¡Qué cansancio! Poco puedo decir hoy aparte de que he perdido el tiempo demasiado, lo que me suele pasar cuando intento recuperarlo o, mejor dicho, hallarlo después de haber visto cómo mi tiempo dejaba de ser mío y mi vida se volvía atemporal, retorciéndose entre el día y la noche sin mayor sentido, tan sólo cargando con la culpa y el desengaño.
O sea que hoy he intentado desentrelazar un poco el nudo gordiano, y eso pasa por perderme entre los eslabones y las pequeñas ventanas que comienzan a abrirse entre la cadena del medallón.
Hoy también he terminado el día haciendo una reflexión sobre la maternidad y sobre mi propia independencia, y me he dado cuenta de que mi madre es mi madre, y no mi amiga, con lo que debo posicionarme en un espacio cercano a ella, pero sin reaccionar ante todo lo que hace o dice, porque eso también es una invasión de su territorio aparte de una fuente de decepciones para mí.
Debo reconocer que ella no suele meterse demasiado con lo que yo hago siempre que no se lo cuente, por lo menos en estos momentos; y aunque teme mi distanciamiento también se crispa cuando la empujo a la piscina, a mi piscina de razonamientos, de investigación, para explicar los motivos, profundizar en los hechos; mi constelación de pensamientos, el análisis de los sentimientos. Ahí es donde se produce la gran colisión y tengo que ser muy prudente.
Me da pena perderme cosas con ella, sobre todo cuando hay algo en mí que me dice que mi madre tiene un bagaje cultural y personal para cargar con todo, pero tal vez mi madre no es tan reflexiva como yo puedo ser ni tampoco tan impulsiva como yo soy tantas veces. Yo he bebido muchísimo de su bagaje, de su sabiduría, de sus conocimientos, de su carácter, aunque ahora tengo más problemas para imitarla. Pero sí tengo claro los aspectos en los que ella me sobrepasa, y es ahí donde debería centrarme, y no en lo que falta o en lo que se excede.