martes, 11 de septiembre de 2012

Black Horse


Rápidamente se canalizan las intensas pérdidas que retiran el habla al corazón roto. Son imágenes extraviadas que pronto encuentran túneles para reembarcarse en el dolor. Simples, dispuestas, interceptadas por la niebla de tu rostro esquivo y tus ojos brillantes que miran pero no responden. 

No se sabe cuándo los recuerdos serán ágiles o tiernos, cuando retirarán su dureza metálica y su brillo intemperado. Entregarse significa retroceder y esperar. El perfil de la sensualidad del cielo lo atribuyes a mi cuerpo inquieto, a mi ansia, a la forma que tengo de dinamizarte. Pero todavía no sé cuál será el resultado del paso entre este cruce de caminos. 

El esmerado tesón con el que construyo el mirador de mis sentimientos se rebela ante las intersecciones de tu mirada. Si yo pudiera ser más rápida, más fugaz, me entregaría a los roces suaves del presentimiento, y podría salvar estos retrocesos y sus quiebros. 

El zorro sabe en qué consisten los preparativos de este futuro encuentro. Podría vagar sin dirección, pero no necesita hacerlo. Su perfil se amansa en las esquinas, y su sombra se alarga en flexibles formas, con la plasticidad del enamoramiento. Si pudiera saltar, lo haría. Regresaría por un instante al balcón de Hackney, por encima de las zarzas encadenadas de rosas, por encima de los salientes de los ladrillos del edificio y su esquivo polvo naranja iluminado. Refregaría su brillante y fuerte pelo pardo contra la baranda oxidada hasta que los destellos de ámbar renovaran el color de su pelaje. Los ojos fijos, la pupila entera, los pliegues de su mirada resbalando por tu piel. Ya es hora de retornar a las horas brujas de la noche ciega, y relumbrar en todo mi esplendor. 

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