jueves, 18 de septiembre de 2014

El borde de la cama

Un año, y mi hermano no está. Le buscamos en el sentimiento compartido, en los inicios de este septiembre, en la brisa soterrada de otoño que penetra por el quicio de la puerta de su habitación, que todavía huele a él.

Yo me acuerdo de su piel; nunca la había sentido tan bella como aquellos últimos días en el hospital en los que yo la tocaba, la transitaba al sujetar sus manos y sus piernas como árboles caídos cuando acompañaba a su cuerpo a incorporarse y rayaba su espalda con mis dedos para ayudarle a mantenerse erguido en la cama de hospital.

Cuando el tiempo se hace eterno porque no quieres que corra, no quieres que te sea ajeno durante esas noches de 24 horas, y apoyas la barbilla en el borde de la cama, qué sencilla es la mirada, qué fácil saber que esos minutos son vuestros, qué amable la vida cuando te permite guardar el sueño de tu hermano, susurrarle en el aliento que le quieres, le quieres, le quieres ...

Mi hermana escribió hoy: 

Querido Jacquy , todos y cada uno de los días, te echo de menos... A veces se me hace irreal esta situación. Es como si estuvieras en un largo viaje a punto de regresar. Pero la realidad es que no estás, y tu ausencia hace daño... 

Sigo en mi interior escuchándote, y esperando verte en cada esquina. Hoy y siempre seguiré pensando en ti, enviando besos y más besos, con el deseo de que alguno se deslice en tu sueño, y te toque... Y mientras, el reloj, sigue marcando las horas, esas mismas horas que hacen eterno nuestro sufrimiento. Tu hermana que te quiere

lunes, 13 de enero de 2014

Dolor

Me he dado cuenta de que este terrible dolor experimentado en el último año y medio me ha hecho ver con claridad lo especial que es vivir. El dolor es la excusa perfecta para disfrutar de la vida aún más todavía. Cuando bailo lo hago por mi padre y por mi hermano, por mi familia rota, porque me acuerdo de ellos bailando y porque ahora debo ser yo ellos. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

The way they went


They left with candour, they left in the same way: silently and present. Both my dad and my brother left together, they left with us.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Inocencia


No sé muy bien quién sería en este momento si no hubiera perdido la inocencia. Con las muertes de mi padre y de mi hermano este año la he perdido.

Perderla quiere decir ver cómo surgen sentimientos dentro de ti, notar cómo se prenden a tu carne, decir adiós a aquéllos que antes te protegían, acoger en tu seno a los que desde este momento han de calentarte cuando haga frío, impedirte caer aunque exploten granadas a tu alrededor, aunque te empujen y caigas por un precipicio.

Ahora sería una persona que tendría un techo sobre su cabeza sostenido por una falsa idea de seguridad. Tal vez alguien con miedo a caer, a sufrir. Alguien más vulnerable pero menos sensible, alguien con menos conocimientos. No sabría lo que sé ahora sobre la permanencia, la pérdida, la fragilidad, lo que se escucha cuando todo es silencio. No sabría parar, frenar. No sabría erguirme cuando tienes que empujar tu cuerpo adelante, levantarte y hacerte cargo de una inmensidad de dolor, responsabilidad, realidad. Y sobre todo no sabría que no es tan fácil rendirse. 

viernes, 15 de noviembre de 2013

Sentidos


No quiero borrar el número de teléfono de mi hermano de la memoria de mi móvil. Tengo su televisor en mi casa, y pienso en él hasta cuando uso el mando. Recuerdo cuando le enseñé a utilizarlo. 

Estos pequeños gestos me acercan a su recuerdo y se cuelan y resguardan en mi cotidianidad. 

sábado, 28 de septiembre de 2013

Hielo


Sin saber entonces que la vida nos los arrebataría tan de inmediato, mi madre y yo cubrimos con hielo el cuerpo de mi padre, y sin cumplirse un año, el de mi hermano, intentando alejar la fiebre de la Hyène en las últimas horas de sus vidas. 

Fueron horas alargadas marcadas por el brillo templado y expectante del alba que deslumbraba la oscuridad contenida en las habitaciones del hospital. Mientras aplicábamos las compresas heladas sobre sus cuerpos, nuestros movimientos circulares alrededor suyo posiblemente calmaban el mordisco de la Hyène, y se mezclaban imperceptiblemente con el sonido del mantra del oxígeno que rugía en sus mascarillas. 

Tenían el pecho y los hombros descubiertos, las piernas abiertas. Era como si antes de entregarles a la eternidad, nosotras, las mujeres, la madre, la hija, la hermana, teníamos que bañarles y rozar su piel con las níveas compresas heladas para aliviarles el fuego de las heridas ardientes de la despedida. Y así, lo mismo que al venir al mundo el recién nacido es lavado por las manos de las mujeres para afrontar la vida al pleno oxígeno cardado en frescor, al marcharse, nuestros hombres recibieron la ternura en su piel, nuestras voces suaves arrullándoles, nuestro silencio en un gesto continuo de amor, en un adiós que sólo esperaba de cierto la tierra que te ve nacer y que te arrebata al morir. 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Pulso

Sí, es difícil de describir porque se apoya en el músculo cardíaco rebotando como un salmón en una red de pesca. Se trata de encumbrarse en un espacio que resulta baldío a primera vista, para luego acomodarse en una mecedora, y reclinarse girando el balance de la silla sobre rocas calcáreas que esconden su historia centenaria sin contemplaciones. Con la garganta seca querrías hablar y lanzarle al eco varias explicaciones afortunadas, pero no consigues seducirle y las palabras suenan como aparejos viejos y deslucidos. Buscas tu Excálibur, como siempre. 

Todo parece que se compone de segundas partes que te tal vez te atrevas a relatar. Sabes que no es suficiente lo que estás contando en este momento: deberías ser más enérgica, más entera, más entregada, más resuelta. La voz debería resonar y mantenerte mientras el corazón se disgrega en pequeños hologramas indivisibles. Tienes que explicar cómo te sientes, lo que te está pasando, y eres tú, no es nadie más, quien debe llegar y emparejarse con el destino. Ya no sabes lo que está bien, ni lo que está mal, te estás permitiendo un exceso de tolerancia hacia tus propios fallos y renuncias. 

En el fondo te estás dando cuenta de que tienes miedo. Coges el pulsioxímetro con el que medías la frecuencia cardíaca a tu hermano y te lo pones tú. Quieres saber por qué late tu corazón. 

Puentes




Saber qué sentir o qué es lo que sientes a veces es un reto. Y ahora que toda la familia se estremece y la tristeza se apodera de mi madre, de mi hermana y de mí, encontrar territorio sólido sobre el cual posar el pie es tarea difícil.

Creo que me encuentro totalmente en shock en estos momentos, y sorprendida de estarlo. El tiempo está suspendido en el aire y sólo corren remolinos de arena que se te mete en los ojos. El proceso normal de la percepción de las cosas está amañado. Ya no sé lo que es la normalidad. Tengo la sensación de que no puedo ser sincera casi con nadie, porque la expresión de mis sentimientos está velada. El mundo, la gente, las conversaciones van a una velocidad y yo a otra. He querido compartir cómo me sentía, pero ahora siento que no tengo tiempo. El poco tiempo que logro cuajar y convertir en mío lo necesito para situarme en este preciso instante.

Estoy muy cansada, me estoy recuperando muy lentamente. Guardo en mi mente y rememoro a menudo varias imágenes. Las miro para extraerles algo de significado, porque van a ser estampas de la vida y la muerte de mi hermano que voy a recordar siempre. Son como túneles del tiempo, como frescos que pueden observarse una y otra vez.

Estoy aturdida y me siento bastante estúpida. Ahora mismo soy una estúpida funcional, podría decirse. Soy una barca a la deriva, y mi responsabilidad es izarme la vela y remolcarme. Estoy remolcando a mi madre, pero ella con su fuerza volverá a darme vida tan sólo viendo cómo logra salir adelante.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Narraciones


Ahora yo tengo que seguir encontrando caminos en la mente, puentes y atajos. Aunque las palabras tienen que ser concretas, precisas y fluidas.

Crecer


Cuando se murió mi padre seguí sintiéndome su hija querida y vi claramente el objetivo de mi vida, que era el hacer lo que él hubiera querido para mí: que fuera feliz, que fuera plena, que estuviera bien. Ahora estoy confusa y me siento vacía. No sé qué significado tiene que mi hermano ya no esté. No entiendo su ausencia en su habitación, que le esperaba. Sus zapatillas perfectamente alineadas debajo de su mesa, su medicación en el neceser, sus cientos de dvds de películas. La televisión que le conecté a la antena del patio, sus desodorantes, crema de afeitar, colonias, el reproductor multimedia al que tenía que cargar Las edades de Lulú como me pidió repetidas veces. Creo que encontraré un diario. Siento que llegaré a entenderle mejor si habito en su espacio durante unas horas. Mi hermana y yo bucearemos entre sus cosas y tiraremos aquellas que pertenecen al mundo pasado de su enfermedad. Creo que encontraremos su verdadera esencia.
Tal vez la necesidad que tengo es la del reencuentro, no lo sé.

Tengo la conciencia tranquila, mi hermano siempre ha sido como es. Creo que pudo seguir utilizando el presente de indicativo. La habitación sigue siendo suya, yo llevaré la cazadora que me he traído a casa y que aunque tenga que lavarla llevará su olor y la forma de su espalda. Todavía no sabemos lo que vamos a conservar para llevar a nuestras casas. Me di prisa en el hospital y recogí cosas suyas. Ahora quiero su gorra de béisbol, porque recuerdo como si fuera ayer el día que apareció en la puerta feliz y simpático con las flores que había comprado para mi madre y para mí.

Mi hermana hizo un curso de quiromasaje con él, y él sudaba y sudaba nervioso. Seguro que ella le observaba con ternura y cariño y animaba su esfuerzo. Todo lo que hacías con él se tornaba en un proceso nuevo de descubrimiento porque él casi siempre quería estar solo, ausente, feroz en la protección de su espacio, alejado, con sus obsesiones e ilusiones impenetrables en la cabeza. Era un hombre que nunca paraba de sentir, de vivir sus imaginaciones. Alguna vez me dijo cosas con gran sabiduría, otras habló horriblemente mal de mí siguiendo las consignas de mi otro hermano que algún día reventará de envidia e ira.

Su cuerpo se fortalecía de forma asombrosa y superaba en parte la fragilidad que se cebaba en él. Todo en mi hermano era misterioso: dónde iba, con quién quedaba, qué hacía, si iba a volver, si iba a meterse en un lío espantoso. Y cuando volvía a casa, a mi madre, a su televisión, a su cama, a su habitación, todo era casi un enigma, una especie de regalo, de milagro.

Para mi madre era una persona fundamental en su vida. Cuando la miro, cuando la escucho sé que ella le había conocido como nadie, le había esperado y había temido al mundo que podía hacerle tanto daño. Ella me recordará siempre la figura de mi hermano, porque casi era más su hijo que mi hermano. Él preguntaba quién cuidaría de él cuando mi madre faltara. Nunca tuvimos una respuesta clara a esa pregunta y nos creaba gran angustia, pero cuando cuando toda la familia nos volcamos en cuidarle en el hospital organizándonos como un regimiento, de repente ya no fue motivo de duda para el futuro.

Cuando era pequeño huía constantemente de mi madre, de mi padre. Se refugiaba en sitios cerca de casa porque no podía entender lo que le intentaban enseñar en el colegio. Bailaba solo con la música de la sección de jóvenes de Galerías Preciados. Creía en su ángel de la guarda, ahora lo vamos a poner en el espacio que ocupa, donde yace su cuerpo, donde vamos a visitarle hacia la eternidad. Ahora siempre cumplirá los 49 años, ahora ya no va a tener nunca 50. Ahora, cuando nos hagamos mayores, tendremos las sensación de que era nuestro hermano pequeño que nunca creció. Pero es que él nunca creció.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Esa hoja suelta del calendario

Aprendes rápido la dinámica de la Hyène, y ahora se quiere colar por todas las esquinas, por todas la grietas del cuerpo de mi hermano y de nuestro espíritu. Por ahora ha conseguido convertirle en un ser ausente, postrado, caquéctico y desganado. Pero para combatirla hemos aprendido a ser como un virus mutando estrategias, turnos y dinámicas de ataque. Antes amenazaba con la fiebre alta, y ahora con la baja, y cree que podrá con nuestro agotamiento. A mí me ha provocado parásitos intestinales, desorientación, lapsus de memoria, dolor y rechinar de espalda y de piernas, migrañas intensas de cabeza, cansancio y embotamiento en los ojos, y un eczema en el cuero cabelludo que intento no rozar con los dedos porque me escuece como si estuviera en carne viva, y que no me he mirado. Casi no me atrevo a que mi madre lo examine, y tal vez pueda ir a nuestro médico de cabecera el jueves. Tal vez... Es que pillas los bacilos al cerrar ochocientas veces los interruptores de la luz, los del ascensor, los mandos de la máquina de bebidas.

Ella avanza pero nuestro equipo está siempre a la defensiva, y aunque no conseguimos arrinconarla se detiene y envía a sus esbirros: bacterias hospitalarias, cucarachas, la amenaza de las escaras, la toxicidad, algunas personas sin experiencia que pinchan a mi hermano cuatro veces su carne quemada antes de conseguir encontrarle la vena para la vía.

No es nada fácil localizar las artimañas de la Hyène y comprender su efecto a corto plazo. Se ríe en nuestra cara; sólo somos insectos para ella, gusanos, una molestia pequeña e incordiante, porque ella siente cómo bloqueamos sus intentonas, y, aunque no nos tema, la hacemos avanzar más despacio. Después de todo, nuestras armas son caseras y rudimentarias: café, taxis, móviles, visitas frecuentes a la máquina de bebidas para hidratarnos, móviles, una armada de medicamentos, la coordinación impecable a la hora de pasarnos la información de forma colectiva. Nos damos moral, compartimos el pesimismo y las malas noticias de forma estoica, con honestidad relatamos la última declaración demoledora del médico adaptándola convenientemente cuando la relatamos a mi madre. Tenemos el control de enfermería al lado y hemos propiciado una relación amistosa y solidaria de doble sentido con las enfermeras, y no nos cabe ninguna duda de que son ellas quienes le mantienen vivo. Ellas forman parte de nuestra primera línea de ataque con su acción rápida y eficaz.

Mientras la Hyène maquina, en nuestra familia estudiamos cualquier gesto suyo, quejido, equívoco; nos informamos y ayudamos mutuamente a todas horas con llamadas cruzadas como un batallón, siempre cargando contra ella. Pero nuestras armas tienen efectos colaterales y van deslabazando el cuerpo de mi hermano. Ella contrarresta nuestros ataques con gran sagacidad, su entrenamiento es impecable. Busca el arponazo final, la debilidad y victoria tras múltiples acometidas mortales, el descorazonamiento, el momento clave.

Nos crea inquietud, ansiedad y desorientación, la tememos y a veces nos desesperamos; yo lloro delante de las enfermeras y mi hermana, pero no delante de mi hermano o de mi madre, y nunca del médico. Nuestra
economía es de guerra y hemos adaptado nuestro modus operandi para saber dónde nos encontramos en todo momento con respecto al avance de la enfermedad.

El mundo tras tu turno contiene y exhibe demasiada luz, demasiada despreocupación, demasiada ignorancia. Está ajeno a todo esto. Yo lo ignoro, pero me zambullo inmediatamente en mi lectura, mi trabajo artístico, la comunicación íntima con esas personas clave en mi vida en estos momentos.

Somos un capullo cerrado que contiene cuatro personas que desde dentro maquinan el último ataque contra la Hyène. No se puede destruirla ni herirla de muerte. Todo parece que lo hacemos a rastras, tarde, con exceso. Debemos reaccionar rápido en esas noches de espanto, pero a veces lo hacemos con retrasos al dar la voz de alarma, hiriendo a mi hermano con esas durísimas intervenciones médicas: le pinchan, le inyectan, le inoculan.

Al estar sola en la casa de mi madre observo que ella sigue pasando las hojas del calendario. En ese momento me entra un escalofrío que me provoca algo así como la sobriedad que le golpea de repente a una persona borracha al pasar algo terrible. Me recuerda cuándo me aprendí de memoria la fecha y la hora de muerte de mi padre, y me pregunto cuándo arrancaremos la última hoja de la vida de mi hermano, y qué haremos entonces.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Sitios


Me levanto, mis manos en la cintura, intentando ajustar las costillas en la caja torácica y estirar el cuello (es un movimiento innato que ejecutas automáticamente en el hospital). Mi rango de vista es una circunferencia interrumpida a la que le falta una sección. No tendría sentido darme la vuelta porque ahí no hay nada, tan solo la pared de la pared donde si siquiera soy consciente de que se arrumba otra habitación con otra familia, otro drama, otro dolor.

Tienes la mirada entrenada para saber lo que falta, lo que está en otro lugar, lo que puede mejorar; todo es cuestión de sitio, de cerrarse y abrirse, de quitar y poner: toallitas húmedas, vasos, botellitas de agua vacía, blisters de medicación, etc. Yo no sé dónde poner mis cosas, porque las necesito a mano, pero parece que todo está incómodo si le quito el hueco a las cosas que lo necesitan, que estarán aquí durante semanas rezumando este aire metálico e intransitable. Tengo miedo de que mi móvil se caiga cuando mi hermano coja el suyo y mueva la mesita inestable, de que alguien se siente en mi bolsa, de que el armario se agite por dentro y despegue del suelo, haga un boquete en el techo y emigre al espacio en una bola de fuego.

Mientras tanto no sé qué hacer con las zapatillas de mi hermano porque no se las pone. Siempre que miro en esa dirección ahí están las zapatillas. Mi prima vino ayer y creía que podía arreglarlo todo. No conoce el ritmo diario, ni que los objetos se han ganado su sitio y lo defienden desafiadamente. Todo se ve muy fácil desde fuera, pero cuando vives en este espacio recuperado de un campo de batalla (la enfermedad) o te adaptas al medio o no perteneces a él. Todas las pretensiones que ella tenía de cambiar las cosas le devolvían un saldo negativo. "¿Te pones las zapatillas?". "No". "¿Te pongo la botella más cerca." "No". "¿No querrías cambiarte de calcetines, andas con ellos por el suelo?". "No, que está bien". "¿Quieres que te ayude a enderezarte?". "No, no ... deja". Mi prima se pregunta cómo se puede vivir así, con la cabeza fuera de la almohada, el cuerpo a través del colchón en posición fetal desdoblada, la mitad de las piernas salidas de la cama; yo también, pero eso es normal. Ella se va apesadumbrada, ni siquiera su visita la reconforta ahora. Yo me voy para oler aire vivo y traérselo a mi hermano mañana en un frasco de bocas frescas y flores magnetizadas de septiembre.

Hiel


En este hospital la vista se posa en gente diferente todo el tiempo. Nunca sabes quién te va a atender y tú tampoco eres una cara conocida para las personas que trabajan aquí. Somos dos batallones de extrañeza, de recelo mutuo; pero el personal del hospital respira este aire sin dificultad y a mí me quema la garganta.

Libre


Estoy de vuelta en el hospital y su dinámica de termitero. Yo, sin embargo, quiero liberar el cuerpo en este lugar donde revisan y doman los cuerpos continuamente; quiero hacerlo volar y superar cualquier preocupación que no sea la del alma, ignorar la actividad constante de la máquina a mi alrededor.

Mi hermano me busca con la palabra y me obliga a levantar la vista de mis libros una y otra vez para responderle o escucharle. Yo estoy con él, pero no soy de nadie.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Sangre


Ya es septiembre, y para mí éste es un mes mágico en el que mis ideas concuerdan y puedo crear, me siento bien conmigo misma; y este año va a ser mejor que otros, mejor que todos, porque soy consciente de lo que puedo llegar a conseguir en septiembre cuando miro y reviso todos los otros septiembres.

No estoy flotando embriagada en ningún ambiente con exceso de oxígeno, ni tengo alucinaciones de éxito y conquista como en tantos otros rodajes; no siento que otras personas son dueñas de mi tiempo, ni que mi vida está empezando o que empieza de nuevo. No es nada de eso: es simplemente septiembre, mi septiembre, cuando no necesito metas porque yo ya soy capaz de hacer sueños y proyectos realidad como he hecho durante tantos otros septiembres: serendipity, intuición, lucidez. Pero no, no vivo en un mundo de fantasía.

Hoy me había olvidado, no me había percatado de que era uno de septiembre, porque tras leer con pasión hasta las cuatro de la madrugada mi madre me ha levantado tres horas más tarde con la tremenda noticia de que mi hermano había pasado una noche aciaga y me ha pedido que llegara allí a las ocho. El destino ha jugado toda la noche a la ruleta rusa con su hijo.

No necesitamos muchas palabras mi madre y yo. Yo no se las pido, no quiero exprimirle su escasa y preciada energía mental y emocional, y siempre hay tiempo para preguntas. No me da muchos detalles, pero tras oír las primeras palabras al coger el teléfono un instante después de estar soñando, mis oídos se agudizan y mi cerebro se despeja rápidamente. Mi hermano ha estado muy mal esta noche, como papá. Bien, sé perfectamente lo que eso significa.

Yo tampoco necesito muchas palabras conmigo misma cuando me lleno el termo de café y decido no ducharme porque quiero saltar en un taxi en cinco minutos; pero no puedo olvidarme de mis galletas porque Dios sabe cuándo voy a poder comer, y tres horas de sueño dan por lo menos para un par de galletas. Entre envolver las galletas en plástico de cocina y salir corriendo sin hacerlo hay cinco minutos en los que mi hermano puede estar muriéndose. Cuando la vida se mueve con esos parámetros yo saco lo mejor de mí misma (es septiembre, lo mismo pasó con mi padre el año pasado) y sé tomar decisiones, sé moverme entre campos de minas, sé orientarme en la total, absoluta y aterradora oscuridad. Mi hermano necesita que yo tenga café con leche de soja, que yo me haya comido unas galletas, que me haya podido mirar al espejo dos segundos más para saber qué aspecto voy a tener cuando me enzarce en batallas campales y siniestras con el equipo médico.

Las cosas pueden llegar a ser muy sencillas. En este caso nada de ello es nuevo, pero el año pasado todo lo era, y, sin embargo, mi comportamiento es muy parecido, aunque ahora cuento con la pequeña ventaja de la anticipación. Pero también conocer la verdad por anticipado a veces pesa como una bola de hierro.

Aquí estamos: la madrugada, el alba, el taxi, la calle desierta, el camino, la llegada, los ascensores en triplicado, la espera, los pasillos, el abrir la puerta de la habitación y entrar y pasar a formar parte de un ecosistema propio, alejado del mundo que ves allá debajo de las hileras e hileras de ventanas de todas las habitaciones.

Mi hermano físicamente cada vez se parece a una versión joven de mi padre, y el tener lo básico: una cama, un pijama azul, una mesita y una silla con joroba, hace que sus similitudes estén todavía más acentuadas. Y mi hermano está enseñando al mundo la misma mirada de zorro plateado.

Hay una cierta normalidad dentro de la estructura de una situación anormal, es como la vida en las trincheras donde los dientes no sólo sirven para comer sino como utensilio de trabajo o incluso moneda de cambio o de estraperlo.

El tiempo pasa volando cuando entablas una amistad imborrable con su compañero de habitación en cuestión de 24 horas si él ha estado presente en las crisis y ha estado a la altura. Y yo sé cómo utilizar el tiempo porque se te afinan los minutos y se te afilan los segundos, y en una habitación los metros útiles se usan al máximo para moverse, para buscar cosas, para colocarlas bien, para rodearle, tumbarle, moverle, sostenerle, circunvalar su aprensión y su mal humor, hasta para escucharle o inspeccionar su respiración cuando duerme. Los matices llegan a ser infinitos y nunca dejas de aprender(te) una nueva lección para los siguientes veinte minutos en los que una situación puede repetirse.

Le acaban de poner un aerosol y parece un astronauta o un viajero de la nave de Star Trek Voyager cruzando el tiempo y el espacio.

La sangre de mi hermano es intensamente roja antes de secarse en la sábana. Bueno, la verdad es que nadie sabe lo roja que es la sangre hasta que la ve en una bolsa. Esta mañana va por la segunda transfusión. Subo la vista hacia el colgador de la bolsa y mi mirada sigue con una lógica geométrica la línea curva del tubo que lleva la sangre a su vía en el brazo. El otro día, en un goteo de sueros, la vía se arrancó y la sangre chorreaba empapando las sábanas debajo de la manta, lejos de nuestra atención. Bien, yo me di cuenta, como siempre te das cuenta de esas cosas, cuando la hyène aparece silenciosa y agorera y cerca a tu padre o a tu hermano, dando vueltas por lo que ya considera un cuerpo perdido o a punto de caer. Es una sensación muy rápida, una fracción de una fracción de segundo, if you blink,  you miss it, y si no hubieras estado allí, cinco minutos es todo lo que se necesita cuando la sangre tiene vía libre.

La sábana y su pijama hoy tienen pequeñas manchas secas y otras más recientes y más rojas. Son como lunares que podrían tal vez cambiar de sitio como fichas del juego de la oca, por ejemplo. Tiene dos vías en los brazos y las conectan a esto o a lo otro constantemente, le pinchan el dedo para medirle la glucosa, le dan inyecciones, y la sangre simplemente mancha. La sangre se ve, es imposible no verla, no reflexionar sobre el hecho de que su lugar no está fuera; es un recordatorio del dolor, de la vulnerabilidad, de la lucha. A él no le importa ni le da miedo. Es más, no se ha percatado cuando yo le pregunto si quiere cambiarse la parte de arriba del pijama. Se busca las manchas por delante y por detrás girando y retorciéndose el cuello con cierta perplejidad. Yo cambio la sábana rápidamente con un golpe de muñeca fuerte cuando él va a la baño. La hyène retrocede, me enseña los dientes, gruñe asquerosamente y se va mezclándose sus patéticas cuatro patas quebradas en la huida.

viernes, 30 de agosto de 2013

Introvertida


De nuevo en el hospital, en la nueva habitación compartida de mi hermano. La pared de las habitaciones y de los pasillos tiene una cinta azul en la parte inferior que envuelve a la planta entera y te invita a seguirla. Recorres medicina interna en busca de un cuadrilátero y sus puntos cardinales, pero no eres capaz de entender la lógica que domina el diseño del alzado. Por lo tanto, te pierdes, y no te sirve de nada la referencia de la máquina del café porque vuelves a esa pared y no está, y la línea azul se ha convertido en amarilla, y ahora las habitaciones están aisladas y pone "infecciosas", y sales de allí pitando porque ya estás harta de bacilos hospitalarios que te rascan la garganta como buscando palabras que no has dicho o recompensas en forma de fluido que luego te dejan los ojos secos y pegados al levantarte y el estómago hecho polvo.

martes, 27 de agosto de 2013

Lugares comunes


Es increíble cómo es posible reiterar tus rutinas al volver al hospital. Entras en ese pequeño ecosistema mecánico donde te llaman "acompañante", "familiar", y te reducen a una estructura estanca de la que el personal del hospital se blinda. Eres un resorte para lanzarte frases hechas, consignas de su gremio, respuestas enlatadas con las que ignoran tu reacción: "No podemos facilitarle esa información", "tiene que hablar con su médico", "salga de la habitación un momento, por favor", "ahora le atenderá su enfermera", "no sabemos cuándo se le subirá a planta".

Ayer se infiltraron bacilos hospitalarios en mi cuerpo, al llegar a casa lo he notado. Siento una creciente disipación eléctrica en mis músculos,  un enjambre furioso de diminutas moscas de la fruta detrás de la frente, y una nube de esporas malignas escociéndome los senos paranasales. Me he despertado con esa sensación de desorientación tan típica de levantarse incubando algo. 

Por lo demás el día y la madrugada de ayer fueron un acomodo a los tan bien conocidos momentos de déja vù. Ya sabíamos cómo era la persona aséptica de recepción de las urgencias, las salas nombradas por números donde te hacen el primer reconocimiento, lo brillantemente blancas que son, la actividad frenética que se deja entrever desde el fondo donde se tratan las urgencias, los pasillos semioscuros que engullen los box, la camisola prensada y almidonada que hay que ponerse, la bolsa que contiene la ropa con la que entraste, el saber que eres una persona más, una de muchas que en la tarde-noche de hoy tiene que ingresar en el hospital. 

Conocemos bien lo que es esperar en el box donde entra y sale gente constantemente, donde te preguntan lo mismo una y otra vez; la incomodez de las sillas, congelarse con el aire acondicionado de la habitación, la sensación de esperar durante horas y hacer muchas preguntas que siempre quedan en el aire: "Eso se lo tiene que explicar su médico".

Es una sensación que sería familiar si no tuviera la densidad de un tiempo que se vuelve viscoso, que te incorpora a su naturaleza expansiva, que te retiene durante horas y horas sin avanzar. Sé perfectamente que los kikos de la máquina son duros, que las botellas de agua valen 90 céntimos (pero son más baratas que las de la cafetería); que la gente que está en la sala de espera de familiares te invade con sus conversaciones de móvil sobre la persona enferma, cuánto tiempo llevan ahí esperando, quién tiene que organizar el coche, la casa, los relevos. 

Cuando no sabes dónde mirar se te queda la vista magnetizada a las bolsas de sueros, como si con cada pestañeo cayera una gota más. Cuando te duele el cuerpo de cuadricularlo en la incómoda silla de acompañantes, te levantas y recorres el cuadrilátero obtuso de la habitación para luego concentrar tus músculos y tus huesos de nuevo al espacio inflexible de la silla. 

Es como recorrer el espacio y el tiempo en una correa mecánica que te ha vuelto a llevar al mismo sitio.

sábado, 24 de agosto de 2013

La hyène


La fiebre del cáncer crece, se espesa, retrocede para coger más fuerza en su próxima embestida. En mitad de la noche corre desbocada y escuece al aire que la exhala. No pretende ser lo que no es, sus síntomas son claros y brutales; nunca se disfraza.

Por cada grado de fiebre las pulsaciones incrementan en diez pasos su velocidad. Es fácil hacer la cuenta. Hay que evitar la fiebre a toda costa, el cáncer le produce a mi hermano un ritmo muy elevado de pulsaciones, y sin piedad le recuerda a su corazón la implacabilidad de la cobra. 

La lucidez que te otorga el miedo es afilada y cortante como una navaja. Él está sudando pero la fiebre le hace sentir un frío de escarcha. Mi madre observa y escucha con la atención afinada de un animal siempre pendiente de sus depredadores, con el coraje de las madres cuando una fuerza externa intenta herir a sus retoños; su la mirada alerta preparada para atacar como una pantera de ojos brillantes.

Cuando es de noche la luz en la habitación de un enfermo se tiñe de los claroscuros del silencio, de la precaución. Escucho a mi madre hablarle a mi hermano dulcemente, muy bajito, poniéndole el termómetro de nuevo, ofreciéndole agua, haciéndole tomar paracetamol efervescente, refrescando su frente con una toallita mojada, intentando persuadirle para que se cambie la camiseta empapada. Él siempre tiene puesta la televisión, que escupe un cierto tono azulado en las sombras. 38,8 °C : comienza el juego del ataque y la espera.

Tras una hora la fiebre sólo ha bajado dos décimas. Mi madre vuelve a la cama preocupada y se prepara para levantarse en media hora. Hablo un poco con ella y le voy a buscar un reloj de alarma porque no quiero que esté pendiente de la hora de la radio y no descanse, aunque este descanso sea frugal y desvelado. No quiere que deje encendida la luz de la campana extractora de humos de la cocina para no molestar a mi hermano, y yo no quiero que cada vez que ella se levante andando a ciegas por el pasillo, y encienda los halógenos de la cocina, se deslumbre con su chirriante fogonazo. Los halógenos son la letra dura, la verdad rendida a la crueldad. Me gustaría que la noche se iluminase con luces suaves, murmullos, movimientos lentos que se aliaran a la reflexión, que redujeran la atonía, que revelaran el qué hacer cuando las cosas no marchan; acompañantes quedos y amables de la enfermedad. 

Me gustaría que mi madre durmiese en el dormitorio y no en la habitación pequeña, pero ella quiere estar cerca de él por si le necesita. Tiene el móvil preparado en caso de que él, aún a pesar de estar a escasos metros de distancia, le haga una llamada perdida. Ella es todo oídos, y aún sumida en un estado previo al sueño es capaz de oír cualquier sonido procedente de su habitación. Es como si hubiera desarrollado la audición tridimensional de una ciega y pudiera visionar exactamente los movimientos de mi hermano: si se levanta, si se cae al suelo, si se revuelve en su cama entre alucinaciones febriles que hacen que las sábanas crujan y le ahoguen. 

Cuando finalmente me voy a la cama del dormitorio de mi madre, y le doy un beso tras apagarle la luz con el menor ruido posible, con la esperanza de que descanse unos minutos, veo que hay luz en la cocina; al acercarme mi hermano está de pie cerrando la nevera. Le pregunto si tiene hambre y me responde mascullando algo así como que sólo quería ver qué había. Se lo digo a mi madre y ella se levanta en seguida, con urgencia, como con un resorte que le propulsa el cuerpo de felina hacia él. Se la ve algo más aliviada, porque el que mi hermano tenga hambre es buena señal.

Le hacemos dos filetes y mientras tanto hablamos de cuando mi madre atendía a un asentamiento chabolista con gente gitana en los años ochenta en el sur de Madrid, en una zona llamada equivocadamente La Fortuna. Hay muchas historias que nos hacen reír a las dos. Como cuando mi padre ni corto ni perezoso fue allí a hablar con el patriarca para decirle que cuando quisieran ir a la consulta se les atendería sin ningún problema, tuvieran o no tarjeta sanitaria.

Y la historia de la cabra no la había escuchado antes.

Mi hermano come rápido, con apetito, y pide que vertamos aceite frito sobre los filetes. Cuando termina, mi madre, con una gran sonrisa, me enseña el plato rebañado y brillante, sin una sola miga a la vista de la media barra de pan que se ha comido.

Al medirle la temperatura después de comer, a las dos de la madrugada, la fiebre se va sibilante por la ventana. Desaparece como si volara en la noche, y arrastra el sudor y las alucinaciones. Mi madre seguirá midiéndole la temperatura a mi hermano cada dos horas durante toda la noche porque la hyène es traicionera. 

viernes, 23 de agosto de 2013

Entropía


La fiebre sube. Ahora, a la una de la madrugada.

La noche se contrae, continúa su rumbo, se vuelve impenetrable, desconfiada, y no da ninguna pista sobre cómo van a desarrollarse los acontecimientos. Como siempre obliga a mi madre a estar desvelada, pendiente, preocupada.

Mi hermano quiere una botella de agua fría, pero él está tiritando. Hay una pequeña rutina: si la fiebre sube medio grado se le da una pastilla y se espera media hora más. Si está bajando, entonces se puede esperar con mayor tranquilidad. Mi madre me pregunta si quiero caldo, porque hay mucho en la cazuela hecho de hoy. Es la una de la mañana pero para ella es sólo el comienzo de otro tramo del día.

Hoy no tengo coraje para irme de su lado, no sé si aguantaré el levantarme cada media hora durante toda la noche. Por lo menos intentaré estar despierta hasta que la fiebre baje.

No me gusta esta noche, me resulta baldía, desagradable. No me interesa nada de ella. Dan ganas de darse la vuelta y abandonarla.

domingo, 11 de agosto de 2013

The body electric

En el hospital el tiempo está suspendido en el aire cargado de sudor. Los segundos se mueven como un moscardón ansioso y mareado bordoneando un tubo fluorescente intermitente y ruidoso. La cadencia entre el vuelo circular del insecto y el chasquido del fluorescente al apagarse y encenderse sustituye al rítmico metrónomo del segundero de un reloj barato de pared.

Mi madre se atormenta porque la muerte no juega limpio. Puedes desesperarte y contemplar derrotada e impotente el canto del cisne, o mantener una actitud de vigilancia para encontrar a la enfermedad en una renuncia.