Saber qué sentir o qué es lo que sientes a veces es un reto. Y ahora que toda la familia se estremece y la tristeza se apodera de mi madre, de mi hermana y de mí, encontrar territorio sólido sobre el cual posar el pie es tarea difícil.
Creo que me encuentro totalmente en shock en estos momentos, y sorprendida de estarlo. El tiempo está suspendido en el aire y sólo corren remolinos de arena que se te mete en los ojos. El proceso normal de la percepción de las cosas está amañado. Ya no sé lo que es la normalidad. Tengo la sensación de que no puedo ser sincera casi con nadie, porque la expresión de mis sentimientos está velada. El mundo, la gente, las conversaciones van a una velocidad y yo a otra. He querido compartir cómo me sentía, pero ahora siento que no tengo tiempo. El poco tiempo que logro cuajar y convertir en mío lo necesito para situarme en este preciso instante.
Estoy muy cansada, me estoy recuperando muy lentamente. Guardo en mi mente y rememoro a menudo varias imágenes. Las miro para extraerles algo de significado, porque van a ser estampas de la vida y la muerte de mi hermano que voy a recordar siempre. Son como túneles del tiempo, como frescos que pueden observarse una y otra vez.
Estoy aturdida y me siento bastante estúpida. Ahora mismo soy una estúpida funcional, podría decirse. Soy una barca a la deriva, y mi responsabilidad es izarme la vela y remolcarme. Estoy remolcando a mi madre, pero ella con su fuerza volverá a darme vida tan sólo viendo cómo logra salir adelante.


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