domingo, 17 de agosto de 2014

Cada vez

Dice mi madre: "Cada vez que subo la rampa del aparcamiento veo a tu padre arriba, sonriente, burlándose de mí porque tras haberse echado a correr ha llegado antes que yo ." 

Yo me eché a llorar. Últimamente me estoy acordando mucho de mi padre, y le estoy echando en falta. No es mi padre, el verdadero, tal vez, aquél con quien yo hubiera podido hablar o conversar, porque esa persona sólo existió unas cuantas veces, y yo tampoco era quien soy ahora. Es el padre que nunca tuvimos. Uno que hubiera estado fuera de su ámbito cerrado, abierto a querer a su familia, a comunicarse. Aquél que al subir la rampa hubiese vuelto abajo para animarte a correr y salir a flote. 

lunes, 13 de enero de 2014

Dolor

Me he dado cuenta de que este terrible dolor experimentado en el último año y medio me ha hecho ver con claridad lo especial que es vivir. El dolor es la excusa perfecta para disfrutar de la vida aún más todavía. Cuando bailo lo hago por mi padre y por mi hermano, por mi familia rota, porque me acuerdo de ellos bailando y porque ahora debo ser yo ellos. 

sábado, 7 de diciembre de 2013

Represión

A menudo presiento de nuevo el improperio, la burla, la dureza y crueldad de mi padre cuando llevo a cabo ciertos actos y me sorprende reiteradamente el que mi madre ahora ya no me dispensa este trato. Pero sigo recordando su eco cuando en solitario hago estas mismas cosas y me invade la extrañeza de la niña al no verse castigada otra vez. Sin la rebelión ni el dolor que conllevaban casi te preguntas si eso que estás haciendo no es erróneo, indómito, incorrecto, rudo y despectivo como te hacían sentir. Es como si se revolviese de nuevo esa envoltura dentro de mi cuerpo y acrisolada en mi carne y yo quisiera dejar atrás el plástico del embalaje sin conseguirlo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

The way they went


They left with candour, they left in the same way: silently and present. Both my dad and my brother left together, they left with us.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Inocencia


No sé muy bien quién sería en este momento si no hubiera perdido la inocencia. Con las muertes de mi padre y de mi hermano este año la he perdido.

Perderla quiere decir ver cómo surgen sentimientos dentro de ti, notar cómo se prenden a tu carne, decir adiós a aquéllos que antes te protegían, acoger en tu seno a los que desde este momento han de calentarte cuando haga frío, impedirte caer aunque exploten granadas a tu alrededor, aunque te empujen y caigas por un precipicio.

Ahora sería una persona que tendría un techo sobre su cabeza sostenido por una falsa idea de seguridad. Tal vez alguien con miedo a caer, a sufrir. Alguien más vulnerable pero menos sensible, alguien con menos conocimientos. No sabría lo que sé ahora sobre la permanencia, la pérdida, la fragilidad, lo que se escucha cuando todo es silencio. No sabría parar, frenar. No sabría erguirme cuando tienes que empujar tu cuerpo adelante, levantarte y hacerte cargo de una inmensidad de dolor, responsabilidad, realidad. Y sobre todo no sabría que no es tan fácil rendirse. 

lunes, 23 de septiembre de 2013

Crecer


Cuando se murió mi padre seguí sintiéndome su hija querida y vi claramente el objetivo de mi vida, que era el hacer lo que él hubiera querido para mí: que fuera feliz, que fuera plena, que estuviera bien. Ahora estoy confusa y me siento vacía. No sé qué significado tiene que mi hermano ya no esté. No entiendo su ausencia en su habitación, que le esperaba. Sus zapatillas perfectamente alineadas debajo de su mesa, su medicación en el neceser, sus cientos de dvds de películas. La televisión que le conecté a la antena del patio, sus desodorantes, crema de afeitar, colonias, el reproductor multimedia al que tenía que cargar Las edades de Lulú como me pidió repetidas veces. Creo que encontraré un diario. Siento que llegaré a entenderle mejor si habito en su espacio durante unas horas. Mi hermana y yo bucearemos entre sus cosas y tiraremos aquellas que pertenecen al mundo pasado de su enfermedad. Creo que encontraremos su verdadera esencia.
Tal vez la necesidad que tengo es la del reencuentro, no lo sé.

Tengo la conciencia tranquila, mi hermano siempre ha sido como es. Creo que pudo seguir utilizando el presente de indicativo. La habitación sigue siendo suya, yo llevaré la cazadora que me he traído a casa y que aunque tenga que lavarla llevará su olor y la forma de su espalda. Todavía no sabemos lo que vamos a conservar para llevar a nuestras casas. Me di prisa en el hospital y recogí cosas suyas. Ahora quiero su gorra de béisbol, porque recuerdo como si fuera ayer el día que apareció en la puerta feliz y simpático con las flores que había comprado para mi madre y para mí.

Mi hermana hizo un curso de quiromasaje con él, y él sudaba y sudaba nervioso. Seguro que ella le observaba con ternura y cariño y animaba su esfuerzo. Todo lo que hacías con él se tornaba en un proceso nuevo de descubrimiento porque él casi siempre quería estar solo, ausente, feroz en la protección de su espacio, alejado, con sus obsesiones e ilusiones impenetrables en la cabeza. Era un hombre que nunca paraba de sentir, de vivir sus imaginaciones. Alguna vez me dijo cosas con gran sabiduría, otras habló horriblemente mal de mí siguiendo las consignas de mi otro hermano que algún día reventará de envidia e ira.

Su cuerpo se fortalecía de forma asombrosa y superaba en parte la fragilidad que se cebaba en él. Todo en mi hermano era misterioso: dónde iba, con quién quedaba, qué hacía, si iba a volver, si iba a meterse en un lío espantoso. Y cuando volvía a casa, a mi madre, a su televisión, a su cama, a su habitación, todo era casi un enigma, una especie de regalo, de milagro.

Para mi madre era una persona fundamental en su vida. Cuando la miro, cuando la escucho sé que ella le había conocido como nadie, le había esperado y había temido al mundo que podía hacerle tanto daño. Ella me recordará siempre la figura de mi hermano, porque casi era más su hijo que mi hermano. Él preguntaba quién cuidaría de él cuando mi madre faltara. Nunca tuvimos una respuesta clara a esa pregunta y nos creaba gran angustia, pero cuando cuando toda la familia nos volcamos en cuidarle en el hospital organizándonos como un regimiento, de repente ya no fue motivo de duda para el futuro.

Cuando era pequeño huía constantemente de mi madre, de mi padre. Se refugiaba en sitios cerca de casa porque no podía entender lo que le intentaban enseñar en el colegio. Bailaba solo con la música de la sección de jóvenes de Galerías Preciados. Creía en su ángel de la guarda, ahora lo vamos a poner en el espacio que ocupa, donde yace su cuerpo, donde vamos a visitarle hacia la eternidad. Ahora siempre cumplirá los 49 años, ahora ya no va a tener nunca 50. Ahora, cuando nos hagamos mayores, tendremos las sensación de que era nuestro hermano pequeño que nunca creció. Pero es que él nunca creció.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Enorme


Me acuerdo de tocarle la cara y recorrerla con mis manos, tenía esa textura especial por donde corría su melanina que también era la mía y la de mi hermana; una piel fuerte, hidratada y enternecedora que me hacía sentirme viva, suya. Sus labios eran perfectos, esculpidos con líneas finas como en una estatua clásica, con un color beige rosado que resonaba en mi memoria, me recordaba sus besos, especialmente los que ahora me podía dar, suaves, blandos, con esfuerzo, acercándose todo lo que podía. Me gustaba tocar también el cuello rígido de su camisa, bien planchado, cercando su fuerte y amplio cuello; parecía vestirse el cuerpo, la piel con su innata elegancia para seguir haciéndonos partícipes de ella. 

Yo le abrazaba los últimos años para sentir su fuerte musculatura, esa espalda que había visto tantas veces, tan amplia, ancha, cruzada de arriba abajo por una línea del grosor del dedo índice, redondeada a los lados y flexible, potente. Y al abrazarle podía contener su espíritu, la tonalidad de nuestra relación, el hecho de cuidarle y querer cuidarle más, el fuselaje de toda su vida en acción, en movimiento, enorme, absolutamente enorme. Sigue siendo mío, y yo su hija.


sábado, 7 de septiembre de 2013

Ella, yo


Veo pequeños gestos y detalles que me hacen notar que mi madre a veces ocupa mi espacio de trabajo, de descubrimiento, de exploración. La almohadilla del ratón tiene un pequeño bolsillo de plástico donde ha metido una nota con la extensión de la habitación de mi hermano en el hospital. Mis libros aparecen montados en columnas encima de la mesa del despacho de mi padre, con las hojas al vuelo creando abanicos, y un billete de diez o veinte euros entre sus páginas para el taxi, dinero que normalmente devuelvo; lo pongo debajo de uno de los dos (y tres) relojes de alarma que tiene mi madre encima de su mueble del dormitorio, alineados en un pequeño triángulo junto con los vasos de agua estática tras toda una madrugada en vela, con un despertar fijado en las agujas de todos los relojes a las seis de la mañana.

El despacho de mi padre donde me refugio y que me he asignado, aunque sin cambiar demasiado las cosas, huele a su dulce colonia que significa tanto ella, su presencia. He arreglado el portátil que mi padre se trajo de la oficina al dejar su puesto en la empresa, y sigo rodeándome de sus revistas y libros de medicina por doquier, sus múltiples fonendos y aparatos quirúrgicos, los ángeles querubines de porcelana de mi madre, los libros de arte de ella, los ocurrentes objetos de oficina regalados por los laboratorios, la mesa de roble imponente y bella para recibir a pacientes de ambos, y los muebles y paredes de madera oscura que hacen de este despacho un clásico en su mobiliario, pero sin el espíritu rancio de otras consultas médicas de los años 60 y 70 que todavía huelen antiguo y despliegan un caduco espíritu abrumador y solemne.

¿Cuándo entra mi madre aquí? No sólo viene para airear el despacho ni llevarse mi taza de café vacía del día anterior, y tampoco para mover mi desorden de sitio. Tal vez nota que mi desinterés en limpiar el polvo de la mesa (no ha llegado a proporciones irrazonables) y mi respeto a todos los objetos de mi padre muestran mi deseo de integrarme en su mundo y no alterarlo demasiado. Los armaritos bajos empotrados en la habitación están llenos a reventar de mis modems, routers y cables, objetos mecánicos e informáticos varios que no están a la vista aunque ocupan espacio, pero eso sospecho que a mi madre le gusta porque le muestra mis múltiples naturalezas, mis excentricidades, mis maneras distintas que ella se ha pasado la vida apoyando y fomentando desde que yo era pequeña y curiosa, resuelta y empeñada en arreglar mecanismos internos, aunque a menudo destruyéndolos (ahora los arreglo de forma intuitiva, casi mágicamente, de manera inconcebible).

domingo, 1 de septiembre de 2013

Sangre


Ya es septiembre, y para mí éste es un mes mágico en el que mis ideas concuerdan y puedo crear, me siento bien conmigo misma; y este año va a ser mejor que otros, mejor que todos, porque soy consciente de lo que puedo llegar a conseguir en septiembre cuando miro y reviso todos los otros septiembres.

No estoy flotando embriagada en ningún ambiente con exceso de oxígeno, ni tengo alucinaciones de éxito y conquista como en tantos otros rodajes; no siento que otras personas son dueñas de mi tiempo, ni que mi vida está empezando o que empieza de nuevo. No es nada de eso: es simplemente septiembre, mi septiembre, cuando no necesito metas porque yo ya soy capaz de hacer sueños y proyectos realidad como he hecho durante tantos otros septiembres: serendipity, intuición, lucidez. Pero no, no vivo en un mundo de fantasía.

Hoy me había olvidado, no me había percatado de que era uno de septiembre, porque tras leer con pasión hasta las cuatro de la madrugada mi madre me ha levantado tres horas más tarde con la tremenda noticia de que mi hermano había pasado una noche aciaga y me ha pedido que llegara allí a las ocho. El destino ha jugado toda la noche a la ruleta rusa con su hijo.

No necesitamos muchas palabras mi madre y yo. Yo no se las pido, no quiero exprimirle su escasa y preciada energía mental y emocional, y siempre hay tiempo para preguntas. No me da muchos detalles, pero tras oír las primeras palabras al coger el teléfono un instante después de estar soñando, mis oídos se agudizan y mi cerebro se despeja rápidamente. Mi hermano ha estado muy mal esta noche, como papá. Bien, sé perfectamente lo que eso significa.

Yo tampoco necesito muchas palabras conmigo misma cuando me lleno el termo de café y decido no ducharme porque quiero saltar en un taxi en cinco minutos; pero no puedo olvidarme de mis galletas porque Dios sabe cuándo voy a poder comer, y tres horas de sueño dan por lo menos para un par de galletas. Entre envolver las galletas en plástico de cocina y salir corriendo sin hacerlo hay cinco minutos en los que mi hermano puede estar muriéndose. Cuando la vida se mueve con esos parámetros yo saco lo mejor de mí misma (es septiembre, lo mismo pasó con mi padre el año pasado) y sé tomar decisiones, sé moverme entre campos de minas, sé orientarme en la total, absoluta y aterradora oscuridad. Mi hermano necesita que yo tenga café con leche de soja, que yo me haya comido unas galletas, que me haya podido mirar al espejo dos segundos más para saber qué aspecto voy a tener cuando me enzarce en batallas campales y siniestras con el equipo médico.

Las cosas pueden llegar a ser muy sencillas. En este caso nada de ello es nuevo, pero el año pasado todo lo era, y, sin embargo, mi comportamiento es muy parecido, aunque ahora cuento con la pequeña ventaja de la anticipación. Pero también conocer la verdad por anticipado a veces pesa como una bola de hierro.

Aquí estamos: la madrugada, el alba, el taxi, la calle desierta, el camino, la llegada, los ascensores en triplicado, la espera, los pasillos, el abrir la puerta de la habitación y entrar y pasar a formar parte de un ecosistema propio, alejado del mundo que ves allá debajo de las hileras e hileras de ventanas de todas las habitaciones.

Mi hermano físicamente cada vez se parece a una versión joven de mi padre, y el tener lo básico: una cama, un pijama azul, una mesita y una silla con joroba, hace que sus similitudes estén todavía más acentuadas. Y mi hermano está enseñando al mundo la misma mirada de zorro plateado.

Hay una cierta normalidad dentro de la estructura de una situación anormal, es como la vida en las trincheras donde los dientes no sólo sirven para comer sino como utensilio de trabajo o incluso moneda de cambio o de estraperlo.

El tiempo pasa volando cuando entablas una amistad imborrable con su compañero de habitación en cuestión de 24 horas si él ha estado presente en las crisis y ha estado a la altura. Y yo sé cómo utilizar el tiempo porque se te afinan los minutos y se te afilan los segundos, y en una habitación los metros útiles se usan al máximo para moverse, para buscar cosas, para colocarlas bien, para rodearle, tumbarle, moverle, sostenerle, circunvalar su aprensión y su mal humor, hasta para escucharle o inspeccionar su respiración cuando duerme. Los matices llegan a ser infinitos y nunca dejas de aprender(te) una nueva lección para los siguientes veinte minutos en los que una situación puede repetirse.

Le acaban de poner un aerosol y parece un astronauta o un viajero de la nave de Star Trek Voyager cruzando el tiempo y el espacio.

La sangre de mi hermano es intensamente roja antes de secarse en la sábana. Bueno, la verdad es que nadie sabe lo roja que es la sangre hasta que la ve en una bolsa. Esta mañana va por la segunda transfusión. Subo la vista hacia el colgador de la bolsa y mi mirada sigue con una lógica geométrica la línea curva del tubo que lleva la sangre a su vía en el brazo. El otro día, en un goteo de sueros, la vía se arrancó y la sangre chorreaba empapando las sábanas debajo de la manta, lejos de nuestra atención. Bien, yo me di cuenta, como siempre te das cuenta de esas cosas, cuando la hyène aparece silenciosa y agorera y cerca a tu padre o a tu hermano, dando vueltas por lo que ya considera un cuerpo perdido o a punto de caer. Es una sensación muy rápida, una fracción de una fracción de segundo, if you blink,  you miss it, y si no hubieras estado allí, cinco minutos es todo lo que se necesita cuando la sangre tiene vía libre.

La sábana y su pijama hoy tienen pequeñas manchas secas y otras más recientes y más rojas. Son como lunares que podrían tal vez cambiar de sitio como fichas del juego de la oca, por ejemplo. Tiene dos vías en los brazos y las conectan a esto o a lo otro constantemente, le pinchan el dedo para medirle la glucosa, le dan inyecciones, y la sangre simplemente mancha. La sangre se ve, es imposible no verla, no reflexionar sobre el hecho de que su lugar no está fuera; es un recordatorio del dolor, de la vulnerabilidad, de la lucha. A él no le importa ni le da miedo. Es más, no se ha percatado cuando yo le pregunto si quiere cambiarse la parte de arriba del pijama. Se busca las manchas por delante y por detrás girando y retorciéndose el cuello con cierta perplejidad. Yo cambio la sábana rápidamente con un golpe de muñeca fuerte cuando él va a la baño. La hyène retrocede, me enseña los dientes, gruñe asquerosamente y se va mezclándose sus patéticas cuatro patas quebradas en la huida.

miércoles, 24 de julio de 2013

Lámpara fija

Al desnudo

Te desnudas y ves que eres poeta o que manipulas el aire como una poeta, como Eduardo Manostijeras, con esa incapacidad tan tremenda de ser feliz a veces. Madre mía, fíjate lo que has heredado de tu padre. Pero él no sabía por qué sufría.

lunes, 24 de junio de 2013

Te queremos, Madiba



viernes, 14 de junio de 2013

Rock & roll whore


Una de las cosas que estoy evitando desde Londres es el convertirme en una maldita estrella de rock. Quiero decir que mi trabajo artístico se convierta en el centro de mi vida y me haga obscenamente egocéntrica y egoísta. Ahora resulta que el alejarme de este planteamiento como si fuera la peste ha sido tan catastrófico como el estar completamente ebria de él, ya que cada vez que he estado trabajando en algo y ha sucedido alguna tragedia o se ha cernido sobre mí una responsabilidad perentoria que he sentido mi deber asumir, he dejado mis proyectos en el aire, y entre una cosa y la otra al final me he encontrado desterrada de mí misma y he perdido las plumas de todas formas. Y he culpado a la vida por ser tan jodidamente difícil y contradictoria. Ya ves ...

Hoy estoy trabajando de nuevo con la determinación y obstinación de antaño. Es extraña la famosa frase de "la vida sigue". En realidad no es que la vida siga, es que siempre está en suspenso, frágil, abriéndose camino ...

jueves, 13 de junio de 2013

La muerte del notario

El notario ha muerto ayer; un ataque al corazón, un hombre joven. 

Aunque la semana pasada parecía que su firma era sempiterna mientras ejercía su autoridad y refrendaba la multiplicidad de voces que recaudan en nombre de la muerte de mi padre, que le van borrando folio a folio, sello a sello, euro a euro. 

Se diría que el notario era eterno, que nuestro dolor era autoinmolable como pompas de jabón secas y sucias, que su mirada afilada me deshacía de la improbabilidad de estar ahí delante de él, escuchando el nombre de mi padre como si fuera un objeto de oficina, como las gomas elásticas, por ejemplo. 

Se diría que ahora las cuentas de cristal de las ostentosas lámparas de sus despachos llorarán destellos por su muerte, que las abogadas sentirán el peso de esas carpetas repletas de documentos que narran su muerte en cientos de líneas, que el timbre del teléfono finalmente es estridente cuando machaca al silencio de la espera. 

Ahora las alfombras de la notaría no se tragarán el dolor de los pasos desconsolados. 

jueves, 30 de mayo de 2013

Crisálida

Tras una noche completamente en vela, el día ha transcurrido como si no fuese real, como si los minutos estuvieran hechos de vapor de agua y todo fuese veladamente onírico, imaginado. Una historia mal contada que quieres apresurarte a enmendar, pero ya no puedes, es demasiado tarde. Es como estar instalada en una dimensión que se encuentra en la periferia de la realidad, aunque es más real y mordiente que la vida misma.

He tenido momentos para pensar en cosas muy serias, para plantearme la dureza de la situación, lo que va a suceder, y tratar de imaginar cómo, cuándo pasará, qué haré, cuáles son mis responsabilidades. Y luego ha habido momentos en los que estaba situada fuera de los acontecimientos y observaba al tiempo mismo, veía cómo transcurría el día desde el exterior, cómo el discurrir de los minutos y las horas parece un juego de magia a merced del gran prestidigitador del destino. Estoy observándome de forma meticulosa porque quiero controlar mis emociones, no puedo dejar que se conviertan en una marea que me arrase, y porque quiero localizar ese lugar de calma y serenidad que encontré cuando se estaba muriendo mi padre. La situación ahora es bien distinta, pero esa fuerza que radicó en mí sin que yo supiera de dónde había salido existe en alguna parte, y creo que volverá, que yo lograré situarme allí de nuevo.

domingo, 12 de mayo de 2013

Señales

Mi hermano está ingresado en un hospital sin nombre. Porque los hospitales son como calles sin título que todo el mundo conoce pero que nadie quiere nombrar.

Ahora paso por delante de ese hospital y digo: "Aquí es donde murió mi padre". Donde murió tumbado, callado, evanescente.

Cuando vienen a afeitar a mi hermano pienso en cómo conseguirían rasurar el aire cardado de los pasillos, el olor a papel mojado de la sala de espera.

De madrugada el control de enfermería es esa parada de tren desierta, donde nada se mueve, con esa inflexibilidad de regimiento, donde se contempla la cuadratura del círculo, las sendas concéntricas, el reloj parado; donde los fantasmas acuden desnudos, apenas cubiertos por las pequeñas camisolas de tela ligera e industrial para pedir su bandeja de comida, su vasito de pastillas.

Preguntas, te vuelves, circulas, entras y sales. Vas a comer a la cafetería. Es un ecosistema cerrado, como una prisión de puertas abiertas donde sales a tomar el aire tú sola; una interrogación constante sobre la vida y muerte, un tránsito por tus terrores nocturnos.

Los ascensores grises son testigos de sollozos, de improntas de manos y piernas, de las pisadas gruesas de los bedeles y los cuerpos sin perfumar de las enfermeras.

Aquí no hay sistema de clases, aquí predomina la espera sobre la huida. Todo es relativo o implacable.

sábado, 27 de abril de 2013

Presencia


Estaba haciendo el café y me di cuenta de que cuando estás con alguien compartes algo tan sencillo como el momento en el que café sube en la cafetera y tienes que quitar el fuego. La sencillez de sentimientos es lo único que me importa. La tranquilidad de un silencio compartido, aunque las voces lo articulen. Y esta noche he sentido la angustia y el cuchillo al darme cuenta de que nunca volveré a recoger la mano de mi padre en mi regazo. Su mirada color miel, su vulnerabilidad, todos esos sentimientos que sólo pude expresar con gestos, sin habla, con presencia. 

Pero yo recojo esa presencia en mi recuerdo, y puedo caminar durante horas sintiendo el calor templado, la revelación de lo que compartimos en la cama del hospital. 

Él es el silbido de mi cafetera que rompe el silencio del aire en el recogimiento de la soledad. 

lunes, 15 de abril de 2013

Visitas


Caminos de ida y vuelta, la reserva abierta, la vida entrecortada. La lluvia se amortaja, es en el recordar donde nieva. 

martes, 9 de abril de 2013

Cariño


Mi padre me llamaba Pa. Ahora mi sobrinito y la niña me llaman así. En el fondo nada ha cambiado ...

lunes, 8 de abril de 2013

Indicios


Es extraño decirlo, pero creo que me estoy acostumbrando a su ausencia, me resulta más sencillo saber que se ha ido pero que tras su muerte su recuerdo lo impregna todo y continúa creando y sosteniendo esta familia. Su casa sigue en pie, su despacho; su vida ha tenido sentido. Sus libros de medicina me observan con toda la contundencia de sus cientos de páginas y parece que me hablaran, porque son su legado. Su silla de ruedas, su martillito para testar los reflejos en las rodillas de los pacientes, su aparato para leer electrocardiogramas, todo esto me rodea mientras escribo esto en su portátil.  

Si quisiera podría oler su colonia porque todavía quedan unas gotas en el frasco del baño. Ya no me pregunta el qué hubiera podido ser porque lo estoy viendo ahora mismo.

Ayer tras ducharme me puse en el cuerpo la crema que mi madre utilizaba para hidratarle las piernas y los brazos en el hospital. Ella me dio el bote y lo he estado mirando en el baño sin cogerlo durante todos estos meses. He estado utilizando otras cosas suyas: me voy a hacer sus gafas, tengo su bufanda, etc, y creo que mañana le pediré a mi madre su cadena de oro, pero no había abierto ese bote de crema porque no quería acordarme demasiado del hospital. 

Para mí el ponerle crema a mi padre e hidratar su piel negra formaba parte de algo que tenía que ver con nuestra identidad, con el sentido de la vida. Ese sentido de sentirte y ser, y ver quién eres y de dónde vienes, y que vas a seguir siendo aunque el cielo se resquebraje y caiga, la tierra se contraiga y convierta en tentáculos batientes sus propias carreteras y cordilleras, o la muerte te muerda como una serpiente y te arranque de tu propia piel a las personas que quieres.

domingo, 17 de febrero de 2013

Their Eyes Were Watching God


Zora Neale Hurston