
Hoy bailan los minutos y los segundos propulsados por la energía solar y pronto la atávica simbiosis de la luna tomará el relevo. La vida es un campo electromagnético de números y escenificaciones aleatorias que reproduce durante horas una danza de fuego atávica y performativa.
Los estados de ánimo son trenzados de ADN modulados por permutaciones orgánico-psicológicas de algorítmos complejos. Renuncio a hacer una valoración lógica, a encontrarles sentido, tan sólo me gusta reflejármelos y reciprocármelos para ver hasta qué punto crean la mise-en-scène de mi vida y dirigen mi comportamiento.
Los sentimientos, las emociones son enormes enigmas para mí. No soy una persona nada lógica, no puedo tomar grandes decisiones a no ser que sean realmente naturales, que surjan del fondo de mi alma, de mi ser. Tengo las manos atadas porque me muevo contracorriente y es sólo ahora y cuando tenía cinco años que me empiezo a sentir libre porque no me propongo nada que no me emborrache, no me desborde, no me surja espontáneamente. Sin embargo llevo a cabo este proceso desde una perspectiva de total responsabilidad personal, no voy a cometer los errores del pasado, no busco darle la vuelta a mi subconsciente para servirle de justificación a objetivos prefijados.
No sé dónde va a llevarme este destierro, este viaje, pero ya he echado anclas, ya soy libre y mi barca se mueve únicamente con la energía eólica de mis pulmones, de mis suspiros, de mis anhelos más profundos. No me he impuesto velocidad ninguna, ni meta, ni destino otro que la libertad personal, la anarquía íntima que todo lo sostiene,
Mi despegue, mi marcha es inevitable pero quiero seguir todo esto muy de cerca para vivirlo en todo su esplendor, comprender de una vez por todas cuando me enfrente a la montaña de despojos que he ido desechando cuáles son mis valores, de qué teorías me compongo, cuáles son las líricas contemplativas que me han obligado a ser quien soy. No necesito respuestas, no tendré preguntas, lo único que quiero es ayudarme a mí misma a dejar atrás todos los totems a los que he estado adorando, incluidos los idealismos, porque estoy segura que por mucho que me desprecie ahora por ser tan poca cosa, tan apática e incapaz de movilizarme de forma activa, mi verdadero ser surgirá de entre los escombros, me hablará y me permitirá aparcar la sensación de angustia que se apodera de mi garganta cada vez que impido que mi naturaleza siga su curso, que mi intuición se exprese.
Jung pasó muchos años sumido en una crisis psicótica-creativa en la que finalmente encontró y entendió la fuerza de su subconsciente, las claves que dinamizaban su comportamiento, se reencontró con su ser interno. Yo llevo mucho tiempo desdoblada, fileteada, crujida, enferma; y aún a riesgo de enloquecer quiero simplificar, darle una oportunidad a la sencillez de mi ser a recomponerse, a vibrar, a sentir de nuevo.
sábado, 31 de enero de 2009
Reencuentros
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Olor a almidón

En este autobús mientras me muevo imagino misiones insospechadas, tareas entregadas al fracaso pero aún así vuelvo campo a través. Respiro con totalidad y emprendo viajes mentales con vistas al mar. Un joven revienta la cubierta de plástico trasparente de una revista de arquitectura. Inmediatamente saltan al vacío pompas de átomos aromáticos con olor a engrudo. Nos rodeamos de objetos nuevos para recordarnos la multiplicidad de oportunidades que nos ofrece la vida.
Entras en un Starbucks y la vida te sonríe, el gráfico con el surtido de tamaños del café te sonríe, porque tú eres la jefa, tú eres la que manda durante 3.4 segundos. Los mandilitos verdes de los jóvenes mileuristas que trabajan allí te sonríen, las perfectas tazas alineadas te sonríen. Vivir en un mundo de sonrisas en serie, de reconfortarse mutuamente, de ver cómo las gotas de la lluvia lloran como yedras tras la puerta colectiva de salida al mundo mientras tú compartes oxígeno y humedades serenadas con más urbanitas dentro del confort del capitalismo.
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Sábado

Hoy comienzo un día de andar por casa, de intentar aterrizar, con el cuerpo y la mente detrás de las barricadas.
Me levanto con Siglo XXI de Radio 3. Muy a menudo, entre las brisas del sueño recién comentado escucho hoy empieza todo. Esta mañana la radio apartaba las pesadillas de las largas horas nocturnas con punk islámico de una lesbiana de Los Ángeles. La última vez que estuve en Los Ángeles una pareja de policías inyectaron un fogonazo de luz hiriente de linterna de poli en mis ojos. Había discutido con mi novia, que no se consideraba lesbiana, y se me había ocurrido bajarme de su coche en una autopista. Pero eso fue hace tiempo ya.
Mi ex de Madrid me ha despertado a las nueve y media de la mañana con un mensaje de texto y ha interrumpido mis pesadillas. He bajado de la litera como un fardo pesado para pillar el móvil y al volver a la cama me he dado cuenta de que mi sueño ha sido tremendamente violento, extraño y oscuro. Pero al volverme a dormir la pesadilla ha continuado. No sé qué terribles gusarapos del subconsciente me han asediado esta noche, pero me han exprimido viva toda la franja de sueño REM y ahora estoy baldada, completamente exhausta mentalmente, con necesidad de gastar el día entero en plena recuperación. Pienso también en el mensaje de M. en respuesta al mío de ayer. Llego a la conclusión de que vamos a seguir sin vernos. Está pasando un buen plazo de tiempo, espero que cuando nos volvamos a ver no se acuerde de las últimas veces, que sea un borrón y cuenta nueva. Dice que acaba de volver de unas vacaciones, seguro que se lo ha pasado fenomenal. No sé si llamarle o no para que me lo cuente ... habrá millones de elipsis porque tendrá que sacar del mix a la tía con la que está, con lo cual a la historia le faltarán muchos bits de información.
Antes de bajar de mi litera definitivamente me debato entre llamar a mi madre o no. Sé que lo que me diga va a bajar mi ánimo de una patada a las profundidades marinas, descenderá como un cofre de un tesoro lanzado al mar desde una lancha, con perlas y broches escapándose mientras se descuelga del agua estrepitosamente. Pero no tengo más remedio que llamarla, ya es tarde y la cama, la turgencia de la almohada, el olor a sudor empañado resguardado en el edredón, el oxígeno colmado de las combustiones orgánicas exhaladas por los poros de mi piel, del cuero cabelludo y mi boca durante la noche me hacen de parapeto acomodaticio. Si me deprime mucho siempre puedo dormir quince minutos más y ahogar el agobio en la húmeda almohada como una alcohólica sumerge sus penas en la providencia. No me he bebido siquiera un vaso de agua y sé que mi cabeza va a darme vueltas si me tiene al teléfono mucho rato, pero marco su número igualmente.
Hablo con mi madre y me expone el catálogo de horrores de la semana que nos espera, las cosas que tiene que hacer, lo difícil que será todo. Hoy está peleona y enfadada, no quiere consejo pero sé que necesita que la escuche. Intento entremezclar en su magma encendido y virulento alguna sugerencia escasa que ella rechaza, ofrezco mi ayuda y termino escuchando sabiendo que al final querrá colgar, pero sabe que estoy ahí, que ya estoy despierta y puedo echar una mano. Intento imaginarme el día que le espera, me desanimo. Pero ahora que lo pienso su energía no es del todo negativa; mi madre es como un perrillo callejero que se busca la vida como puede, con listeza, con empeño, con ternura, aunque a veces es muy difícil darle un beso. Es un perro sucillo, lleno de lamparones, emprendedor, que no sabe salir de su guarida y la amaña y defiende como puede. ¿Quién soy yo para darle consejo con la cantidad de cosas que tengo que poner en marcha en mi día a día, yo que también me traiciono constantemente? Me acuerdo entonces de la conversación de ayer con mis amig@s. La importancia de la empatía, de la escucha activa, y dejar de pensar que le puedes arreglar la vida a nadie. Mi madre me sugiere con suavidad, sin forzarme ("habrá comida caliente en casa esta tarde") que me pase a comer. No voy a hacerlo, y ella lo sabe. Necesito mi tranquilidad. Ayer estuve allí toda la tarde y mi padre estaba hecho un demonio. Me dormí una siesta porque no podía soportarlo.
Me bajo de la litera con miedo a lo desconocido y veo la luz en la ventana de mi vecino. Me sonrío, hace meses que no le veo; el otro día le envié un mensaje de texto con cariñito. ¿Qué habrá sido de su vida? Subo el estor y abro la ventana. Los dos tenemos los pelos de punta, recién levantados. Él está escribiendo la tesis, la lee en un par de semanas. Me doy cuenta de cómo cada día es diferente para cada persona. Yo con mis planes para el día de hoy y él con los suyos. Me emplaza para un café más tarde y así ponernos al día. Me parece una idea excelente. Hablamos de la calefacción, él la tiene encendida cuando está en casa. Decido, tras haber pasado la mayor parte del frío de este invierno con el calentador pequeñito Tres Joyas, poner la calefacción en casa, aunque me cepillen un recibo de doscientos euros. Él dice no pagar mucho más de lo normal. Al entrar en el salón me pregunto si querrá ir a correr conmigo y deshecho la idea como impracticable.
Pongo la calefacción. Me quedo en pijama pero cambio los pantalones por los grises de andar por casa y los calcetines calentitos. La bufanda con la que duermo sigue en el mismo sitio. Tengo que comer algo pero la cocina está en un terrible estado desde que decidí hacerme la maldita tortilla el otro día y no tirar las cáscaras de huevo ni la lata de caballa a la basura. Dejé todo de por medio porque me hice algo de comer con rabia y cansancio y dejé la cocina hecha un cirio. Desde ese día he continuado acumulando platos y recipientes, es algo patológico. Estoy convencida de que la salmonella vive en esas cáscaras de huevo y tengo miedo de acercarme, pero algo me paraliza y no puedo, no puedo limpiar esta cocina. Forma parte de mis fobias hacia lo inevitable y la terrible descomposición del ser. Pero decido hacerme algo de comer porque quiero cuidarme y mezclar verdura con proteínas, y burlar la aprensión que me produce el jaleo que tengo aquí acumulado con imaginación.
Para ayudarme a no pensar descargo un programa de Radio 4, Our Times con Melvyn Bragg sobre Borges, aunque al darle al enlace hubiera jurado que era sobre Cortázar. Mientras lo estoy escuchando abro la lata de atún y lavo unas judías verdes, un par de zanahorias y un poco de pimiento. Me abro paso entre la marabunta de la cocina y cocino como si estuviera en un campo de batalla. En vez de recoger cosas las cambio de lugar y consigo preparame un revoltijo de verdura con huevo y atún. Las frecuencias de mi mente son caóticas y no puedo domesticarlas así que decido cocinar en modo rock and roll, con ruido y velocidad, sin coordinación, empujando cosas de en medio sin contemplaciones y saliendo del paso aunque los objetos me arrinconan y me falta espacio. Me siento como si estuviera en el metro en hora punta y cuando finalmente apago los fuegos y saco un plato de comida es como si lograra salir al exterior y respirar.
Voy a meterme un par de películas entre pecho y espalda y seguir el día a trancas y barrancas, sacándolo adelante como sea. Decido llamar a mi ex que me dice que está en un curso de reciclaje del trabajo y que me llamará a las seis. Miro sus fotos en la pared y me doy cuenta de lo mucho que ha hecho por mí. Sigo desorientada pero parece que aunque no he movido un dedo la casa está, no sé, más arreglada.
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jueves, 29 de enero de 2009
Ser su puta
La belleza es un rosal cuyos espinos te tatúan el brazo como una cobra enajenada para inyectarte el ansia de poseerla para siempre. Tras ese momento toda tú te entregas descarrilada a una carrera desenfrenada por la autopista de deseo que sólo ectasias tras tu propia muerte. Su veneno destilado y vibrante circula hasta inundar el caudal absoluto de tu circulación sanguínea, se apodera de las cartografías corporales de tus venas cavas para convertirte irremediablemente, con un efecto inmediato de virus de contacto, en su yonki, en su puta.
El mundo no tiene sentido si no te entregas en carne y hueso a la maldita locura de la creación, a la búsqueda de la belleza que emana de tu propia mente, aunque al encontrarlas ellas desprecien sin piedad tus titubeos y tus excusas vanas
Si no persigues como a jaurías de galgos ciegos las intenciones escondidas tras las yemas de tus dedos, las que potencian tus contradicciones más brutales, tus intuiciones rotas.
Si no destilas tus brillantes ideas y éxtasis creativo y etílico en tus alambiques internos a pesar de haber recibido la condena de la locura eterna, del aqua vitae malherida por los truenos de las tormentas de ideas.
Si no atrapas los murciélagos dorados que escapan de tu inconsciente robándole tu imaginación en bruto, confusa, recién despierta. Te traicionan y te empañan el alma de angustia levantando las lombrices de plata que te surgen con ideas genuinas de tu cabeza y deshilvanándolas de entre el tejido neurotransmisor de tu cerebro mediante crueles trepanaciones.
Si no mendigas las virutas del láser hiriente y cegador de la creatividad.
Si no dedicas cada segundo de tu existencia a pisotear y despiezar tu mediocridad.
Si evitas con todas tus fuerzas malograr con tu indolencia, molicie y estupidez ese destino que te ha deparado tu nacimiento: el de una vida en constante vértigo con el éxtasis, en constante miedo, en constantes despegues y vuelos a velocidades infinitas, y constantes caídas teledirigidas contra tu propio cráter, malgastando cada célula de tu cuerpo en el choque contra el vacío, contra la nada, intentando amortiguar una muerte cierta. Más dura será la caída, te dices a ti misma cada vez que alcanzas el cénit (pero no te escuchas).
Cuando notas el dardo opiáceo de la creatividad recomponiendo las cenizas de tu ADN cerebral con una fuerza, una atracción preternaturales, y el ensordecedor y cruel rugido de los asesinatos de su naturaleza salvaje, lo único que quieres eyacular desde el momento en que notas su sabor metálico en tu lengua es su simiente, sus bastardos.
Tus lágrimas están plagadas de sus toxinas y alimañas, tus labios apenas pueden contener en sus pliegues la carga erótica de las noches que pasaste embriagada entregándote a ella y a sus poderosos besos ardientes. Tus sábanas sangran el sudor de las interminables madrugadas en vela que las empaparon con sus huestes de ideas siamesas encadenadas en trenzas de margaritas incendiadas por su fuego.
No te quieres dar cuenta, pero esta zorra te está desangrando. Te paseas por el mundo, por la calle como un alma en pena, con un rostro céreo, lívido, en constante búsqueda, porque vives por ella, para ella; y sin ella se apoderan de ti las náuseas, enfermas, buscas tu propia perdición, todo por un gramo de vítrea inspiración, una dosis diaria de creativa lucidez, tu raya de combustible glial. Sin ella eres una mierda. Con ella sobrevives un día más.
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miércoles, 28 de enero de 2009
Siento preludios falsos

Me desdibujo trazos ciegos, presunciones de inocencia, vidas estrenadas y corazones de cuarzo de roca. Inicio procesos para encontrarle salidas al desencuentro entre el ser y el hacer, entre el esencial inmanente y la trepidación suprema del bregar diario. Tormentas de ideas yacen estrelladas y ondean entre el desencaminar diario.
Principios de asedios cotidianos y contingencias breves me arrollan. Normalizaciones que renuevan el ser en episodios breves, claros y lúcidos de calidez verbal con los que me asigno tareas. Siento fluir cientos de corrientes alternas en vasos comunicantes que anuncian mensajes de amor-odio en direcciones opuestas. Iones de yodo en mi cerebelo tramitan las eventualidades del día en partes de trabajo minuciosos para mis propios recuentos.
Siento ensanchar mis espaldas en una complicada maniobra de máquina de volar renacentista. Los pliegues de pergamino de mis párpados accionan el resorte de las galerías de luces. Siento desvaríos lúcidos en tímidas ráfagas de inoportunos valses. Y presiento espontáneos naufragios y calmachicas puras de mis maltrechas certezas. Tienen nombre de presencia y mecanismos entre sus pausas entrelazadas.
Siento que entrampada en dos pasos en falso me acogeré al beneficio de la duda de las presunciones indelebles, los perfiles ensartados, los precintos enraizados, las plenitudes recurrentes, las racionalidades asintomáticas. Entre medias de las liberaciones asíntotas se remueven las precursiones en medios afines, las razones críticas y las latencias soterradas. Entre medias de los limbos flanqueantes del pensamiento se resguardan los bosquejos de tus precariedades, del frágil encompasar la mente tuya, sus retos y tesones, sus urgencias neurológicas.
Rodeas los meandros con tus reflexiones, los precursores del deseo y las delicias sonorizadas del aire insuflado con obviedades presuntuosas pero necesarias. Pruebas a perderte en la intermitencia constante entre los saltos de agua y los bordes aéreos. Te recompones en los bordes inciertos de las meditaciones sucesivas y los esencialismos leves que te atrincheran en territorios íntimos ya bien conocidos por ti. Las sensaciones mixtas que te envuelven son presa de las prestidigitaciones diarias en el cuerpo a cuerpo de ese día a día. Te trenzas, te aprisionas, te reconsideras, no prometes lo que no presientes, no anticipas aquello que nunca ha conseguido herirte.
Sientes silbidos de oboe seco en tus oídos, principios inaudibles, recodos múltiples y recorridos sumos y preternaturales. La cordialidad con la que se mecen las precisiones de los límites infranqueables de la realidad está prefijada dentro de un umbral de incentivos directos imantados. Hay cientos de pretextos vinculados a las esquinas triviales y minúsculas de la súbita entrega de sílabas y reproches. Leviatanes sin género poblados de amenazantes menudencias rugen y te atemorizan.
Entre timbres y fueros mendiga el alma secretos ajenos, los que retiemblan al son de las dunas acuaciclópeas, los que no prefieren esconderse porque la luz del alba no les azula, los que se achican al mostrarse entre espejos deformes. Cien inéditas atracciones que recrean ideas idénticas, amores esquivos, altas presiones isobáricas y bajas pasiones humanas.
Los recorridos de la vida son circulares y a veces cambian cuando te das cuenta de que lo que buscas tal vez sea lo que has dejado atrás. Donde quedan ciertas improbables ilusiones, las claves de tus nuevas estrategias. Es una vuelta atrás sin red, sin alivios, sin soluciones de discontinuidad ni aditivos de marca blanca. Es tu propia quimera, tu reflexión entérica, tu fe sin resquemores ni planes de rescate.
Revelas los designios demiúrgicos de tus intuiciones más comprometidas al filo atropellado de tu ADN sintetizado. Recuperas las transiciones arrebatadas al pasado y renuevas las explicaciones rotas de las promesas incumplidas que te hiciste a ti misma. Hoy empieza todo.
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martes, 27 de enero de 2009
Interlocutores válidos

Ayer saqué la libreta en el metro cuando los trenes iban retrasados. Cuando decidí contra toda lógica multiplicar exponencialmente la duración de mi trayecto añadiéndole un trasbordo a mi viaje sólo para evitar verle la cara al McDonalds de Gran Vía, a la esquina de la calle Montera y a las escaleras mecánicas perennes de la línea azul que parece que te van a tragar en su ignominia facinerosa.
Estaba intentando bajarme del juego de el día tiene 24 horas, sigámosle la pista. No quería encontrarle llaves a los callejones sin salida ni vehículos de fuga a las jugadas de persecuciones en esa película de Tron en la que me había encontrado todo el día. Para empezar me hubiera gustado neutralizar todas las sensaciones físicas que me afligían, descargar la montura (mi mochila) y garabatear el suelo con mis zapatillas durante un rato sin sentir la gravedad.
De repente me di cuenta de que en efecto era lunes, y seguía siendo lunes. Fue muy extraño. Había reflexionado tanto durante el día sobre eso que de repente el efecto lunes ya parecía sublimado. Había estado jugando al ratón y al gato con mis pensamientos: cuando estaba enfrascada en temas de trabajo quería pensar en otra cosa, escribir, trastear, y al intentar escribir me asaltaban las menudencias de mis obligaciones laborales.
"Es como si hubiera perdido mi hilo interior, como si el diálogo estuviera extinto. He salido tarde, tardísimo del trabajo. Parece que cuando sales tarde ya no tienes que enfrentarte a la tarea de evaluar la vida durante el resto del día con ideas fratricidas que cargan contra tu propio tejado. Esa supuesta sensación de satisfacción que otorga el deber cumplido te mece en su regazo, y el mundo, cansado de estar todo el día compitiendo con la grandeza del sol, te trata con benevolencia."
No estaba segura de ir a pasar a limpio las notas de mis viajes en metro. Probablemente iba a optar por no hacerlo. Porque necesitaba descargar mi subconsciente como la fruta recogida en un capacho de paja con total libertad.
"Estoy parada en el andén escribiendo. Me pasa la gente por delante y por detrás. Para mí todo el mundo es desconocido, pero para sí mismas todas estas personas, incluidos los bebés, son viejas conocidas. Han convivido consigo durante el día de hoy y están fundidas en su propia piel, esa piel que ha sido testigo de cientos de intercambios osmóticos con la intemperie. Han cubierto y recubierto su cuerpo con bufandas y chaquetas, como yo. Se han masajeado a sí mismas el tendón de la clavícula, han sufrido indigestiones estomacales con resignación, han flexionado los párpados para vencer al sueño. El día se ha llenado de sucesos, palabras, frases, planes que han rondado sus mentes y han parapetado sus acciones, aunque yo lo ignore todo sobre ellas."
Al final, a falta de interlocutores válidos, he vuelto a volcar el contenido de mi Moleskine sobre mis dedos, estrellándolo en los protones luminosos que se extinguen con muerte súbita frente a mi iris para poder avanzar yo el cursor por la pantalla y mis pensamientos en estas líneas rectas.
lunes, 26 de enero de 2009
Alquimia

Llevo un rato, aproximadamente el día entero, intentando concentrarme, pero no puedo. Me gustaría hacerlo para aislar mi refulgencia, mi magia, mi esencia destilada más arrebatadora. Me gustaría ser alquimista para dar con esa mecha, esa irrefrenable empresa que labraría surcos de cebada dorada mecida por el viento en mi cabello.
Últimamente muchas personas se preguntan cómo puedo escribir diariamente. Y yo me pregunto si tan difícil es el recorrer tu mente en busca de aquellos retazos, aquellos flecos deshilachados de la alfombra mágica. Es como si la vida ya nos sacara diariamente todos los pensamientos necesarios y prácticos para el día a día, y por tanto no quedara más que decir gravitando en el ambiente. El mundo es tan preciso, tan reduccionista que los pensamientos occipitales de nuestros puntos ciegos ya casi no tienen cabida, ya no encuentran por dónde aventurarse e ilustrar nuevas jugadas en ludopatías vitales a estrenar.
Cuando me preguntan por la mañana en la oficina que qué tal estoy me gustaría responder tantas cosas ... pero no hay tiempo ni espacio siquiera para empezar. Si pudiera hacer algún amago, cosa que se me pasa a veces por la imaginación, probablemente se me terminarían agolpando las palabras para formar bolas de peludas incoherencias.
No sé. Me resisto a pensar que no me puedo contar nada. Sobre todo hoy, en este lunes luciérnago que parece no haber hecho nada más que empezar cuando te das cuenta de que ya has perdido el último ferry, el que te llevaría hacia dónde habías decidido esfumarte, trastear con tus propias certezas, darle una oportunidad a la ilusión, romper el punto de consistencia del témpano de hielo del hastío, ahí, justo ahí donde parece tener la veta impresionista.
Estoy en la oficina y es tarde. Hoy no me he organizado bien el tiempo porque no estaba resultando nada fácil. Ahora mismo estoy escribiendo como si realmente tuviera que pensar en lo que está sucediendo, en lo que estoy tecleando, y no quiero, no quiero sentirme rehén de mi propia temeridad.
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En bandeja de plata

Esta semana estoy intentando abarcar mis estados interiores, ver por dónde bucean, qué se esconde bajo la gasa cuarteada de mis profundidades marinas . Mis sueños nocturnos son profundos, cien mil leguas de viaje submarino e intertextual, y cada cierto número de horas me expulsan brutalmente al espacio exterior como si me faltara aire y tuviera que subir a coger oxígeno. Me despierto a sabiendas de que no recordaré nada. Al soñar me dedico a explorar mis deseos más escondidos, más vitales, pero mi subconsciente no me otorga el privilegio de la escucha. Es una lástima; lo haría todo mucho más sencillo.
En general, a mí no me sirve de mucho el darle cien mil vueltas a las cosas. Las ideas me surgen de forma tangencial, cuando no me obsesiono con ellas, cuando me dedico a asentarme en territorios comunes, cuando me las injerta la literatura o la adrenalina de la acción. Así que supongo que es una tarea vana el querer encontrar ahora las claves de la semana en bandeja de plata.
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Epifanías

Siento tinta china encima de los párpados y una extraña sensación de resaca, como de no reconocerme y querer renovar sesiones enteras de memoria. A partir de ahora mismo me estoy proponiendo ser más presente y consecuente en algunos aspectos. Consecuente ... para conseguir. Me gustaría proponerme pequeñas tareas y terminarlas en pequeñas unidades de tiempo para así sentarme a contemplar las sensaciones que recorren mi cuerpo tras cada una de las finalizaciones.
Necesito más fortaleza física, más fuerza bruta, más inercia activa, más consignas y pautas que mi cuerpo siga sin que mi reflexión intente entremezclarse. En estos momentos siempre espero a que mi cuerpo siga a mi mente, pero me gustaría que fuera al revés. Me gustaría tener una naturaleza virgen imposible de batir, de arrinconar, de subyugar. Una naturaleza que me levantara y me llevara en andas sin tener que utilizar la fuerza de voluntad. Me gustaría tener tanta energía dentro que me obligara a deshacerme de parte de su caudal con el movimiento, con la carcajada, con el resplandor.
Si pudiera pedir un deseo sería el de un pulmón de acero con un fuelle inalterable, para no perder nunca el aliento, para ir detrás de un plan, una idea, y no desfallecer al sentarme a pensarla. Tal vez si no fuese consciente de lo que pienso ... si todo rodase en paralelo, acción y pensamiento, como dos corredores que intentasen acercarse el uno a la otra, corriendo constantemente en la misma dirección, observándose mutuamente, con respeto, con cierto arrobamiento, con deseo, pendiente la una del otro, siempre adelante, velozmente, poseídos por una prisa eterna, con los ojos rasgados de Mercurio y sus zapatillas aladas.
Hay momentos en los que me miro al espejo y rescato de ese rápido vistazo un rasgo muy mío en la mirada, en la expresión, en el giro. Y me quedo pensativa observándolo, siendo consciente de quién habita mi cuerpo, de quién es ella. A veces me sucede al observar mi letra, o al ver una camiseta mía encima de una silla, o la forma en la que alineo las zapatillas al lado de la puerta.
Hay una parte de ella que continúa siendo un gran misterio. Que me gustaría comprender para dejar de sonsacarle motivos, respuestas, justificaciones. Me gustaría que me diera más oportunidades, más opciones. Me gustaría que me dedicara tiempo y algo más de atención. Que me acompañara. Que me dijera unas cuantas verdades sin herirme. Que arreglara este lugar.
Me gustaría escribirle una carta:
Quieres hacer el favor de ayudarme. Sólo tú puedes meterte en mi cabeza y ahondar lo suficiente para hacerme ver las cosas con claridad. Ya sé que no eres una persona muy tierna, es más, siempre has sido muy dura conmigo. Ya no sé lo que piensas de mí; me gustaría que te sentaras aquí conmigo y habláramos juntas. Sólo puedo continuar adelante con tu ayuda. Crees que lo puedo hacer todo sola porque así lo he elegido, pero no es cierto: no he elegido nada. Necesito que renueves lo que piensas de mí y para poder trabajar juntas y conseguir resultados, para llevar adelante tus planes y los míos. Sólo necesitas un poco más de fe en mí y un compromiso por mi parte.
A veces te veo y creo que eres un ser libre, salvaje, evasivo. No sé muy bien lo que quieres de mí. Te estás aislando y yo quiero evitarlo. Eres una persona con una fuerza y un coraje impresionantes y daría lo que fuera para que me contagiaras parte de tu energía, de tu talento, de tus ganas de vivir, de sentir, de hacer. Te veo todos los días y te observo desde lejos, tú lo sabes. Me miras con cierta desconfianza, como si no supieras muy bien lo que me traigo entre manos. Ya sé que no tienes que dar explicaciones a nadie y mucho menos a mí; no te las pido, pero ven, acércate y charlemos un rato. Tengo muchas cosas que preguntarte.
Quiero escuchar tu risa acariciando mis oídos, observar cómo el sudor se evapora en tu piel cuando vuelvas a emprender un proyecto, cuando entres y salgas, subas y bajes, y decidas renovar este espacio, que es todo lo que tenemos. Si quisieras volver a mudarte aquí conmigo no te arrepentirías. Estaríamos solas pero juntas y podríamos volver a empezar otra vez. Yo también tengo muchas cosas que contarte.
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domingo, 25 de enero de 2009
..
Un día ...
No sé cuándo ...
Un día
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sábado, 24 de enero de 2009
Anáforas y Zeugmas
Epíforas de lágrimas,
perífrasis vividas,
crisálidas henchidas.
Protónicas heridas,
carencias presabidas,
milenarias huidas.
Maréagrofos prensados,
pletóricos plisados,
correrazones claros.
Miríadas mentiras,
mesiánicas salidas,
marinas mesalinas.
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viernes, 23 de enero de 2009
Te lo he prometido

Respuestas amigables y sinsabores tardíos. Me acurruco en el espejismo de tu mirada, no he reconocido como mío todavía el salto hacia tus imperfecciones. Quiero revolver todas las sanciones impuestas, los escenarios tempranos, los principales restos de las emprendidas revoluciones y entregarme fielmente a ti, sin reservas.
Trasiegos transeúntes y perennes, pérgolas de plata y anís con esmeros de niña andaluza el día de su boda. Saltas al tris-tras empeñándote en quererme. Apenas me vislumbras y ya me amas. Es un secreto desprendimiento de ruegos y alborozos, y ya me amas.
Te recibo en suspenso, a ras de vida, intentando mantener una mirada atónita de no saber antes de recibirte; tendré que rastrear las lindes de Marte y las fronteras alunizables y verte tal cual eres antes de aventurarme a pensarte.
Resurjo crecientes tremendas y salientes pardos, y deseo no apresurarte ni vendimiar sinrazones verdes como el fruto impío. Antes de venirme a ti debo recorrer regiones de tierras escurridizas rezumando obviedades como alfileteos consumibles enjaezados de gotas de sudor. No he sabido encajar estos reveses porque me ha faltado tiempo, y es sólo ahora que atisbo a que me conciernan, si fuera algo más que posible. Estas cosas evidentes en las que no caigo, como andar a traspiés por no haber memorizado la secuencia de pasos.
Guardo en mi posesión desvelos de ti y atesoro los silbidos que recorren tus labios campo a través sin destinos ciertos. Me agasajas simplemente con tu atención y mientras puedas verter luminosidades esquivas en tus ciernes, estaré a dos pasos de la gloria, porque creo en ti.
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Y es por ti

Respuestas amigables y sinsabores tardíos. Me acurruco en el espejismo de tu mirada como en la simiente eterna. No he reconocido como mío todavía el salto a tus imperfecciones. Quiero revolver todas las sanciones impuestas, los escenarios tempranos, los principales restos de las emprendidas revoluciones.
Hoy no experimento la vida tan fuerte, tan intensamente, tan desesperadamente como debiera II

Libre de atracciones duraderas y aprehensibles. El cansancio es suave, pero carga las caderas, la espalda y hasta la tez. Tengo cercos de visibilidad impresionables y raudales ingentes de alegrías diminutas. No he sabido reinar en el caos y eso se paga caro.
En cuestión de cien despedidas voy a retirar los pai-pai que ya retiemblan y recibir los idus de junio, aunque parezca rocambolesco. Exudas los espumarajos de bienvenidas mutuas, y si te cayeras no lograrían levantarte. No tengo la más mínima duda. Me mantengo sujeta al pasamanos y la cruenta lucha con el tránsito de un día a otro durante la madrugada me atraviesa como a una moneda. Por toda posesión albergo esta agenda. Es poco menos que nada, pero a mí me basta.
Una visión de cuero se encuentra en el cabo risueño del estío; exhibimos cientos de frecuencias rescatadas de tu ausencia. No puedo reducir mi primer día a la secuencia que te contrapone, no es posible, pero requiero un mínimo de visibilidad, una contraseña de un fusible enmarcado, un crisantemo de aluminio que roto, inerte refleje aire congelado como tantos otros. Se pueden elaborar ecuaciones de mirillas rotas y bastiones salados, pero en medio del Támesis se ahogará una gaviota ciega que se salta los semáforos.
Todos los movimientos circulares están repletos de enojos, y apenas se restriegan las noticias de buena tinta y los molinillos comestibles y vibrantes. No hay que parar nada que ya se haya comenzado: el cerebro en un hogar con los teléfonos pinchados, los acontecimientos rebasados lo pueblan a medida que las imágenes se suceden, los toldos concentran sus colores y el viento se arremolina en bufandas de aire fresco que tiranizan los huecos de calor.
En cuestión de días nada será igual, y las miradas vacantes se perderán entre las huellas. Espero que a medida que ascienda el ánimo me encuentre más entera, más sola para verme en cuadriculado otra vez, en vez de en plisado. Es una posibilidad de incesantes concatenaciones. El sentirse bien es sentirse sola, como una rotonda en un ojal, como una rueca deshilvanándose, que sin embargo lucha por liberarse del sedal que la amordaza como un pescado atemorizado.
No quiero guardar recuerdos de estos momentos, quiero quemar los barcos para no tener que regresar aquí jamás.
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Hoy no experimento la vida tan fuerte, tan intensamente, tan desesperadamente como debiera
A menudo siento como si mis ojos fueran los de un ecce homo, Esta mañana he estado en el hospital acompañando a mi hermano a su consulta en neurología. Mientras esperábamos mi vista se dedicó a recoger y memorizar los vientres de los baldosines macilentos de las paredes, los bordes, los relieves, aprisionando sus colores, intentando descifrar la numerología de sus brillos, de las formas tridimensionadas de los objetos de oficina que yacían en ese hospital. Mi mirada magnetizaba los olores rancios, las miasmas de alcohol, los sabores ácimos de papel de secar en serie. Y los techos inacabables, las gentes desequilibradas en los asientos incómododos, su latir incesante y sus ganas de vivir intactas.
Mi cerebro percibe los sucesos, los objetos con los cuatro o más sentidos, pero el de la memoria no es el principal. Tengo que ejercerla, tengo que torturar mi mente con las voces, los olores, las formas de las cosas, de las personas. En mi subconsciente viven mis personas antepasadas, garabateando en el ADN mensajes cifrados, dándole sentido a mi vida, a mis virtudes de observación, replicándome, interpretándome. Y esta forma de exprimir lo que me rodea es mi perdición y también mi éxtasis. Mi mente no genera ideas válidas sino sólo un sumidero de reflujos de lo visionado y memorizado:
pararrayos
cristales
su barba
el granito
bandas en la mochila
olor a café en grano en el autobús
el abrigo gris de ese hombre
su semblante dormido
un eco de un móvil solapado en una bolsa
la frescura de la fruta
el eterno vagar de la luz reflejada
la tos apenas contenida
sonidos de velocidad de un tren que ruge
colores naranja
sus botas de cuero
una amarga sonrisa de invierno
una mirada fruncida
los bajos de un pantalón de campana
los cactus arrollando el reborde de una estación en la sierra
risas apagadas
el olor a recauchutado
él me adelanta y huele a mi tío abuelo
no es un iPod genuino
tus ojos no son mis ojos
tengo que apretar la punta del bolígrafo
ella ha terminado el trabajo
Hoy no experimento la vida tan fuerte, tan intensamente, tan desesperadamente como debiera. Libre de ataduras
de if so
de hay que hacer
de saber cómo
si no ... tal
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Vuelas
Vuelas y renuevas principio y fines, retos álgidos y sudores maltrechos. Vuelas y amplías las señales que te replicaron al instante con tonos leves, pero seguros, aunque circunstanciales.
Vuelas y armada sin rumbo trasiegas las crestas de las olas, no es que reniegues, es que no vislumbras el amplio tejer de entre los espacios colindantes, las hadas cigüeña, los bríos audaces, las meriendas de madrugada y los sinsabores ciegos.
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jueves, 22 de enero de 2009
Benzina

Los tránsitos de hoy han sido muy calurosos, casi incandescentes. El dolor ajeno se recrea en molinetes gigantes, en obras monumentales, mordidas por la arena, danzando en las refracciones levantadas por el calor en las líneas horizontales. Los dolores ajenos son dunas inmensas, son columnas de llagas que ondean al sol y que nunca se evaporan. Son heridas causadas por dardos de polvo de vidrio, son colapsos que se rebobinan porque no hay nadie tomando nota de ellos, son traiciones del corazón que lo vuelven disfuncional. Como los relojes deslizantes de Dalí, un aceite imperdonable que llora de forma infame.
Y el desconsuelo del dolor ajeno es terrible. Es una impresión indeleble en uranio enriquecido, una especie de manto de lamentaciones osificado y tambaleante; pero tu consternación casi no hace mella en el malestar del dolor ajeno. Tal vez un día, cuando te hagas un vestido de nardos y te confirmen que a veces llueve en el desierto, y mientras tanto tú tengas alivio ante tanto, tanto calor y el terrible frío consiguiente, me lance a las nieves del Kilimanjaro en busca de un túnica hecha de hilos de plata para poder lloraros y electrocutar el aislamiento que perdura en esta familia. Esta familia donde una vez, hace mucho tiempo, se rompió nuestra marioneta y cada uno de nosotros y cada una de nosotras se desmembró y perdió el punto de fusión y el centro de gravedad, y la benzina del desamor nos provocó quemaduras de tercer grado; y así seguimos, irrecuperables ante tantísimo calor, y el consiguiente frío.
La noche tiene forma de caja de zapatos y no nos rescata de las explosiones ni de los fuegos fatuos del miedo. El cansancio emocional me impide interpretar su fósforo impregnado.
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miércoles, 21 de enero de 2009
Estados de ánimo

Llevo todo el día transitando y relatándome todo lo que siento en contraposición con lo que veo. Es un territorio maleable e incierto, sobre todo cuando tu estado de ánimo falsea el paisaje. Los colores de un estado de ánimo cargado con témpera de plomo pierden vida y música, y son como las imágenes de los sellos de tinta. Les falta mucho.
Lo que veo es una combinación de rampantes bicéfalas, respuestas primarias, combustiones fatuas, sinsabores ciertos. Me he enredado en una gran ranura de inciertas entradas y orondas salidas, asientos preferentes y raudos cinceles romos. Son las previsiones en torno a un único tema de discusión, como muy tarde el silencio embutido en sondas inalienables de trifulcas y permeables tientos. Se trata únicamente de revisar la visión que ha encallado y entregar los calibres que más te repliegan.
En este momento estoy arrendándome el alma a la ganancia. Me observo desnuda, encerrada en el espacio y me pregunto sus entresijos, las salidas que encontraré. Cómo voy a dejar de ser la pasajera del sueño y revivir las frutas del bien.
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martes, 20 de enero de 2009
Prismas

Rapidez de fluidos en rostros primigenios. La abundancia de líneas que despuntan las tramas inconexas del hielo. Resquemores y vacíos, precintos desfondados, presunciones diversas, listados victoriosos, solemnidad y prestidigitadores en rama. Todas ellas son las gamas pre-existentes de las menudencias, de los zarcillos, la renovación de sueños y prestamistas sin cerraduras.
La imprudencia tiene más bien poco que temerle a la elegancia, que solo radica en las cumbres.
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Pasajera del sueño

Suspendida en la duda y con ráfagas de lucidez pasajera pero muy, muy volátil. Es como un spray de verdad más que una certeza.
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lunes, 19 de enero de 2009
Espejos
De hoy no puedo hablar mucho, y eso tiene que ver con que mañana me interesa un poco más. Hoy me he estado hablando todo el día a mí misma, y ha tenido su pequeño efecto terapéutico, de choque, pero espero que mañana las cosas sean más simples. Quiero volver a lo sencillo, sin dudas, sin preguntas, sin inquisiciones.
A la imagen en el espejo del agua. Al gesto suave sin tensar la mirada. A flexionar los músculos y recoger una carta que el viento haya lanzado a tus pies; una carta vacía, sin letras, con sensación del comienzo de todo ...
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domingo, 18 de enero de 2009
Persona

De vez en cuando tengo que quitarme de encima la rémora del hastío de cómo estoy siendo, de cómo me estoy decepcionando, y renovarme. Como quien renueva sus votos consigo misma, como si me fuese a un retiro sin diálogos externos y tuviera que revolverme, estudiarme, reinventarme, para ser yo misma. No sé por qué es así. Creo que se debe a estas modulaciones del ánimo que no tengo más remedio que asumir y que son de tipo orgánico y psicológico.
Entonces saco del cuarto de juguetes todo mi arsenal de recuperación. En él se incluyen: comedias de Hollywood, ilusionarme con cosas, realizar trabajos manuales donde recupere objetos que merecen una segunda oportunidad para que mis manos y mi mente se entretengan con la historia dormida de estos objetos; emprender nuevos retos dejados de lado, entretener el intelecto y obligarlo a retrancar, mover la maquinaria, despertar a sí mismo.
Hoy he tenido una multitud de sueños encadenados que me gritaban, me exhortaban con urgencia a revivir, a ponerme en marcha, a resurgir. Mi sueño se ha extendido hasta tardísimo, pero como otras veces, no me podía levantar porque los sueños me estaban contando muchas cosas y debía prestarles atención. Por un lado me lanzaban en corto todas esas cosas que me preocupan, de las que no era consciente!: no tengo suficiente trabajo, no me han pagado todavía, mi madre espera mi disponibilidad casi absoluta, no entiende mi vida, no sabe lo que hago y no quiere que se lo explique, mi padre me agobia porque es como una aspiradora unidireccional, estoy siendo demasiado seta, tengo que movilizarme, salir a la calle, hacer ejercicio, etc.
Es un momento en el que me siento impaciente, de repente. He tenido una temporada con muchas presiones, aunque muy creativa, pero el soñar lo que hace es liberarte de tus demonios, sellar las llagas, pero al hacerlo efectúa una limpia de tu subconsciente y en parte te devuelve del olvido (como he leído hoy que escribió María Zambrano), y tienes que empezar otra vez. El obligarte a olvidar tus heridas también te quita motivación o simplemente te deja ahí, imbécil, con necesidad de reaccionar, de recurrir a tu maletín médico y devolverte a la vida anatómica. A aquélla en la que te levantas, te movilizas, andas, haces cosas, piensas con juicio, resuelves dudas y problemas, estableces retos.
Lo que es increíble es cómo en mi caso mis fuegos fatuos se apagan con un pop! casi inmediato, como se recoge un circo de la noche a la mañana. A veces, cuando vuelvo a mí me encuentro un descampado, el circo se ha ido durante la noche y sólo quedan volando las serpentinas. Debía haberlo sospechado, debería haberme preparado para este momento.
Cuando me han asaltado las dudas y los temores estas últimas noches, me he dado perfecta cuenta de que la mayoría de mis preocupaciones eran infundadas, al menos no suficientes para paralizarme. Además tengo muchos planes, aunque tal vez no de retaguardia. Se resumen en confiar en mi creatividad y lucidez para llevarme hacia adelante, pero tal vez eso no sea suficiente. Tal vez tengo que protegerme un poco más y no depender de lo que me asalte la mente cada mañana, sino ceñirme a un proyecto de forma más pegajosa y llevarlo a buen puerto con el trabajo y la orientación diaria. Me he dado cuenta de que hasta ahora ése proyecto era escribir este blog, pero debe ser que la lucidez que me está dando, las decisiones personales que me ayuda a tomar, a asumir, ahora necesitan extenderse, crecer. Me están obligando a salir del cascarón aún más. Me resisto a tener que pasar a otra etapa fuera del calor de esta silla, pero creo que no tengo más remedio. No sé qué huevo he estado calentando, pero el pajarillo quiere salir y a lo mejor lo estoy ahogando ...
He renunciado a mis grandes ambiciones, porque no creo que haya ambición más completa para mí que la de saber que cada día tiene una arqueología y dinámica diferentes, y que las cosas se van encontrando como cantos que chocas con tu bota por el camino, y que a veces se meten dentro de la suela y te molestan al andar. Lo que no querría es frustrarme por esta sensación de impaciencia, quiero colmarla con las decisiones adecuadas. Ni tampoco quiero emprender un proyecto excesivamente ambicioso y grande que tampoco responda a la medidas adecuadas de mis inquietudes.
Sé que tengo que leer. Que me va a dar inspiración. Que tengo que terminar mi peli, enfrentarme de nuevo al caos mecánico de mi ordenador, que replica a la perfección el estado de mi mente fragmentada cuando rodé la película. Es un lastre épico que me ayudaría a expresarme mejor ante el mundo.
Me alegro de haber perdido la ilusión de que la continuidad hay que generarla y regenerarla. Ya no tengo proyectos escondidos, alucinaciones de cómo van a cambiar las cosas radicalmente en mi alma cuando logre reconocimiento, comprensión, etc, etc. Gracias a Dios que no. Necesito tener más control sobre mi futuro apreciando el día a día, y completando el ciclo diurno-nocturno para más adelante utilizar mi intuición para descifrar lo que realmente está sucediendo semana a semana, mes a mes, y no al revés. Antes ignoraba el día a día y tenía todas las miras en el proceso, en el resultado después del fin de un proyecto. Ahora he abandonado esa actitud y no tengo ni idea de cuáles van a ser las repercusiones a nivel personal de ciertas situaciones, me imagino que darán de hablar, que me resultaran en parte sorprendentes, pero no son mi objetivo principal.
A veces pienso en cómo va a evolucionar mi escritura, qué historias voy a querer contar cuando pueda traspasar este interés en escucharme a las reverberaciones de una historia, como ha sucedido otras veces. Creo que éste es el ritmo adecuado, escribir porque quieres, porque debes, pero hacerlo por ti, únicamente por ti, a sabiendas de que en el fondo todo el mundo está escribiéndose por dentro, y a veces sienten un reflejo de su realidad en lo que tú has conseguido descifrar sobre tu propia vida.
Hoy estaba pensando sobre la fascinación que tengo con otras personas, y cómo me quiero presentar ante ellas. He descartado hace un tiempo relacionarme de forma superficial, sucumbir ante el exceso de información pasando mi vista deprisa por ella, como si sólo tuviera que conseguir un átomo de información para mi colección de cada quintal que se me amontona en mi bandeja de entrada. Estoy buscando formas diferentes de relacionarme con mi entorno, porque si respondo a los estímulos que me lanza la vida me voy a desarrollar mucho más como persona que si mantengo barreras de indiferencia o prisas inútiles.
La gente va a mil por hora, es muy difícil hacerte ver, escuchar, parece que es inevitable perder a las personas por el camino. Miles de encuentros que no se llevarán a cabo. Sin embargo, embarcarme a fondo con una sola persona o tener relaciones muy intensas con alguien y meterme en su mundo me suele agobiar, y yo también necesito salidas de emergencia para ser múltiple, para no tener que dar explicaciones, para poder cambiar de opinión minuto a minuto. Cuando me enamoro siento que no me exigen explicarme sin sólo mostrarme, estar ahí, brillar con distinción, cualquier gesto se convierte en un retrato de cómo eres, como estás, y los silencios son mullidos y presenciables.
Es pero eso que he decidido otorgarme tiempo para hacer todo esto. Es que si no, no podría hacerlo, sería imposible. Mi mente es una maquinaria muy lenta, como un organismo mecánico biológico al que se le administran tareas cuidadosamente de vez en cuando para añadirlas a su ciclo vital. Me mantengo a la espera de ver el resultado que dará todo esto. Espero que una mejor salud mental (¿y espiritual?).
Antes me preocupaba la opinión que se tuviera de mí, ahora intento estudiar la imagen que estoy presentando. No quiero hacer un gran esfuerzo para causar una buena impresión, quiero que surja de forma natural. Quiero inhibir ciertos impulsos porque si no más adelante mi timidez me los hará pagar bien caro. Esa persona que presento, sobre todo a las mujeres que me parecen atractivas, debe ser la persona que quiero ser. Si la observo con detenimiento, tal vez encuentre las claves para realmente llegar a ella.
(Hoy he eliminado la etiqueta de Bizcochito y ha vuelto Cuore. Porque Cuore es el eterno femenino, es ella, es quien se encontrará conmigo cuando ella crea necesario, y no tiene un sólo nombre, ni es una sola mujer. Siempre terminamos encontrándonos, pero esta vez quiero estar preparada para no decepcionarla).
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sábado, 17 de enero de 2009
Sábado
A veces te levantas de la cama como si un sifón de ácido carbónico amargo y espumoso te hubiera vaciado y contaminado el cerebro por dentro. Mis despertares últimamente son resultado de mis sueños de preocupación. No me viene bien pasar las primeras horas nocturnas en compañía de mi familia, porque mis temores nocturnos, esos pequeños monstruitos, se hacen comidilla y se atiborran con las sensaciones y emociones generadas por el miedo y la tristeza ante la enfermedad de mi padre.
Hoy quiero hablar de la fe. Me pregunto si se puede comprar la fe como cuando en El Corte Inglés puedo comprar tres paquetes de mi muesli preferido, para que no se acabe tan pronto como la mayoría de las cosas y no tenga que renovarlas ... lo que en sí supone un acto de fe. Las cosas te abandonan, la esperanza te abandona y tú tienes que volver al origen y abastecerte de nuevas unidades y reemprender los caminos conocidos, rutinarios donde una vez encontraste ese fervor que te impulsaba a hacer lo que te gusta, a engancharte con una persona, a seguir intentando hacer aquéllo en lo que crees. En vez de flagelarte debes santiguarte y proceder a confiar de nuevo en aquello que ahora parece petar por todas partes, como un objeto barato que vale dos duros.
Hasta este momento has estado haciendo algo y de repente, no sabes cómo, notas un cansancio que se arrastra por el suelo como un paquete de azúcar volcado, y se te cae el alma, porque ya no crees que todo vuelva a ser como antes. Tu propio azúcar en la sangre estará en caudal bajo, y te preguntas qué vas a hacer ahora que ya te no apetece hacer algo que has estado llevando al día ... hasta ahora.
Personas que te dicen cosas que te amargan el instante, les miras y no sabes si continuar creyendo en ti, en ellas. Cosas con las que te recibe la mañana, como siempre, como todas las mañanas, y un hastío se prende en ti como una lapa pequeña, y ya no sabes si realmente quieres seguir haciéndolas, creyendo en ellas. Aventuras que emprendiste, sueños que se vislumbraron posibles, fuegos fatuos que no sabes si vas a poder mantener encendidos.
El tener fe en todo esto consiste en tener fe en ti. ¿Puedo permitirme no tener fe en mí? La fe es una obligación. Detrás de la fe no existe ninguna otra alternativa. Nadie va a venir a salvarte. Pero la gente está ahí, sonriéndote: I'm lookin' at ya, kid.
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viernes, 16 de enero de 2009
Viernes

Estoy en el trabajo, medio lobotomizada, con hambre de desayuno inglés: huevos, patatas, salchichas orgánicas, bacon de tofu ... lo que sea, vendría bien. Mi pobre cerebro chirría y mis ojos oscilan gravitatorios en las pintitas que andan suspendidas enfrente de mi visión.
Me han arrancado de la cama esta mañana tras un mensaje de texto:
Te necesitan. Stop. Sustitución. Stop. Oficina. Donde estuviste la otra vez. Stop. El día que te dejaron tras un one night stand. Stop. ¿No te acuerdas?. Stop. Ella dijo que había sido sólo un "encuentro". Stop. Todo era borroso para ti. Stop. El olor de su colonia barata se había pegado a tu bufanda como un cúmulo de chispas electrizantes. Stop. El deseo se había añadido a él en una reacción de pura catálisis tras abandonar sus lecho y tus labios pegados a la costura de su almohada. Stop. No vas a tener que hacer nada. Stop. Simplemente preséntate ahí. Stop. Ganarás en dinero, aunque no en salud. Stop. Stop.
Me he tenido que duchar en piloto turbo, como si me adentrara dentro del reactor de un avión. He recogido la ropa que andaba medio vestida encima del sofá, con la humedad de ayer de mi cuerpo todavía suspendida entre el tejido. He desayunado de pie poniéndome los calcetines, sin mirar al muesli, lo que no ha sido una ventaja evolutiva en mis próximas 24 horas. Ni siquiera atino con la parada de metro ¿no iba a ir andando a Alonso Martínez? Mi cuerpo sabía mejor que yo que yo no iba a ir andando a ninguna parte, aunque me costase un trasbordo. En el metro me he encontrado con la gente actuando normal (de viernes, tal vez) con cara de efectuar a conciencia una rutina consabida. Hacía tiempo que no sufría la hora punta en Bilbao y me ha pillado un poco descolocada. Me cuesta mirar a los ojos de la gente cuando tengo tanto sueño: me dan miedo, siempre mienten.
Y ahora he llegado aquí, y el chico de la oficina me ha recibido con sorpresa. Me suenas de la otra vez. Se toma unos minutos con el comienzo de la mañana en el pasillito de la máquina de cafés. La secre que me ha atendido quiere que me tome algo a toda costa, y se emociona cuando ve que puede ofrecerme una manzanilla. Me despierta el músculo de la ternura.
Quiero un bocadillo de tortilla y olvidarme de que la última vez que vine aquí fue cuando me dejó la chica.
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Adrenalina en diferido

Voy a acomodar injertos de mi propio ADN en mis mitocondrias cardíacas. Desde la propia médula, la razón de mi existir, haré navegar el presentimiento ectoplásmico hasta el bulbo raquídeo. Quiero utilizar rizomas de mí misma que me ayuden a preparar el cuerpo para la pasión que se avecina.
Necesito tener la epidural a mano antes de quemar todos mis cartuchos, antes de indisponerme con esta sobredosis de deseo electrizante. Y como siempre lo que se mece entre los bastidores de la indisponibilidad del consciente es el no saber qué te traes entre manos hasta que el petardo te explote en ellas.
No existen suficientes drogas para parar el recorrido de mis diálogos contigo, en vivo o en diferido. Mi cuerpo comienza el irreprimible ciclo del deseo, se dedica a recoger y recordar entre las alambradas los brotes de besos transcurridos. El deseo es un campo de minas repleto de expectativas.
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miércoles, 14 de enero de 2009
The dressing station
Supuestos antagonismos, secuencias liberadas, preciosas ataduras que sin embargo reduje a sus fueros internos. Yo sé que puedo rondar tu círculo de influencias y prosperar en el recogimiento. Si me tendieras una mano podríamos salir de ésta. Quiero simplificar la concurrente atmósfera terrestre para sublimar mi deseo hacia ti.
Eres tanto y yo tan poco. Eros te sobrepone y los destellos me ciegan, pero las brasas me mantienen cómoda y serena, y mi sangre fluye como la tinta sobre el papel, en inciertas misivas que rondan las milésimas enteras, precarias, presentes.
Entro en una fase de mi deseo hacia ti. Circunvalando el enamoramiento para observarte desde lejos y que tú me tengas en tu radio de acción. Me gustaría llamarte por diminutivos, arquetipos de letras, puzles de corazones solitarios; atraerte a mí por medio de múltiples reacciones en cadena.
Eres un rayo de sol prendido en mis enojos, simple y furioso como un cascabel encendido y apasionado. No vuelvo la vista atrás porque si lo hiciera mi cuerpo, un estandarte de sal lechosa, no podría volver a imaginarte a ciegas, vislumbrarte entre tus fugas, acomodarte en tus silencios átonos.
Quiero consolidarte con un lazo de picos equidistantes en tus caderas balanceadas, libres, giratorias y perfiladas en el aire como en una peonza de carne ardiente. Siento el temor de perderte devorar mi alma sin apenas haberte conocido. Y también el pánico escénico de tener que presentarme ante ti desnuda y convaleciente, sin coartadas, como una semilla sin abrir, con vergüenza y prisa por saber más de ti.
Y al fin ni siquiera poder narrar mi deseo ferviente, ni convertirlo en aureolas de significados comprensibles, ni sables en alto, ni transiciones. Porque sigo notando el elefante rosa presionando mi tórax bestialmente; descargando su pesado semen como un charco de metal de cromo solidificado, permeando la piel suspendida justo por encima del miocardio como el techo de un hospital de campaña que se hunde. Y provocando una tormenta de confusión y preocupación maldita.
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Seducciones

Atrapada en el asedio de la seducción, sin tregua, ni coartada, ni retaguardia.
Te aventuras ... cazadora cazada. La presa te acorrala, te impresiona, te rodea. Te acercas hechizada, te clava violentamente una lanza y caes desplomada y confusa. Muerta.
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Frío, frío
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martes, 13 de enero de 2009
De niña a mujer
De repente, así sin que te hayan puesto sobre aviso (tú ibas a lo tuyo) una fuerza te empuja por detrás y te despeñas por un precipicio: dejas de ser hija y te conviertes en la que tiene que cuidar de tu padre.
Es un cambio tan brutal que no hay vuelta atrás, y lo único que sabes, lo único que has retenido en algún sitio, es lo que ves en sus ojos: la niña que tú fuiste, porque aquéllo que él necesita, ese colmado de atenciones, de desvelos, con la misma insistencia y sentimiento de eternidad que él tuvo cuando naciste, es lo que estás destinada a darle.
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Alimañas
Ayer, cuando menos me lo esperaba me asaltó una maraña de pensamientos infames, sediciosos, laberínticos sin salida, agotadores. Fue de madrugada, mientras me resistía al sueño, buscando algún nuevo bordón para sintetizar el día con las catálisis adecuadas. Sin embargo, poco ha poco fui notando una especie de sobrecogimiento, como si me escarbaran la tierra húmeda y se produjera un ligero levantamiento de raíces arrancadas, del alma de los cipreses. Lo atribuí al cansancio, a los dos días fuera de casa durmiendo en las catacumbas del hogar familiar con el panorama correspondiente. Pero lo cierto es que se empezó a abrir paso en mí algo más que una advertencia, yo diría que una especie de gusano que se dedicaba a reptar y devorarme por dentro con túneles que navegaba concienzudamente por mi psique.
El resultado fue que tras un ligero periodo de confusión, frío en el cuerpo, insatisfacción al ver las películas que había elegido para realzar la madrugada (dramones de proporciones ciclópeas), poco a poco me comencé a quebrar. Cuando finalmente decidí irme a la cama, mi sensación de desgana con el día (que no había empezado mal, la verdad) me pobló el alma de imágenes en blanco y negro que me recordaban todas mis inseguridades, fobias, fantasmas, miedos y demonios. Me sentía como si comenzando por la laringe se me hubiera practicado una especie de vaciado industrial, un exudado quirúrgico delirante y martirizante que me revolvía la cabeza. Me dejé llevar durante unos segundos, pero luego me demostré a mí misma mi capacidad de resistencia, de rebeldía y observación objetiva para intentar entender qué estaba pasando. Era un carrusel demasiado veloz y nauseativo para ser real, aunque me invadía la duda de que continuase y que empeorara al día siguiente. ¿Me estaría deprimiendo otra vez? ¿Por qué?
La verdad es que en este último mes he sufrido un estrés indescriptible por la demencia de mi padre y el efecto de ello en toda la familia, y ayer en concreto escribí (pero no blogueé) sobre los síntomas físicos que me asediaban. Desde hace un tiempo se reducen a la sensación agobiante de un terrible peso presionándome los pulmones y al mismo tiempo lacerándome el tórax por dentro con un fuego concienzudo, como de una herramienta de soldar el acero.
Y esta mañana, tras dormir en mi cama y levantarme mejor, aunque exhausta tras una noche de pesadillas turbias que han levantado el suelo marino para revelar el residuo oscuro que se esconde bajo él, me he dado cuenta de que esas sensaciones de anoche se deben a un cansancio extremo, al virus de la gripe rondando mi cuerpo como el espectro de la guadaña que ha ahuyentado mi ángel de la guarda en un corcel con alas, furioso, incapaz de batir. Y la culpa es en gran medida el estrés físico y emocional que estoy sufriendo. El descanso me ha retirado la pena de ese destierro de la vida y sus placeres. Fue una especie de espejismo, una reacción en cadena sin consecuencias graves que se extinguió en un par de fumaratas insignificantes pero ruidosas. El sueño de la razón y del subconsciente produce monstruos.
Pero me ha hecho acordarme de cómo la depresión te araña los ojos y la piel hasta descarnártelos; cómo te asedia sin piedad y te arranca de tu cuerpo para que te quedes en nada, para vivir la vida sin ti. Y no sé si tenemos realmente la preparación adecuada para librarnos de ella sólo con nuestra fuerza de voluntad una vez que se ha instaurado y nos ha echado de nuestra casa y escondido nuestras pertenencias. Sé que se pueden tomar muchas medidas cuando comienza y luchar contra ella antes de que te fagocite, y también que, gracias a Dios, terminas liberándote de ella, aunque te marque para siempre con el fuego de su impiedad. Pero lo cierto es que es una estancia en el infierno para salir convertida en otra persona. Una que vez que has entrado en el engranaje del lado oscuro, te das cuenta de cómo opera, de cómo piensa y consigue sus fine, tú no lo cambias a él, pero él si te cambiará a ti.
Hay que resistir. Camina o revienta. Que la vida es todo luceros, aunque haya que saltar al vacío a veces para encontrarlos.
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Martes

Cuando tienes el cerebro embotado y te faltan alucinaciones, siempre está la creatividad de otras personas divinas para venir al rescate.
Publicado por Ssplash a las 14:21 0 impresiones, soliloquios de madrugada ...
Aquí escribo sobre ... creatividad, escribir, haiku, Invierno, leer
lunes, 12 de enero de 2009
Lunes
Mis bostezos: ampliaciones sonoras de sentimientos virtualmente escondidos, ágiles, vivos. Este lunes entero y distante me centra y expande para completar las tendencias del ser en cómodos plazos. Mañana, tarde, noche.
Toda la vida trabajando; cuando era más joven he currado lo mío.
Estoy en el Caja Madrid esperando para anular una domiciliación de mi madre.
Les doy, para ellos es poco y para mí es mucho, es a base de quitarme cosas a mí ... Pero todos los meses por lo menos €40, aunque no pueda.
Este lunes es como un círculo que gira en espiral y que me marea, pero quiero estar en el cultivo del nuevo día que se levanta. La típica mujer que trabaja todo el día sola, y se viste sola en el baño del edificio de su centro de trabajo, y se desviste sola. En mi trabajo está Carmen, forofa del Atleti; siempre te echa de menos.
De los años para acá ha cambiado. Ahora está mejor. El padre la dijo que no volviera a Ecuador. Había choque de culturas ...
Estas mujeres hablan incesantemente porque piensan incesantemente, incendiariamente y luego vuelcan su cómo te arreglas con la perra y tres niños ... Lo que sea de agarrar lo lavo.
Y ella va a cobrar su beca con sus gafas de catalana y su gorro de tercera mano. Y él, detrás de ella, no lo sé, no me lo termino de imaginar. Me atiende un chico de Malasaña con la corbata verde claro intenso con un nudo muy ancho y barba de tres días. Qué privilegio no afeitarse un lunes. Y las peluqueras cambian dinero con su mandil negro debajo de un plumas blanco que sólo les llega por encima de la cintura. Ellos esperan y van dirigiendo el flujo de los coches que buscan dónde aparcar o que tal vez tan sólo van de paso. Sus gorros coloridos, sus manos africanas callosas, congeladas, sus ánimos serenos y hambrientos, conteniendo la orina porque viven muy lejos del VIPS de Julián Romea.
Exhalamos nubes susurrantes de vaho de invierno, y la mañana es una gran escritura, pero yo quisiera tener mitones para protegerme los nudillos del frío hielo, porque el sol brilla muy lejos, por Reina Victoria, y sólo los pisos del séptimo para arriba son un portal solar en el horizonte urbano. Y yo soplo al hilo de bufanda negra que se ha magnetizado a mi bolígrafo Pilot, el cual se arrastra y apenas expulsa tinta ante mis incesante insistencia empujando su punta. Y llega el 44.
Saco el pase de metro a tropezones por los ataques de hipo del bus, y me pregunto si el conductor piensa que le voy a hacer la chata y no picar el metrobús que se aloja detrás de la fundita roja del abono que no he podido comprar este mes. Pero me equivoco; él está pesando en sus cosas, en su hijo el currante y su hija la que estudia y su mujer con artritis de tanto fregar o vete a saber en qué piensa ... sus horas extras, tal vez.
Me duele el codo por escribir empujando el boli y por no poder abrir los brazos un poco porque este chico a mi lado no me da tregua con su pose masculina de no-te-cedo-un-centímetro-de-espacio, soy tío y no me doy cuenta. Le toco el muslo en un vaivén del bus, seguro que se ha dado cuenta. Y se ruboriza. Se está frotando el pellizquito de carne entre el índice y el pulgar. La señora del gaván beige y zapatillas de monja y bufanda beige que no creo que abrigue y a conjunto sale ahora. No sé si será monja, pudiera ser; una de las madres jubiladas de mi colegio de dominicas, pero en pie de guerra todavía. Madre ¿por qué no se casa usted?
Me sorprende este bus multicolor con el sol kaleidoscópico colándose en franjas luminosas e intermitentes por las ventanas. Si hay sol hay vida. Pasamos Moncloa y llego a Princesa, al Corte Inglés, tengo que devolver el reproductor Divx, llamar al hospital por mi padre, trabajar en la oficina de mi cliente donde se creen que yo he roto los teléfonos IP. Pero no he sido yo. Y tomarme una siesta que luego brille por su ausencia.
¿Se habrá escapado mi padre esta mañana? Princesa, Gaes, señoras burguesas con gafas de sol RayBans y pos de la zona groumet del supermercado del Corte, castañas glazé, por favor, de las que compramos en la tienda del Vaticano.
¿Qué pasa si te gusta alguien en un flash y no eres su tipo? Nadie acepta que te enamores a segunda vista, parece trampa, una pirueta para asustar a la soledad. Una voz surge de la sociedad avisándote de que te estás colando y que esperes tu turno. Pero mi soledad no me asusta porque no me siento sola, sólo griposa, o feliz o amuermada, pero no sola, así que no sé porque viene a fastidiarme el deseo, qué contrariedad. Yo que me estaba protegiendo la casa como un cartoon martilleando vigas de madera en la puerta para que no entrara y va y se cuela por la ventana del dormitorio y se posa en la mesita de noche. Yo me sentía más sola cuando mi novia me ignoraba o me estresaba tanto que sentía de nuevo el elefante rosa saltando encima de mi tórax, impidiéndome respirar. Era horrible y no sabía cómo hacerlo parar.
Ella no me espía ni es consciente de mí ni sabe que pienso en ella ni que cuando veo una foto suya me estremezco e inspiro hondo. Por eso me he dado cuenta de que estoy metiéndome en ella; es una locura a ciegas, otro salto al vacío ... buf, qué ganas de complicarse la vida haciendo el ridículo. Digo esto porque soy incapaz de comportarme con normalidad con alguien que me gusta. Siempre hago de protagonista en una película de Jerry Lewis y básicamente precipito el desastre. Se me sube la temperatura y se me nublan las ideas, y las que se me ocurren son ... estrafalarias. Y la seducción me da miedo, porque en ella no me mostraría tal como soy exactamente, sino como una versión Eurovision Song Contest de mí. Ponen Australia en Callao, y ya he llegado.
domingo, 11 de enero de 2009
Chocolate, café, sexo; no sé, algo.

Intento dormir con los ojos abiertos, pero no me sale, sólo puedo toser el sueño. No sirve. Estoy en casa de mi madre, agobiada como siempre, pero intentando encontrar un remanso de paz. Los consejos que le doy, mis plegarias y enfados para que cambie de actitud y se cuide un poquito, parecen caer en saco roto y le irritan todavía más. Y yo me irrito. Me callo y me escondo. Y me entra mucho sueño y casi no me puedo mover por la letargia. Aquí no para nadie de hablar y necesito silencio. Mi padre es un disco rallado 25 horas al día, y mi madre agobiantemente le sigue la corriente. Demencial, claramente.
El privilegio que obtengo de estar en esta casa es saltar de sobresalto en sobresalto. Estoy somnolienta porque mi madre me ha levantado súper pronto esta mañana (me fui a dormir a las cuatro AM para no fallar a la costumbre) para decirme que me vistiera y que estuviera preparada para ir a buscar a mi padre o pagar el taxi que le hubiera rescatado, porque se había escapado otra vez. Me apetecía exactamente un huevo.
Cuando no es eso es no pongas el vaso, que tu padre se enfada, y me tengo que traer el vaso una y otra vez al mismo sitio porque mi madre lo quita. No te sientes ahí que es el sitio de tu padre y le da rabia, no me des un beso que a tu padre le molesta y le da envidia, no me llames mami, no andes y hagas ruido, que va a venir, tiene oído de tuberculoso, no le contestes, no comas y dejes migas en la mesa , no, no, noooooooo. Y a mí no me hace caso nadie, o tal vez me repito demasiado y el mensaje llegará, en algún momento, a pesar de haberlo repetido más de veinticinco años, desde que tenía quince: cuídate, cuídate, cuídate, mamiiii. Nada (la nada de Camus).
No siempre es horrible. Sé que la ayudo y a veces me río con ella y siempre me asombra su increíble inteligencia y cachondeo. Cuando puedo arrancarla de todo, hablamos de literatura, arte, ciencia. Pero también tengo que soportar el mira lo que ha pasado en no sé dónde, a una señora le han robado a su bebé y luego lo han hecho escabechina y ... Mami, por favor, no me interesaaaaaaaaaa, ¿no puedes fijarte en alguna otra noticia que sea más edificante, más positiva, menos truculencia!?
Hoy me he desesperado, pero también me he reído, porque las respuestas de mi madre a mi padre están llenas de doble sentido e ironía.
¿Dónde está mi padre? (pregunta él).
Se ha ido a dar un paseo (dice ella), un paseo muy largo (está muerto).
Él: ¿Has visto a esa gallina?
Ella: Sí, y al pavo y la morsa.
Él: ¿Qué día es?
Ella: Es fiesta (siempre es fiesta, para que no se nos escape porque se crea que tiene que irse a trabajar). Anda, échate una siestecita y déjanos tranquilitas, ¿sí, guapito?
Él: ¿Quién es esta señora? (se refiere a mi propia madre).
Ella: La doméstica (desde hace cuarenta y cinco años, hijo).
Él: God damn it! (mi padre es políglota y ahora le da por hablar en otros idiomas)
Ella: Godamán, toda la vida oyendo esto. Encima ahora hay que aprender alemán.
Él: (habla en francés durante media hora)
Ella: tururú tralalá rrrrrrrrrrrr La merdé.
Él (que no suelta el teléfono para dejar mensajes en nuestro mismo número): ¿Quién es usted?
Ella: Soy la telefonista. Hay un problema de la línea, ande, suelte el telefonito un momento, por favor. Ya le avisaremos.
¿Suena cruel? Es que si no nos reímos un poco se nos cae el mundo encima. Hay que vivirlo para creerlo.
Me gustaría ir a mi casa, pero estoy demasiado vaga, invadida por el sopor y algo de confusión. Además, anoche conseguí sentar a mi madre y que viéramos Los Soprano, la serie que le bajé porque a ella le gustan las películas de mafios. Pero fue un fracaso absoluto, porque la serie es carnicería pura, y a mi madre no le gusta la casquería. A mí no me gustan las películas de narcos, ni mafios, ni nada de eso,; y encima de tragarme el desastre, me llevé el capítulo de la imaginación a la cama porque me obsesioné un poco con el Tony Soprano yendo a la psicóloga, y cayendo desplomado de desmayo en desmayo y ataques de pánico porque la familia de patos había abandonado su piscina con los patitos en busca de zonas geográficas más benévolas. Me removió eso de los patos. Creo que a mí también se me han volado la familia de patitos y estoy traumatizada.
Tengo lumbagia de tanto hacer sofing y no me salen las ideas porque la regadera de mi cabeza tiene también agujeros en la base. Y no he leído lo suficiente, quiero decir de mi libro de Proust, que me centra y me hace investigar mi mundo interior, que es un vergel, y fundirme con el suyo en pura explosión de dopamina narrativa. Me parece que tengo gripe.
Quiero chocolate, café, sexo; no sé, algo.
He decidido dejar el Lamictal por un tiempo, porque tengo los ojos y la boca híper secos desde hace tiempo, la memoria se ha ido a hacer puñetas, y sospechosamente dejé de correr en julio cuando volví a tomarlo. Interrumpí el tratamiento durante un mes y medio o así, creo, y después tuve un disgusto muy grande, tras un tiempo súper feliz, creativa y artística, y al día siguiente de eso caí en una inmensa depresión en el avión a Canadá. Al volver de Montreal, tras dos semanas de sufrimiento, decidí volver a tomarlo, y la depresión se me quitó en tres días. Pero bueno, al menos ya sé que si me vuelvo a sentir mal porque esto no funciona siempre puedo volver y seguir con el Lamictal.
Mi nuevo régimen, tras un abandono progresivo del Lamictal, va a ser entre uno y dos gramos de aceite EPA omega 3, un complejo potente de vitamina B12, biotina, vitamina E y zinc (tengo deficiencia crónica de todo esto), Ginkgo Biloba, NADH con no sé qué más para la memoria, ejercicio, creatividad y tranquilidad. Esta perspectiva de probar algo nuevo tras un amplio periodo de investigación propia me da bastante alegría.
Hoy he conseguido meter mi podcast en iTunes, guay. Cuando vuelva a la banda ancha de mi casa (aquí he montado un dial-up con Gonuts4Free) escucharé a Stephen Fry y sus podgrams, los últimos vídeos de Rachel Maddow cargándose al oponente con sus gafas de Clark Kent, y otras cosas. ¿Por qué? Porque tengo mono de l@s bipolares apasionantes y maravillos@s que hay por el mundo. Últimamente he estado pensando mucho en la locura creativa y vital que supone ser bipolar. A veces me siento bien por serlo, porque me regodeo en mi propia inteligencia aunque esté acechada por todo tipo de malignidades y torpezas, y me encanta identificarme con la gente tan majaretamente deliciosa que circula por ahí. Necesito ese ritmo.
Stephen Fry fue célibe durante 19 años, me enteré ayer. Joder, menudo récord. A mí no me queda tiempo para eso, pero la verdad es que el sexo no me ha traído más que problemas y desilusiones, y hace tiempo que decidí potenciar más mi sexualidad que mi sex-dualidades. También he pensado que no estoy genéticamente diseñada para hacer relaciones. Mi cerebro puede que a veces vaya muy rápido, pero mis movimientos físicos son de la lentitud de uno de esos monos perezosos, la gente me atonta y los espacios abiertos resultan demasiado abiertos tras un tiempo prudencial. Así que eso de las relaciones va a ser blazé durante una buena temporada para amueblarme la cabeza y saber derivar y hacer multitarea cuando la persona con quien esté me caliente los cascos demasiado :-D
Mañana devolveré el reproductor divx a El Corte Inglés porque mi hermana me ha encontrado uno por la mitad de precio en el Mediamarkt. Me encanta usar cosas de El Corte Inglés y devolverlas luego. Espero que no las metan en la caja como si nada y las vendan a otra persona con mis huellas dactilares. Bueno, está perfectamente, no le pasa nada, es simplemente que es demasiado caro y ya está.
Mi tía, que ha venido como refuerzo, para darle a mi madre un descanso con el tsunami de mi padre, asoma la nariz (increíblemente, me están dejando tranquila hoy), y me pregunta si quiero ir al circo con mi hermano el próximo sábado. No. Me horroriza el circo, paso. Y además no quiero pillar una pulmonía en la plaza de las Ventas. Me da veinte euros, porque en esta familia no es posible convencer a nadie de que tienes cuarenta años.
Mi vida hoy es un pequeño impás, como todos los días. Leo blogs y alucino con la creatividad y lucidez de todo el mundo.
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