Estoy buscando el trébol de cuatro hojas como quien quiere hacer la foto perfecta, esa captura de lo extraordinario situado a menudo en el terraplén, en las mesetas diminutas, las rupturas de las fallas y el verde derramado por la hierba. Ayer eran periplos descalza por la hierba cortada, hoy me agazapo y repto con los codos hincados en la tierra, alerta, como el rocío enamorado del trébol, siguiéndole la pista, resbalándome al igual que él con la inercia sobre las capas de hierba, con la esperanza de alcanzar el cáliz del trébol y recogerme allí, en el cuenco de esa rosa suya de los vientos, en el vientre atónito y salvaje que podría tatuarse en tu camino.
Me doy cuenta de que este hallazgo tan especial no puede pasar desapercibido, y debería convertirse en mi rumbo a seguir por el horizonte. Es cierto que faltan los destinos colaterales, que tendré que descifrar su sentido y realizar un examen detallado de su ausencia en los nervios de sus puntas cardinales.
Parece ser que tendría que dividir su esencia en seis mil cuatrocientas partes iguales y concordantes, pero por supuesto no soy el tipo de persona que hace esos cálculos. Prefiero confiar en mi fuerza instintiva y decidir si debo embarcarme en el sur por el oeste o el norte por el sudeste, y continuar tentando a la rueda de la fortuna.
Tal vez es todo mucho más sencillo. Quizás el trébol suspira por parecer una flor de lis, y sucumbir a su bella simplicidad; y yo podría permanecer en este sitio el tiempo suficiente para haber viajado sin moverme (en el centro del vértice) buscando palabras que recojan ese mensaje insaciable de libertad.
Bien, me levanto del suelo sin pisar el trébol ni arrancar su cuarta punta cardinal, y oteo el cielo cargado de nubes semi grises y haces brillantes que se mueven como las luces verticales de un faro. Ah, la tormenta está cerca, dicen; eso significa que por encima de esas nubes se está formando toda la energía estática precisa para la tormenta, la confusión de vapor de agua desbordado, y la urgencia por explosionar en la atmósfera. Podría empaparme completamente y temblar con el frío y el viento.
A pesar de los augurios no llueven ranas ni proyectiles de granizos, sino iridiscentes y blandos receptáculos individuales. No, no estoy relatando un sueño ni una ensoñación; quiero atrapar una de estas cajas entre mis manos antes de que se pierda entre bandadas de lluvia rápida y copiosa. El trébol es una fuerza magnética que atrae a una de estas cajas rosadas, y me brinda la oportunidad de recogerla y abrirla. De acuerdo, estoy preparada. Dentro de su interior parece que hay un espejo en el que me encuentro a mí misma; no tengo miedo, no me he percatado de la apertura de la caja. Estoy en cuclillas entre la hierba buscando una flor de lis desaparecida a través de la alambrada de las lenguas de la hierba que quieren protegerla e impedir su fuga. Pienso en cuando Sally Seton y yo nos besamos, en Virginia, dear, en todas las mujeres que amé y que perdí.