jueves, 5 de junio de 2014

Alma máter

¡Qué cansancio! Poco puedo decir hoy aparte de que he perdido el tiempo demasiado, lo que me suele pasar cuando intento recuperarlo o, mejor dicho, hallarlo después de haber visto cómo mi tiempo dejaba de ser mío y mi vida se volvía atemporal, retorciéndose entre el día y la noche sin mayor sentido, tan sólo cargando con la culpa y el desengaño. 

O sea que hoy he intentado desentrelazar un poco el nudo gordiano, y eso pasa por perderme entre los eslabones y las pequeñas ventanas que comienzan a abrirse entre la cadena del medallón. 

Hoy también he terminado el día haciendo una reflexión sobre la maternidad y sobre mi propia independencia, y me he dado cuenta de que mi madre es mi madre, y no mi amiga, con lo que debo posicionarme en un espacio cercano a ella, pero sin reaccionar ante todo lo que hace o dice, porque eso también es una invasión de su territorio aparte de una fuente de decepciones para mí. 

Debo reconocer que ella no suele meterse demasiado con lo que yo hago siempre que no se lo cuente, por lo menos en estos momentos; y aunque teme mi distanciamiento también se crispa cuando la empujo a la piscina, a mi piscina de razonamientos, de investigación, para explicar los motivos, profundizar en los hechos; mi constelación de pensamientos, el análisis de los sentimientos. Ahí es donde se produce la gran colisión y tengo que ser muy prudente. 

Me da pena perderme cosas con ella, sobre todo cuando hay algo en mí que me dice que mi madre tiene un bagaje cultural y personal para cargar con todo, pero tal vez mi madre no es tan reflexiva como yo puedo ser ni tampoco tan impulsiva como yo soy tantas veces. Yo he bebido muchísimo de su bagaje, de su sabiduría, de sus conocimientos, de su carácter, aunque ahora tengo más problemas para imitarla. Pero sí tengo claro los aspectos en los que ella me sobrepasa, y es ahí donde debería centrarme, y no en lo que falta o en lo que se excede. 
  

viernes, 20 de diciembre de 2013

Nautilus


Intrépidas aventuras. Me sitúo. 

martes, 10 de diciembre de 2013

lunes, 25 de noviembre de 2013

The way they went


They left with candour, they left in the same way: silently and present. Both my dad and my brother left together, they left with us.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Inocencia


No sé muy bien quién sería en este momento si no hubiera perdido la inocencia. Con las muertes de mi padre y de mi hermano este año la he perdido.

Perderla quiere decir ver cómo surgen sentimientos dentro de ti, notar cómo se prenden a tu carne, decir adiós a aquéllos que antes te protegían, acoger en tu seno a los que desde este momento han de calentarte cuando haga frío, impedirte caer aunque exploten granadas a tu alrededor, aunque te empujen y caigas por un precipicio.

Ahora sería una persona que tendría un techo sobre su cabeza sostenido por una falsa idea de seguridad. Tal vez alguien con miedo a caer, a sufrir. Alguien más vulnerable pero menos sensible, alguien con menos conocimientos. No sabría lo que sé ahora sobre la permanencia, la pérdida, la fragilidad, lo que se escucha cuando todo es silencio. No sabría parar, frenar. No sabría erguirme cuando tienes que empujar tu cuerpo adelante, levantarte y hacerte cargo de una inmensidad de dolor, responsabilidad, realidad. Y sobre todo no sabría que no es tan fácil rendirse. 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Enorme


Me acuerdo de tocarle la cara y recorrerla con mis manos, tenía esa textura especial por donde corría su melanina que también era la mía y la de mi hermana; una piel fuerte, hidratada y enternecedora que me hacía sentirme viva, suya. Sus labios eran perfectos, esculpidos con líneas finas como en una estatua clásica, con un color beige rosado que resonaba en mi memoria, me recordaba sus besos, especialmente los que ahora me podía dar, suaves, blandos, con esfuerzo, acercándose todo lo que podía. Me gustaba tocar también el cuello rígido de su camisa, bien planchado, cercando su fuerte y amplio cuello; parecía vestirse el cuerpo, la piel con su innata elegancia para seguir haciéndonos partícipes de ella. 

Yo le abrazaba los últimos años para sentir su fuerte musculatura, esa espalda que había visto tantas veces, tan amplia, ancha, cruzada de arriba abajo por una línea del grosor del dedo índice, redondeada a los lados y flexible, potente. Y al abrazarle podía contener su espíritu, la tonalidad de nuestra relación, el hecho de cuidarle y querer cuidarle más, el fuselaje de toda su vida en acción, en movimiento, enorme, absolutamente enorme. Sigue siendo mío, y yo su hija.


domingo, 1 de septiembre de 2013

Sangre


Ya es septiembre, y para mí éste es un mes mágico en el que mis ideas concuerdan y puedo crear, me siento bien conmigo misma; y este año va a ser mejor que otros, mejor que todos, porque soy consciente de lo que puedo llegar a conseguir en septiembre cuando miro y reviso todos los otros septiembres.

No estoy flotando embriagada en ningún ambiente con exceso de oxígeno, ni tengo alucinaciones de éxito y conquista como en tantos otros rodajes; no siento que otras personas son dueñas de mi tiempo, ni que mi vida está empezando o que empieza de nuevo. No es nada de eso: es simplemente septiembre, mi septiembre, cuando no necesito metas porque yo ya soy capaz de hacer sueños y proyectos realidad como he hecho durante tantos otros septiembres: serendipity, intuición, lucidez. Pero no, no vivo en un mundo de fantasía.

Hoy me había olvidado, no me había percatado de que era uno de septiembre, porque tras leer con pasión hasta las cuatro de la madrugada mi madre me ha levantado tres horas más tarde con la tremenda noticia de que mi hermano había pasado una noche aciaga y me ha pedido que llegara allí a las ocho. El destino ha jugado toda la noche a la ruleta rusa con su hijo.

No necesitamos muchas palabras mi madre y yo. Yo no se las pido, no quiero exprimirle su escasa y preciada energía mental y emocional, y siempre hay tiempo para preguntas. No me da muchos detalles, pero tras oír las primeras palabras al coger el teléfono un instante después de estar soñando, mis oídos se agudizan y mi cerebro se despeja rápidamente. Mi hermano ha estado muy mal esta noche, como papá. Bien, sé perfectamente lo que eso significa.

Yo tampoco necesito muchas palabras conmigo misma cuando me lleno el termo de café y decido no ducharme porque quiero saltar en un taxi en cinco minutos; pero no puedo olvidarme de mis galletas porque Dios sabe cuándo voy a poder comer, y tres horas de sueño dan por lo menos para un par de galletas. Entre envolver las galletas en plástico de cocina y salir corriendo sin hacerlo hay cinco minutos en los que mi hermano puede estar muriéndose. Cuando la vida se mueve con esos parámetros yo saco lo mejor de mí misma (es septiembre, lo mismo pasó con mi padre el año pasado) y sé tomar decisiones, sé moverme entre campos de minas, sé orientarme en la total, absoluta y aterradora oscuridad. Mi hermano necesita que yo tenga café con leche de soja, que yo me haya comido unas galletas, que me haya podido mirar al espejo dos segundos más para saber qué aspecto voy a tener cuando me enzarce en batallas campales y siniestras con el equipo médico.

Las cosas pueden llegar a ser muy sencillas. En este caso nada de ello es nuevo, pero el año pasado todo lo era, y, sin embargo, mi comportamiento es muy parecido, aunque ahora cuento con la pequeña ventaja de la anticipación. Pero también conocer la verdad por anticipado a veces pesa como una bola de hierro.

Aquí estamos: la madrugada, el alba, el taxi, la calle desierta, el camino, la llegada, los ascensores en triplicado, la espera, los pasillos, el abrir la puerta de la habitación y entrar y pasar a formar parte de un ecosistema propio, alejado del mundo que ves allá debajo de las hileras e hileras de ventanas de todas las habitaciones.

Mi hermano físicamente cada vez se parece a una versión joven de mi padre, y el tener lo básico: una cama, un pijama azul, una mesita y una silla con joroba, hace que sus similitudes estén todavía más acentuadas. Y mi hermano está enseñando al mundo la misma mirada de zorro plateado.

Hay una cierta normalidad dentro de la estructura de una situación anormal, es como la vida en las trincheras donde los dientes no sólo sirven para comer sino como utensilio de trabajo o incluso moneda de cambio o de estraperlo.

El tiempo pasa volando cuando entablas una amistad imborrable con su compañero de habitación en cuestión de 24 horas si él ha estado presente en las crisis y ha estado a la altura. Y yo sé cómo utilizar el tiempo porque se te afinan los minutos y se te afilan los segundos, y en una habitación los metros útiles se usan al máximo para moverse, para buscar cosas, para colocarlas bien, para rodearle, tumbarle, moverle, sostenerle, circunvalar su aprensión y su mal humor, hasta para escucharle o inspeccionar su respiración cuando duerme. Los matices llegan a ser infinitos y nunca dejas de aprender(te) una nueva lección para los siguientes veinte minutos en los que una situación puede repetirse.

Le acaban de poner un aerosol y parece un astronauta o un viajero de la nave de Star Trek Voyager cruzando el tiempo y el espacio.

La sangre de mi hermano es intensamente roja antes de secarse en la sábana. Bueno, la verdad es que nadie sabe lo roja que es la sangre hasta que la ve en una bolsa. Esta mañana va por la segunda transfusión. Subo la vista hacia el colgador de la bolsa y mi mirada sigue con una lógica geométrica la línea curva del tubo que lleva la sangre a su vía en el brazo. El otro día, en un goteo de sueros, la vía se arrancó y la sangre chorreaba empapando las sábanas debajo de la manta, lejos de nuestra atención. Bien, yo me di cuenta, como siempre te das cuenta de esas cosas, cuando la hyène aparece silenciosa y agorera y cerca a tu padre o a tu hermano, dando vueltas por lo que ya considera un cuerpo perdido o a punto de caer. Es una sensación muy rápida, una fracción de una fracción de segundo, if you blink,  you miss it, y si no hubieras estado allí, cinco minutos es todo lo que se necesita cuando la sangre tiene vía libre.

La sábana y su pijama hoy tienen pequeñas manchas secas y otras más recientes y más rojas. Son como lunares que podrían tal vez cambiar de sitio como fichas del juego de la oca, por ejemplo. Tiene dos vías en los brazos y las conectan a esto o a lo otro constantemente, le pinchan el dedo para medirle la glucosa, le dan inyecciones, y la sangre simplemente mancha. La sangre se ve, es imposible no verla, no reflexionar sobre el hecho de que su lugar no está fuera; es un recordatorio del dolor, de la vulnerabilidad, de la lucha. A él no le importa ni le da miedo. Es más, no se ha percatado cuando yo le pregunto si quiere cambiarse la parte de arriba del pijama. Se busca las manchas por delante y por detrás girando y retorciéndose el cuello con cierta perplejidad. Yo cambio la sábana rápidamente con un golpe de muñeca fuerte cuando él va a la baño. La hyène retrocede, me enseña los dientes, gruñe asquerosamente y se va mezclándose sus patéticas cuatro patas quebradas en la huida.

miércoles, 24 de julio de 2013

Lámpara fija

Al desnudo

Te desnudas y ves que eres poeta o que manipulas el aire como una poeta, como Eduardo Manostijeras, con esa incapacidad tan tremenda de ser feliz a veces. Madre mía, fíjate lo que has heredado de tu padre. Pero él no sabía por qué sufría.

lunes, 24 de junio de 2013

Te queremos, Madiba



lunes, 15 de abril de 2013

Visitas


Caminos de ida y vuelta, la reserva abierta, la vida entrecortada. La lluvia se amortaja, es en el recordar donde nieva. 

martes, 9 de abril de 2013

Cariño


Mi padre me llamaba Pa. Ahora mi sobrinito y la niña me llaman así. En el fondo nada ha cambiado ...

lunes, 8 de abril de 2013

Indicios


Es extraño decirlo, pero creo que me estoy acostumbrando a su ausencia, me resulta más sencillo saber que se ha ido pero que tras su muerte su recuerdo lo impregna todo y continúa creando y sosteniendo esta familia. Su casa sigue en pie, su despacho; su vida ha tenido sentido. Sus libros de medicina me observan con toda la contundencia de sus cientos de páginas y parece que me hablaran, porque son su legado. Su silla de ruedas, su martillito para testar los reflejos en las rodillas de los pacientes, su aparato para leer electrocardiogramas, todo esto me rodea mientras escribo esto en su portátil.  

Si quisiera podría oler su colonia porque todavía quedan unas gotas en el frasco del baño. Ya no me pregunta el qué hubiera podido ser porque lo estoy viendo ahora mismo.

Ayer tras ducharme me puse en el cuerpo la crema que mi madre utilizaba para hidratarle las piernas y los brazos en el hospital. Ella me dio el bote y lo he estado mirando en el baño sin cogerlo durante todos estos meses. He estado utilizando otras cosas suyas: me voy a hacer sus gafas, tengo su bufanda, etc, y creo que mañana le pediré a mi madre su cadena de oro, pero no había abierto ese bote de crema porque no quería acordarme demasiado del hospital. 

Para mí el ponerle crema a mi padre e hidratar su piel negra formaba parte de algo que tenía que ver con nuestra identidad, con el sentido de la vida. Ese sentido de sentirte y ser, y ver quién eres y de dónde vienes, y que vas a seguir siendo aunque el cielo se resquebraje y caiga, la tierra se contraiga y convierta en tentáculos batientes sus propias carreteras y cordilleras, o la muerte te muerda como una serpiente y te arranque de tu propia piel a las personas que quieres.

jueves, 3 de enero de 2013

Libres


Estos meses sin excusas me han sacudido el cuerpo y el espíritu en una trenza de truenos, de corrientes eléctricas, y han hecho que las cosas superficiales se cayeran de mi cabeza como pensamientos alienados, insignificantes, nieve que se deshace de forma redundante y que nadie echa de menos. 

Lo que pasó el año pasado por estas fechas ya no tiene casi peso alguno. Mi vida ahora ha cambiado mucho. Me he encontrado a mí misma; ya no estoy perdida. Sé que lo estaba: no podía respirar por el corazón. Es muy extraño cómo los recuerdos de entonces se han borrado de mi mente. ¿Qué pasó el 25 de diciembre, el 30, el 1 de enero? Sólo me acuerdo de haberme hecho daño en la rodilla el día 31 en la carrera, y de darle los regalos de Reyes al niño y la bebé. 

El año pasado fue muy impersonal, fue casi como que no me había pasado a mí, y no he podido siquiera comparar estas fechas con las de entonces porque la hospitalización y la muerte de mi padre lo han rodeado todo, le han dado significado a todo, me han hecho sentirme viva, cercana a mi madre y a mi hermana. He entendido el valor de la vida, el estar y el marcharte, la ternura, la realidad, y el ser tierna y real. Que las críticas de otras personas no sirven, que los reproches no valen, que el rechazo no existe. Yo no soy lo que quiero, ni lo que no tengo, ni lo que perdí, ni lo que no me dan, ni aquello en lo que no me entienden. No, todo esto no tiene nada que ver!!  

Y durante estos últimos meses mi ser se ha estremecido por el voltaje de la emoción, de cada recuerdo que no volverá a repetirse, de cada imagen en mi mente en la que mi padre me sonríe o sufre el dolor en silencio, con valentía; o me lleva de la mano de pequeña, en los años 70, o nos metemos en su coche, el Dogde americano azul celeste, como de película, y nos vamos de viaje con una casette de la Chica de Ipanema siempre sonando a petición mía. En recuerdos de cómo me pierdo en el marrón mate de su piel, o le sujeto la mano en la ambulancia, o le bajo la fiebre de la infección impenitente con una toallita gélida. 

Ahora es el momento de acordarse de todo eso; y las imágenes y las voces lejanas, como en sueños, acuden a mi memoria sin darme cuenta, sin apenas evocarlas, porque ya no tienen dueño, ya no están pendientes del tiempo ni de la asignación de cuentas, ya no forman una línea continua, ahora son libres para mecerme, para enternecerme. Son libres. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Safe


He paused, watching me, and then looked down to his cognac. ‘You play it safe long enough,’ he said, in a different tone, ‘and you’ll end up trapped in your own dirty body, forever and forever and forever—like me.” 

—James Baldwin 

martes, 27 de noviembre de 2012

Photobooth


Durante un mes he tenido conmigo la compañía de tres mujeres inolvidables que han acudido a mi encuentro para cuidarme. Y ahora han regresado a sus países de origen, también tres. Están lejos, aunque accesibles. 

Ya ahora me encuentro sin ellas, y es una sensación muy extraña, porque cuando estaban aquí todo era conocido, nuestra relación no había cambiado mucho tras estos años, y mi alma y cuerpo vibraban con su inteligencia, belleza y comprensión. Cuando he estado con ellas he sentido como nunca los elementos que conforman mi identidad a todos los niveles: sexual, cultural, artística, y me sentía nadar en mi territorio, que también era el suyo. 

Y el hecho de que me conocieran perfectamente me ha hecho ver que la persona que soy realmente existe. 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Mojitos

Wet and sour ...

jueves, 8 de noviembre de 2012

La isla


No me puedo permitir el lujo de no escribir. Ayer me fui a la cama a una hora semi decente, y hoy me he levantado pronto, así comienzo a normalizar mis ritmos circadianos, que creo que son los que me están jugando una mala pasada. 

Mis amistades siguen insistiendo en eso de seguir, de superar, hasta de no recordar. No me queda tan claro que las cosas sean así, o por lo menos para mí no son. Es como querer escuchar un concierto sin oír la música, o como irse a la aventura sin dar un solo paso. La verdad es que mis emociones me llevan a alguna parte, pero no tengo claro dónde. Existen sentimientos de abandono, de orfandad, de desolación, de impotencia, de rebeldía, de amnesia. También de revivir imágenes, momentos, e instantes más breves que los momentos. 

Lo siento, pero debo hacer un recuento. No es suficiente con retornar a mi vida antes de la muerte de mi padre, porque con ella hemos muerto un poquito más. Pero una amiga me ha dicho que nunca hay finales, sino separaciones y nuevos principios, y la muerte podría ser igual que la vida o el nacimiento: una experiencia repleta de incógnitas, de trayectos, de ecos fecundos entre la nada. Morir un poquito no es más que seguir viviendo, pero tras un tiránico golpe de ola.

Dentro de las emociones que ahora siento, y tal vez porque estuve con él hasta el final, la rebeldía no es una fuerza que me hace retroceder. Simplemente me rebelo a seguir igual, a hacer como si no hubiera pasado nada, a considerar lo que ha sucedido como una pesadilla, a seleccionar sólo recuerdos bellos para asirme a ellos. Mi forma de existir, de estar en este momento es una transición hacia la vivencia de lo que su vida instigó en su familia, una aceptación del testigo que nos ha entregado, una continuación de ese espacio que ocupan sus cosas. 

Tengo sus gafas, las voy a graduar y me las voy a poner; llevo el anillo de oro de su caduceo que compró al comenzar la carrera de medicina, y trabajo en su despacho. No deseo doblegar su presencia a un mero recuerdo. He acarreado durante mucho tiempo de forma imperfecta su impronta. Ahora me invaden momentos de reflexión para entender plenamente en qué consiste. No es una impronta cualquiera. Es la de una familia marcada por la melanina, por el viaje en busca de aventura, por la energía desbordante de quien sabe crear algo donde antes no había nada. Es un destino que florece tardío, que compensa las tristezas pasadas, que recompone el fragmentado recuerdo de mi pasado. 

Ahora nos vemos como familia, como unidad, y nos movilizamos alrededor de mi madre con la fuerza de una muralla acorazada. Al ver con mayor claridad lo que supone la ausencia de mi padre, entendemos mejor lo que fue su presencia en nuestra vida, en el lugar donde fraguó su vida. 

Cuando voy al cementerio donde él está ahora resulta tan extraño que llueva y su cuerpo forme parte de la atmósfera, de ese ecosistema. Nació tan lejos de allí. El océano que le separa de su isla llora lágrimas que acarician las nuestras. 

martes, 28 de agosto de 2012

Libertad


 Mi padre está grave pero estable. Espero que salga de esta, pero tengo un mal presentimiento, y me pone alerta, me hace ver el mundo de otra manera. Cuando le acompañé anoche en la ambulancia tuve esa sensación de que iba a ser un momento grabado a fuego en mis recuerdos. Mi padre, que tan mal me ha tratado, sujetándome la mano con total vulnerabilidad, clavándome la mirada confusa fijamente, con un hilo de vida escapándose de su cuerpo por la ventana de la ambulancia, encaramándose en su sirena estridente para por lo menos mostrar su derecho, contagiarse de la vibración sonora, volar con la velocidad vertiginosa a través del aire, viajando como por el océano, las nubes, disfrutando las vistas y respirando profundo la emoción de ser libre. 

Hay momentos en la vida en los que te das cuenta de la cantidad de oxígeno que necesitas, que necesita el mundo para moverse hacia adelante, para asumir las situaciones difíciles, para que te quepa toda la humanidad que ese único instante genera. Cuando lo que sucede es la pura verdad, es la vida sin adornos y aún así bella en su grandeza, bella en tu inanidad, potente porque tú estás allí y él está allí, y todo tu cuerpo se expande y formas parte de algo, no sé el qué, pero de algo.

lunes, 14 de mayo de 2012

Piel


Simbiosis de la razón con la espera, en busca de refrenarse sin rebuscar entre las esencias y pliegues de la piel de la papaya. En búsqueda de la impostura en el despertar, la fragancia del incorporarse, la impaciencia al estar de pie.

sábado, 5 de mayo de 2012

Fragancia


Me he comprado una colonia con la idea de que otras personas la olieran en mi piel. He decidido echármela de todas formas ahora que estoy aquí sola. Porque me he dado cuenta de que tengo que hacer un esfuerzo más grande todavía del que he estado haciendo y centrarme más en mí. Llevo semanas, meses hablando de cómo creo fielmente en mi trabajo y cómo es mi única cuerda de sujección, y sin embargo no termino de concretarlo sin distraerme con el que me quieran. ¿Qué quiere decir que te quieran? Indudablemente no puede ser que simplemente te respondan cuando tú te acercas. Eso no es amor. Que te quieran es que piensen en ti cuando no estás, que ansíen contarte cosas, que les interese tu opinión, tu vida, tus bromas, tus pesares. Eso es que te quieran. Todo lo demás es una fantasía de mi cabeza. 

Así que me he puesto la colonia porque yo debo ser quien se sienta cómoda, tranquila, ubicada, cercana, cálida. Y la verdad es que no lo he estado sintiendo últimamente. He estado dispersa, pesada, desordenada, desorientada y ya sé por qué es. Tengo que oler mi propia fragancia, tengo que mirarme el ombligo. Tengo que leer más, vivir mi tiempo sin ansias de compartirlo. Hablo de estar un año sola, y no parece que tenga una estrategia para conseguirlo, para plantearlo. Así que ya es hora de que vaya pensando en esa estrategia. 

Me voy a ir a dormir más temprano, voy a hacer pequeños proyectos que se finalicen en plazos cortos. Voy a disfrutar de verlos, de constatar cómo han concluido y cómo se vierten en el mundo y en la conciencia de los demás. Voy a intentar concentrarme en el aquí y el ahora. Tengo que dejar de ser una persona en busca de reacciones, y retornar siempre a mí en todos los viajes. Esta semana voy a ver a mucha gente y tengo que disfrutar plenamente de ello. No voy a llevar la cartografía hecha en el bolsillo y contar la misma historia a todo el mundo, voy a intentar sentarme delante de cada amiga y dejarme llevar, escuchar, ver lo que pasa, sin adelantarme a saber lo que me van a decir. Voy a llamarlas para verlas, pero no voy a atraerlas con mi madeja de Ariadna.

Me estoy encontrando sorprendida con que esta nueva estabilidad con respecto a la depresión está resultándome diferente, ajena a mí, y debo integrarla en mi mundo y hacer pleno uso de ella. Algo está pasando. Pero yo llevo semanas forzando la palanca, atosigando a los demás, intentando provocar una reacción, buscando constantemente la réplica amiga, la respuesta, y ... nunca llega. Lo que sucede es simplemente un reflejo de mi intensidad; y esta fuerza que ejerzo simplemente me agota y me impide ver claramente lo que realmente está pasando conmigo ahora, en este momento. 

Y están pasando muchas cosas, pero no permito que afloren porque estoy perdiendo el tiempo presionando a la vida, a otras personas, empujando, empujando, empujando, y eso me lleva a desesperarme y a cegarme ante lo evidente. 

Uno de mis problemas es que me falta la energía femenina, y la busco desesperadamente. Pero tengo que seguir oliendo mi fragancia en las muñecas, en mi cuello, y dejarme llevar por mí misma, explorar mi territorio, establecer vínculos con el exterior sin buscar nada, simplemente preparada para encontrar. Voy a desaparecer de la vida de algunas personas porque me he dado cuenta de que si yo no intercedo no estoy en sus pensamientos, en su planteamiento, y no me van a llamar de motu propio en este momento porque en el fondo soy una carga para su avance. No quiero ser una fantasía, quiero ser una realidad. 

Esta semana tengo un par de proyectos en la mano y voy a seguirles la pista hasta el final. Estoy acostumbrada al ritmo de Londres donde las cosas suceden deprisa, y una promesa es una promesa. Aquí las cosas son un poco diferentes y no termino de adaptarme. 

Tengo que dejar de necesitar el ser especial para nadie. Aquí estoy, no me voy a ninguna parte, no tengo que hacer este esfuerzo de hacerme visible. Si no me ven es porque no están mirando. Tengo que ser sensible ante las voces suaves y tímidas de aquellas personas que sí están intentando alcanzarme y que no escucho en medio de las prisas y los movimientos en zigzag.

Me parece que me voy a ir a la cama, y permitiré que mi almohada se llene del olor de mi colonia mezclado con mi piel. Melanina. Sí, la respuesta está en la melanina.