Lo que pasa es que desde que he decidido que mi trabajo es lo que tiene prioridad, me doy cuenta de la materia de la que está compuestos el tiempo y los sectores del día, algunos de ellos defectuosos desde que en mi historia personal ha figurado la depresión pertinaz durante tantos años.
Dentro de lo que es la reconstrucción está el aprender de nuevo en qué consiste la vida, así, simplemente. Y con eso me refiero a cómo se poliniza y transcurre, qué combustible llevan los vuelos del tiempo. Antes tenía la vida bastante estructurada en torno a un ambiente en el que intentaba protegerme de todo aquello que me hiciera sentirme peor; y había muchas, muchas cosas que me hacían sentir mal. Desarrollé una estrategia que me permitió aprender y cultivar la esperanza de que las cosas cambiaran. Pues bien: han cambiado, y ahora estoy llevando a cabo la rehabilitación para aprender de nuevo, saber cómo afrontar la cotidianidad, el trabajo, las relaciones personales, la fruta madura que cae en mi regazo, las evocaciones en mi memoria, el proceso de las acciones. Todo aquello que la depresión te roba.
Siento que estoy limpiándome poco a poco la pez pringosa y abrumadora que me ha estado impidiendo salir adelante, salir afuera, respirar aire, hacer cosas y ser yo. Cada día veo cómo se me abren puertas y posibilidades que no sé muy bien cómo afrontar porque tengo que aprender a utilizar las herramientas.
Ahora ya no se trata de relajarme continuamente para no desesperarme, de cultivar la esperanza con el aprendizaje de cómo funciona la mente cuando está encerrada entre rejas y aprisionada con cadenas en la cárcel del conde de Montecristo. Ahora se trata de trabajar y saber cómo expandirme, cómo nutrir una mente y un cuerpo ávido por alcanzar su potencial.
Por ejemplo: antes me resultaba difícil imaginar con precisión aquello que quería. Ahora estaba pensando que estoy agotada de estar doce horas al día montando delante de dos ordenadores, y que debería salir a tomar el aire. Y me han venido a la mente esas salidas a la costa en California, ese aire hinchado de frescor y sueños que se pueden hacer realidad. Ese salir en el coche de Regina sin previo aviso en expediciones nocturnas a sitios insospechados, conocer gente, ir a bailar música eléctrica y sensual con los brazos casi tocando el azul del cielo, y las caderas girándose enredadas en los cuerpos prendados de deseo y amor florido. Y cuando pienso que lo que me queda más a mano aquí es un paseo por la calle Fuencarral o la Plaza de Olavide me siento desubicada. Ya sé que es una tontería, que mi listón está demasiado alto, pero sólo estoy hablando de cómo estas imágenes retornan de mi memoria escondida, y la música que estoy escuchando estos días me las devuelve.
Pero mis noches con Septiembre hablando sentadas en el recinto de su casa en Aluche me hacía sentir igual de bien, porque estaba en su compañía.
Lo que me pasa es que estoy llena de vida.


2 Comments:
Magnifica entrada.
Beso
Nieves
Come to California with me, baby ;-)
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