martes, 30 de diciembre de 2008

Despacio


Cuando veo lo rápido que me parece todo: el ritmo de los demás, las prisas, las obligaciones acumuladas, los inamovibles, los inmanentes, los impepinables más ganas tengo de salir corriendo y darme cuenta entonces que lo principal es controlar el paso y volver revolviendo, examinando el escozor. Hacer las cosas despacio, no hacer demasiadas cosas sino degustarlas al pensarlas antes y después de hacerlas, esperar a que sucedan si realmente son importantes y complacerlas en la espera con otras que indudablemente nos vincularán.

A veces me culpo por ser lenta y poco productiva, pero cuando llego allí me doy cuenta de que mi mente degusta cada palabra de cada frase e intenta visualizarla, sentirla muy hondo, recabar mayor información, encontrar la forma de hacerle un hueco en mi propia vida si me ha calado irremediablemente.

Preciso de franjas de tiempo espaciadas, de no tener necesidad de hacer la mayoría de las cosas que se ciernen sobre mí para sorprenderme de repente haciéndolas como quien ve a la vida iluminándote con sorpresas cenitales, con sabores que te sacian y te extasían, con el perfil de la mujer que será tu distracción y tu destrucción, con su voz caliente como el vino recién o una mano cálida que coge la tuya.

Mi despacio es un observar lo dúctil que es lo que cabe en un segundo si te lo narras a ti misma, como esos segundos suspendidos al conocerle a ella, esos; pues los mismos cuando la mente también ama lo sucedido o se le presentaría la oportunidad si le diéramos tiempo para que se asentaran los posos de la acción.

El tiempo enlatado me entrega la posibilidad de entenderlo todo de repente al darme cuenta de los epítetos y la gama de colores que realmente esconden las cosas. Si me paro a describir lo que vivo termino viviéndolo de forma más intensa, con más fragor.

Sí, es cierto que parece todo más enrevesado, más sui generis y lleno de pausas, más complicado pero al mismo tiempo relajante, esperanzador, más tuyo, tangible, visible, recordable.

Me gusta analizar únicamente para sufrir una vivencia más mortal, más hiriente porque sabes que estás consumiendo el tiempo que te queda gloriosamente.

Ganas de ti


¿Por qué tengo tantas ganas de ti? De presenciarte, de envolverte, de biselarte, de mostrarte todo lo que habita en mí con sus rasgos de identidad, con su intensidad tan relevante, sus vetas fraguadas, mis encierros y reclusiones calculadas, mis brillos resplandecientes y mis sombras opacas, mi capacidad de sorpresa, mi ingenuidad como la tuya.

¿Por qué tengo tantas ganas de ti? De descubrirte encerrada en mí, apoyada en mí, buscándome y yo queriendo encontrar en ti un sabor nuevo, pero presentido, el misterio anticipado de tu feminidad, tus ademanes y cambios de ropa, tus capas de sudor, tu piel imantándose en mis dedos pero sin tocarte todavía.

Porque presiento que podrías asomarte a mí, al cuello de mi abrigo, al hueco de mi camiseta, a mis pies fríos y mi lengua ardiente y las cámaras de aire que creo cuando aprieto los labios y los meto para dentro cuando te pienso y pincho las mejillas hacia dentro como si fuese a pintarte en un lienzo justo en ese mismo instante.

Porque quiero que me sostengas la cabeza y me extraigas la congestión que me pesa y arrebata el aire, y me acaricies la cara con la palma de tu mano mientras te acercas para parapetar mis labios que son como dos ángeles caídos, dos mitades de nuez carnosa y arrebatada, y desplaces mi lengua para evitar ser yo quien la humedezca, porque para eso estás tú aquí, para prenderte en ellos y extasiar con tu aliento mi garganta, y jugar con el vaho contra mis dientes, y bucear con tu lengua entre los pliegues de la mía mientras mi mirada te observa sorprendida, sin retaguardia ni aviso previo, antes de cerrar los ojos.

Por qué tengo tantas ganas de ti, de escucharte repetir palabras como mi nombre, por ejemplo, clarificar tus posiciones, establecer curvas para luego dejarme contornear las de tu cuerpo. Poner un tocadiscos entre tu habitación desordenada llena de trastos de hace, como tu ropa, tus jerseys, bufanda, tus zapatos que sólo ayer descubrí.

¿Por qué tengo tantas ganas de ti? De noches de teoría mezcladas con café descafeinado y galletas de deseo, de solicitudes a rellenar y libros por cerrar para que no se escapen las letras.

Ganas de convertirme en tu amiga rápidamente, aquella que escoges y no quien te seduce, sino quien admites adentrarse en tu casa, en tu vida, en tu boca, en tus libros, entre tus brazos y tus senos y tus historias.

Y ganas de dar vueltas en tu espacio sin que nunca se acabe y asomarme a tu ventana y hacer que estoy llamándote aunque tú estés sujetándome por detrás.

¿Por qué, por qué tengo tantas ganas de ti si apenas te he escuchado, ni sentido, y te ahuyentaría más rápido ahora que a un zorro perdido en mi jardín, si no sabes nada de mí y no aciertas a entender qué prisa tengo y que osadía por elegirte tan pronto?

¿Por qué alimento el miedo, la catástrofe inminente, el malentendido, la ropa caída y perdida al tender, la mirada herida, las amplias posibilidades de estrellarme en corto, de no ser aquélla que, de no ser siquiera nada para ti, que a lo mejor me preferirías perdida o lejos o desaparecida para no tener que desembarazarte torpemente de mí como de un fardo se tratase, de una molestia extraña que ni has solicitado ni te puedes molestar en rehuir?

Ganas de ti ante tu miedo, tu desinterés, tu falta de tiempo, cuando esperas a otra que te colme, que te rompa, que te seduzca, que te supere y fuerce al límite y sea los amplios brazos debajo de los cuales yacerás extasiada.

Ganas de ti a pesar de tu desconfianza por si fuera intriga, genuina chispa, tal vez atracción creciente o la simple sospecha de que pudiera gustarte aunque nunca me habías imaginado ni tan pronto ni después de esa otra chica que todavía lleva las riendas de tu carne aunque tú te sientes presa en su dique y quieres escaparte si se confirma que en fondo sigue sin quererte.

Ganas de que apuntes mis datos, mis reseñas, mis signos de identidad, el brillo de mis cejas, la claridad del color del iris de mis ojos, el empuje y fuerza de las raíces de mi cabello. De que me veas por mi juventud y mi madurez, el que quieras mirar mis manos porque sabes que te provocarán deseo por mí porque ya te has dado cuenta de que sus pliegues son precisos, de que saben dirigir el paso de las hojas de un libro, recoger las cosas, moverlas de sitio, coger a alguien con sus palmas, abrazar en un círculo perfecto, impregnarse de ti y guardar el secreto.

Ganas de ti, de que me inspecciones la excesiva longitud de las mangas de mi ropa, la forma en que mis pantalones se hacen como una pista de aterrizaje para volar o dar un salto, cómo escondo mi cuerpo detrás de la ropa aunque sus formas son evidentes, mi cuerpo que de vez en cuando muestra su perfil, recoge curvas irrepetibles y líneas finas, se dirige con entusiasmo hacia el camino adelante, sabe pivotar el desencanto y el engaño, ya corre distancias largas sin reposar o cambiarse los zapatos o dar dos vueltas más a los cordones del calzado.

Ganas de ti inmensas de las que paralizan el corazón en contusión contra el pecho, de las que esperan respuesta, de las que mecen el alma con tu cálida y esperada voz que todavía no recuerdo, de las que desnudan con tu risa y cautivan con tus labios satisfechos porque me has visto, porque he venido, porque estoy aquí.

Mi padre se escapa


Mi padre se escapa de casa, se escapa siempre, se escapa de él, se pierde, se quiere perder en los espacios abiertos ya que a su mirada ya no le importa la realidad porque ve sin recordar, sin recorrer las frías líneas de los volúmenes, ya no le frenan barreras, ya su mente no tiene compartimentos estancos ni cajones ni patrones ni futuro ni tiempo, el reloj de arena no se acaba nunca ni tiene suficiente arena para el mañana que es un hoy inacabable al que no agota el sueño.

Ya sólo quiere salir, andar, correr o tal vez despegar y saltar hacia adelante, hacia arriba, un salto mortal donde no hay peligro ni suelo ni red.

Porque siempre, ayer y más que nunca ahora es camina o revienta.

Pasado


Frente a la fugacidad del presente
y la rigidez del futuro,
tan sólo el pasado puede transformarse ...

Nunca dejarán de fascinarnos
las sorpresas que nos deparará el pasado

De hecho, mi verdadera serendipity sucede al encontrarme conmigo misma cuando olvidada en esos retazos (la magdalena de Proust) que la vida te lanza para reconstruirte y volver a interpretarla. Y lo mismo me ocurre con el lenguaje, con las palabras, que cada vez que se nombran, se escriben es únicamente para evocar su significado reverdecido, acumulando capas de brisa y tesón para que cada una de ellas trabaje minuciosamente para resignificarse, recubrirse y repetirse. Y así, gracias a ellas, somos quienes somos y a leer nos retrotraemos a quienes somos, pero también nos sentimos ser y emocionar y recorrer lentamente pero trasversalmente, como seccionándonos para extraer el jugo.

Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto antes de que nos llegue la muerte, o que no lo encontremos nunca.

Marcel Proust
En busca del tiempo perdido
1. Por el camino de Swann

(Gracias eduprecidente (con c) por impulsarme a más :-)

Se alcanzó el principio

lunes, 29 de diciembre de 2008

Dopamina


Busco ese instante, esa pizca de entelequia, ese primer bocado de la magdalena de Proust, un flash de claridad luminosa en la mente, un momento de felicidad en la cuerda floja que me recuerde tiempos fértiles o que me impulse a ansiar futuros repletos de arrojo y energía y pompas de jabón de mercurio. Una visión de medio lado de la llama sagrada, del grafito de un bosque de piedra, de la sensualidad del olfato enamorado por la piel. Un poco de dopamina en mi cerebro para sentirme bien y planear grandes cosas.

Rubbish: the theory


Here I am, once more or once less, depends on how you play it. Going behind and under and down the motions rather than with them which would be easier, obviously.

I feel tired and wasted, wasted by this never ending Christmas rubbishy period of complacency and fake tragedy and postponement and bs. Just Christmas, once again. Don't take me wrong: it's not that I don't like it; I spend the whole time tiring myself trying to come to terms with it, messing up my digestion and disconcerting my system attempting to acknowledge what it is really about. I don't know whether I'm coming or going, my flesh feels like putty, my eyes see aberrational objects floating in the air, my sleep is a flash of stuff I don't want to know about, and people talk weird and jam your email and mobile with bizarre and gagging messages that I skip as quickly as I receive them. It's tedious and confusing.

I am not exaggerating. I have to blame it on Christmas; how I wake up in the morning in stupor, trembling, disoriented, getting calls from family members, receiving practical presents without having the time nor the energy to give favours in return. All for a big hoo-ha of stuff that dispels in January when the shit hits the fan and everyone is broke and the happy season flustered when their brains don't remember those famous words at the brink of New Year. What were they?

Call me cynical, I just call myself exhausted. Want to find out what it is that I should be wishing from January onwards, not quite knowing what to expect from myself anyways at any season, forget about January, trying to get rid of the Christmas spirit of chaos. It's so stressful (for me).

My body, as I said, is not taking all this very well. My head is like jelly (did I say it?), My eyes are sore with despondency and my sinuses just don't catch a drift, my hound instinct has been cut off, paralised, when I get out in the streets everything has changed and moved out of place and I am out of sync, not knowing what to expect of the day. I hate having to make an effort, it's distracting.

Not knowing where to hide I choose my bed, but the sheets are scratchy and my pillow feels rock solid, my feet icy cold all night long. So, forget it. Couching, a great sport, but too much noise and activity outside.

I do have plans for the New Year, yes, I mean what about today's plans, are they good enough? I hope so.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Melanina

Mi melanina es mi signo de identidad corporal, mi visibilidad interna. Es la que me proporciona la atención al detalle, la adscripción a mi forma, una micra más de peso en la superficie de mi piel como si se tratase de una carga insignificante de plomo en plata, de bronce en oro. Un cargamento de sueños encarnados en mi dermis, transitados en ondulaciones regeneradas por el crecimiento celular, celebrados en los pliegues del iris en flor, en la condensación del aceite tras la duchas en las dunas de mi cuerpo. Me proporciona silenciosos viajes trascendentales por los ritmos caribeños del mar límpido y turquesa de Dereck Walcott con su espuma rizada por los caldos de zinc de Tiziano. Y convence a mi pelo para proseguir sus innatas tendencias, sus círculos continuos, su sed de salitre y aceite condensado para nutrirse y nutrirme el afán de independencia, veracidad, calor sensual y consensuado.

Ayer


Me pongo la misma ropa de ayer porque quiero ser ayer.

Las cosas cambian y no te enteras nunca de por qué


Son la una y media de la madrugada y espero en el andén del metro Canal en dirección Quevedo, donde me bajo. Sólo es una estación pero este andén está frío siempre y le tengo un poco de manía al trasbordo. Vuelvo a sentir el dolor de cabeza cargado con pólvora que me ha estado asediando todo el día y que sólo me ha dado un ligero respiro durante un par de horas. Vengo de ver a mi madre y tras haberme dado unos apuntes detallados de la situación de hoy en casa con mi padre y nos hemos reído con ciertas cosas que hasta tenían su gracia. Mi madre se ha extrañado mucho de que no me haya quedado a dormir en su casa. No he tenido que pensarlo esta vez, ha sido automático ya que vuelvo a ser dueña de mi tiempo, a dormir en mi cama, a ser yo al menos unas horas al día. He recibido una sobredosis de familia y calefacción central y ahora quiero volver a casa y abrir las ventanas hasta que haga frío en vez de almidonar mis pulmones.

Creo que la mayoría de la gente a mi alrededor va de marcha, pero cuando llegue a mi casa yo pienso echarle una ojeada al internet, leer algo, tal vez, e irme a dormir inmediatamente.

Hoy he visto una película increíblemente sensual de Fanny Ardant y Emmanuelle Béart (increíble actriz, pero qué horror demoníaco se ha hecho en los labios, por Diossss). La película se llama Nathalie y la he visto con el avance rápido para no tener que escuchar los detalles sexuales de la prostituta con el marido de la protagonista. Ardant está estupenda y la sensualidad entre las dos mujeres es más que creíble; me encanta ver a mujeres más mayores en papeles principales en las películas, es más: es esencial que las vea; la fuerza que trasmiten y la feminidad completa es algo fuera de este mundo.

Llega el tren; me gustaría cerrar los ojos y estar en mi litera tras haber puesto el calentador Tres Molinos unos minutos para calentar el dormitorio. La gente está animada y viajan en grupo o en pareja. Aquellas personas con las manos en la frente deben posiblemente volver a casa a acostarse como yo.

Llego a mi piso, me cambio de pantalones por otros más cómodos y me pongo un forro polar. Paso de poner calefacción aquí en el salón, no quiero entontecerme con aire caliente artificial; en la cama no me importa porque las pompas calientes ascienden de manera muy natural al techo donde está la litera y hacen que mi sueño comience de forma muy agradable. Me estoy tomando una tila con remedio rescate de flores de Bach para bajar el ritmo. Pienso en toda la gente que tengo que llamar para reconectar después de una semana de travesía en el desierto. Espero estar más despierta mañana.

Hoy he ido a ver a un grupo de amigos y amigas del instituto. La chica a cuya casa hemos ido era mi mejor amiga entonces. Su vida ha tomado otros derroteros y se ha centrado en sus niñas, su marido de siempre y sus viajes con toda la familia. No se ha hablado de filosofía ni literatura ni arte ni música ni ridículos sueños como hacíamos antes. Ya no se menciona a Pablo Neruda ni a Víctor Jara. Se han pasado la tarde hablando de oposiciones, plazas de profesorado, casas rurales (con fotos), tiempos en avión a Estados Unidos, la estancia en hospital de un niño de su colegio, las bajas de la tutora de una de las niñas, si recuerdo bien el divorcio o la operación de una amiga suya y no sé qué cosas más, sólo sé que no he participado en ninguna de las tramas de la conversación con una sola frase excepto un rato en solitario con un amigo.

Cuando estuvimos un momento a solas lo único que se les ocurrió ante mi pasividad fue que podía mirarles un problema de la configuración de internet de su ordenador. Fue una tarde súper aburrida, me entró frío en su cocina y quería salir de allí. Es gente muy maja y tal vez yo no manipulé la conversación como hago otras veces para terminar hablando de cosas intensas e interesantes para mí, pero esta vez no tenía fuerzas. Seguro que se notó. Desde luego, la tarde no ha ayudado nada a mi dolor de cabeza. Me he dado cuenta de que hay ciertos temas mundanos que me importan un pimiento y me parece una pérdida de tiempo el entablar una conversación sobre ellos a menos que sea con alguien que realmente me importa, pero llevo tiempo sintiéndome alienada con esta amiga y me da pena siempre que sea imposible hablar de aquellas cosas por las que me enamoré de ella a los dieciséis años.

Frágiles


Ayer he hablado de la vulnerabilidad y la sensibilidad con una amiga y de cómo si es un rasgo de la personalidad deberías hacerte a ella sin estar constantemente a la defensiva o sufrir demasiado. Creo que es importante no utilizarla como un colchón de golpes para atormentarte a ti misma. Darte cuenta de los matices de todo lo que está a nuestro alrededor es un privilegio inmenso, pero poder expresar cómo apresas el mundo lo es aún mayor.

El tiempo para revelarte a ti misma todos aquellos acontecimientos, imágenes y realidades, formas, tonalidades corpóreas y fluidas que te han permitido llegar hasta aquí es esencial para seguir siendo tú misma. Es como fagocitar tu espacio, cristalizarlo, encaramarte a sus reflejos y así virtualizar tu alma. La comunión con la realidad mediante tus pensamientos y la observación.

Cuando rezumas salvia y contemplas el mundo en sus numerosas facetas, permutaciones y posibilidades poliédricas debes escribirlas, narrarlas, embriagarte de ellas, con ellas.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Te crujes


Cuántas veces te puede crujir el corazón y reventarse los puntos de sutura, los botones de nervio de sus ojales.

Se me acerca y lleva su gorra de beísbol azul, una foto de mi hermana en un marco de plata debajo del brazo y una novelas en francés, y me pregunta algo completamente incoherente con los ojos enfebrecidos y el semblante triste.

Se ha enredado las piernas en la parte superior del chándal durante horas y ni se lo puedes quitar ni le puedes convencer de que no son los pantalones.

Le puedes contar todo tipo de cosas y él se las cree a menos que una idea se apodere de su ímpetu y simplemente le debas a él el responder a la misma pregunta una y otra vez con evasivas, para no confundirle o causarle pánico.

Cuando se aparta el demonio que me crujió la niñez, la vulnerabilidad y fervor del cariño infantil, la brasa de herrero que me marcó la carne a fuego con una cicatriz que parece ser incandescente y que se turba aún.

A medida que su enfermedad avanza y desaparece la dureza de su mirada en sus ovalados ojos miel y la piel oscura de su cabeza se confunde con las entradas de su pelo que ya no es apretado y rizado como un tejido resistente y tupido sino un entramado canoso y liso.

A medida que en su voz comienzan a desaparecer los rasgos del desprecio y la metálica prepotencia y desdén acrisolado durante años, yo emprendo el sorprendente viaje hacia la creación de un pasado que nunca existió, un "¿y si hubiera sido ...?" y comienzo a presenciar la película de nuestras vidas con un padre como él que no estuviese enfermo, que no estuviese enfermo nunca, pero tampoco enfermo de gélida frialdad, crueles retorcimientos, comentarios soeces, golpes bajos.

Y en su voz titubeante cuando me pregunta qué hora es porque tiene que ir al trabajo, o me pide ayuda para salir a la calle porque la puerta está cerrada y no encuentra las llaves que le hemos escondido para que no se vuelva a perder y tengamos que ir a buscarle a Dios sabe dónde, se distingue el tono grave y modulado de aquel acento francés indudable y customizado por sus hábitos políglotas.

En su frágil semblante, cuando todavía nos gasta bromas con su humor particular e idiosincrásico, y en su olor elegante y único suspendido en la casa cuando él llegaba, en sus manos calientes con una piel más suave y más profunda que la de otra gente, como si la melanina enardeciera y te obligara a prenderte en ella, a transpirar con sus propios poros.

Por su sudor fosilizado en copos de nieve salada con costras y escamas de sedimentos minerales al volver del tenis. Sus piernas sexys de atleta en sus eternos pantalones cortos de deporte Fred Perry estilo Wimbledon. Esas gafas de pasta de intelectual de los años sesenta con vetas marrones y ámbar, sus amplias espaldas doradas por su piel marrón oscuro como el cuero, blandas, tersas y abombadas como la chapa de un VW Dos Caballos. Ese total y absoluto convencimiento de que la crema Nivea es lo mejor que hay.

En esa foto con una serpiente pitón alrededor de su cuello y otra corriendo como un chaval con una gabardina beige por las calles de algún lugar de Tailandia.

Y cuando veo cómo el bebé se siente confiado y cómodo en su presencia y percibo la fuerza eterna de la sangre, de las raíces independientemente del color de la piel.

En esa casa que recuerdo donde los muebles de colores ocres, sepias y blancos límpidos de los años 70 y el tocadiscos alemán Grundig con su equipo de música estereofónico en la habitación que era de él y donde no se podía entrar sin permiso o con permiso.

Cuando desesperado me pide que le ayude a buscar a su esposa porque se ha ido y le ha dejado me enfrento cara a cara con los descalabros de una familia a la deriva en un barquito de cáscara de nuez.

Pilot


Dentro de mi fijación elemental y compulsiva por atesorar bolígrafos y rotuladores Pilot en la encimera de cristal de mi mesa estándar de Ikea se encuentra la apreciación del baile fluido y calmante sobre el papel que cualquier otro bolígrafo parece incapaz de hacer tan bien como los de esta marca. Los Pilot acarrean el ritmo de mi apresurada y bordoneante escritura de forma inmediata. Me permiten sostener el punto céntrico gravitatorio de mi pensamiento textual y retienen la punta justo lo suficiente para conjeturar y concebir la palabra antes de que mi muñeca se deslice vertiginosamente y con un golpe innato y neuro-óptico ejecute de forma instintiva un movimiento gestual que me arranque la palabra para verterla en la página.

La viscosidad y secado inmediato de su tinta es también un factor inalienable e inconmensurable para mi preferencia por la escritura con este bolígrafo. La prisa que tengo por rellenar las líneas imaginarias de mi particular grafología en el manto blanco del folio me hacen necesitar un aliciente para volver atrás y bordar y acicalar la palabra con su correspondiente acento o la pajarita de las tes.

Mi escritura se nutre sin duda alguna de los recuerdos imbricados en mis pulgares, la punta callosa del dedo índice por los recorridos del papel y el arrastrado encomiable del dedo anular que hace de acompañante borracho y retrasado. Aprieto el bolígrafo con demasiada ansiedad, premura y sentido de la urgencia, y remato con trastaverada impotencia, como si temiese que las cuerdas del arco de un violín estallaran en pleno giro y brinco radial en el aire. Por eso sujeto el espacio entre la punta móvil del bolígrafo y el papel transversalmente, con el aliento siempre retenido a cada impulso por miedo a detener el empuje de las nociones imaginarias, la marejadilla de pensamientos en flor.

Las patrullas fronterizas imberbes de las columnas mínimas en blanco que permito existir a cada lado de la línea escrita ayudan a mediar entre el espacio preñado de ideas y el primigenio e impoluto. Me permite una pausa para recabar información en la carga de tinta de mi ayudante más fiel y mi consejera más fértil.

Qué me gusta de ti


Tu recorrido por los placeres secretos

Tu candidez tierna y montaraz

Tu atractivo burbujeante y sólido

Tu descomunal dulzura y simpatía

Esa necesidad de hablar en público para expresar el bullicio efervescente que reside en ti como un prado de violetas y que demuestra tu vulnerabilidad.

El sueño del bebé


Velo el sueño del bebé mientras cae la tarde. Todas las luces están apagadas y la blancura del papel en el que escribo comienza a destacarse con una tonalidad azulada y fosforescente. La respiración del niño precisa el ritmo de la progresiva difuminación de la luz diurna entregada ya a la inminencia de la oscuridad vespertina en este Madrid de resaca navideña. Los escasos taxis y coches que cruzan velozmente las calles vacías agitan los restos navideños en el aire hasta crear combustiones espontáneas de carbón activado que regeneran la atmósfera, se tragan los ecos de las fiestas familiares y hacen espacio para los cotillones.

Algo

Periodistas; siempre tienen que hablar de algo. Qué aburrimiento.

viernes, 26 de diciembre de 2008

La televisión: esa perfecta imbécil


Esta televisión chillona y eunuca en la que se pretende homogeneizar a todo el mundo como a una mesa de cocina tonta y simplona. Que hace causa nacional con sus tonadillas pasteurizadas y su mentalidad conglomerada, fetichista y embadurnada de alquitrán y plumas no la aguanto, me pone mala. Esta televisión donde una parte de la sociedad entretiene a la otra con sus obviedades y que necesita encontrar y pregonar la identidad de este país mientras aluniza una butifarra en los programas de gastronomía de los Pueblos de España.

Esta televisión ciega y vulgarizada hecha en Madrid por comerciales y equipos de usura con la materia gris de una chirigota. La gran parida nacional que finalmente ha descubierto el calentamiento global de cerebros se cocina con achicoria.

Noche en vela


Es en las noches en vela donde la vista no descansa, las sierpes se enderezan y te comienza el suma y sigue, donde el silencio se alborota y el tiempo te duele. Donde se anhelan las vistas al mar y las conversaciones en secreto. Los ojos introvertidos ya no observan ni consultan. Y el granulado de la oscuridad le otorga otro perfil a las cosas.

A las noches en vela les cubre una colcha tricotada de preguntas. El futuro es el día siguiente y el segundo siguiente. Las bombillas y las lámparas de pantalla cóncava se utilizan como escafandras, y se intenta leer y sentir la noche como una historia que se despliega sobre su tela de seda negra.

Me acuerdo hoy de esas noches ligeras de verano rellenas de semillas de diente de león soltadas al viento. Noches de verano pobladas de cuadernillos negros con sus hojas de pizarra abarrotadas de cuentos de tiza entremezclados entre rosa, azul y verde caramelo. Donde los proyectos literarios toman forma y surgen de la nada de chicle, y los contenidos de los relojes crujen al igual que las maderas orgánicas y vivas de las patas de las mesas.

Los cuentos sobre soldaditos de plomo se reordenan y caen aplastados los unos con los otros como las hojas de un acordeón. Se olvidan los olores mojados, los árboles manchados, la ropa sudada, y tan sólo se aprecia la ropa que suspiro. Todas las cicatrices de la historia pasada de las casas aúllan al unísono y las huellas dactilares brillan y vibran persiguiéndose las unas a las otras. La nada se convierte en el todo y las palabras escuchadas y pegadas como lapas a las paredes se desconchan y columpian en los átomos de oxígeno incierto y respirado de las habitaciones.

Las manos diestras se convierten en zurdas y las personas con miembros corporales fantasmas recuperan la carne perdida asincopadamente. Ya no hay misterios: los cuentos se escriben solos ágilmente, la respiración se vuelve frágil y ácida, los abundantes dolores musculares y los calambres de los nervios radiales del cuerpo se amplifican porque la persona debería estar descansando en su acmé. Y en vez de eso el sueño acarrea y arrastra diéresis confusas y saltarinas que se cotejan entre sí como canicas ambulantes.

Esta noche en vela mi estado de ánimo es febril y triste. He pasado unas horas alucinada, conteniendo la respiración, dejándome retroceder a las tierras del sinsentido. Me alegro de escribir esto ahora sin que me preocupe qué hacer con ello. Hay gente tan válida y poderosa que me recuerda la estampida de mis pensamientos, el desorden acicalado, mis ciclos lunares, la imposible huella de mis ideas repetidas.

La ropa de ayer se acumula en la silla acomodándose a su respaldo como a una percha. Lo peor de todo es tener que levantarme mañana y acometer rutinas mundanas. Ver a la misma gente de ayer, tener planes que no se pueden explicar y que no me pregunten, atender las obligaciones que te precipitan a ser más persona y menos texto, más corpórea y menos amnésica, más trágica y menos simbiótica. Son menudencias que tienen su importancia al igual que las hojas de olivo le aportan su sabor al aceite.

Los pormenores de la vida que se detiene son los que fijan este sabor salado a la noche en vela, este fervor eléctrico a mi pluma, esta necesidad de hablar con garabatos crujientes sobre las páginas, deseando que se pudiese escribir sobre papeles de periódicos a contraluz, a solas pero arrullada por las distancias. No ansío más. Tan sólo aspiro a prorrogar la noche hasta dentro de un mes, con ciertos descansos tácticos, con la ayuda de bufandas, el calor enajenado de un brasero cósmico a la luz de la luna, sin que salga el sol hasta que las frecuencias lunares se completen y la tierra dé un giro significante y reinstaure los temblores de la gravedad. Entonces renazacan las amnesias periódicas, las mariposas de lamé, las cigarras mudas y las luciérnagas que siempre relucen con sus chasquidos en todas las bandas sonoras de las películas.

Al menos sé que cuando toque no hacer nada yo andaré perdida en graves entelequias, luces cenitales y sueños con cáscara sin que ningún ápice de realidad se interponga a mis célebres argucias y aventuras híper textuales donde los acentos valen su peso en oro y los cargan con pólvora.

Hablar


Hay algunas personas que me hacen abrir los labios para asesinar el silencio. Gracias a ellas el habla se me me rompe como una piñata frutal que revienta y despliega en el suelo sus acaudaladas pepitas de cinabrio. Me apresura la urgencia, el furor por comunicarme, las ideas me pesan en la frente como si fueran parte de un entramado enredadísimo y pesado de lianas y cocos, y por ello corro a expresarme, hablar, mostrar mis tejidos de ensoñaciones e improntas. Quiero abarcar todo tipo de temas, pensar en latín, traducir mis pensamientos al vuelo para ser visible.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Viajar


Llevo más de cinco días vagando entre núcleos de personas, rapsodiada en aquello que llamamos familia, intentando ser de utilidad y fusionada a las necesidades de la mayoría. Mi ropa refleja las migraciones, mi piel ansía la rutina de sus cuidados diarios, mi cuerpo el descanso de su propia cama y la dinámica de moverse por su propio espacio. Mi mente empieza a resentirse por la falta de unidad; ya no se balancea en un diálogo uniforme consigo misma sino que se pierde entre multitudes, vibra entre identidades, ya no es enteramente dueña de sí misma, de sus disparates y ligerezas porque tiene que ocuparse de comunicarse con los demás de forma continuada, de lo que los demás precisan, de cómo hacerse un hueco en otras vidas y permanecer coherente.

Es extraña esta vida que llevo porque a veces no parece anclada, no tiene reflejo en la de los demás ni se siente del todo comprendida. Cuando me sumerjo en mi familia me brotan árboles en la cabeza, me rediseño y me pierdo un par de millas mar adentro. Ya no sé cómo me perciben, he mutado de forma tan frecuente y variada que se me ofrece el beneficio de la duda. En la transición entre habitación y habitación, y entre conversaciones me siento viajar más rápido y desordenadamente que cuando viajaba de país en país.

Viajando te encuentras a ti misma más fácilmente; es la soledad, es la rutina de preparar tu maleta siempre de la misma forma, buscar esa bebida caliente que te viertes en la garganta entre estepas y zonas horarias, es la oportunidad de recordar otros tránsitos, otros movimientos septentrionales. Siempre me he reconocido en el movimiento, en el cambio de dirección y la búsqueda de lo mismo traducido en siete idiomas hasta que me aburrí de viajar y dejé de ansiar el hacerlo.

Pero en las casas familiares, ya perdida la infancia para siempre como una bella patena que todo lo cubre, mi sensación es diferente, es más intensa, más desordenada, menos libre. Me observo congelada en el tiempo en las fotos que esperan en cada esquina, momentos que siempre parecen felices, preciosos, esenciales. E intento parar el tiempo para que no me consuma, para hacerme un hueco, para ser alguien en una casa que ya no es la mía pero que me suena como a una persona perdida el perfil de una calle conocida.

Soy testiga de otras vidas, otros momentos, otros idiomas personales. Me olvido durante horas de escudarme en mi propia identidad y tras un tiempo necesito hacerlo. Aunque no sea así otras vidas parece que marchan a su propio ritmo, con un destino forjado por sus características, por sus detalles. Y aquí yazco yo, sin reconocer mi futuro porque el tiempo se ha detenido aquí y nadie se imagina lo que va a ser de mí, lo que hago por las mañanas, por las tardes, por las noches. Me ofrecen su espacio, un espacio nuevo tras los años transcurridos fuera, donde me conocen por mi nombre pero no por mis hechos porque los vivo y los pienso únicamente en mi cabeza y no termino de responder a ninguna pregunta vital con total coherencia.

La vida en familia es como un viaje dentro de una botella.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Navidad en la Gran Vía


Luminosos que parecen exudar más destellos que nunca. Estrellas cantarinas y luceros que se desgranan en cascada por las fachadas de los grandes almacenes. Taxis en manadas, autobuses preñados como latas de tabaco crudo de petaca se atreven a adelantar a los coches presumiendo de carril bus. Ipods, fotografía digital. Parejas jóvenes enamoradas lucen politonos de villancicos en sus móviles. Árboles como cúspides cargados de viandas y luces en Plaza de España.

Familias enteras entrelazadas por las manos, bebés exultantes y excitados por las luces húmedas reflejadas en las aceras. Cortylandia al ataque, Callao imposible. Demasiado calor en la oficina. Un ambiente eléctrico, cafeterías llenas de caprichos dulces con decenas de ancianas diabéticas. Consejos de un hijo a su padre sobre cómo cambiar de móvil. Yo pienso que alguien me ha robado el mío en el autobús pero no ha sido así.

La librería de El Corte Inglés de Princesa repleta de gente de clase media que se acuerdan de repente de que se han olvidado de leer libros de arte y política y que deberían encarrilarse en el Año Nuevo. Más mensajes de texto que nunca. La hora punta es ahora todo el día. Mi madre suplicándole al SUMA a las dos de la mañana que vengan a sedar a mi padre que alucinado quiere abandonar su hogar para volver a la casa en la que vivíamos hace mas de veinticinco años.

En el trabajo me dan una botella de champán gigante que a duras penas puedo acarrear y me pregunto a quién le voy a endosar la tercera copia de un calendiario de viaje muy bonito y colorido que me han vuelto a regalar.

Mi cuerpo sabe que es Navidad porque no he parado de comer. Quiero un café espumoso con la cara de George Clooney como posavasos. Quiero ir de fiesta sin moverme de casa, quiero invitar a alguien a comer y entrar en tiendas por la noche para mirar.

Ayer vi Ivanhoe con mi madre a la una de la mañana. Joan Fontaine se lleva al chico, como siempre.

¡Quinientos millones de peseeeeeetaaaaas!

¡Mil eeeeuuuroooos! El soniquete me atraviesa el subconsciente adormilado y me recuerda a los olores de lentejas cocidas y dulces fritos de la vecina que poblaban el patio de vecinos cuadriculado de mi infancia.

"Media hora más" me repito mientras escucho la televisión a tope de mi hermano que penetra sin piedad los hogares y los tímpanos de toda la vecindad. Me pongo los dedos en los oídos para taponar este pellizco de realidad, porque quiero disfrutar de mi sueño esponjoso e incierto justo antes de despertarme y preparar el terreno para lidiar con mi padre.

Hoy lo he llevado a pasear y le he tenido que sujetar del brazo. Su mirada perdida se animaba de vez en cuando al contarme que había hablado con un señor (imaginario) en la tienda a la que habíamos ido o que su mujer (mi madre, a la que no ha reconocido esta mañana) tenía que venir a buscarle (está en casa, como siempre). Intento impedir que llore con pequeñas bromas que él sí entiende porque todavía no ha perdido el sentido del humor entre sus incongruencias siderales, y me convierto en madre tras haber sido hija durante décadas.

¡Mil euuuuuurooooooossss!

Brandon y Vanessa entonan con sus voces cantarinas e impostadas la presencia, la evocación de la Navidad. Brandon mira la bola nacarada y sus ojos reflejan la sorpresa, el relámpago que atenaza su garganta y llena su cabeza de efervescente anticipación:

¡¡TRES MILLONES DE EUUUUUROOOOOOOOSSS!

Vanessa apenas puede tragar mientras se acerca a la tarima donde personas adultas sonríen con las satisfacción de haber presenciado El Gordo, los pequeñines a punto de explotar de emoción, la felicidad que todavía no ha llegado a esparcirse por las ciudades, poblaciones y bares de aquel lugar afortunado mientras en la sala abundan los suspiros, la emoción henchida, la fuerza motriz de la alegría embrutecida en multitud.

Vanessa comienza a tartamudear y la tradición de la añoranza se cumple. Brandon y Vanessa comienzan a requiebrarse con mariposas en el estómago y los pequeñines tienen que cantar el número y la cantidad una y otra vez, en el momento más emocionante de su vida.

Yo presencio el momento en directo, de repente, en el instante perdido en el que acompaño a mi hermano en los cinco metros cuadrados de la habitación en la que vive y duerme, en un momento también irrepetible, como todos los escasos momentos que comparto con él. Y hoy es uno de esos días, en esta mañana somnolienta.


domingo, 21 de diciembre de 2008

Domingo eléctrico

Éste es un domingo eléctrico, de luces de tráfico como miles de scalextric con faros multicolores y temblorosos como serpentinas. La gente no quiere abandonar el asfalto, la calle, el ritmo ascendente y descendente de sus movimientos al manipular con sus tacones las aceras de mazapán. Son los días previos a una Navidad urbana que todo el mundo ve acercarse con trepidación y la expectación se mezcla con el miedo a la destrucción y apisonamiento más que probable de emociones escondidas bajo el telón de acero del tórax, como flores revueltas que crecen en lugar del manto de césped que se esperaba.

La Navidad urbana barajará más de una mano de necesidades de afecto, una baraja mágica de recuerdos y respiraciones pulmonares desoladas por la ansiedad. Y miles de personas se levantarán tras Nochebuena con propensión a vomitar la buena fe de esos hombres, de ese batallón, de ese ejército de soldados de la buena voluntad que marchan adelante sin mujeres, ni infancia, ni regueros de lirios, ni bandejas de plata con sus orones recién horneados.

Y tras el batallón aparecen los reproches, las horas dormidas de más, las parejas actuales y pasadas (como las Navidades de Dickens -presentes, pasadas y futuras), y más de una persona desearía haberse levantado con alguien diferente en la cama. Aunque otras se masturbarán con los olores corporales de los cuerpos de sus amantes.

Después de todo, es Navidad y las lágrimas se mezclan con champán, y villancicos cacofónicos y copas escanciadas con cristales de azúcar ahumado. Las estancias de los hogares se mezclan con las ausencias, y el frío de las nubes con el calor zumbón de las calefacciones, y las amarguras con toneladas de comida.

(Añorando Encarna de Noche y Las Empanadillas ...)

viernes, 19 de diciembre de 2008

Cruasanes



Todo el mundo parece que flota con las burbujas de los planes de Navidad. Yo hasta hoy no tenía claro que la semana que viene es Nochebuena, y ni siquiera sé qué día. Yo estoy pensando en mi fin de semana, donde podría alcanzar algo de paz y tranquilidad y reorganizarme las ideas sin esfuerzo, libre de la celeridad de la semana. No tanto la mía, pero la de los demás. Termina contagiándote ese temible escaparate de posibilidades que comienza el lunes y continúa hasta el viernes donde tanto hay que hacer y donde tan poquito se acota.

No sé si mi tendencia al ritmo orgánico es un error o no, pero no quiero luchar contra corriente y debo tratar de seguir mis constantes vitales y emocionales sin preguntarme si debería finalmente tomarme en serio eso de ser una mujer de provecho. Me da que no, que no vale la pena buscar planes externos cuando todo está aquí en mi cabeza, en mi cuerpo, sosteniendo cada una de mis células, en mi historia personal y en la posibilidad de comunicar todo esto a otra gente.

Por lo pronto hay algo que me viene bien y me da tranquilidad. Nunca sé si voy a trabajar o no, porque ahora me llaman desde mi empresa cuando me necesitan y ya está, y yo decido a la hora que voy e incluso el día. Me da muchísima libertad y me ha quitado el yugo del trabajo de encima. Es casi como cuando no sabes si va a llover. Es bastante ideal. Además no me importa trabajar un día durante muchas horas a sabiendas de que durante los siguientes dos o tres días puede que no vaya a hacer nada.

Todavía me estoy imponiendo cosas pero incluso ésas intento que no me desestabilicen demasiado. Estoy ayudando a mi madre por amor y lealtad en este trago tan grande que es la enfermedad de mi padre. Está muy nerviosa y no siempre es fácil estar con ella, pero verla respirar durante unos segundos con libertad y consuelo, con alivio por haberle solucionado una pequeña gestión, un problema me llena de satisfacción.

Estoy aprendiendo a comunicarme con mi padre de otra manera. Pasé por una pastelería y vi unos cruasanes que sé que le gustaban y se los compré. Son unos mini cruasanes dulces que te puedes comer casi de un bocado. Él estaba en un estado de confusión total y bastante atontado. Le ofrecí un cruasán y en seguida lo engulló. Se me quedó mirando extrañado, disfrutando, espero, del sabor del cruasancito, a pesar de que después de unos minutos se iba a olvidar de que lo había comido. Es muy extraño comunicarse así con alguien. Terminas preguntándote si vale la pena hacer algo para alguien cuando no va a haber ningún tipo de continuidad en su memoria, que es como decir que no vive, porque la vida es darte cuenta de algo. De todas formas, nunca he podido hablar con él, ni hacer nada por él, y él ha hecho bastante poco por mí así que me pregunto si lo que puedo hacer ahora es otro principio en nuestra relación, muy diferente de lo que me hubiera imaginado nunca.

Tal vez el amor es sólo eso: das un cruasán y luego otro y luego otro, hasta la eternidad.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Narrativas sublimes


La mente me enlaza con narrativas sublimes, con zarzas ardientes que me revelan verdades átonas y asilvestradas. Mis tránsitos mentales me ofrecen escapadas multicoronarias por las acacias lunares y sus venas caudalosas de fluidos textos y almidonados peregrinajes.

Quiero prestarme a la suerte de sus permutaciones y sus páramos inciertos para registrar soledades y peripecias en tórridas arenas y escondites. Soy una navegante sólida que siempre retorna a su puerto pero que al soltar amarras no teme lo desconocido porque cree que se asomarán a la vista del horizonte todas sus ilusiones. Y en sus veredas de espumas marinas piramidales con sus polígonos de cristales marinos finalmente hallará la paz.

En mi cabeza me rodean en cada esquina de su cuadrilátero férreas linternas mágicas que al mostrarme las regiones de mi vida me inspiran a llevar en mí certezas perseverantes y salubres escoras.

En los períodos de confusión salgo como una bola de petanca a estamparme con necedades, pero sin saberlo ultimo misivas contenidas en botellas de anís acorralado. Brindo por las alacenas de suspiros, las reclusiones, las melodías de prestamista, los infundados prismas de noches cerradas y solsticios perfumados.

Hay momentos en que no me conozco; vivo sin vivir en mí y presiento rocíos sin polen, velas de cobre, mellizas de circo y carruseles empastados en papier marché. Todo ello retiene la esencia del brillo que no cesa, de las sierpes sagradas, de los sacrificios en vano y los relojes sin cucú ateridos de frío.

Los demonios colorados coronan mis enojos y rondan las mercedes que no rezan y los rayos que no cesan y las luminosidades bermellonas, sin tregua, esquivando agujeros en la oscuridad.

Presiento graves regocijos y menudas decepciones y entonces actúo, me pongo en marcha y camino y no me preocupa nada que me parta en dos mitades porque así me narro.

Tiempo

Hoy no he tenido mucho tiempo para pensar y me siento embotada. He intentado dormir un poco por la mañana para cubrir el desfalco de una noche tardía, un sueño de horas robadas, pero me han despertado con llamadas de teléfono y cosas que tengo que hacer para ayudar a mi familia. Y la serotonina, en constante batalla con una migraña por falta de sueño, me ha mantenido despierta hasta que me he levantado a pesar de mis desesperados intentos de volverme a dormir.

Después, tras una ducha tempestad, tras salir de bruces del baño a vestirme me he lanzado a la calle a hacer gestiones, papeleos, a correr para llegar a este sitio antes de las 2PM a este otro cuando dije que llegaría hacia las 3PM y he tenido que atender a muchas personas con problemillas y enfocar toda mi atención hacia ellas. He dado explicaciones y me he perdido la mitad de lo que me decían porque no he logrado enterarme, no estaba preparada.

Y no he tenido tiempo para pensar en mí, descubrir mis emociones de hoy (ayer) 17 de diciembre, lo que este día ha significado, lo que se está cociendo en mi cabeza, lo que surje, lo que pienso de lo que sucedió ayer ...

Es una sensación extraña que me hace ver cómo las horas se sumergen y bucean en el espacio anterior a donde se erige mi cuerpo sin que yo parezca tener mucho que ver en el asunto. Sin embargo, mi tiempo me pertenece, aunque cualquiera lo diría; es como si la vida me lo sustrajera y me devolviera calderilla.

Es fundamentalmente necesaria esta abstracción, esta necesidad de juzgar las cosas bajo mi propio filtro de café para explicarme lo que anda sucediendo, porque de verdad que si no lo hago así tengo la sensación de que se me ha paralizado la respiración pulmonar y que he vuelto a extraer hilillos de aire por los bronquios. En algún momento tengo que atesorar respuestas a las preguntas que pudiera hacerme yo misma un día sobre los instantes acaecidos entre ayer y hoy. No quiero que al abrir las carpetas en el disco duro no haya ni un solo documento registrado con la fecha de estas últimas veinticuatro horas.

Por eso esta noche mi pensamiento anda vagando por las esquinas, de nuevo juguetea con la indecisión de dormirme o no, pero sin ánima disponible para adornar estos minutos con nuevas ideas generadas espontáneamente. No es la soledad la que busco es más bien un hueco cómodo, como el de una ardilla somnolienta (las hay) en la copa de una encina encorchada. No quiero que me sorprenda el mundo de nuevo en una situación en la que tenga que utilizar un sinfín de palabras porque mi diálogo interior no fluya y el silencio ya no me cubra las espaldas.

Mi tiempo de contemplación es sólo mío, es cuando el silencio lo invade todo plácidamente como una toalla caliente y mojada que hace de cataplasma narrativa; es cuando no te estás preguntando siempre cómo, cuándo, qué hora será, qué quiere esta persona, qué voy a hacer ahora, y simplemente te dices a ti misma: "Hola, cómo vas", con naturalidad, y te sientas a tu lado para respirar un poquito.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Seducir



La seducción, esa gran mentira. Es un bumerán caprichoso y didascálico que aproximadamente tras cuatro meses adosado en una relación hará efectivo su maleficio, su tontería superlativa, la falta de honestidad que lo dinamizaba.

Yo no quiero seducir, yo quiero encontrar sin buscar, adentrarme sin invadir, presentarme sin artificios, como se presenta la lluvia sin llamar en primavera. Como una tormenta de ideas que te asalta de repente porque en realidad, prefiero que me imagines.

Quiero que me llames en silencio y yo adelantarme.

Que qué hago

Ya sé qué responder, veintiséis horas más tarde a esta pregunta.

Vivo el plan B para volver al A cuando me entere de qué va la película. Un ritmo, un vals el que tengo con la vida, mientras ella me hace un tango irrepetible a cada segundo. Quisiera ser siempre como cuando sales de la ducha: mojada, caliente, y sin tapujos ni miedo de enfriarte. Tiento la suerte e intento llegar a los vuelos oficiales. Y vivo con sobriedad acompasada. Intento parecerme a la literatura y no expirar en el intento.

Mi vida consiste en coger taxis baratos porque siempre llego tarde, aunque ya no pierdo trenes, porque los cogí en su momento y me bajé en Hogsmeade.

Creciente

Me gustaría hablar de ti, pero claro, no puedo. Y puedo porque no puedo.

Esa tremenda familiaridad que tras tu sonrisa sorprendida atisbo y con la que me hablas tras apenas haberte conocido. Ese interés creciente de saber algo más de mí sin poder imaginarme, porque es todo tan fresco, tan inesperado, tan sencillo.

Tan sencilla es la lejanía, la pérdida perpetua, el saber que estás por aquí, en algún sitio.

martes, 16 de diciembre de 2008

Probables aliteraciones



Leo las primeras hojas de Por el Camino de Swann, de Proust, y me doy cuenta de por qué he decidido llevar este ritmo lento (o por qué no puedo evitarlo). El presente no alberga tantos misterios para mí como el momento pasado, extasiado, aliterado. Como soy de efecto retardado apenas puedo sentir si no es rememorando, reflexionando, hincando la pluma en el papel, efectivamente retardando el impacto, the coin dropping, de una emoción o una idea en mí. Esto es ridículo, lo sé, cada vez estoy más tarada, pero le hago justicia al reconocimiento de que tantas cosas que sentí ahora veo en su verdadero contexto. Porque me sitúo en remansos donde finalmente contemplo al pasado aflorar como pétalos de rosas blancas llevados por la corriente tornadas en mariposas romas, ascendiendo por el aire límpido, aspirando ahora sí al ancho tórax del cielo.

Mis emociones se encuentran en el pasado perdido y recuperado, y cuando me encuentro yo también lo hago en esas recónditas coordenadas de quien fui, que es quien quiero ser. Hoy me han preguntado otra vez por lo que hago. Me resulta difícil hablar en presente y mi torpeza me distrae. ¿Que qué hago? ¿Cómo me defino? He pasado tanto tiempo intentando definirme que a duras penas encuentro ahora las palabras. Yo misma soy una incógnita, pasando por el hecho de que no sé qué voy a almacenar de hoy hasta la noche y en qué historias fabulosas se drenará este hoy en el espacio escrito o en el de los sueños agitados de mi litera.

Mi pasado no puede descansarse. Al leer a Proust siento cómo los círculos gravitatorios que define para expandir el tiempo y describir un instante en una eternidad se parecen mucho a cómo yo confío el presente a su narración y devoro mi vida. No me basta un instante para (re)descubrir las características de un objeto, la mirada cálida de una mujer o el movimiento de un espejismo en retirada. Es más tarde, tras una sarta de insensatas casualidades y pausas, que llego a buen puerto, que comienza a rezumar mi necesidad de mí, las emociones que me causan las personas y los acontecimientos, las sensaciones replegadas que se expanden como el vapor de agua en un velo de muselina.

Estíos, estíos, estíos


Gránulos celestes, zonas horarias incomprendidas, cuernos de la fortuna enfundados en oro macizo. Es la sed de verano.

Albergo dudas pero levanto el ánimo. Me renuevo en vuelos rasantes y ventilo los techos rotos, los sinsabores ciegos. Me acerco a esa idea de verano que palpita en mi pecho apergolado.

Soy y no soy, me revuelco en espirales arduas y refriego y requiebro las espigas doradas de los recuerdos de estíos esplendorosos, refulgentes y simples en su belleza. El bramido de la hierba me envuelve y las hojas de menta destilan mi aliento.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Perfil Ssplash

Madrid, invierno, 2008



Madrid recoge, revuela y aprisiona. Tanto ilusiones como hiedras, no discrimina. Pero si miras directamente a su punto ciego, si te mantienes en ti, si la miras a ella entonces te arrebola, te revoluciona y te sana.

Hay que mirarla planeando, oblicuamente o de frente (pero con valentía). Es un pueblo manso y torpe con tentáculos de serpentinas. Cada barrio debiera ser el tuyo para apreciar las narraciones que se imantan en la película de lluvia de sus charcos.

En Madrid hay que tener un rinconcito para que el resto de la ciudad no te ruja (y enrocarte en él periódicamente).

Ya no me asustan los calamares en la menor ni las cabezas de cerdo crudas y hechizadas de la Plaza Mayor. Lo que pasa con la Plaza Mayor es que es tierra de saltimbanquis y de juguetes baratos en Navidad. Sus noches estrelladas y abiertas y sus balcones flotantes te recuerdan a Venecia en fiestas. Pero todo eso es un espejismo creado por el espíritu de Lope de Vega.

El metro es vida cuando finalmente llegas, y refugio cuando vuelves. Sin los nombres de las paradas no tendrías identidades urbanas. La línea azul es mágica.

Y tienes razón: lo mejor de Madrid son los paraguas.

Karma Kamilion

Némesis y el karma de la distancia que recorre tus pisadas en la arena cuando cantas. Precisas hemorragias internas como mariposas ligeras y suaves para empaparte de salitre en tus sueños. Son cárdenas resoluciones que te asaltan al apuntar tus deseos en una lista para que no se te olvide tu memoria vislumbrada en las pantallas de aire.

Verdor y salvia, verdor y salvia, verdor y salvia salada y mecida por la luz perfilada entre sombras de un Colt 45. Disparas las olas sobre mí y me desvelas en esta noche torácica de dulces y suaves torrentes de luz lineales en la distancia, detrás de la luna occipital, donde despuntará el alba en unas horas.

La felicidad no es como el dinero que cuanto más tienes más quieres. La felicidad no es un deshielo, es un desvelo perenne, como las hojas del arce.

Mírame. Te quiero ...

domingo, 14 de diciembre de 2008

Chicle barato

Te cogen, te mascan y te escupen.

Me da a mí y lo digo sin victimismo, porque se lo estaba contando hoy a mi amigo David de Málaga y me estaba riendo con el tema, que alguna gente me está tratando como el chicle barato. El que pillas, mascas y escupes pronto cuando ya le has sacado la poca enjundia y saborcillo que tiene.

A ver, con esto no digo, de verdad que no, que yo no valga ni una piltrafilla, sólo que sí que es importante encontrarte con personas que te crezcan, que vean tu potencial antes que tú misma, que te adoren (si es posible, ¿por qué no?) y que llenen tu vida con piñatas de fantasía y chirivitas.

Cosas que pasan.

Este finde, que no ha acabado, porque no pienso irme a la cama pronto (aunque debería) estoy reflexionando sobre lo que quiero. El trabajar menos me está permitiendo esto y además, el ver a la gente corriendo como si perdieran el único y último tren a San Petersburgo, me hace querer quedarme aquí tranquilita, tomando mi tiempo para hacer las cosas. Me ha gustado mucho eso de darme cuenta de lo mal que me sienta el estrés porque eso hace que intente estar tranquila todo el tiempo, bajar el ritmo, tomármelo con calma y vivir la vida. La vita e bella, ¿no?

He pasado la semana con unas cuantas personas que han devorado mi energía con su negatividad. Yo sé que la vida no es fácil para nadie pero estoy segura de que con un poco de ayuda se viviría mejor. En último término, lamentablemente sólo puedo ayudar a mi entorno y también sé que otra gente se encuentra en situaciones muy diferentes a las mías, así que podría callar la bocaza a veces, sure, pero mientras la sociedad esté enferma las soluciones o paliativos individuales son difíciles de avistar entre tanto caos. Y yo no quiero que el caos me alcance, o, mejor dicho, que me vuelva a pegar la peste.

Ya tengo el lío de mi padre entre manos y parece que hay que tomar decisiones duras y como lo veo planeando en el horizonte borrascoso no voy a adentrarme más en las oscuridades. Quiero luz, caballitos de feria y música ambulante. Eso es lo que quiero.

Como una película de George Cukor. Como la que he visto hoy con mi diosa Katherine Hepburn. Yo quiero ser como Katherine.

Mañana: planes

Mañana (hoy): planes

1. Baño caliente (joder, para eso he limpiado el baño dos veces en siete días y encima me han dejado el tubo del desagüe de la lavadora como un cristo estos pesados (los susodichos fontaneros)

2. Comprar pan en ese sitio impresionante que acaban de abrir (no van a tener las pistolitas de pan de leña crujiente, mierda, seguro que no (esto es sólo el final de Chamberí. Los domingos no creo que quieran llamar la atención) pero no importa, el pan está bueno. ¡Madre mía! ¡Me estoy aficionando al pan blanco! ¿Qué ha pasado con el pan integral súper bueno bestial? Ok, cambio de planes. Me voy a Malasaña al nuevo sitio (europeo) con olor noruego a madera nueva y compraré pan decente ahí (orgánico, integral, consistente). Huele a madera también)

3. Comer algún filete de los que me compró mami y que siguen congelados y muertos de risa

4. Comer queso, claro

5. Leer algo que no sean sólo blogs. Qué demonios. Ya no sé qué me pasa. A ver si me aficiono al arte de pasar páginas. O que encuentre un libro que me apetezca. Por ahí anda la maravillosa Sayak y Benedetti. Asomar la nariz a un libro de ficción para ver si es tan bueno como la filosofía, la bioquímica, la poesía y esas cosas que me interesan.

6. Salir de casa a hacer alguna cosilla. Nada excesivo ni trascendental. Tal vez si hace sol ir a este sitio en Espíritu Santo (¿es?) y sentarme allí. ¿Dónde demonios no se fuma? Yo qué sé. No me apetece Starbucks, qué abominación. Ésa la reservo para momentos contradictorios y días donde me permito el (triste) lujo de tomar café en vaso largo. Y vengarme dejando notitas para que cierren el grifo. Tampoco voy a sentarme en un bar y pillar asma en el tórax y olores en mi ropa de confort de domingo. Está claro. NO.

7. Salir de casa sabiendo dónde voy (hoy estoy muy Bridget Jones, tal vez debería leer el tercer libro de Bridget Jones, si hubiera uno, creo que no)

8. Escuchar a Melvyn Bragg en Our Time. Que me acaricie la cabeza.

9. No levantarme demasiado tarde, pero bueno, da igual.

10. Llevar el día adelante con planes de no trabajar el lunes si cae esa breva.

11. Tener el placer de ver a alguna mujer interesante por la calle, como hoy en mi escapada vespertina a Chueca. Y que me mire, si es posible. Y dejar ahí la cosa, obviamente.

12. Sé que no puedo comprar pasta de dientes para dientes sensibles, porque es domingo y tal, pero si pudiera lo haría. Con tanta pesadilla mi bruxismo está haciendo su agosto.

13. Algo más, no sé el qué. Ya se me ocurrirá, se me olvidará y se me ocurrirá otra vez.

Una propensión propulsante

Estaba pensando últimamente que debería volver a tener trayectos largos en el metro a sitios alienantes (ofi) o vuelta a casa (qué alivio) o tal vez otro tipo de planteamiento porque no sé si voy a fluir tecleando, tecla que tecla, sin escribir en mi Moleskine. Supongo que cuando escribo en casa no puedo hacerlo en la Moleskine porque es mi cuadernillo de viaje.

A lo mejor es que quiero viajar, salir, retozar en las visiones borrosas y movidas de un paisaje moviéndose raudo delante de mis ojos (aunque la que se mueve por supuesto eres tú). Pero no soy de las que les gusta no ir, ir a ninguna parte y esta vez es así: no quiero ir a ninguna parte pero sí quiero viajar o moverme o algo.

Hoy he pensado, he tenido una alucinación. Quería verme con un peto de pintora en un espacio enorme cambiándolo, haciéndolo trizas con la imaginación. Estoy echando de menos la brutal actividad que tenía en Londres donde me daba por alterar el sitio y las dimensiones de las cosas (al menos en mi cabeza). Londres me creaba una plasticidad especial, todo lo veía como maleable, cambiable y cambiante, at my fingertips, en la punta de los dedos, de la lengua. Estoy empezando a acordarme del Londres de mis sueños, de mis sensaciones, de cuando creaba, pero aún así sé que ahí está, la mala bestia, y no quiero volver ni quiero volver a verla (por ahora).

En el fondo no quiero moverme pero quiero keep on moving (k.d. lang). Ahora tengo una oportunidad preciosa para hacerlo, para situarme en el fondo azul de la piscina, en un balcón herida por el sol, encima de una hoja de loto ... donde me da la gana. Y voy a hacer buen uso de ello.

Pero es que no quiero salir de mi casa tampoco. Esta semana lo he hecho y he vuelto a sentirme súper cansada, con un cansancio que me acecha y me devora tan sólo para obligarme a ser esclava de mi intimidad, para crear nuevas reglas de gravedad que me mantengan sentada en mi piso para hacer aquéllo que tengo que hacer, leer lo que debería leer, pensar lo que es necesario que piense para salir adelante.

Esta semana he visto a muchas personas pero eso me ha conllevado mucho esfuerzo. Me ha gustado mucho pero al mismo tiempo me ha agotado. Vuelvo a obligarme a hacer un sagaz e inhumano esfuerzo para comunicarme cuando yo lo que quiero es dinamizarme con el ambiente o simplemente dejarme llevar. A lo mejor no soy una persona de dejarme llevar y tan sólo lo puedo hacer sola o cuando la intimidad con alguien me deja permitírmelo. No lo sé.

Y además esta casa no tiene todas las cosas que debería tener. Necesito mis libros, los que leí hasta los 21 años, antes de irme a Londres, los que han acabado en cajas porque mi padre los quitó de en medio y mi madre no se atrevió a volver a posarlos en otro lugar. Mi padre, con sus sempiternas estrategias para hacernos desaparecer, para desahuciarnos de su vida, para hacer hueco, espacio, expulsarte o centrifugarte, hacer de su ambiente un espacio estanco. Darte con la puerta en las narices y dejarte al borde del precipicio sin alas, ni zapatos, ni oxígeno. Menudo cabrón. Y ahora lo ha perdido todo porque no se dejó nada para luego y su mente vaga desnuda por el mundo, su cráneo hueco. Qué pena. Qué extraño. Qué hacer.

Cuando mi padre me deje un par doble de horas para mí y mi madre (digamos cuatro) voy a bajar todas las cajas de los altillos de la casa de mi madre y llevarme los libros de una vez de allí. No sé dónde voy a ponerlos, me da igual si tengo que salir por la ventana de mi casa a coger aire, están presos, cautivos, secuestrados en otro sitio y ahora voy a ir a liberarlos.

Algunos de estos libros son de mi madre, porque yo se los robé. Pero un libro que lees cuando nadie lo hace o lo va a hacer más, cuando nadie lo mira al pasar no es un libro robado: es un libro rescatado de la soledad, del vacío, de la puñetera casa de mi padre donde nada tiene su sitio, donde todo está fuera de contexto, donde su mente ha estado tan derruida antes como ahora, lo que pasa es que antes le hacíamos caso. Qué asco, cuánto tiempo perdido.

Pero nunca es tarde para recuperar el tiempo. Veinte años se pueden recuperar en veinte minutos, lo importante es querer.

Yo esto recuperando(me) y es una sensación extraña. Me da vergüenza que la gente vea atisbos de esta reconstrucción, es como una operación de cirugía estética para quitarme los rasgos que ya no me definen, volver a mi rostro. Estoy volviendo a los años setenta a los ochenta, a mí. Y sólo entonces podré entender lo que he hecho durante todo este tiempo, cómo me dediqué a vivir así mi vida y por qué me causaron impresiones, dolor y curiosidad, gozos y sombras todo lo que he estado haciendo desde aquel entonces.

Recuperar es mejor que tener algo de nuevas. Y por eso soy rica porque puedo recuperar todas las cosas que necesito. Y aunque no estén ahí con que las redescubra o recuerde ya es suficiente. A veces escribo palabras que no he dicho en miles de años, que no he escuchado decir. Es una sensación impresionante.

No sé qué me pasa físicamente. Estoy hecha polvo. Quiero comerme cien barras de pan. Quiero entenderme, quiero que me dejen en paz pero que me comprendan y me acompañen. No quiero salir ni entrar, pero quiero que vengan si me dejan ser. Quiero que me vengan a buscar, que me apetezca ir con ell@s. Quiero alimentarme de oxígeno e imaginarme que es pan con queso. Quiero tomarme otra slice de pizza siciliana en La vita e bella de Malasaña (sé que hay un acento por ahí). Quiero tomarme un café sin que me revuelva el estómago y me deje seca. Quiero descargas eléctricas de dopamina por mis nervios, mi sangre, mis recorridos neuronales. Quiero reírme sin que me digan que no es gracioso. Dónde estoy que me bajo.

Quiero recorrer páramos y sentirlos jardines. Pensar en sueños y soñar en letras y líneas escritas. Quiero descargar sopa de letras de mis Moleskines como quien se baja millones de bytes en su ordenador.

¿Por qué me gustan tanto las mujeres? Quiero mirarlas sin desearlas. Hoy una me ha dedicado una mirada de paso congelada en el movimiento, consolidada por mi reciprocidad. Probablemente no fuera nada y lo es todo. Pero empezó en el principio de la ventana del café y al pasar el muro hacia la otra ventana la mirada continuaba; yo le di a ella un latigazo y ella me lo enchufó a mí. Quiero comunicación no verbal como en el verano cuando disfrutas del sol con otra persona. En invierno todo el mundo quiere hablar, quejarse, rememorar, pero yo sólo quiero hibernar en la intimidad de una pompa de calor, y quien se apunte, vale, pero no me marees, no me dés la tabarra con tus mil historias, quiero dormir contigo, descansar sin que me digas que hay que salir a no sé dónde. Quiero que disfrutes de mi calentadorcito LasTresJotas (termoventilador) con el que me quemo la piel de los pies dentro de los calcetines inútiles. Y que no me digas que te da dolor de cabeza.

Tengo sueño, pero como de costumbre no quiero dormir. No creo que haya nada ahí de interés, en el mundo del subconsciente onírico. Me he cansado de vagar allí como un alma en pena. Quiero quedarme aquí, en este otro mundo, en la otra orilla, un poquito más.

No quiero soñar, quiero vivir. Aunque sé que debo descansar si quiero tener la vista descansada mañana, si quiero tener fuerza suficiente

¿Será mi thalassemia minor? ¿Será mi bipolaridad? ¿Será mi imaginación? ¿Será haber dormido seis, siete horas en vez de ocho? ¿Será que Vodafone me levantó a las nueve con un estúpido mensaje con el importe de mi recibo en vez de dejarme dormir hasta las once como había planeado? ¿Será que he estado soñando con mi padre durante las últimas dos, tres noches? ¿Será que mi hermano salió a cruzar la calle como un espectro una noche cerrada con el semáforo en rojo y casi se produjo una colisión múltiple de coches que le hubieran llevado por delante y que mi hermana con el bebé le vio hablando con el coche policía, y hasta Poquitos alucinó con todo al igual que todo el mundo alucinó con todo? ¿Será que al llover mi cuerpo entra en stand-by y no estoy respirando lo suficiente? ¿Será que llevo dos, tres días comiendo poco o desayunando, comiendo y cenando al mismo tiempo? ¿O que la gente me está hartando con su estrés y machaconería? ¿Que las mujeres que encuentro y me tocan en el trabajo y me sonríen con unos ojos marrones, enormes, mareantes, esplendorosos y mullidos luego se dan media vuelta y se van a hacer sus cosas y yo me quedo clavada en el sitio preguntándome ...?

viernes, 12 de diciembre de 2008

Bip-Bip, Bipolar

He vuelto del trabajo hace nada porque me he tenido que quedar a hacer una cosa. Estoy exhausta porque he trabajado prácticamente desde las 9 de la mañana hasta las 11 de la noche ... Ha sido un poco locura, pero bueno, ahora cobro por horas y he estado más o menos tranquila, aunque el trabajo siempre cansa. Lo bueno es que probablemente la semana que viene esté más libre y tenga tiempo para hacer otras cosas con total naturalidad.

Hoy he ido a ver a Bizcochito, por eso de que si la montaña no va a Mahoma ... y ha estado rarita conmigo. Hemos hablado un poco y de repente me ha soltado: "Bueno, pues te cobro los nachos ¿no?" y me he quedado un poco flasheada. Con bastante tranquilidad mientras ella buscaba el precio en la caja le he preguntado si estaba enfadada conmigo ... Me dijo que "noooooo, nooooooo, claro que noooooo", pero que había tenido una semana rara, un día raro.

Bueno, eso no justifica el ponerse como se ha puesto pero la verdad es que me imagino a lo que se refiere. Todo el mundo está corriendo en Madrid últimamente. Es una locura. No es nada sano. La gente no tiene tiempo ni para respirar, el estrés parece haberse colado por todas partes ... En el herbolario le entra la gente en plan súper exigente y por otro lado llena de malas energías por eso de estar intentando curarse de esto o de lo otro y pasándolo mal en silencio. Ni idea de por qué la actitud. La mayoría de la gente que va allí son mujeres. Alguna pide sus pastillas de aleta de tiburón como si te estuviera pidiendo que le canjearas un cheque en el banco ¡deprisssssssssssa, porque lo merezco!!. Luego también hay gente muy agradable, tierna, Heidi, Yupi, esas cosas. Y después de eso, estoy yo. La pesada.

Bizcochito me empezó a contar de repente que había hablado con una amiga cuyo hijo de diecisiete años tenía lo mismo que yo. "¿El qué?", pregunté. "Pues el problema ... eso que tú tienes, a ver no es un problema, bla, bla, bla ...". O sea, que ahora yo tengo algo, y será por eso que ya no quiere saber nada de mí. Go figure. Y yo, escondiendo las ganas de reírme a carcajadas, haciéndome la tonta le insisto: "¿Pero a qué te refieres?". En realidad estaba haciendo tiempo para ver por qué pie cojeaba la Bizcochis esta. Al final le digo: "¡Ah! ¿El tema bipolar?". Sí, sí, eso.

Me contó la historia y yo, la verdad, creo que me la contó para que le diera algo de información, porque debe estar bastante pez en el tema. Todo el mundo lo está, ni siquiera la gente que sufre esta enfermedad/situación se enteran bien de la película. Pero yo llevo investigando de forma exhaustiva el trastorno bipolar y he llegado bastante hondo a su/mi comprensión. Creo que en España hay algo de información rondando por ahí, pero no tanta. En el centro de especialidades de la Seguridad Social al que fui sólo dos de las psiquiatras de un equipo de cinco decían entender la enfermedad y me derivaban la una a las otras. Y una de ellas era una cowgirl bestia y prepotente. Pero la otra era mi Gloria, mi primera psiquiatra, un amor de persona con un mechón violeta heavy metal. Lo mejor de lo mejor. Qué pena que se fuera luego a un hospital de esquizofrénicos. Como era "mi primera vez" y yo tenía dudas sobre ir a la psicóloga que me recomendaba (que luego ha resultado ser mara-maravillosa, dulce y tierna, muy mamá) me miró a los ojos y me dijo: "No tienes que institucionalizarte si no quieres". Un comentario muy inteligente que me hizo sentirme libre para elegir.

Así que le expliqué a Bizcochito de qué iba lo del trastorno al mismo tiempo que intentaba enterarme si eso que veía en su cara era espeluznez o curiosidad, no lo tenía claro. Ofrecí mi ayuda porque creo que es muy importante que una vez que has superado esta enfermedad puedas diseminar tu conocimiento para ayudar a otras personas en tu situación. Yo me siento privilegiada con la información que tengo. Una vez fui a un psicólogo bastante conocido que escribe en un periódico una columna semanal, etc, etc. Y no tenía ni puta idea de cómo llevar la diagnosis. Era un pesado que no me explicaba nada - hombre, no esperes que alguien que no sabe te explique el lugar donde se encuentra la piedra filosofal. Esto fue cuando empezaba a investigar yo por mi cuenta. No recuerdo casi nada de lo que me dijo, pero sí una frase: "¿Cómo has sufrido durante tanto tiempo sin pedir ayuda?". Esto me hizo pensar. Pues no sé cómo. Supongo que me parecía normal, todo normal.

Creo que los psicólogos / psiquiatras tratan el trastorno bipolar con pinzas. También hay que decir que hay varios tipos y pelajes de personas quienes lo padecemos. Yo encontré bastante apoyo en una asociación a la que fui. Me llevé a mi ex allí, bueno, ella insistió en que yo fuera, dicho sea de paso. Y desde entonces dejó de entenderme y se dedicó a reventarme las pelotas (si las hubiera tenido) hasta el final de nuestra relación. Que si es porque eres bipolar que esto, que lo otro, que dices lo que dices ahora, pero no lo sientes. Sólo fue un día a la asociación y de repente se convirtió en la experta mundial en el tema. Sé que estoy siendo dura, pero es increíble la condescendencia con la que te trata el personal cuando el desconocimiento les empaña. Por supuesto existe un increíble tabú social hacia las enfermedades mentales. Lo único que a mí me gustaría es que la gente que tiene este problema se ayudaran a sí mism@s un poco más, un poquito, poquito más. Es tan necesario.

De todas formas, tal y cómo se ha portado Bizcochito conmigo cualquiera diría que la bipolar es ella, joer. Hace un mes no podía esperar a comerme a cucharadas y ahora de repente pasa de mí. Esto se está convirtiendo en una costumbre por parte de las últimas mujeres que estoy conociendo. Menos mal que con Bizcochito estaba avisada. La verdad es que me lo esperaba, no sé por qué. Algo brillaba en sus ojos cuando la conocí. Un fuego que la consumía poco a poco. Creo que no está bien ella y por tanto es normal que necesite su espacio. No pasa nada. Lo tengo superado, creo que no es mi problema. Me preocupa un poquito que esté sufriendo, pero no comparte nada conmigo y por tanto no puedo ayudarla.

Creo que en general es muy difícil ayudar a la gente si no está preparada a que les dejes. O simplemente lo que realmente es importante es el inspirar a los demás con tu comportamiento hacia ti misma.

Bueno, me voy a dejar de disquisiciones filosófica y me voy a tumbar en el sofá y ver (a medias, imagino) La Fiera de mi Niña, con KH.

Tengo la casa como una leonera porque sí, han vuelto ¡Los Fontaneros! y no puedo mover ni un dedo. La cabeza me pesa encima del cuello y casi no puedo ni teclear. ESTOY CANSADA. El trabajo no es sano, no, no puede serlo. Decididamente no.

Fuck Christmas

Fuck iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiittttttttt

Gran Vía, Madrid, viernes

Con sus saetas y sus intercostales de hielo. Sus mecedoras múltiples y sus bebés sietemesinos que gruñen cuando les ofrecen leche porque siguen añorando el flotar en sus ensoñaciones de placenta, en sus querencias por la carne femenina materna que les envuelve en un cuenco de minero.

Escaleras batientes y disonantes, fumadores crujientes y pulmones heridos por pensamientos enlazados bioquímicamente a las dopaminas refritas y neuronales.

Deseo de verano de ríos de miel, de campamentos nocturnos e historias policíacas. El viento helado y las decoraciones prenavideñas que huelen a pubertades y asfaltos vacíos. Bebés que chillan máaas y jalean a sus mamás para que empujen duro sus carritos. Viandantes que exclaman unbelieveable! cuando el viento helado le arranca los témpanos ceráceos.

Jovencitas que se resisten a las ráfagas raudas con zapatillas de ballet por la Gran Vía y sus sempiternos andamios repletos de obreros polvorientos y cansados. La estación fantasma de Chamberí en la línea 1 que te encoge el alma en sí encogida. Piel rosada y respiración acerolada. Corazones de látex se expanden en las calles del centro. Y yo con estos pelos ...

jueves, 11 de diciembre de 2008

Ulises, Joyce y yo

Me levanto a las 9:00 pero quiero estar en la cama al menos una media hora más porque ayer llegué casi a la una de la mañana a casa. 

Acabo de darme cuenta de que ya he cobrado así que los compro. Entré a consultar los precios conjuntamente con Amazon.co.uk y Amazon.com, y me doy cuenta de que he comprado el mismo libro dos veces. También pagaré la factura de gas devuelta.

Hablo con mi hermana y luego le cuelgo el teléfono a mi padre porque responde él cuando llamo a mi madre. Se me cae el cable del teléfono en el muesli.

George Stainer estaba en mi lista de regalos de Amazon, pero como nadie me va a comprar el libro lo compro yo. Pido George Stainer: A reader y Language and Silence: Essays on Language, and the Inhuman.

Llamo a mi psicóloga de la Seguridad Social sólo para saludarla, pero está de vacaciones. Hace unos meses que no la veo. Hablábamos de literatura.

Se abre camino el verano. La gente en el metro va vestida de negro y vaqueros. No hay nadie con pantalones blancos de verano.