domingo, 12 de enero de 2014

Stendhal syndrome


It's the flavour of you inhabited by pain and longing. I'm still here, have not found you.  

miércoles, 24 de julio de 2013

Forever be true

Forever me

Forever thou

Forever true

jueves, 25 de abril de 2013

Todo este silencio


Es para no seguir buscando, es para no pedir ayuda, es un estilo de vida, es para no recaer. Es para respirar.

lunes, 1 de abril de 2013

Vintage new


Initially it's not easy, but I've got better at it. Roaming through old thoughts and new revisions, the choices are there. Being is believing. 

The future is bright

brighter

down there

somewhere 

In the vault where the heart reoffends and swirls around like a blooming flower bud on fire. There's plenty of looks and glances directed at me, through to the end. Retake the challenges, I'd say. 

domingo, 10 de marzo de 2013

Slow boot


Time goes on, it's an unlikely sphere of knowledge and ritual. There are many things that make sense in their own way, through the prism of their own thought, but it takes a while for me to envisage the meaning of it all, the entourage and crocheting that took stuff to settle and be. 

I keep on running on long hauls. Life is showing me slowly what I am about. 

sábado, 9 de marzo de 2013

Título de la entrada.


Me pregunto lo que es la escritura. ¿Es escribir un libro? No. ¿Es que te lean? No. ¿Es escribir todos los días? No. ¿Es pensar en escribir? No. 

Es tener en mente todo el tiempo que la vida es texto, el lenguaje (in)verso y el aire rítmico. 

domingo, 3 de febrero de 2013

Cartas


Pasan de mano en mano sin ser abiertas, hasta que llegan a ti. Cuando las tienes en tus manos están calientes como el algodón en rama asido a la tierra.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Fat buttery words


Llevo tres días escribiendo sin parar. Lo único malo es que me duelen los ojos, pero no tengo más remedio que utilizar el ordenador. Tengo ganas de utilizar de nuevo una máquina de escribir, como hacía a los doce años; o simplemente escribir en folios encima de mi mesa, como cuando tenía siete años. Desconozco si Virginia Woolf escribió con una máquina de escribir Smith Corona; aunque por su diario sí sé que en muchas ocasiones ayudó a Leonard a editar sus libros en su imprenta, la Hogarth Press, letra por letra, pieza por pieza. Llenándose las uñas de tinta mientras preparaba minuciosamente la tipografía, congratulándose cuando avanzaban un par de páginas diarias más. 

Me pregunto cómo sería volver a escribir sin poder retractar(se) tan fácilmente. Llenándote los dedos de Tippex, o creando nubes de anotaciones para cuando fueras a pasar el original a máquina. Cuando hacía esto (y lo hice desde los 6 a los 21 años) el proceso entero llevaba un tiempo que no se me hacía pesado. Cada día era una decena de páginas; cada golpe táctil contra la blandura del papel o la brillantez de la tecla de la máquina de escribir establecía el ritmo, el rumbo, el encuentro con el próximo minuto, la próxima hora, el final del día y la concatenación con el siguiente. 

El teclado escalonado permitía reconocer cada palabra tuya, única, por el ímpetu que supone el choque en seco contra la tecla y el papel almidonado. Hay palabras cortas que requieren una sola mano cayendo en picado desde el aire. Otras, un foxtrot, o un vals interpretado en la máquina a dos manos. Y el golpe de efecto contra el carro al terminar una línea era suficiente para reafirmarte en el espíritu del párrafo anterior, una pausa para tomar aire, un nuevo quiebro de tu imaginación literaria. 

Cuando tenía vacaciones me levantaba por la mañana saltando de la cama con ganas de escribir: era mi pasión, mi trabajo, mi identidad. Escribir y el cine, claro. Durante muchos años llevaba un diálogo personal e interno conmigo misma y mis libros, y llegué a ser muy buena en eso. Me sorprendía incluso cuando podía compartir pasiones, narraciones e ideales (e ídolos)  literarios con otras personas. Y fue en el instituto donde pude expresarlas más cómodamente. Después con mis películas y mis guiones. 

Ahora me siento de nuevo entregada al vaivén de este trabajo, a la pasión, a la naturalidad que en mí radica. Lo que más me gusta es que de repente leer tiene sentido; empaparse de los viajes literarios, como hacía antes, es un proceso natural, necesario, alimenticio. Por fin entiendo por qué me encontraba tan entumecida últimamente en mis lecturas: había perdido el rumbo, la lógica que me permitía el diálogo con el libro, con la autora, el autor, con la literatura encerrada en las palabras. Porque no podía crear esa trayectoria que se retroalimentaba, con la que de alguna manera en la escritura respondía a mis lecturas, y en la lectura imaginaba mi propia literatura. 

He de decir que leo casi exclusivamente en inglés, pero no me voy a atormentar por eso. He pasado la etapa más importante de mi vida leyendo y mezclándome la esencia con todos los libros imaginables en castellano y traducidos, y ahora mi mente bebe y se poliniza entusiasmada con los conceptos, narrativas y rastreos que me proporciona el inglés y la cultura anglosajona e internacional. 

Me siento feliz escribiendo en inglés y en castellano. Es muy diferente. ¿Cuántas vidas posibles puede experimentar la mente? El poder beber de otro idioma me permite explorar miles de puntos ciegos en mi cabeza, imaginarlos y sacarlos a la luz. Y a veces se produce una mezcla pirotécnica de culturas y fuselajes, especialmente cuando intento decir en español algo que diría fácilmente en inglés. 

Me gusta el inglés porque tengo la inmensa suerte de descubrir palabras nuevas todos los días. Mi boca se deleita con ellas, con el sonido, el chasquido, la textura y el ritmo de estas nuevas palabras que inmediatamente enlazo con sus significados, sus sueños, sus quimeras; las mías. 

Es la pasión por las palabras que me hizo atesorar los dos pesados volúmenes del diccionario de María Moliner cuando tenía 16 años. Estos mismos libros han viajado conmigo por el mundo y han saltado de país en país cuando cambiaba mi residencia. No ha sido fácil, pero no podía dejarlos atrás (ellos tampoco querían abandonarme a mi suerte). 

Mi casa está vacía, no sé dónde han ido a parar los cientos y cientos de libros que he leído cuando estaba fuera. Y la mayoría de los que leí aquí, en Madrid, se encuentran atesorados en decenas de cajas en los altillos de la casa de mi madre. Parece ser que mi madre también desmontó mi adorada librería blanca, y guardó las barras y los estantes para que cuando yo pueda vuelva a reconstruir en mi casa. 

Pero el diccionario de María Moliner ha estado siempre conmigo. Es el libro más maravilloso que jamás he podido leer. Y nunca se acaba. 

I like wordshttp://www.lettersofnote.com/


Dear Sir:

I like words. I like fat buttery words, such as ooze, turpitude, glutinous, toady. I like solemn, angular, creaky words, such as straitlaced, cantankerous, pecunious, valedictory. I like spurious, black-is-white words, such as mortician, liquidate, tonsorial, demi-monde. I like suave "V" words, such as Svengali, svelte, bravura, verve. I like crunchy, brittle, crackly words, such as splinter, grapple, jostle, crusty. I like sullen, crabbed, scowling words, such as skulk, glower, scabby, churl. I like Oh-Heavens, my-gracious, land's-sake words, such as tricksy, tucker, genteel, horrid. I like elegant, flowery words, such as estivate, peregrinate, elysium, halcyon. I like wormy, squirmy, mealy words, such as crawl, blubber, squeal, drip. I like sniggly, chuckling words, such as cowlick, gurgle, bubble and burp.

I like the word screenwriter better than copywriter, so I decided to quit my job in a New York advertising agency and try my luck in Hollywood, but before taking the plunge I went to Europe for a year of study, contemplation and horsing around.

I have just returned and I still like words.

May I have a few with you?

Robert Pirosh
385 Madison Avenue
Room 610
New York
Eldorado 5-6024


martes, 11 de septiembre de 2012

(re) Construcción


Esta mañana ya se veía venir que iba a ser un día un poco oscuro, y así ha sido ... No he conseguido quitarme esta ligera y siniestra sensación de desgaste. Pero supongo que es normal porque la actividad que tengo es muy absorbente, y me tiene demasiado emboscada como para poder relajarme todo lo que quisiera. Aunque me da tiempo a escuchar más música que nunca (y descubrir nueva gente) porque hay muchas cosas que hago en el montaje que no necesito oír y la música me acompaña . 

Lo que pasa es que desde que he decidido que mi trabajo es lo que tiene prioridad, me doy cuenta de la materia de la que está compuestos el tiempo y los sectores del día, algunos de ellos defectuosos desde que en mi historia personal ha figurado la depresión pertinaz durante tantos años. 

Dentro de lo que es la reconstrucción está el aprender de nuevo en qué consiste la vida, así, simplemente. Y con eso me refiero a cómo se poliniza y transcurre, qué combustible llevan los vuelos del tiempo. Antes tenía la vida bastante estructurada en torno a un ambiente en el que intentaba protegerme de todo aquello que me hiciera sentirme peor; y había muchas, muchas cosas que me hacían sentir mal. Desarrollé una estrategia que me permitió aprender y cultivar la esperanza de que las cosas cambiaran. Pues bien: han cambiado, y ahora estoy llevando a cabo la rehabilitación para aprender de nuevo, saber cómo afrontar la cotidianidad, el trabajo, las relaciones personales, la fruta madura que cae en mi regazo, las evocaciones en mi memoria, el proceso de las acciones. Todo aquello que la depresión te roba. 

Siento que estoy limpiándome poco a poco la pez pringosa y abrumadora que me ha estado impidiendo salir adelante, salir afuera, respirar aire, hacer cosas y ser yo. Cada día veo cómo se me abren puertas y posibilidades que no sé muy bien cómo afrontar porque tengo que aprender a utilizar las herramientas. 

Ahora ya no se trata de relajarme continuamente para no desesperarme, de cultivar la esperanza con el aprendizaje de cómo funciona la mente cuando está encerrada entre rejas y aprisionada con cadenas en la cárcel del conde de Montecristo. Ahora se trata de trabajar y saber cómo expandirme, cómo nutrir una mente y un cuerpo ávido por alcanzar su potencial. 

Por ejemplo: antes me resultaba difícil imaginar con precisión aquello que quería. Ahora estaba pensando que estoy agotada de estar doce horas al día montando delante de dos ordenadores, y que debería salir a tomar el aire. Y me han venido a la mente esas salidas a la costa en California, ese aire hinchado de frescor y sueños que se pueden hacer realidad. Ese salir en el coche de Regina sin previo aviso en expediciones nocturnas a sitios insospechados, conocer gente, ir a bailar música eléctrica y sensual con los brazos casi tocando el azul del cielo, y las caderas girándose enredadas en los cuerpos prendados de deseo y amor florido. Y cuando pienso que lo que me queda más a mano aquí es un paseo por la calle Fuencarral o la Plaza de Olavide me siento desubicada. Ya sé que es una tontería, que mi listón está demasiado alto, pero sólo estoy hablando de cómo estas imágenes retornan de mi memoria escondida, y la música que estoy escuchando estos días me las devuelve. 

Pero mis noches con Septiembre hablando sentadas en el recinto de su casa en Aluche me hacía sentir igual de bien, porque estaba en su compañía. 

Lo que me pasa es que estoy llena de vida.