualquier cosa que pudiera hacerme fluido el paso al manto de emociones, el vértigo a dejar de tambalearme en el domingo y caer en el vertiginoso espacio estrellado donde se arremolinan mis párpados contra las sábanas, más tolerable ese salto al vacío sin que aparezcan fuegos artificiales y sonidos vacuos en la oscuridad de la noche. Debería tener el truco de nuestro bebé a quien le fascina la linterna mágica de las hadas saltarinas, las morsas peludas con colmillo y las estrellas bailarinas.

Mi almohada absorbe mis renuncias, pliega la dermis de la cara, atrapa las esencias de caoba de mi pelo rizado y emarañado para que los bucles sueñen. Hace los honores a los orígenes de su nombre retorciéndose en símbolos y formas arabescas que me hechizan y me permiten dejar el momento actual y replegarme a la frescura de mi subconsciente donde de nuevo me enfrento con la realidad aunque la vislumbro en sus puntos ciegos, sus misivas; la velocidad se vuelve aire en movimiento y ráfagas de entendimiento y las sombras son seres que me cogen la mano y me guían y en las nubes de su risa repiten mi nombre y prometen acompañarme toda la noche que en realidad es un día velado y suavizado.

Mi almohada recoge los sueños y no los revela la noche siguiente, amolda su forma al recogimiento de mi cuerpo que asciende desde mis pies bendecidos en agua de concha y revuelve mis brazos, mis piernas, mi espalda en formas alargadas, elegantes, con pulsaciones musculares relajantes que me ayudan a concentrarme. El sudor que transpiro hacen mi almohada más blanca, más límpida, más hogar, más personal, y al moverme y recibir el fresco de su reverso, de su larga horizontalidad, inspira y destila esencias de palosanto, formas de loto y semillas de rododendro. Éstas me inoculan ácidas toxinas que me obligan a rememorar, recordar y olvidar los matices de mi aventura y mis luchas medievas contra mi lado oscuro, la persona que me ronda con su espada larga y ancha.

Por eso leí un poco, aunque era tarde, y me congratulé de poder irme a la cama con suficiente tiempo para frenar el ritmo impenitente de este fin de semana, de esta semana llena de encuentros, personas iluminando mis tardes, gente que venía a mí y que brillaba con los conceptos en los que nos enzarzábamos. Mientras tanto mi cuerpo ha ido por libre expulsando y produciendo fluidos y tengo que hacer algo al respecto pero no sé muy bien qué. Llevo toda la semana viciada comiendo hidratos de carbono; me han apetecido patatas guarretonas de MacDonalds, pan de leña con queso y aceite y en general todo lo que tiene algo de hueco por dentro pero por fuera es una mezcla de crujiente, salado y entre medias bullente y gomoso.

No sé si ni cómo se me va a quitar este resfriado, virus o lo que sea. No me da miedo el frío que se avecina, porque como llega tarde ya no me va a fastidiar la fiesta. Además, lo he estado esperando como un comensal tardío a la mesa y mientras tanto me he zampado sus entremeses, y hay muchas personas que me han dado ternura y me prometen estar conmigo mientras el hielo escarcha el aire, para darme calor con sus voces y sus abrazos, así que no me preocupa el frío en absoluto. Además este invierno va a ser, por la cuenta que le trae, un simple otoño endurecido y romántico.

Me duele mucho por las comunidades crecientes de gentes sin techo y los pocos lugares en Madrid donde se concentra el aire caliente, los tubulares humos filtrados por nuestra respiración que los hace semi potables, los calores del metro reverdecidos hacia la tierra, los bofetones de mentol de tantos excesos de calentamientos globales en edificios inteligentes y hábilmente codiciosos que no sueltan sus miguillas para que otros seres humanos puedan sobrevivir. La dinámica que les calienta es el egoísmo acérrimo y la brutal ansia por cerrar el día a las siete con objetivos redondos como el signo del dólar. ¿Exagerada? ¿Y por qué salimos de ellos todos los días sin ver, sin ni siquiera vislumbrar, especialmente en el centro, todas esas personas que se esconden en las sombras, preparadas para una noche desgarradora que les araña la salud y les congela los sueños?

Yo también intento meterme en mi burbuja y planear formas y maneras para sobrevivir. Sé que necesito estar en paz conmigo misma. Tengo que manipular emocionalmente a la empresa con la que trabajo para poder ayudar a Vincent. Creo que lo del contrato de trabajo no va a funcionar muy bien porque no he ganado lo suficiente el año pasado ni he querido mirar a ese borrador de hacienda que me reclama casi ochocientos euros a pesar de haber estado en paro diez meses en ese año. La cosa está algo difícil, pero seguro que se puede hacer algo. Es justo y necesario como un doblez de la espada de San Jorge.

He empezado este post pensando en mi sueño recién despertado y en cómo voy a proceder durante esta semana que se yergue sobre mí con un montón de pruebas a superar. Necesito un poco de coherencia porque muchas cosas se están desarrollando y la vida, mi vida y yo estamos proponiéndome una mano de posibilidades, oportunidades, actos de fe, barruntamientos varios, amores cándidos y siderales y enlaces profundos con otras personas que me están buscando y esperando en este momento. Y no voy a tener que pensármelo mucho. Pero una de las cosas que tengo que hacer es recomponerme un poco con la inspiración de la semana pasada y este finde tan movidito.

Me he dado cuenta de que he pasado tiempos varios, momentos aislados y recogidos, trazas y retales de tiempo con personas que están en conflicto consigo mismas, que experimentan ira, terror o pequeños pánicos hacia el futuro y se rebelan o luchan a brazo partido con su pasado que o bien añoran y respetan o quieren desterrar y abandonar como un cachorrito amoroso que ya no les entretiene, que les recuerda su fragilidad de años atrás. Quieren endurecerse, echarle de su lado, ahuyentarle y humillarle para poder resurgir adelante.

Estas personas llevan en alto el paraguas de la negatividad y están bastante enfadadas así que no quiero removerles la conciencia demasiado con mi humilde pero saltarina felicidad y confianza en mi futuro. Como le dije a David a nuestra edad el futuro es lo que está pasando ahora y durante las próximas veinticuatro horas, pero alguna gente o no cree en el futuro y lo teme o ha perdido la fe en el pasado, y en mi caso no es ninguna de las dos cosas, porque mi vida es cada vez más como una frutería a la que no le falta ni la variedad ni la entrega de nuevo género durante la extasiada madrugada. Sé que se avecinan también grandes dolores, el corazón partido, el ánimo acuchillado por la tragedia, pero eso ha estado pasando siempre y ya lo he aceptado y hay que salir adelante; caminas o revientas.

Así que debo resguardarme un poco de estas amistades, sus miradas, sus almas en pena porque mi lugar ahora no es el purgatorio. He pasado muchas horas la semana pasada acompañando, jugando, riéndome e intentando compartir e inspirarles, pero a veces es como echar polvo de plata a remolinos de negrura que terminan en una acequia ponzoñosa y mezquina, que ansía destruirte a ti también. Yo sé muy bien que estas aguas residuales al final llegan a la naturaleza como las atormentadas semillas de la gente de bien, y la tierra las sana, las absorbe y neutraliza y pasan a formar parte del abono necesario para que reverdezcan las plantas en erupcionen en flor y la belleza acuda a nuestros nuevos instantes de necesidad.

Pero eso lo tiene que hacer cada persona, y yo creo que todos y todas tenemos un destino que debemos cumplir y nadie puede hacer nada para evitarlo. Yo intento acompañar, estirar los momentos buenos lo más posible, condimentar la melancolía para que se vuelva bella y Dickensiana, distraer y hacer que la gente piense en aquellas personas más desdichadas que ellas, porque esa es la forma de entrar en contacto con tu propia humanidad. Pero las travesías por el desierto son solitarias y la ira hay que descargarla en tu propia road movie. Yo he llegado a mi destino después de miles de kilómetros frecuentando náuseas al ver cómo las líneas discontinuas de la carretera hacia ninguna parte me causaban fraguas de dolor y me destrozaban la conciencia. Pero yo no soy una iluminada, tan sólo una personita que es parte de una familia a la que tengo que cuidar; tengo un manojo fértil y bello de amistades a las que tengo que amar sin reservas ni treguas y con racimos de vida y cascabeles de ánimo y risas; tenemos a nuestro bebé con el que quiero descubrir de nuevo mi infancia, y conservo la responsabilidad de extender el febril efecto mariposa más allá cada día.

También he vagado tardes enteras con otras amistades e incipientes encuentros con gente que me ha buscado, a quienes he buscado, personas maravillosas llenas de luz aunque no se dan cuenta. Personas que han tocado las alas angelicales del autoconocimiento y su verdadera esencia progresista, hacia adelante, cuestiónatelo todo; ya sabes: camina o revienta. Y me he sentido inspirada por ellas y nuestra inspiración y espiración mutua nos está llevando por caminos donde se avistan vergeles, nos descalzamos y caminamos por mullidos campos de flores, las nubes se levantan y los pajaritos cantan y podemos atrapar esporas juntas y soplarlas al viento de nuevo porque nadie quiere atrapar para destruir, ni sentimos la angustia de la separación de lo bello. Lo enviamos lejos para que retorne a la naturaleza y algún día se vuelva y nos alcance la cabeza por detrás con su efecto boomerang para emborracharnos del dolor fértil que nos permita abrir los ojos por encima de los párpados y que alargue nuestra mirada de forma trasversal como los sabios africanos esculpidos en madera, que meditan con los ojos entornados, alargados como judías largas y ondulantes.

No sé lo que me deparará esta semana impregnada por la Navidad incipiente. Tal vez despierte o sueñe con la persona amada. Tal vez mis sueños me lleven lejos y se precipiten en lluvias corpóreas de las que se revuelven y forman remolinos centelleantes y extravíen el dolor de las personas que me quieren. Pero no quiero besos robados ni impaciencias ni tiempo extraviado en movimientos concéntricos sobre un eje roto.

Esta semana, como siempre, empieza todo.

domingo, 23 de noviembre de 2008

The morning after

Fuego. Si se deja arder un fuego indemostrable durante mucho tiempo lo devora todo, por tanto el fuego hay que extinguirlo, hay que abortarlo. Yo no sé si podré soportar la intensidad del fuego de Bizcochito.

Tengo que tenerlo en cuenta. Tal vez no podamos soportar tanto fragor Vulcánico, o se acabe el efecto placebo, o ella se dé cuenta de que es peligroso que yo me enamore o vea con claridad que el amor no tiene la ventaja evolutiva que yo le había achacado. Tal vez el amor sin amor deje de ser amor. No lo sé.

Sólo sé que las ausencias, las tinieblas, las noches pasadas en vela o sin la persona amada tal vez comiencen y me encuentre decepcionada y confusa.

Creo que puede que hoy o mañana no sepa nada de Bizcochito y le dé millones de vueltas al asunto. No sé, no sé, no sé.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Heineken



Bajo a comprar una Heineken, aunque no bebo, porque ayer en Chueca tú recorriste tus labios en el cuello de su botella, y yo dejé la mía a medias porque como no bebo no anticipo el sabor de un botellín en mi estómago. Pero ahora es la misma hora de ayer y como te ansío rememoro el momento en que te vi por última vez y salgo a la calle a buscarte, a buscar una Heineken.

Como no bebo no sé comprar. Primero voy a la tienda de mi amiga china, ahora amiga tras muchos meses yendo allí y quedándome unos minutos más hablando, saludando y sintiéndonos barrio. Está a tope a pesar de la hora y le pido una Heineken a su marido, que se sonroja porque sólo tienen Mahou y no sé si es por qué Hk es un artículo de lujo. En Ámsterdam hay Heineken por todas partes, pero esto no es Ámsterdam. A veces me olvido de dónde estoy porque el aire de la noche es el mismo.

Entro en una taberna que exhibe el símbolo sexy del botellín verde y me hago paso entre una verdadera multitud de hombres. Hombres aseados, chaparritos, solitarios, fumadores; algunos viendo el fútbol en una pantalla plasma en un bar de mi barrio que no es para hombres maduros, chaparritos y solitarios. Pero en este Madrid todo el mundo se hace un hueco y algunos quieren vivir la vida de algunas y todo se mezcla. Veo una nevera a lo lejos que anuncia Heineken helado y me decido a pedirlo. La chica de Europa del Este de pelo brillante negro que hace como que está agobiada o que yo no soy mejor que ella finalmente me atiende.

Esto no es Ámsterdam pero los acentos se mezclan con las nacionalidades con los sueños con los grupos de personas que en este sábado noche se entreviven y se contratocan mientras recorren las eternas horas de final de la semana y el principio de una noche que para algunas será larga, ardua o ágil como un corcel y llena de agarraderas.

Como no bebo le pregunto a esta chica si puedo llevarla fuera. No sé a qué hora hay gallardonazos o qué pasa si una persona que no bebe se pasa de la lengua. Se le encienden las mejillas y se ruboriza quizá? sonríe nerviosa y me da un consejo, tal vez en la taberna de la esquina, pero, me la podré llevar?, sonríe con calma, tal vez sí, digo yo, tal vez, dice ella como animándome en la aventura.

Hoy no me he puesto la cinta del pelo, lo tengo cardado al viento, libre como me siento libre, después de haberme amado y haber dejado mi esencia por todos los rincones de mi dormitorio. He y me he impregnado de lubricante orgánico de cacao y los juguetes que cada vez me dan más juego me han ayudado a vislumbrar mi deseo hacia Bizcochito; ya es oficial, no puedo mentirme a mí misma, al pensar en ella se descargan pinchazos eléctricos en mi vientre. Y mi esencia más vital, mi olor más céntrico y salobre se ha mezclado con el de cocoa butter y ha llenado mis sábanas con columnas de amor selladas en silicona, sombras y vapor, que no compartiré con nadie, aunque ahora he salido y estoy rodeada y puedo rodear, y por eso me siento tan fluida cuando hablo con la gente, porque no tengo nada que ocultar aunque nadie sepa tampoco nada.

No hace frío, el aire está crujiente, como debe ser un sábado noche con ruidos enlazados de aviones, pisadas y ausencias. No hay mucha gente en mi calle de estrechas aceras aunque los bares, tabernas y establecimientos de paso a la madrugada ya están rebosantes y la energía de la gente prieta, compartiendo tiempo y soledades eternas se amontona como una marabunta por la acera, se convierte en un tumulto de pompas de palabras que al traspasar las puertas se disipan y silencian y siguen llenando las calles con corriente estática.

Me decido entrar en la taberna que parece suiza o alemana y veo que no hay barra y que la gente se apiña en círculos concéntricos, no hay fútbol sino conversación y muchas muñecas alzadas al aire sujetando cañas con asas esmeriladas. Una chica preciosa se apresura a atender los requerimientos del patio. Cuántos hombres y tal vez mujeres la llamarán para otra ronda simplemente por deleitarse en su joven pelo moreno. Una mujer con aspecto de matrona, chaparrita y canosa aparece de entre la multitud y me pregunta que qué deseo. Lleva un delantal y en su juventud tal vez haya vivido en Alemania, y tal vez mañana vaya a misa, y tal vez su hija es bisexual y se parece a mí o ha tenido un novio como yo. Le pregunto si tiene Heineken y casi me alegro de que me diga que no porque si tiene que decirme que no la puedo sacar fuera no vale la pena.

Me decido al salir a acudir a los mercenarios del Opencor que si no tienen cerveza de lujo nadie la va a tener por aquí disponible y pienso en ti que recorrías con tus labios el cuello del botellín ayer y mecías mi mente nublada con tus palabras rítmicas y sus tonos musicales, y acercabas tu cara como si quisieras que te besara, y acercabas tus labios a mi piel y yo tan sólo lo aproveché para escucharte más de cerca, porque fuiste tú quien decidiste ir a un bar de Chueca y quien quisiste saber de mi vida aunque yo como siempre te preguntaba por la tuya.

Te preocupaba si tomaba medicación y yo te dije que no era medicación era sólo una pastilla por las mañanas, como si ahora voy a tener que preocuparme por la medicación cuando al tomármela la veo como un seguro de vida, como una red para no estrellarme contra los picos de los témpanos de la depresión o la euforia, como si no pudiera emborracharme por la primera vez en dos años o tal vez tres o cuatro y beber de un botellín. Tú querías mojitos, yo te pregunté que qué tenía un mojito porque no tengo ni idea, la idea del ron sonaba mortal y me desmarqué por una Heineken, porque tal vez la noche tenía algo de Ámsterdam, de no haber conocido ahí alguien como tú, de haber compartido tantos años con el amor de mi vida pero no haber tomado ninguna Heineken con ella. Y tú sorprendentemente pides otra, como si quisieras seguirme la pista y no quisieras que me desmarcara nunca, nunca de ti.

El brillo verde sexy del botellín me recordaba a los latidos del timbre de las bicicletas de allí, pero anoche no estaba en Ámsterdam sino en Chueca a unos metros de la plaza y esto no es Nueva York sino Madrid ni San Francisco sino algo cercano a Malasaña y la Glorieta de Bilbao donde vivo y no me tengo que preocupar de pedalear en la bici contra el frío o que el amor de mi vida se estrelle contra un coche porque ha bebido demasiado y está de buen humor pero sus luces no funcionan como deberían porque no le importan y a mí sí.

Y tú quieres pagarlo todo, y yo pienso que un mojito es una bebida para una primera, segunda y tercera cita, en todo caso para las primeras citas, y que el haberme llevado a un restaurante a cenar sushi, tu comida preferida aunque tú eres vegana, es una extravagancia de las primeras citas, pero no digo nada, sólo escucho y observo cómo zarandeas tu cuerpo en la noche cálida, mostrando tu lado masculino al decirme que tú amaste a tu novio por primera vez en el Moulin Rouge y por eso no me importa haberme fijado en la chica japonesa del restaurante y haberte comentado lo bella que era, comentario que te ha desarmado un poco, pero es que esa chica tenía la belleza salvaje de un hombre joven, los ojos andróginos, la sonrisa de pan, unos labios recortados y grandes, y hablaba español perfectamente, y si Bizcochito me dejara por su novio podría volver y escribir en mis Moleskines en su restaurante para verla cada noche si fuera necesario, aunque probablemente eso lo escriba pero no lo haga. Aunque le dije hola y gracias y otra vez gracias y adiós al marcharse y preguntarle a su compañero cuándo le tocaba y es el lunes y el martes o sea que este finde no trabajaba, y Bizcochito me mira y quiere aprender a seducir como yo, pero yo solo lo hago no sé por qué lo hago, tal vez porque esta noche estamos en Chueca y yo quiero hablar de mis amantes porque ella habla de los suyos y quiero sentirme libre y en tablas y ella silenciosamente lo sabe.

Entro en el Opencor y sí tienen Heineken, pero no botellines con el brillo sexy verde pero no importa y no sé cuántas latas coger que me ayuden a seguir sintiéndome como cuando me amaba esta mañana tras haber leído tus mensajes de texto en mi móvil en la cama de mi litera y cuando la noche pasada acercabas tu mirada, tu sonrisa, tus labios y tus dientes a mí mientras me hablabas y me escuchabas pero yo no podía besarte sino sonreír ante tu osadía de querer seducirme, de hacerlo desde que te vi, de hacerlo con tanta intensidad durante toda la noche, tal ve sin ser consciente de ello, porque la intimidad que estamos creando entre nosotras desde que nos conocimos es no ya muy especial sino algo importante que no recuerdo desde hace mucho tiempo y que no sé cuándo va a acabar y no quiero acabarlo de un plumazo con un beso.

Bésame tú si te atreves y tal vez me pregunte entonces el qué habría caído en mis labios, en mis dientes, en mi boca y te mire extrañada y vulnerable porque no sabría cómo acabaría esto y no quiero que acabe, quiero que continúe todo igual, tú seduciéndome y yo seduciéndote y así hasta el infinito, porque cuando me coges la mano siento electricidad y tan sólo mirarte me produce un placer infinito y sé que tu olor pronto quedará sellado en mi memoria.

También sé que anoche te he visto, finalmente te he visto, tienes un lado que no es etéreo, que es casi macarra, que es muy masculino, que tienes escondido en el herbolario, que he descubierto y que también es frágil e inventado y por eso eres tan loquis como yo aunque no tomes medicación o una pastilla o nada que se le parezca.

He descubierto ya varios registros de tu risa y está la risa burlona, la sarcástica, la que quiere emular la mía, y por eso ya me siento más relajada y si quieres hablar de tu chico, pues bueno, yo te seguiré la corriente y veré a dónde nos lleva esto, pero yo no puedo besarte si estás con otra persona, deberías saberlo, prefiero emborracharme o emborracharte y luego llegar a casa y amarme mientras te sueño y recibo tus mensajes de ayer esta mañana, y luego me envías uno más y como si yo estuviera borracha de ayer que no pude porque me dejé tres cuartas partes del sexy botellín verdoso, decido enviarte una avalancha de mensajes ardientes que tú no desperdicias ni calumnias sino que respondes tal vez extasiada, tal vez preocupada, no lo sé, pero no me puedes llevar a tu sushi favorito o a diez metros de la plaza de Chueca cuando yo sugería un Opencor y una humilde ensalada en mi casa después del concierto de cuarzos al que me llevaste, donde yo te cogí la mano y casi me dormí y cuando el chico de los cuarzos lloraba con una voz femenina el sueño me invadía y era como si durmiéramos juntas aunque tú estabas en posición de loto, porque ayer me explicaste que pasaste de diseño gráfico a ser profesora de yoga después de diez años practicando, poco a poco te saco información y no estás acostumbrada.

Creo que una lata de Heineken no es suficiente, aunque no bebo, van a ser dos, pero no me gusta llenarme la barriga con este caldo de cebada, aunque lo haré por ti, porque aunque no fumo alguna vez he fumado en rodajes y en momentos claves y tú dices que no fumas normalmente pero a veces sí y te sacas un cigarrillo reciclado de los sin techo y lo enciendes y apagas constantemente, y no sé si decir que eres sexy porque nuestra relación no es sexual es física y sensual pero no es sexual aunque sí es tremendamente física y sensual y no me decido en absoluto a hacer nada ya que no sé qué hacer ni quiero hacer nada, tan solo seguirte la corriente y pensar horas más tarde en lo que me estás haciendo o lo que yo te estoy haciendo.

No recuerdo haber visto nada en el Lamictal sobre beber Heineken pero perfectamente podría haber una advertencia, aunque cuando haces algo que normalmente no haces sigues sin normalmente hacerlo así que no me preocupa, el tomarlo todas las mañanas también es algo bastante bestia y adictivo y perdona, Lamictal, hoy voy a hacer lo que me dé la gana porque es sábado y ayer estuve con Bizcochito e hicimos el amor en un bar mientras todo el mundo estaba mirándonos.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Melancolía, perfecta melancolía

Te resistes a triunfar y a barajar las múltiples oportunidades de tu vida, el tránsito subliminal de lo que podrías haber sido y te agarras como un capullo primigenio al tallo que reverdece de la melancolía.


Revistes tu mundo de sombras oblongas como las hojas caídas de otoño en un páramo recto bordeado por olmos salvajes y te resbalas por la pista de aterrizaje patinando febrilmente en la baba de caracol, aunque tu vida dependa ya de ello.


Es la atracción de la melancolía.


Enmudece tus quejas, amplifica tu ánimo cuando la sientes como un efluvio dichoso y dulzón que al traspasar la zona de la lengua degustadora de postres se torna amarga porque te mantiene las noches en vela.


Melancolía.


Quieres depurarla, congelarla para que dure millones de años; se te antoja como una mujer perfecta, una reina de hielo que aunque no te ha encontrado soporta el peso de tus desdichas. Es una vieja conocida para ti.


Decides vivir con ella, sentir por ella, llorar a través de ella. Es una niebla salvaje, un mantra que inhalas en lo más profundo de tu ser, la materia orgánica de la que estás hecha, un gran manto de armiño asesinado, una realeza desterrada, es quien nunca pudiste ser y la esencia de la feminidad que aunque impermeable admiras, ansías, deseas, transitas y te revela tus verdaderas ansias de libertad.


Pero también te aprisiona a pesar de ser un cautiverio fiel y amable, una espera eterna e hidrogenada henchida de lechosa luz lunar, irreverente, con una guirnalda de risas mágicas, femeninas y andróginas que revelan en sus espléndida y seductora sonrisa unos dientes brillantes, luminosos como perlas con vetas de cielo y nubes blancas.


Ella tiene una filosofía y una belleza sangrante y salvaje con brillo amazónico de piel de papiro que te hace enamorarte cíclicamente de ella, sufriendo remisiones continuas.


Sus ojos brillan en la bruma gris de un chaparrón, la tromba de agua en la calle donde se canta bajo la lluvia y te recubre una tiara de estrellas.


Pero es peligrosa. No sucumbas a ella, te roba los cascabeles del presente, los buenos recuerdos del anteayer y la esperanza en un futuro con clemencia. Te escondes del mundo tras su mirada sensible y protectora. Ella es tu guarida, tu amiga y confidente. No espera nada de ti y te escucha y apacigua, pero tras su mirada tranquilizadora y tierna de madre lactante. esta mujer con sonrisa de plata y platino esconde una trampa venenosa, un dardo paralizante, afilado y narcótico.

La dama triste se sirve del inocente querubín de cabello rizado, el bebé Cupido de risas saltarinas que te alcanza con una flecha de nácar mortal e impactante. Apresa tu corazón con un golpe seco y certero y congela tu latido para siempre con el opio garzo de la adormidera. Con lágrimas infinitas y calientes aúllas un canto precioso, una lámina de amor, una sustancia que te nutre y te obliga a esperar para siempre.

¡Huye de ella y no regreses a su prendedor para convertirte en su mariposa de coleccionista si quieres vivir!

jueves, 20 de noviembre de 2008

Desamar II

Y te preparas a desamar.

Y pides ayuda, te sientes del montón pero buscas el milagro extraordinario, eres un diamante en bruto y lo sabes. Después de desplomarte no tienes más opción que levantarte y dar el primer paso, aunque estés convencida de vas a volver a caer. Y pedir auxilio; quieres que te escuchen, compartir el fondo tan pesado de la siniestra y rábida desesperanza. Te gustaría ser un buzo y descubrir tu mellado Titanic, ahí en el fondo marino apisonarías las caracolas diminutas que apresan tu corazón exprimido por espinos. Quieres cuidarte para que no se produzca la muerte celular, para que se aleje el árbol caído del todo porque quieres dejar la puerta abierta ya que ... just if.

Quieres impedir catapultar tu espacio y tu bilis hacia ella para no memorizarte y pensar que tu amada quiere venganza y está confabulándose contra ti criticándote ante sus amigas. Y acudes a una persona salvadora, a un entorno aséptico que te devuelve en sus paredes los sudores de ti, para que te olvides de tu mal sabor de boca tras vuestra derrota y tiendas el alma como una sábada límpida que se seca al sol del mediodía.

Pero no hace sol, hace un frío agreste, asilvestrado, castrante. Te arrinconas en tu silla; has caminado y has estado a punto de reventar. Has salido de tu madriguera y te enfrentas con tu alter ego, aquél que te ha sacado de la cama y sus almohadas inertes y te ha obligado a emprender la senda del desamar con un empujón avieso y traicionero que se antojaba como que te arrojaba al vacío.

Estás desorientada y no sabes qué decir. Quieres que te saquen del foso, que te presten atención aunque sea pagando por la cita, o por lo menos aminorar la rabia que te abrasa por dentro. Piensas y ansías reconstruirte desde el solar calcinado de tu espíritu desdibujado. Pero te preguntan por ti. Y tú no quieres hablar de ti sino de ella, no pretendes desahogarte siquiera, sólo hablar de por qué ella.

Porque si te pusieras a hablar de ti gritarías, aullarías, soltarías alaridos desgañitantes, perderías los tonos agudos de tu voz y entre hipos y absurdas recriminaciones, justificaciones, flagelaciones explotarías y romperías a llorar como en un parto doloroso e interminable.

Pero te piden hablar, expresarte y seguir con tu mirada la fina línea de tu encefalograma plano, tu histeria retrasada, tu estulticia y tu espesor cerebral. Te estás poniendo enferma, perspiran las palabras, desandas las añoranzas, te insuflas el pecho de eslabones que te repican en el cráneo y estás dispuesta a descargarte de aflicción. Te restas pero no te vas.

Y vuelves, pero la psicóloga no está aunque tú llamas cándida y abrigadamente a su puerta que se abre como un resorte, un portón que exhibe un prado de cuadro psicodélico y recorres la mansión sola y lúcida. Te pierdes en sus recámaras y te preguntas si estás soñando, si te sueñan, y te fallan las piernas, te invade un sentimiento agobiante de huida pero tu centro de gravedad te fuerza a empinarte hacia adelante de forma forzada y sin escapatoria ninguna.

Y llegas a la habitación donde imaginas como es natural la visitas de una vidente, un oráculo, una bola incandescente de nieve usada, una señal. Pero Orson Wells ha estado ahí antes y te espera un espejo alargado que te devuelve las muecas de tu rostro, el perfil de tu apagada y congelada sonrisa. Tú rebosas vida al otro lado del espejo y te tiendes la mano susurrándote con convicción y dulzura: "Sígueme".

Y te dices y te contradices y te adentras fulminantemente en ti misma, y ya no esperas redención en la persona amada sino retazos de ti en su memoria. Nunca sabes las sorpresas que te deparará el pasado. Esas imágenes de vergeles fecundos de los ayeres y los luegos donde tu intuición era reina y tus palabras se sostenían con la veracidad de tus propios pensamientos. Da igual, es así, aunque no te acuerdes.

Te desmarcabas del mundo y una parte de ti no es el mañana ni el presente sino un diamante en bruto gravitando en el espacio: eres tú, ya te lo he dicho. Y persigues el cometa estrellándose en las órbitas descarriladas del entendimiento mientras tu retienes el aliento hasta que te arden los labios y rezuman pinchos y alambradas.

Y comienzas tus ensoñaciones que se podrían contar así:

Retrasos, horarios y calorías vacías.
Tu mente en blanco.
Ablaciones, desamores en un océano de dudas
Refuerzos transitorios
Inciertos hechizos
Sales minerales estafadoras
Pistones mojados
Juglares de desgracias
Millones de imanes desimantándose
Prebendas que no cuentas
Presientes, abarcas, acercas la miel a tus labios ensangrentados
Albas con redobles de azufre
Pecados capitales que aún no has acometido
Esquelas de luz de día cegadoras y recortadas
Veinticuatro pusilánimes trayectos por el polvo para acabar en una noche tormentosa
Tu piel abrasada como hojas arrancadas de libros desintegrados
Versos vacíos
Fuerzas y renuncias
Pantallazos de aire gélido y libre
Resoluciones falsas, listados decepcionantes
Místicas baratas
Dunas desenraizadas
Charcos barrocos emponzoñados, presentimientos varios
Erupciones subcutáneas en la mente
Brechas enjutas y vicios ocultos
Placeres maltrechos y pasiones embadurnadas de maltrato
Vertederos repletos de serpentinas
Me miras y solo ves mis pertenencias


Tu escenificación mental es un espejismo de un miembro corporal ausente, pero el viaje sideral por tu subconsciente ha finalizado y vuelves a afianzarte en la tierra con una inercia ígnea y brutal. Una campana tañe en tus rótulas, se te encogen las fibrilaciones de los músculos cuyas fibras mueren por ataxia. Te asfixsias con los silencios, te desvirgas con los semblantes de mujeres que se dirigen hacia ti.

La luz transpira a 67 megahercios, no más. Un ventilador de dudas te corroe las yemas de los dedos y suspiras dardos de saliva amarga mientras te envuelve un viento africano enfundado en arena. No te perdonas por sentirte varada en un permanente lado izquierdo. Una constante percepción de que el mundo gira y tú te retuerces en movimientos alternos que se emulan a sí mismos mientras que tú los centrifugas. Asumes un recogimiento vulvar, intenso e intrascendente pero hilvanas dudas incumplidas que pretenden conectar con tu lado oscuro. Te invade un escalofrío. Esto tiene que parar en algún momento.

Placeres maltrechos e improcedentes, juicios sumarísimos a tu carácter y hechos probados que se quedan en nada. Las reparaciones históricas no tienen ningún defensor a ultranza porque cojean en sus fundamentos emocionales y por tanto te dejan libre. Y luchas sin brújula emitiendo lamentos encasillados como crónicas polvorientas que nadie lee ni va a leer.

Así son tus quejas, las que no te dan cuartel: necesidades ilusorias. Las difuminaré, te lo prometo. En vigilias absolutas hasta que cesen de atormentarme.

No me mires, mi amor, porque no me ves. De verdad que no.

Para Luis

Desamor I

Desamor:

Redención, redemption song. ¿Cómo se cura el desamor? La culpabilidad tremenda de no amar, de no haber amado, de no haber sido amada. El corazón retiembla y retiene su adicción y despierta de nuevo al amor; se olvida de sus heridas, sus suturas, sus pasiones rotas, sus ímpetus abortados. Despierta a sí mismo y nos convulsiona, es un sin vivir que de repente se hace vivo, nos culmina, nos sublima y ansiamos desafiar a la redención fallida.

Pero también sin darnos cuenta el amor se acaba, como decía La Jurado, y la desilusión y la acritud retornan. Y las travesías del desierto se convierten en una realidad inminente aunque lejana, y fecundan nuestra melancolía y nos levantamos como si el final estuviera cercano, pero no soportamos el ayuno, los redobles de la cita perdurable con la muerte, su mano gélida que nos insta a sufrir una parada cardíaca inmediata mientras su guadaña sella el boquete de pasiones desahuciadas, el embotellamiento coagulado, los recorridos frenéticos de sus células, la confusión plana de sus nucleoides, el rasgado raquítico de un surtidor de porquería reciclada de antaño que se llamaba enamorarse de ti.

Y llega la nada.

Porque ya no perfumas mi piel curtida por los desengaños ni sus arándanos en costras con tus hálitos enarbolados, ni los viertes en mis supuraciones hasta neutralizar el mal agüero de mi soledad. Porque tus manos ya no sostienen mi frío duelo.

Nada.

Porque no quiero. No quiero que lo hagas. No te quiero más. Ni menos. No te quiero, y eso me hunde, me pervierte en confusión, devora las inseguridades de mi infancia al igual que destruye las ilusas e infinitas veredas que soñé completar contigo.

Porque te abandono porque me abandonas y te detesto tanto o más como me detesto a mí. Porque me hieren los cascabeles malditos de tu voz, y tu maldita independencia y cómo me castigas con tu premeditada rutina y tus ojos indiferentes me envenenan y me convierten en el animal herido de muerte de antes, y vuelvo a la oscuridad que me abotargaba, jalonada de trasiegos, perdida en su cetrina tez, resbalándose mi felicidad porque ya no crees en mí.

Ya no te entretienen las marismas encharcadas de mi sarcasmo, las cucharadas vacías de mi jarabe de palo, las circuncisiones periódicas que me aplico como cataplasmas térmicas, mis vómitos encantados por las culebras del desamor tardío, de mi jubilosamente jodida infancia, adolescencia, mayoría de edad y consternación antes de cumplir los treinta cuando traspasé la barrera de la recaída que me protegía de la decadencia, del prurito de la desilusión más absoluta con la vida.

La decrepitud y sus hirientes y procaces cabinas con imágenes del barrio rojo me atormentan y me vacían como si al volver a casa me encontrara con el estupor de que me hubieran robado los muebles, la ropa, mis cuadernos, mis libros, mis discos, mis recuerdos, las fotos tuyas que eran mías y cayera fulminada en un rincón con paredes fantasmagóricas empapeladas con espejos turcos donde observarme demudada, mancillada, andrógina y asexual. Donde un mantra fetal aislado de la atmósfera me obligase a enlazar las piernas con las manos y balancearme con el zumbido del espacio estanco, del vibrar estéril de mis tímpanos para espantar la sinfonía del oxígeno desenamorado.

Y ahora ¿qué?

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Centropia

Serendipities profundas y centellas ilusorias para merendar. Pequeñas almas bobas y simientes entregadas al ánimo incandescente. Sufres por llegar. Brebajes inciertos, péndulos suspendidos, miríadas de soles que surgen benditos para racionalizar las mareas nocturnas que buscan la salvia con urgencia, pero luego perecen.

Simples semillas y salidas inciertas, el mañana es cándido porque el vergel es un sueño que se hace esperar. Mi amor despierta, no te mientas, resurge si debes y vive con mesura, encárgate de tus propias ausencias, pero no pierdas las rutas que te llevan a la canela en rama y las lilas en flor, y las subidas de presiones lunares, todo encandilado, todo insalubre y los cielos plomizos pero fecundos de promesas.

Me rebelo y asciendo para no reprimir las pésimas esperas, las riendas que se sueltan, las vigas que se desploman o los cantos de sirenas.

Apenas el viento me acaricia los hombros y las partículas aéreas simplifican las superficies que rozan. Ahora casi no tengo dónde brillar y reclamar los insuperables suspiros, las vidas que claman, las ciénagas que te enredan y cómo se vislumbran los bancos de peces.

Quiero bombear la sangre alrededor de mi cuerpo y abrir un boquete en mis brazos para convertirme en araña radiada y alcanzar todos los rincones del alma. Quiero arrancarle ecos sonoros a la rabia que remuerde e impide que el oxígenos se renueve. Es una sinrazón y una desazón extraña y ciega. No sabe de apagones o estiramientos ciclópeos, es muy básica en su armazón desplumado.

Es la luz hiriente que precinta los espacios y se enfrenta a las sierpes matinales y las angustias nocturnas. Sus molduras se retuercen como brotes tiernos apretados hasta exudar vapores calientes repletos de vidas enquistadas a punto de eclipsar el día.

Renuevo, renuevo mis semanas a golpe de trombas de lluvia que se reducen en segundos a centellas de pensamiento. Los indolentes libros de estilo y las maniobras que quedaron por vivir y las promesas que se irán contigo. Son los cuartos crecientes y las mitades menguantes que ofrecen vigilias de tiempo y vueltas interminables de tuerca.

Tus llamadas se despiden en los túneles opacos y sus heridas y reclaman herencias cíclicas que no pueden trastocarse en soledad. No soy susceptible de perderme hasta que me encuentre, y para entonces ya te habré olvidado, aunque no quiera. Si persistes en volver y devolverme me harás reclamarte a las sombras y atraparte entre luminosos y tiernos besos. Besos y abrazos que saben a mantequilla y a nardos y polen enardecido con verdor de ciénaga.

No sabré como entroncarte pero huyo de las nieblas para servirte siempre de ejemplo. Cuando perfile los flecos del alba comprobaré las reminiscencias de tu olor y tu presencia para hacerlas mías y no destrozar las filigranas del momento. Si me quieres deberías saberlo. Las nacarinas vacías no serán un obstáculo.

Tengo dos niveles de conocimiento: uno es el placer y otro es el recuerdo, y planeo entre ambos como la yedra que circula entre el aire y la roca. Pretéritos mínimos y sorpresas amables, texturas tricolores y profundas. Nadie puede recomendarte una salida rápida de mí, como tampoco es posible el iluminar alcobas o el cercenar los bordes de las esquinas. Debemos y podemos en su totalidad calmarnos la red impaciente, absortas en la poca inocencia que nos queda.

Yo me quedo contigo y eso es lo que cuenta.

Llamadas que duran más de la cuenta y esperas interminables. Rastreo los recorridos inmensos de nuestro encuentro y sospecho que antaño ahí encontré la paz. Navego sin rumbo por un golpe de gracia entre brumas y suspiros para llegar hasta ti.

No soporto escaleras que me cieguen ni recorridos sin aroma, pues realmente deberías saberlo.

Nuevo rumbo

Estoy preparada para cruzar una nueva etapa en Madrid. No veo claro el trabajo que tengo y voy a cambiar. Quiero trabajar menos horas aunque eso suponga ganar la mitad. Tengo suerte porque ahora mis gastos son mínimos y necesito el tiempo; trabajar a jornada completa me resulta demasiado gravoso para mi salud física y emocional. Quiero liberarme y trabajar a tope en mis proyectos para sentirme yo, para alejarme de dinámicas de oficina y empresas y demás. No he nacido para esto y ahora tengo suerte de poder volver al ritmo que conseguí tener a ratos cuando estaba en Ámsterdam y en Londres.

No he cambiado de trabajo aunque como he visto claro que no rindo ni quiero que me envíen de empresa en empresa en este puesto y sentirme infeliz lo más probable es que me rescindan el contrato o marcharme a principios de diciembre cuando se acabe. La verdad es que en mi caso no me veo haciendo lo que hago ahora por mucho más tiempo, a pesar de que es España siempre te estén dando el peñazo con eso de que "lo que hay es lo que hay" bah bah bah bah. Bostezo y me rebelo.

Así que voy a tener que acostumbrarme a imponerme una rutina de trabajo artístico, luchar contra la mediocridad con la que me despierto algunas mañanas, sentirme más o menos responsable de mi futuro y tener la tranquilidad de que cuando termine mis horas de soldada por las mañanas tengo el resto del día para seguir viviendo en el mundo de Yupi. Me siento mucho más calmada, en casa, arropada cuando me dedico a pensar en las musarañas.

He descubierto que en los últimos meses he logrado meterme cada vez más en mi mundo interior y eso me ha protegido del resto. Necesito formar parte del ambiente a mi alrededor para dinamizarme y comunicarme, pero muy a menudo me afecta demasiado lo que veo o lo que siento, y tengo que separarme de él para escenificar con mi trabajo lo que realmente pienso o proceso en mi mente, mi sensibilidad, mi creatividad.

Hoy, por ejemplo, me he enterado de que han cambiado la máquina de las bebidas en la oficina. Ahora está en la planta segunda y antes de subir me avisaron que a la gente allí no le había sentado bien que les trajeran la máquina y el trajín que eso supusiera cuando los sedientos con mono de cafeína subieran allí. Llego a la planta, pregunto por la máquina y me recibe un silencio sepulcral poco amistoso. "Pero, ¿te han dicho que puedes usarla?", se miran entre ellas. "Bueno, puedes ir pero cuando no te vea nadie." Yo he respondido: "¿Ah? ¿Cómo Alejandro Sanz?". Me han mirado desconcertadas. La máquina estaba en la cocina donde todo el mundo come, una sala amplia con una terraza donde vamos todo el mundo a calentar la comida cuando llega la hora. De repente tres personas malhumoradas deciden hacerle un boicot a toda la empresa para que no se pueda usar la máquina. Es demasiada gilipollez, no lo aguanto.

El liberarme no tiene nada de especial, y he conseguido hacerlo muchas veces, lo que pasa es que ahora tengo la ilusión de que no pretendo en absoluto comercializar mi trabajo, no tengo ninguna ambición en ese sentido. Antes dedicaba cientos de horas solicitando becas, ayudas, patrocinios; entrada en galerías, exhibiciones, festivales y demás.

La promoción de mi trabajo la voy a hacer a partir de ahora exclusivamente en la web, y como voy a tener poco dinero no podré enviar cientos de dvds de mis cortos y demás a los festivales cuidaré muy mucho a dónde los envío. Eso me va a sentar bien, porque cuanta menos información tenga que procesar mejor. Evitaré la ansiedad y podré relacionarme humanamente con el público, con las instituciones, con los proyectos de otras personas. No quiero ir a saco o a piñón fijo intentando sacarle nada de nadie, sólo ansío comunicarme. Espero atraer a otras personas a mi trabajo, colaborar, etc, aprender de ellas, que es lo que me interesa más. Pero quiero hacerlo poco a poco, persona a persona, proyecto a proyecto. Creo que el poco a poco pero sin pausa es mi ritmo, y me estreso fácilmente cuando tengo que tratar con mucha gente en un mínimo espacio de tiempo. La gente no tiene ni tiempo de escucharse a sí misma cuando te dicen hola.

El ritmo corporativo no va conmigo, esa es la verdad, y no voy a sentirme inferior o acomplejada por eso. Estoy muy ilusionada en esta nueva etapa porque estoy siendo fiel a mí misma, encontrando muchos matices en mi expresión que tal vez creí perdidos o sepultados bajo capas de experiencias, desilusiones, incontables horas de sudor y carreras en plan maníaco hacia ninguna parte.

Seguro que si hago así las cosas el tiempo pasará más lento, como el del escritor argelino, cuyo nombre no recuerdo, que escribía una línea al día durante décadas y al final acabó su libro. No quiero sentirme culpable de no sacar proyectos adelante, ser vaga, estar cansada, no tener tiempo. La vida en sociedad es un juego, y yo creo que de forma inconsciente yo he vivido siempre intentando tener el mínimo posible de responsabilidades. Aunque también me he vendido a los bancos para financiar mis proyectos, pero he tirado mucho dinero y a veces no he finalizado lo que estaba haciendo por la depresión que me entraba con el estrés de tener que pagar luego durante años y años. Es como si de repente no creyera en mis proyectos porque no había podido gestarlos de la manera adecuada, a mi ritmo, con mis motivaciones. Si me gastaba un montón de dinero en hacer una película me sentía obligada a promocionarla a tope, a gastar meses y meses empapelando el mundo con ella, asistir a festivales, etc.

Quiero que me quede una galleta en la cocina y guardarla para cuando tenga más hambre. Cuidar mi ropa, tomarme el tiempo necesario para lavarme las manos, y no hacer todo de prisa y corriendo como si fuera a embarcar en el Challenger para ir a Júpiter y estar llegando tarde al embarque.

Y como al final eres una molécula entre la masa ingente de artistas en este mundo que intentan destacar, te olvidas de destacar ante ti misma, que es lo que importa. Yo creo que lo que atrae a la gente de ti es tu luminosidad, la energía exultante pero tranquila, la sinceridad, la espontaneidad. Y cuando estoy bajo demasiada presión (impuesta muchas veces por mí) no brillo ni reluzco ni atraigo. Es más, quiero que me dejen en paz, que no me molesten, y me culpo a mí y al mundo por ello.

Sé que muchas personas se encuentran a gusto en el mundo corporativo; lo aceptan, lo crean, lo diseñan, se mueven como pez en el agua, o simplemente lo toleran, se resignan, etc. Pero cada persona es un mundo y yo todavía me sumerjo y buceo en el mío propio de cualidades y características. Cada vez me conozco y me intuyo más.

Por ejemplo: hace dos semanas cuando Cuore 2008 me abdujo y me hizo expresarme de forma intensísima durante unos días, me di cuenta de que tengo un potencial escondido que no debería quedar en la retaguardia. Yo pensaba que estaba bien, que estaba tranquila y sin embargo había perdido de vista a ciertas cosas, y esta chica hizo que se creara una sacudida, una erupción que las sacó desde dentro de mí. Mi interés de amar, de expresarme, de no contenerme, de estar y no ser, de ser y no estar, de observar.

Bizcochito me hizo una perdida ayer y me dijo que estaba pensando en mí. Sigue pendiente a pesar de que yo tiendo a pensar que su semana transcurre inmersa en sus cosas y soy yo la que le doy la tabarra de vez en cuando apareciendo en su vida. Esta semana no voy a aparecer demasiado por el herbolario porque quiero que tenga la tranquilidad para pensar e imaginarme (si lo hace). El viernes pasado me dijo que quería tener una cita muy especial conmigo este viernes. Como me lo dijo con una semana de antelación imagino que hay un curso, una fiesta, algo que va a hacer ella y le apetece compartir conmigo ... no me lo ha querido decir. Espero que llegue el viernes con anticipación pero tranquilidad, porque quiero que esta semana transcurra con paz y silencio para estimular la fecundidad interior. Que pensemos la una en la otra sin prisas, con todo el tiempo del mundo, sin tener que plantearnos un cambio radical en nuestras vidas.

Yo estoy dispuesta a dejarme llevar por mis encuentros con ella, y si ella quiere mi compañía y mi amistad yo estaré más que feliz, porque no ansío nada que ella no pueda darme. Con Bizcochito estoy dispuesta a tener una relación platónica y sospecho que la suya conmigo también es así.

Estoy un poco a la espera de que me digan hoy lo que va a pasar con este trabajo. No he dormido mucho estos días y han vuelto las agujetas en los gemelos. Sólo me pasa cuando tengo ansiedad y la verdad es que no era consciente de que esta semana iba a tener tantos cambios. Al levantarme esta semana con pinchazos en las piernas me quedé perpleja, porque hace meses que no me pasa. A lo mejor intuía que no podían seguir así las cosas.

Ayer supe cuando me enviaron a una empresa de consultores financieros a pasarme meses cambiando toner de impresoras que en cuestión de minutos iba a sentir alergia y querer salir de allí. No era tanto el tema del toner, aunque me resulta bastante monótono y tonto. Es más que nada formar parte de una cadena; ser la chica de las impresoras y por lo tanto que te traten como a tal en una empresa de estas características. Ya me he cansado de ser topo ahora quiero investigar mi propia alma por mi cuenta.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Y hoy ...

Hoy es un día intrascendente, lechoso, uno de esos días donde pones la calefacción hasta ahogarte y extraños olores surgen de la cocina.

Seguro que hoy ha sido un día importante para muchísima gente: los que nacen y nos dejan, pero cuando sólo piensas en ti y la gente a tu alrededor está medio dormida te da esa sensación de que tal vez mañana sea un día más lúcido ...

Y...

Y pensé: "Si se me van ahora las pilas, me muero".

domingo, 16 de noviembre de 2008

Y ...

Feronomas galopantes
te deseo a cada instante

Sabores y gestos varios
que resuenan en tus labios

No dejas explicártelo

He hablado (por el maldito Messenger) con Cuore 2008. Me ofrece su amistad, pero no la quiero, porque no puedo.

No quiero estar con ella, ni siquiera lo sabía antes, me emocioné cuando estuvimos juntas pero la prueba de saber si quieres estar con alguien se gesta en el tercer encuentro, en el cuarto ... Es normal emocionarte con alguien que te ama sin tapujos, en ese instante, sin saber nada de ti, sin saber tú nada más que de su sensualidad, de su afán vital. Es un amarse incondicionalmente.

Pero no puedo ser amiga suya. No quiere verme ahora, cuando le he ofrecido verla entre horas, sin solución de continuidad, para percibirla una vez más y terminar la pintura que de ella había estado bosquejando. Y me lo ha negado. Me lo niega desde el momento en que nos vimos, y eso me hace mucho daño porque me deja completamente vacía.

Así que quiero contemplar el instante que tuvimos para el resto del futuro. No quiero una amistad porque creo que no me comprende y tampoco entiende que yo la respetaría; no me cree, no me sostiene, no me quiere arrastrar hacia el principio de la marea, donde poder adentrarme sola y retener en la retina su presencia. Es un holograma incompleto, un estudio sin terminar en el atril, un suspiro tragado de repente.

Y por eso no quiero ser amigas. Le he dicho que no puedo ser amiga de una amante insatisfecha. Tal vez sea mi ego, mi infantilismo, mi retrógrada sexualidad. No quiero ser amigas porque me ha negado el principio de esa amistad que es la confianza, la verdad, el vernos cara a cara para que yo también pueda convencerme de que todo se acabó antes incluso de extinguirse.

Además con ella me siento bazofia, inútil, inestable, fugaz, inoperante, innecesaria, y cómo podría tirar esos sentimientos y arrancármelos de mi piel marcada al fuego de nuestro encuentro, que ahora ya puedo llamar encuentro, cuando antes no podía porque me ponía mala.

No lo siento, no lo capto, no lo entiendo y no me permite vivir con tranquilidad. Si Bizcochito se esfumara lo entendería porque ya me conoce y ha decidido experimentar otras vivencias. La libertad es un aspecto del auto conocimiento que hay que explorar rabiosamente, hasta con ira, hacerle justicia a la brevedad de nuestra estancia en este mundo cruel e insondable.

Y hay que ser libres porque la explosión de sentimientos que te aparta de lo que amas, de lo que deseas te permite ir más allá de una puesta de sol indefensa y el transcurso de otro día cuando a ti lo que te interesa es su noche, que se alargue y permanezca en tus sentidos hasta que se extinga, hasta que la exhales, hasta que realmente te permitas descansar con ella en tu regazo, encima de la piel brillante y estirada de tu vientre, jadeante pero extasiada.

¿Y cómo puedo mirarle a la boca y ser amigas? ¿Y cómo puedo diseminar su carmín en mis neuronas y ser amigas? ¿Y cómo puedo abortar la querencia de poseerla un instante, o de observarla al siguiente y prender ese momento fugaz como un broche en mi pecho hasta sangrar, hasta despertarme y entonces querer alejarme de un futuro que sigue siendo mi presente. Un presente breve y que se larga, que no quiere ser futuro ni pasado, porque no se lo merece.

¡Ah, las texturas del presente! Ella quiere que en un futuro de ausencias seamos amigas. Pero ¿quién llamará a quién? ¿Quién sorprenderá a quién sin esperar esa llamada, sin recoger el móvil entre vibraciones suyas y de tu pecho? Es un sin querer, un sin dormir, no le importan mis lágrimas, no las quiere para sí.

Con lo fácil que es secarlas como escamas de sal en la piel. Todavía espero quien las recoja y las destile y luego las utilice para regar una planta, la tierra, los cipreses que me esperan al marcharme de aquí.

Hay quién recoge en una bala de cristal la sangre de su amante. Yo la quiero conmigo mezclada con una gota de la mía. Y así navegarte en un espacio rojo, vibrante, dulce como una arruga líquida, cegador, ardiente; un camino de sangre y coágulos extenso, y después ¡bang! recibir un balazo y sentirlo traspasar tu músculo cardíaco; es así, muy simple, un tiro y caes como muerta ... muerta de desamor y amor incomprendido pero lúcido. Luego te levantas como si nada y nunca más vuelves a ese espacio horadado por el meteoro de la elementalidad de un encuentro amoroso donde faltó el amor, donde sólo hubo deseo y un presente que no es futuro ni pasado.

Tengo las manos rotas, el ánimo sereno, el cuello tenso, los ojos pensativos, la mirada alerta, las neuronas reunidas y mi cuero cabelludo distante, sus folículos recorriendo las venas de mi cráneo, la carne de mis piernas enterrada en vida. Y al final salgo disparada, me elevo, me alejo del encuentro, no lo necesito para propulsarme y seguir naciendo.

Puedo recogerme, reconstruirme, reinventarme, reencontrarme, revivir y retomar mi existencia confusa pero reavivada por ese momento en el que tú me escogiste y dices que te entregaste entera a mí. Y no lo voy a repetir porque no me quieren repetir, no me quieren ayudar a retomar esa oscuridad repleta de fantasía y estrellas suicidas, esa noche mágica de estruendos acallados donde mis manos enlazaron las tuyas y mi vientre rastreaba con sus evocaciones tu piel, pensando en ti y obstruyendo las barreras del conocimiento. Sentirse únicamente un cuerpo y un espíritu, renacer dentro de tu coño y pensar en los regueros de sangre que me encuentran pulsátiles, adivinar tus deseos sin recordar, tantear tu carne y vivir sin vivir en sí sino en ti. Y luego salir a tomar aire después de haber recorrido tu matriz en compañía de los versos de tu cuerpo, de tu deseo vuelto del revés dentro de ti.

Y mi superficie esbelta te recupera. Mi piel se estrella contra los poros de la tuya, eres mucho más que un bote varado y escorado, eres como una alga profusa, una tela diseminándose, una energía que fluye por doquier y se concentra en tus necesidades, en la virtud de la sabiduría infinita de tu deseo en flor y la luz que desprende.

Reúnes todos los elementos para ser una amante fiel, pero te lo ha negado tu racionalidad. Crees que me conoces, que sabes lo que pienso, lo que no quiero, lo que siento. Ahora no te interesa la fantasía que desprendo, los versos que me arranco con dolor encaprichando mi piel con una navaja, devanando capas de cebolla, ensartando filos de sabores, del saber que seré abandonada.

Dices que es bonito lo que escribo, que publique, que se adentren quienes me leyeran en estas palabras que son para ti. Es ridículo, ¿no lo entiendes? Pretendes alejarme convirtiéndome en una atracción de circo, en un San Sebastián enardecido y ensartado con tus besos. Ya no te interesan los míos.

Admito que no puedo perseguirte, que no debo, y eso ya lo sabía antes de conocerte. Aunque negué a otras amantes porque pensé que algún día te encontraría, todo esto hace mucho tiempo, cuando tú ni siquiera me recordabas. Tal vez la cadencia que transpiro te ahoga, te obliga a desistir, te aprisiona, te impide respirar y expresarte, todo esto es posible ¿crees que no lo sé?

Por eso quiero alejarme antes de dolerme el fuego, de extinguirme en tu indiferencia, de buscar los huecos donde habitábamos durante esos instantes, antes de engañarnos mutuamente, cuando éramos jóvenes e incautas, y no temíamos ni por asomo a la decepción. Eso no es ser valiente.

Ser valiente, demostrar bravía, es perder tus instintos solitarios y olvidarte de tu entendimiento, de tu necesidad de pensar en lo que está bien o está mal, el aceptar verme aunque sea la última vez, aunque sólo consumamos las cenizas del fuego. No, no quiero acostarme contigo. Pero no me dejas explicártelo.

No me quieres ver más hasta que seamos amigas, lo cual no entiendo. Si por lo menos me ofrecieras la oportunidad de saber quién eres, cómo nos encontramos y retrasáramos la huida mutua, recorriéramos de nuevo los pasos que vivimos. Esto es ridículo; eso de no querer verme, de hacerme contener la rabia que me ha puesto enferma, que ha permitido que un virus se cebe en mi cuerpo y me haga inestable y me olvide de ti.

Quieres, quieres provocar el olvido, retorcerme por dentro para expulsarte; dices que fue bonito pero quieres hacerme olvidarlo, porque ¿cómo puedo mirarte a tus labios sin recordar el sabor, la pulsación de tu lengua apenas rozando la mía, tu saber recorrerme, tu intención de correrme, cuando perfilas mis dientes y me muestras la frescura de tu boca al final de día y la seguridad que exhibes haciéndome el amor en tu coche?

No quiero olvidarte, quiero recordarte y si deseas que ese pasado no tenga futuro no puedo satisfacerte, porque aunque ansío presenciar tu mirada posarse en las cosas, recibir la miel de tu sonrisa, no quiero repetir un encuentro como tú los llamas para perder, para desilusionarme y decepcionarme porque ya no significo nada para ti, porque ya no deseas las curvas apaisadas de mis labios, ni el sabor de mi lengua cardada, ni la tersura de mi piel atrapada en melanina, ni la profundidad de mis ojos marrón claro, diseminado, ni los pliegues de mi iris y la persistencia de mi retina, ni la claridad con la que ves mi pupila, como si tu visión no necesitara puentes para fundirse en la mía.

Es inevitable volver a sentir que llego tarde, que otra te desea y ansía tu presencia y que yo no valgo nada. Esa amistad que me ofreces es un premio de consolación, un cop out, una miseria comparada con ese día que te pido, que te suplico, un día ahora para verte y recordarte. No, lo repito, no quiero, no quiero acostarte conmigo. Sólo quiero verte ahora.

Tú te deshaces en excusas pero mantienes tu posición como una torre elevada de metales ásperos, inamovibles e inmanentes. No, no quieres verme hasta que se haya extinguido el remolino de emociones, hasta que me olvide, me río, de nuestro encuentro, porque temes que me haga daño y que quede en ridículo y que te haga pasar un mal rato, y tú, preciosa, no quieres pasar un mal rato, ni un momento incómodo mientras yo me desembarazo de mis pensamientos íntimos, ridículos, chabacanos, exagerados, un fardo con exceso de peso, brutal, y me humille ante ti.

¿Pero de dónde has sacado semejante idea? Tus lágrimas, linda, las que vertiste apenas unas horas después de conocerme ante mis exasperados hombros, las que sequé con el papel secante del dorso de mi mano, no expresaron la distancia que ahora eriges . ¿Por qué piensas que te quiero abducir, atrapar, ignorar tus deseos de distanciamiento con mi piel, la que ya no quieres tocar, la que ya no pretendes explorar en su acorazada ternura?

Que no, que yo lo único que quiero es verte, y tú estás siendo inflexible ofreciéndome tu amistad como un relevo, como una baza más, como lo inevitable tras un tercer puesto, como una medalla de latón o la anilla de un Ginger Ale. Ya sé que soy hirientemente injusta, que te estoy despreciando, que la amistad es un tesoro para ti, pero no puedo creerte porque la amistad no tiene nombre y no quiero que me digas que me la ofreces, en todo caso la capturo yo, la exijo yo, la atrapo yo para no soltártela ni dejar que salte como un resorte.

Sé que soy lo más cercano a una cavernícola, a una gilipollas desconcertante, desaprensiva, desconsiderada, y es normal que todo el mundo lo crea porque sólo pienso en mí, y paso de todo lo que me digas. Ya lo sé, joder, qué crees que no lo sé. Y así me va. Te lo juro que lo sé.

Fue bonito, fue tan bonito.

Y por eso no quiero ni debo ser tu amiga.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Los platos de los cojones IV

Los platos, los platos se están limpiando, los estoy limpiando. Como siempre que limpio los platos los limpio justo antes o después de comer. No me gusta limpiarlos después. Es una obligación y detesto las obligaciones como comer, respirar, dormir, me agobia. La única responsabilidad es la de cuidar de mi familia y hacer mi trabajo artístico porque lo necesito para vivir.

Y tomar el Lamictal, que me mantiene serena, aunque me ha costado mucho el llegar hasta aquí. Tomar una pastilla para ser yo. Me abruma y me tergiversa, pero no hay más remedio, y parece que lo tendré que hacer hasta el día de mi muerte, si es que quiero estar serena en ese momento, que no sé, pero lo cierto es que lo del Lamictal ha sido una decisión. Lo busqué y lo encontré, me leí cientos de opiniones de bipolares y ciclotímicos sobre el tema en internet y al ir a la psiquiatra le dije: quiero el Lamictal. Ella, que tenía un mechón de pelo violeta y calaveras heavy metal de plata tipo Camden Town en los nudillos me dijo: Y ahora háblame de ti. La cosa empezó bien.

Luego encontré a Marilocha, mi psicóloga, que no se alerta si desaparezco durante meses, porque cuando nos volvemos a encontrar hablamos de literatura y otras cosas interesantes. Ha conocido a mi madre, que lloró en su consulta, y ha leído las cartas de mi bisabuelo: "A mis queridos e inolvidables padres y hermanos", empezaba sus tiernas cartas. Recientemente me he enterado que vivió alguna vez en mi calle; siento que le añoro a cada minuto. Él era pintor y su herencia me devuelve, como decían Golpes Bajos.

Total que limpié los putos platos, y me he animado a cocinar algo, casi de rebote. Primero eché una ojeada a los huevos. Los huevos sólo los compro de media docena en media docena. Con lo cual soy consciente de que se acaban pronto. Tal vez dos tortillas y ya está, eso es bastante agobiante, y no suelo comérmelos hasta el último momento, para no tomarme la última tortilla del mes y luego no poder comer más. Las latas de caballa, atún y sardinas son otra cosa. Compro muchas y desde que me enteré que a mi prima le ayudaron mucho las sardinas para un problema de piel, las como sin parar. Aparte que la caballa tiene omega 3 para el coco. Y hace tiempo que subsisto con los omega 3 para el coco. La pasta también tiene un valor permanente y por eso me gusta. Tarda lustros en acabarse, y me gustan las cosas que no se acaban y que te da tiempo a reponer aunque hayas sido indolente y no cuides mucho, porque son pacientes las cosas que no se acaban así a la primera. Van con mi temperamento y su efecto retardado. Dame tiempo, si sólo me hubieras dado tiempo Cuore 2008 ... y tus encuentros ...

Me he hecho una tortilla con hinojo, pimiento, sardinas, ajo aromático, cebolla, algo de zanahoria, almendras, perejil y pimienta. Han sido pocos ingredientes, normalmente pongo todo lo que veo a mano, porque soy excesiva, quiero todo lo bueno de la tierra en mis entrañas, en mis sudores, en mi vida.

Ahora que los platos están limpios no me importa mojarme las mangas del forro polar, ir en calcetines con dedos por la zona de la cocina, recoger algo de comer que se haya caído en el poyete (aparentemente una palabra castellana en extinción, véase aquí , un inciso, palabra probablemente extremeña que llegó a mi madre por herencia al igual que mi talasemia minor me viene de allí) y zampármelo como si nada y dejar la ventana abierta porque con el gas del fogón ya hace suficiente calor. Me gusta limpiar los platos con el bullente y espumoso lavavajillas ecológico Ecover y ponerme crema en las manos luego.

De repente mi cocina cobra vida y me recuerda a un espacio donde se vive la vida, donde hay ecos de cuidados, mimos, porque alguien ha cocinado ha nutrido a otra persona, donde se respira el aire añejo, milenario de la mujer inclinada cortando y cociendo y friendo trocitos de materia orgánica para sus seres queridos, observando cómo comen en silencio o en algarabía, tomándose ese pequeño respiro por la satisfacción de cuidar a su familia.

Cuando veo mis cucharones y cazoletas limpias me recuerdan a otros días más felices en casa, cuando era pinche de mi madre: cocretas, que no sé cómo es si croquetas o cocretas, porque siempre me lío en pleno afán disléxico ... calamares que hay que volver del revés, resbalones en el aceite de oliva que impepinablemente acababa en el suelo, lentejas flotantes o residentes en el fondo de las cazuelas. Y las ollas a presión, que siempre me han fascinado con el pitorrito. Y la grasa que se acumula, negra, marrón, color miel, esa grasa que no importa, que forma parte del ambiente, que forma parte de ti, que no molesta, esa grasa petrificada, acolchada, amoldada, pretérita y presente.

Cosas que no molestan y que encuentran su momento en tu vida, como tantas otras que añoro y que no sé si tal vez perdí con mis viajes, mis mudanzas, mis ausencias, mis llamadas internacionales de teléfono que no calaban y que nunca convencían. ¡Qué hace esa chica por ahí, cuando podría estar aquí, con nosotros, con su familia, con su madre que la añora y quiere ver pero no puede ... Esas cosas crueles que pasan cuando viajas y te eternizas creando hogares móviles que en mi caso nunca parecieron lo que son.

Almendras, almendras, mi madre tuvo antojos de almendras cuando estaba embarazada de mí.

Almendras que se mezclan con los sabores en mi boca, entre mis dientes, ahora en pleno tránsito hacia mi estómago pero todavía presentes con su aroma en mi boca y llenando mis eterna híperosmia con la que nací.

Ya no hay platos que importunen mi vida, mi espacio, mi terruño, mis ráfagas de cocina materna, de olor amoroso de hogar, de salud y crecimiento.

Hoy Bizcochito me ha llamado.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Los platos de los cojones III

Sudar y expectorar. A un lado la calefacción a tope, el calentador exhumando polvorones de vapor ardiente, y al otro la papelera con la desafortunada bolsa del VIPS que va a hacerme de escupidera. Está claro que no voy a poder desligarme de este virus malo a menos que no lo expulse a golpe de H2O y sustancias salinas de mi cuerpo.

Escribo esto después de haberle hecho caso (a medias) a la dueña del restaurante chino de al lado de casa. La que ya sabe el tipo de arroz frito que me gusta: arroz frito con huevo, gengibre, ajo y sin cilantro. Me vio cuando entraba en el portal ayer hecha una piltrafilla pero feliz después de haber acompañado a Bizcochito al autobús y me preguntó que qué tal estaba. Yo no le dije lo exultante que había sido la compañía de Bizcochito, pero con una sonrisa le expliqué que tenía la cabeza gacha por el virus malo. Con un montón de erres que eran eles me dijo que debía cocer un porrón de gengibre con ajo y bebérmelo antes de irme a la cama. ¿Y miel también? Le pregunté yo. Nooooo, nooooo, miel no. Azúcar rojo. ¿Rojo? Rojo. Pero moreno? No, rojo, lo puedes comprar en todas partes. Todavía me pregunto qué es eso del azúcar rojo, pero al final le he puesto miel.

Sudar y expectorar. Empecemos el plan de acción. Un súper baño con la recién encontrada táctica de calentar el agua del baño con la calefacción encendida. Guay, funciona! Después, llevarme el brevaje recién preñado junto con un menta poleo para ahuecar el canal buco faríngeo pulmonar. Bien. Por supuesto la habitual dosis de própolis, Echinácea, miel, jarabe de arce, polen y Remedio Rescate de flores de Bach. Bien. Desde que Bizcochito me cuida yo me estoy cuidando más. Es como una lección sabida. Me meto en el baño con el té y me hundo hasta el fondo, sólo permito que mis manos estén fuera. Me llevo una ejemplar de la revista 2 Deux para calentar algo más que mi piel ... Es una revista de estética les con unas fotos que te suben la temperatura, aunque otras no tanto, por el rollo sado (con respeto) Bien.

Me embadurno el cuerpo de arriba a abajo y de abajo a arriba con aceite Johnsons para que la película fílmica que se adhiera a mi piel impida que el calor quiera subyacer y hasta el sudor se atrape. Cool.

Y ya sé que sería mejor una sauna, pero no tengo ninguna en casa y no me terminan de convencer porque siempre me quemo la piel aunque salga y me tire a una piscina de agua helada, así que por ahora voy a continuar con mi plan maestro. Salgo de la bañera y rápidamente me pongo el betacaroteno, el aceite de Rosa Mosqueta que me dio Bizcochito (vuelvo a pensar en ella y lo adorable que ha sido hoy cuando he vencido mi timidez y he ido a verla a la tienda junto con David, mi amiguito malagueño al que hoy le he regalado un sombrero de fin de siecle y estaba mono, mono; ir con alguien siempre parece menos psicópata, y David piensa que somos una parejita muy mona y que algo hay, aunque luego hemos hablado los dos de lo bonito que es todo lo que nos damos mutuamente ahora ella y yo, y que tal vez si hubiera algo más se disiparía el hechizo y la belleza que estamos creando entre nosotras ...) Bien ... Le he llevado a Bizcochito un bizcochito de esos italianos más duros que un ladrillo, porque le he dicho que es eso a lo que me refería con llamarle Bizcochito y por supuesto me ha regalado un par de besos deliciosamente puestos en mi piel ansiosa por sus labios. Hmmmm.

Ahora me he puesto en el sofá con todo los forros, pijamas, calcetines polares que tengo y la manta forro de Ikea encima, la calefacción a tope y el calentador, y para colmo el gorro de lana. Estoy chorreando de sudor y tengo que secarme las manos a medida que escribo esto. Me corre el sudor por las mejillas, los ojos, entre los pechos y viaja hacia el vientre; sale del cuero cabelludo y espero que en este reguero de sudor salga el horrible virus que me ha invadido en esta última semana. ¡Virus fuera!

Voy a tener que bajar el calentador y la calefacción en unos minutos pero voy a aguantar todo lo que sea posible y si es necesario me voy a cambiar de ropa. Por la noche voy a ponerme encima todos los edredones posibles, porque no le voy a dar tregua a esta gripe pulgosa, simplemente la voy a dinamitar, me la voy a cargar, la voy a carbonizar y petardear y si puedo cañonear de forma canalla, canalla. Ya está bien de encontrarme mal, de estar siempre enferma. Será muy dulce presentarme malita delante de Bizcochito, que obviamente ha funcionado porque le he despertado el instinto maternal y ella es muy tierna, pero no quiero que me vea así siempre, sin dormir, hecha un asco. con el pelo gacho como las orejas de un perrillo pulgoso. Que no.

Por otro lado estoy tan bravucona porque finalmente he limpiado los platos, y de repente la vida tiene otro color y hasta otro significado. Tengo que recordar lo importante que es para mí el tener los platos limpios en mi pequeño piso; ya sé que la gente no puede entender mi fobia y mi traumas con este tema, pero es lo que hay y tiene simple solución, ya lo sé, pero es que si no eres yo no puedes entenderlo. Se lo explicaré alguna vez a Bizcochito si tengo ocasión a ver qué piensa. Probablemente me diga que se trata de energía contenida (sudor chorreando como lluvia encima de mis hombros!) y tendré que pedirle que me lo explique hasta dos o tres veces porque aunque soy admiradora del Tao y de Lao Tse creo que se llama no termino de enterarme de este tipo de cosas. Me resisto a pensar que somos sólo energía, aunque yo sé que a veces mi energía atrae y seduce o resiste y ahuyenta. Es así.

Hoy Bizcochito me ha dicho que tenemos una cita el viernes que viene y que le vaya a buscar a la tienda al cerrar. Me he quedado patidifusa y por supuesto he preguntado con insistencia que de qué se trataba. Ella me ha mirado con una sonrisa pícara y segura de sí misma y yo me he callado y he dejado de fastidiarle la sorpresa con sugerencias gilipollescas. Luego me he llevado a David con su nuevo sombrero por Malasaña, hemos hablado de Bizcochito, porque anteriormente habíamos hablado de su amor en Venezuela, y luego me ha llevado a la nueva sede de IU en mi barrio (a dos pasos de casa!) donde me ha presentado a sus camaradas y he encontrado otro huequito para presentar la peli, montar festivales de teatro, de web 2.0 de lo que se tercie. Para mí es muy importante no tener que moverme de mi casa, que ya he cabalgado lo suficiente por el mundo. Hasta se me han ocurrido ideas para embarcar a un chico muy majo que llevaba el sitio, con un nombre absolutamente precioso, un nombre de árbol, nada menos, y filmar mi largo sobre mileuristas en un futuro que se antoja cada vez más cercano. Sigo sudando, bien, bien.

Esto marcha, seguro que tendría que ir a correr y volver a elastificar mis cartílagos, pero eso es otra cosa que dejé de hacer tras mi depresión en Montreal, antes de tomarme de nuevo el Lamictal, y sí, estoy convencida de que es como los platos, se trata de diez minutos que tardo en ponerme la ropa y las zapatillas (que a propósito, son nuevas y casi no las he estrenado, la primera vez que me compro unas zapatillas caras para correr y ahí están muertas de asco ...) pero como los platos se trata de un terror atávico a algo que no sé muy bien qué es. Es algo así como hacer algo que sé que debería hacer, probablemente todos los días de mi vida, como comer o dormir, cosas que también a veces me dan miedo, es como si no pudiera soportar el hecho de comprometerme conmigo misma a hacer algo a largo plazo. De hecho muy a menudo hasta dejo de respirar, es cierto, yo soy la única que lo sé. Contengo la respiración por largo rato, para subsistir en caso de morirme, de dejar de respirar, es así, no lo entiendo, pero así, así es. Supongo que es un retazo de las veces que he estado deprimida y he tenido pensamientos macabros, de cuanto de pequeña tenía que dormir con la luz abierta por mis miedos nocturnos sin resolver. Es así y no sé por qué pero no puedo hacer nada al respecto.

Si durmiera alguna vez con Poquitos y mi hermana seguro que el bebé nos haría sudar. Mi cuñado no duerme con mi hermana desde que el bebé nació y alguna vez hemos estado mi hermana, Poquitos y yo en la cama, esa cama que crean los bebés con sus mamás con el calor fetal, los olores suaves y la ternura flotando por todas las esquinas.

Mis miedos nocturnos se alivian increíblemente hasta casi desaparecer cuando duermo al lado de una mujer. Ahí es nada. Y si no necesito explicárselo y ella me abraza. Dormí con Cuore únicamente un par de veces, pero todavía recuerdo cómo me abrazaba toda la noche. Me apretaba contra su pecho, su espalda, sus brazos, su piel, su cabeza de una manera que nunca .... Fue absolutamente maravilloso. Y como yo soy friolera no me importa en absoluto. Es como volver a nacer. Aunque luego ella decidiera que no era buena idea continuar, mejor dejarlo ahí, y yo también sabía por qué, pero no, yo no sabía por qué exactamente, pero no le dije nada porque en esas ocasiones te quedas sin habla y se te agolpan las lágrimas en la garganta y crees que te van a salir los pulmones por la boca, se te agolpa el aire y toses como si expectoraras, así que no, no sé muy bien por qué mejor dejarlo ahí y no continuar, Cuore, explícamelo tú.

Los platos de los cojones II

Al final limpié los platos y ahora brillan en su blancura vítrea. Porque vino el fontanero para arreglar la aviesa ducha y no tuve más remedio que hacerlo por dignidad bien entendida. Por supuesto no fue such a big deal, ni una fechoría tan traumática ni vomitiva. Lo que pasa es que a veces mi imaginación puede a mi realidad y a veces vivo los hechos en mi subconsciente más que en lo terrenal, y los temores hirientes me atrapan y secuestran mi entendimiento y mi voluntad.

He pensado y rastreado la arqueología de mi hándicap con las vajillas rebozadas en comidas atrasadas. Siendo hija de médico y doctora, he desayunado mi Nesquick con la mesa repleta de revistas de dermatología que mostraban erupciones tremebundas y bacilos enquistados en rostros y miembros corporales que casi no parecían humanos. Por lo tanto en mi vida he tenido bastante información detallada sobre el ácido chaumógrico de los pies (olores a queso), las moscas regurgitando varias veces en nuestros alimentos o los virus que pillas cuando tocas el suelo de la calle y por supuesto nada de sentarte en él.

Así que hoy he recuperado mi ambiente y probablemente cocine algo este fin de semana, lanza que blandiré cuando me toque enfrentarme a ella. Lavar la ropa en mi lavadora y centrifugar en la de mi vecino y parece que podré tener una ducha caliente, porque misteriosamente hablando el agua se calienta cuando pones la calefacción y no viceversa, dulce coincidencia que se me ocurrió antes de que viniera el fontanero.