lunes, 23 de septiembre de 2013

Crecer


Cuando se murió mi padre seguí sintiéndome su hija querida y vi claramente el objetivo de mi vida, que era el hacer lo que él hubiera querido para mí: que fuera feliz, que fuera plena, que estuviera bien. Ahora estoy confusa y me siento vacía. No sé qué significado tiene que mi hermano ya no esté. No entiendo su ausencia en su habitación, que le esperaba. Sus zapatillas perfectamente alineadas debajo de su mesa, su medicación en el neceser, sus cientos de dvds de películas. La televisión que le conecté a la antena del patio, sus desodorantes, crema de afeitar, colonias, el reproductor multimedia al que tenía que cargar Las edades de Lulú como me pidió repetidas veces. Creo que encontraré un diario. Siento que llegaré a entenderle mejor si habito en su espacio durante unas horas. Mi hermana y yo bucearemos entre sus cosas y tiraremos aquellas que pertenecen al mundo pasado de su enfermedad. Creo que encontraremos su verdadera esencia.
Tal vez la necesidad que tengo es la del reencuentro, no lo sé.

Tengo la conciencia tranquila, mi hermano siempre ha sido como es. Creo que pudo seguir utilizando el presente de indicativo. La habitación sigue siendo suya, yo llevaré la cazadora que me he traído a casa y que aunque tenga que lavarla llevará su olor y la forma de su espalda. Todavía no sabemos lo que vamos a conservar para llevar a nuestras casas. Me di prisa en el hospital y recogí cosas suyas. Ahora quiero su gorra de béisbol, porque recuerdo como si fuera ayer el día que apareció en la puerta feliz y simpático con las flores que había comprado para mi madre y para mí.

Mi hermana hizo un curso de quiromasaje con él, y él sudaba y sudaba nervioso. Seguro que ella le observaba con ternura y cariño y animaba su esfuerzo. Todo lo que hacías con él se tornaba en un proceso nuevo de descubrimiento porque él casi siempre quería estar solo, ausente, feroz en la protección de su espacio, alejado, con sus obsesiones e ilusiones impenetrables en la cabeza. Era un hombre que nunca paraba de sentir, de vivir sus imaginaciones. Alguna vez me dijo cosas con gran sabiduría, otras habló horriblemente mal de mí siguiendo las consignas de mi otro hermano que algún día reventará de envidia e ira.

Su cuerpo se fortalecía de forma asombrosa y superaba en parte la fragilidad que se cebaba en él. Todo en mi hermano era misterioso: dónde iba, con quién quedaba, qué hacía, si iba a volver, si iba a meterse en un lío espantoso. Y cuando volvía a casa, a mi madre, a su televisión, a su cama, a su habitación, todo era casi un enigma, una especie de regalo, de milagro.

Para mi madre era una persona fundamental en su vida. Cuando la miro, cuando la escucho sé que ella le había conocido como nadie, le había esperado y había temido al mundo que podía hacerle tanto daño. Ella me recordará siempre la figura de mi hermano, porque casi era más su hijo que mi hermano. Él preguntaba quién cuidaría de él cuando mi madre faltara. Nunca tuvimos una respuesta clara a esa pregunta y nos creaba gran angustia, pero cuando cuando toda la familia nos volcamos en cuidarle en el hospital organizándonos como un regimiento, de repente ya no fue motivo de duda para el futuro.

Cuando era pequeño huía constantemente de mi madre, de mi padre. Se refugiaba en sitios cerca de casa porque no podía entender lo que le intentaban enseñar en el colegio. Bailaba solo con la música de la sección de jóvenes de Galerías Preciados. Creía en su ángel de la guarda, ahora lo vamos a poner en el espacio que ocupa, donde yace su cuerpo, donde vamos a visitarle hacia la eternidad. Ahora siempre cumplirá los 49 años, ahora ya no va a tener nunca 50. Ahora, cuando nos hagamos mayores, tendremos las sensación de que era nuestro hermano pequeño que nunca creció. Pero es que él nunca creció.

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