domingo, 17 de agosto de 2014
Cada vez
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lunes, 13 de enero de 2014
Dolor
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sábado, 7 de diciembre de 2013
Represión
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lunes, 25 de noviembre de 2013
domingo, 17 de noviembre de 2013
Inocencia
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lunes, 23 de septiembre de 2013
Crecer
Cuando se murió mi padre seguí sintiéndome su hija querida y vi claramente el objetivo de mi vida, que era el hacer lo que él hubiera querido para mí: que fuera feliz, que fuera plena, que estuviera bien. Ahora estoy confusa y me siento vacía. No sé qué significado tiene que mi hermano ya no esté. No entiendo su ausencia en su habitación, que le esperaba. Sus zapatillas perfectamente alineadas debajo de su mesa, su medicación en el neceser, sus cientos de dvds de películas. La televisión que le conecté a la antena del patio, sus desodorantes, crema de afeitar, colonias, el reproductor multimedia al que tenía que cargar Las edades de Lulú como me pidió repetidas veces. Creo que encontraré un diario. Siento que llegaré a entenderle mejor si habito en su espacio durante unas horas. Mi hermana y yo bucearemos entre sus cosas y tiraremos aquellas que pertenecen al mundo pasado de su enfermedad. Creo que encontraremos su verdadera esencia.
Tal vez la necesidad que tengo es la del reencuentro, no lo sé.
Tengo la conciencia tranquila, mi hermano siempre ha sido como es. Creo que pudo seguir utilizando el presente de indicativo. La habitación sigue siendo suya, yo llevaré la cazadora que me he traído a casa y que aunque tenga que lavarla llevará su olor y la forma de su espalda. Todavía no sabemos lo que vamos a conservar para llevar a nuestras casas. Me di prisa en el hospital y recogí cosas suyas. Ahora quiero su gorra de béisbol, porque recuerdo como si fuera ayer el día que apareció en la puerta feliz y simpático con las flores que había comprado para mi madre y para mí.
Mi hermana hizo un curso de quiromasaje con él, y él sudaba y sudaba nervioso. Seguro que ella le observaba con ternura y cariño y animaba su esfuerzo. Todo lo que hacías con él se tornaba en un proceso nuevo de descubrimiento porque él casi siempre quería estar solo, ausente, feroz en la protección de su espacio, alejado, con sus obsesiones e ilusiones impenetrables en la cabeza. Era un hombre que nunca paraba de sentir, de vivir sus imaginaciones. Alguna vez me dijo cosas con gran sabiduría, otras habló horriblemente mal de mí siguiendo las consignas de mi otro hermano que algún día reventará de envidia e ira.
Su cuerpo se fortalecía de forma asombrosa y superaba en parte la fragilidad que se cebaba en él. Todo en mi hermano era misterioso: dónde iba, con quién quedaba, qué hacía, si iba a volver, si iba a meterse en un lío espantoso. Y cuando volvía a casa, a mi madre, a su televisión, a su cama, a su habitación, todo era casi un enigma, una especie de regalo, de milagro.
Para mi madre era una persona fundamental en su vida. Cuando la miro, cuando la escucho sé que ella le había conocido como nadie, le había esperado y había temido al mundo que podía hacerle tanto daño. Ella me recordará siempre la figura de mi hermano, porque casi era más su hijo que mi hermano. Él preguntaba quién cuidaría de él cuando mi madre faltara. Nunca tuvimos una respuesta clara a esa pregunta y nos creaba gran angustia, pero cuando cuando toda la familia nos volcamos en cuidarle en el hospital organizándonos como un regimiento, de repente ya no fue motivo de duda para el futuro.
Cuando era pequeño huía constantemente de mi madre, de mi padre. Se refugiaba en sitios cerca de casa porque no podía entender lo que le intentaban enseñar en el colegio. Bailaba solo con la música de la sección de jóvenes de Galerías Preciados. Creía en su ángel de la guarda, ahora lo vamos a poner en el espacio que ocupa, donde yace su cuerpo, donde vamos a visitarle hacia la eternidad. Ahora siempre cumplirá los 49 años, ahora ya no va a tener nunca 50. Ahora, cuando nos hagamos mayores, tendremos las sensación de que era nuestro hermano pequeño que nunca creció. Pero es que él nunca creció.
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miércoles, 11 de septiembre de 2013
Enorme
Me acuerdo de tocarle la cara y recorrerla con mis manos, tenía esa textura especial por donde corría su melanina que también era la mía y la de mi hermana; una piel fuerte, hidratada y enternecedora que me hacía sentirme viva, suya. Sus labios eran perfectos, esculpidos con líneas finas como en una estatua clásica, con un color beige rosado que resonaba en mi memoria, me recordaba sus besos, especialmente los que ahora me podía dar, suaves, blandos, con esfuerzo, acercándose todo lo que podía. Me gustaba tocar también el cuello rígido de su camisa, bien planchado, cercando su fuerte y amplio cuello; parecía vestirse el cuerpo, la piel con su innata elegancia para seguir haciéndonos partícipes de ella.
Yo le abrazaba los últimos años para sentir su fuerte musculatura, esa espalda que había visto tantas veces, tan amplia, ancha, cruzada de arriba abajo por una línea del grosor del dedo índice, redondeada a los lados y flexible, potente. Y al abrazarle podía contener su espíritu, la tonalidad de nuestra relación, el hecho de cuidarle y querer cuidarle más, el fuselaje de toda su vida en acción, en movimiento, enorme, absolutamente enorme. Sigue siendo mío, y yo su hija.
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sábado, 7 de septiembre de 2013
Ella, yo
Veo pequeños gestos y detalles que me hacen notar que mi madre a veces ocupa mi espacio de trabajo, de descubrimiento, de exploración. La almohadilla del ratón tiene un pequeño bolsillo de plástico donde ha metido una nota con la extensión de la habitación de mi hermano en el hospital. Mis libros aparecen montados en columnas encima de la mesa del despacho de mi padre, con las hojas al vuelo creando abanicos, y un billete de diez o veinte euros entre sus páginas para el taxi, dinero que normalmente devuelvo; lo pongo debajo de uno de los dos (y tres) relojes de alarma que tiene mi madre encima de su mueble del dormitorio, alineados en un pequeño triángulo junto con los vasos de agua estática tras toda una madrugada en vela, con un despertar fijado en las agujas de todos los relojes a las seis de la mañana.
El despacho de mi padre donde me refugio y que me he asignado, aunque sin cambiar demasiado las cosas, huele a su dulce colonia que significa tanto ella, su presencia. He arreglado el portátil que mi padre se trajo de la oficina al dejar su puesto en la empresa, y sigo rodeándome de sus revistas y libros de medicina por doquier, sus múltiples fonendos y aparatos quirúrgicos, los ángeles querubines de porcelana de mi madre, los libros de arte de ella, los ocurrentes objetos de oficina regalados por los laboratorios, la mesa de roble imponente y bella para recibir a pacientes de ambos, y los muebles y paredes de madera oscura que hacen de este despacho un clásico en su mobiliario, pero sin el espíritu rancio de otras consultas médicas de los años 60 y 70 que todavía huelen antiguo y despliegan un caduco espíritu abrumador y solemne.
¿Cuándo entra mi madre aquí? No sólo viene para airear el despacho ni llevarse mi taza de café vacía del día anterior, y tampoco para mover mi desorden de sitio. Tal vez nota que mi desinterés en limpiar el polvo de la mesa (no ha llegado a proporciones irrazonables) y mi respeto a todos los objetos de mi padre muestran mi deseo de integrarme en su mundo y no alterarlo demasiado. Los armaritos bajos empotrados en la habitación están llenos a reventar de mis modems, routers y cables, objetos mecánicos e informáticos varios que no están a la vista aunque ocupan espacio, pero eso sospecho que a mi madre le gusta porque le muestra mis múltiples naturalezas, mis excentricidades, mis maneras distintas que ella se ha pasado la vida apoyando y fomentando desde que yo era pequeña y curiosa, resuelta y empeñada en arreglar mecanismos internos, aunque a menudo destruyéndolos (ahora los arreglo de forma intuitiva, casi mágicamente, de manera inconcebible).
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domingo, 1 de septiembre de 2013
Sangre
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miércoles, 24 de julio de 2013
Lámpara fija
Te desnudas y ves que eres poeta o que manipulas el aire como una poeta, como Eduardo Manostijeras, con esa incapacidad tan tremenda de ser feliz a veces. Madre mía, fíjate lo que has heredado de tu padre. Pero él no sabía por qué sufría.
lunes, 24 de junio de 2013
viernes, 14 de junio de 2013
Rock & roll whore
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jueves, 13 de junio de 2013
La muerte del notario
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jueves, 30 de mayo de 2013
Crisálida
He tenido momentos para pensar en cosas muy serias, para plantearme la dureza de la situación, lo que va a suceder, y tratar de imaginar cómo, cuándo pasará, qué haré, cuáles son mis responsabilidades. Y luego ha habido momentos en los que estaba situada fuera de los acontecimientos y observaba al tiempo mismo, veía cómo transcurría el día desde el exterior, cómo el discurrir de los minutos y las horas parece un juego de magia a merced del gran prestidigitador del destino. Estoy observándome de forma meticulosa porque quiero controlar mis emociones, no puedo dejar que se conviertan en una marea que me arrase, y porque quiero localizar ese lugar de calma y serenidad que encontré cuando se estaba muriendo mi padre. La situación ahora es bien distinta, pero esa fuerza que radicó en mí sin que yo supiera de dónde había salido existe en alguna parte, y creo que volverá, que yo lograré situarme allí de nuevo.
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domingo, 12 de mayo de 2013
Señales
sábado, 27 de abril de 2013
Presencia
Estaba haciendo el café y me di cuenta de que cuando estás con alguien compartes algo tan sencillo como el momento en el que café sube en la cafetera y tienes que quitar el fuego. La sencillez de sentimientos es lo único que me importa. La tranquilidad de un silencio compartido, aunque las voces lo articulen. Y esta noche he sentido la angustia y el cuchillo al darme cuenta de que nunca volveré a recoger la mano de mi padre en mi regazo. Su mirada color miel, su vulnerabilidad, todos esos sentimientos que sólo pude expresar con gestos, sin habla, con presencia.
Pero yo recojo esa presencia en mi recuerdo, y puedo caminar durante horas sintiendo el calor templado, la revelación de lo que compartimos en la cama del hospital.
Él es el silbido de mi cafetera que rompe el silencio del aire en el recogimiento de la soledad.
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lunes, 15 de abril de 2013
Visitas
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martes, 9 de abril de 2013
lunes, 8 de abril de 2013
Indicios
Es extraño decirlo, pero creo que me estoy acostumbrando a su ausencia, me resulta más sencillo saber que se ha ido pero que tras su muerte su recuerdo lo impregna todo y continúa creando y sosteniendo esta familia. Su casa sigue en pie, su despacho; su vida ha tenido sentido. Sus libros de medicina me observan con toda la contundencia de sus cientos de páginas y parece que me hablaran, porque son su legado. Su silla de ruedas, su martillito para testar los reflejos en las rodillas de los pacientes, su aparato para leer electrocardiogramas, todo esto me rodea mientras escribo esto en su portátil.
Para mí el ponerle crema a mi padre e hidratar su piel negra formaba parte de algo que tenía que ver con nuestra identidad, con el sentido de la vida. Ese sentido de sentirte y ser, y ver quién eres y de dónde vienes, y que vas a seguir siendo aunque el cielo se resquebraje y caiga, la tierra se contraiga y convierta en tentáculos batientes sus propias carreteras y cordilleras, o la muerte te muerda como una serpiente y te arranque de tu propia piel a las personas que quieres.
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