martes, 1 de enero de 2013

Tulips in Spring


I should count tulips as I stroll down the pathway. Plenty of them, like hearts in a deck of cards. 

domingo, 14 de diciembre de 2008

Mañana: planes

Mañana (hoy): planes

1. Baño caliente (joder, para eso he limpiado el baño dos veces en siete días y encima me han dejado el tubo del desagüe de la lavadora como un cristo estos pesados (los susodichos fontaneros)

2. Comprar pan en ese sitio impresionante que acaban de abrir (no van a tener las pistolitas de pan de leña crujiente, mierda, seguro que no (esto es sólo el final de Chamberí. Los domingos no creo que quieran llamar la atención) pero no importa, el pan está bueno. ¡Madre mía! ¡Me estoy aficionando al pan blanco! ¿Qué ha pasado con el pan integral súper bueno bestial? Ok, cambio de planes. Me voy a Malasaña al nuevo sitio (europeo) con olor noruego a madera nueva y compraré pan decente ahí (orgánico, integral, consistente). Huele a madera también)

3. Comer algún filete de los que me compró mami y que siguen congelados y muertos de risa

4. Comer queso, claro

5. Leer algo que no sean sólo blogs. Qué demonios. Ya no sé qué me pasa. A ver si me aficiono al arte de pasar páginas. O que encuentre un libro que me apetezca. Por ahí anda la maravillosa Sayak y Benedetti. Asomar la nariz a un libro de ficción para ver si es tan bueno como la filosofía, la bioquímica, la poesía y esas cosas que me interesan.

6. Salir de casa a hacer alguna cosilla. Nada excesivo ni trascendental. Tal vez si hace sol ir a este sitio en Espíritu Santo (¿es?) y sentarme allí. ¿Dónde demonios no se fuma? Yo qué sé. No me apetece Starbucks, qué abominación. Ésa la reservo para momentos contradictorios y días donde me permito el (triste) lujo de tomar café en vaso largo. Y vengarme dejando notitas para que cierren el grifo. Tampoco voy a sentarme en un bar y pillar asma en el tórax y olores en mi ropa de confort de domingo. Está claro. NO.

7. Salir de casa sabiendo dónde voy (hoy estoy muy Bridget Jones, tal vez debería leer el tercer libro de Bridget Jones, si hubiera uno, creo que no)

8. Escuchar a Melvyn Bragg en Our Time. Que me acaricie la cabeza.

9. No levantarme demasiado tarde, pero bueno, da igual.

10. Llevar el día adelante con planes de no trabajar el lunes si cae esa breva.

11. Tener el placer de ver a alguna mujer interesante por la calle, como hoy en mi escapada vespertina a Chueca. Y que me mire, si es posible. Y dejar ahí la cosa, obviamente.

12. Sé que no puedo comprar pasta de dientes para dientes sensibles, porque es domingo y tal, pero si pudiera lo haría. Con tanta pesadilla mi bruxismo está haciendo su agosto.

13. Algo más, no sé el qué. Ya se me ocurrirá, se me olvidará y se me ocurrirá otra vez.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Perspectiva

Bueno, sí que he estado escribiendo, pero me sentía bastante pusilánime y no he pasado el material de mi Moleskine a Un día en Madrid. El final de la semana me he estresado y se me han apelmazado los músculos como pelotas de tenis y sólo he podido hacer lo que bien sé cuando tengo que lamerme las heridas: ver doscientos dvds de películas hasta que las historias de otr@s me inspiren y me hagan olvidar las mías.

Voy a trascribir parte de lo que he escrito y tal vez lo que he estado elaborando en mi mente cada día pero que no es traspasado siguiera a la Moleskine:

Lunes o Martes??? Ahhhh, no, fue el domingo, sí.

Recorro Babelia y sus clementinas páginas repletas de intelectuales judíos franceses repicando en portátiles Macintosh letras de crónicas y mitomanías, encerrados en sus lofts urbanos o en la campiña europea. Leo:

Antony Beevor, fotografiado a primeros de este mes en su estudio.

A ver, ¿qué tendría que hacer yo para ser Antony Beevor algún día? A pesar de ser 41 o de tener 41 años, sorry, y de ser ya mayor, a lo mejor todavía puedo hacerme adulta de verdad y salir en una foto en un suplemente literario.

Sigo leyendo a pesar de estar en el metro Urgel a seis minutos ... a dos minutos ahora de coger la línea 5, la verde, y dejar territorio comanche para llegar a mi barrio, Alonso Martínez, lleno de perros de vieja y de burguesías encebolladas y progresistas de medio pelo que jamás, jamás han pasado hambre; pero ante todo a mi portátil, mi sofá, mi pan con aceite y mi mundo.

Y siento mucho estar tan tarada con mi mundo, mi barrio, pero no lo he destetado todavía. Ostento muchas imperfecciones.

Estoy muy contenta de no pasar frío en este vagón porque L. y yo nos hemos pasado varias horas divagando sobre lo divino y lo humano en la calle. Yo estaba persiguiendo cielos estrellados, pero no he encontrado todavía ninguno en Madrid desde que volví hace casi cuatro años ya.

Tal vez el cielo de mi litera me entregará los sueños en bandeja de plata esta noche.

Anthony Beevor, entre cajas y cajas de vino francés. Claro, vino francés, tiene que ser vino francés, si no es francés ¿cómo podía beberlo Antony (sin hache) Beevor, por favor?

Ah, acabo de enterarme de que Antony Beevor es inglés. Sigo leyendo sobre su libro y la batalla de Normandía donde él lleva décadas estudiando la evolución de la relación franco-norteamericana desde entonces. Y el tren ha llegado ya a a La Latina y se llena de lo que L. llama gente normal. Yo me alegro de acercarme al centro porque así llego a casa pero siento náuseas porque a pesar de mi plumas he pasado frío y quiero llegar ya, a mi sofá y hacer pis, entronizarme de nuevo en mi mundo y estar tranquila. Es más, no voy a salir en Alonso Martínez, voy a hacer trasbordo e irme directamente a Bilbao para llegar lo antes posible a mi casa.

Me he bebido dos Heineken más y ya se ha estropeado la magia. La segunda la he puesto en una botella de agua para salir del bar y abandonar los homófobos de al lado que hablaban por encima del nivel del fútbol, y ya no me ha sabido a Bizcochito, sino al fracaso de no haber recibido suficientes mensajes respondiendo a los míos. Presiento y sé que ya se está alejando de mí para no volver. Como siempre estropeo las cosas haciendo todo lo que está en mi mano para probar hasta qué punto puedo llegar y para que se estropeen las cosas lo antes posible si tienen que estropearse y no pasarme más tiempo cándida e ingenuamente esperando que prosperen y fructifiquen.

Próxima estación, Chueca, donde la plaza está vacía; yo sé cómo está Chueca un domingo por la noche: desierta, desolada, sucia, porque ahí estuve el fin de semana pasado y terminé vagando por Malasaña para volver corriendo de vuelta a Chamberí.

No espero saber nada de Bizcochito esta noche aunque me debe por lo menos dos mensajes. Borro su número del móvil para no agobiarla más.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Heineken



Bajo a comprar una Heineken, aunque no bebo, porque ayer en Chueca tú recorriste tus labios en el cuello de su botella, y yo dejé la mía a medias porque como no bebo no anticipo el sabor de un botellín en mi estómago. Pero ahora es la misma hora de ayer y como te ansío rememoro el momento en que te vi por última vez y salgo a la calle a buscarte, a buscar una Heineken.

Como no bebo no sé comprar. Primero voy a la tienda de mi amiga china, ahora amiga tras muchos meses yendo allí y quedándome unos minutos más hablando, saludando y sintiéndonos barrio. Está a tope a pesar de la hora y le pido una Heineken a su marido, que se sonroja porque sólo tienen Mahou y no sé si es por qué Hk es un artículo de lujo. En Ámsterdam hay Heineken por todas partes, pero esto no es Ámsterdam. A veces me olvido de dónde estoy porque el aire de la noche es el mismo.

Entro en una taberna que exhibe el símbolo sexy del botellín verde y me hago paso entre una verdadera multitud de hombres. Hombres aseados, chaparritos, solitarios, fumadores; algunos viendo el fútbol en una pantalla plasma en un bar de mi barrio que no es para hombres maduros, chaparritos y solitarios. Pero en este Madrid todo el mundo se hace un hueco y algunos quieren vivir la vida de algunas y todo se mezcla. Veo una nevera a lo lejos que anuncia Heineken helado y me decido a pedirlo. La chica de Europa del Este de pelo brillante negro que hace como que está agobiada o que yo no soy mejor que ella finalmente me atiende.

Esto no es Ámsterdam pero los acentos se mezclan con las nacionalidades con los sueños con los grupos de personas que en este sábado noche se entreviven y se contratocan mientras recorren las eternas horas de final de la semana y el principio de una noche que para algunas será larga, ardua o ágil como un corcel y llena de agarraderas.

Como no bebo le pregunto a esta chica si puedo llevarla fuera. No sé a qué hora hay gallardonazos o qué pasa si una persona que no bebe se pasa de la lengua. Se le encienden las mejillas y se ruboriza quizá? sonríe nerviosa y me da un consejo, tal vez en la taberna de la esquina, pero, me la podré llevar?, sonríe con calma, tal vez sí, digo yo, tal vez, dice ella como animándome en la aventura.

Hoy no me he puesto la cinta del pelo, lo tengo cardado al viento, libre como me siento libre, después de haberme amado y haber dejado mi esencia por todos los rincones de mi dormitorio. He y me he impregnado de lubricante orgánico de cacao y los juguetes que cada vez me dan más juego me han ayudado a vislumbrar mi deseo hacia Bizcochito; ya es oficial, no puedo mentirme a mí misma, al pensar en ella se descargan pinchazos eléctricos en mi vientre. Y mi esencia más vital, mi olor más céntrico y salobre se ha mezclado con el de cocoa butter y ha llenado mis sábanas con columnas de amor selladas en silicona, sombras y vapor, que no compartiré con nadie, aunque ahora he salido y estoy rodeada y puedo rodear, y por eso me siento tan fluida cuando hablo con la gente, porque no tengo nada que ocultar aunque nadie sepa tampoco nada.

No hace frío, el aire está crujiente, como debe ser un sábado noche con ruidos enlazados de aviones, pisadas y ausencias. No hay mucha gente en mi calle de estrechas aceras aunque los bares, tabernas y establecimientos de paso a la madrugada ya están rebosantes y la energía de la gente prieta, compartiendo tiempo y soledades eternas se amontona como una marabunta por la acera, se convierte en un tumulto de pompas de palabras que al traspasar las puertas se disipan y silencian y siguen llenando las calles con corriente estática.

Me decido entrar en la taberna que parece suiza o alemana y veo que no hay barra y que la gente se apiña en círculos concéntricos, no hay fútbol sino conversación y muchas muñecas alzadas al aire sujetando cañas con asas esmeriladas. Una chica preciosa se apresura a atender los requerimientos del patio. Cuántos hombres y tal vez mujeres la llamarán para otra ronda simplemente por deleitarse en su joven pelo moreno. Una mujer con aspecto de matrona, chaparrita y canosa aparece de entre la multitud y me pregunta que qué deseo. Lleva un delantal y en su juventud tal vez haya vivido en Alemania, y tal vez mañana vaya a misa, y tal vez su hija es bisexual y se parece a mí o ha tenido un novio como yo. Le pregunto si tiene Heineken y casi me alegro de que me diga que no porque si tiene que decirme que no la puedo sacar fuera no vale la pena.

Me decido al salir a acudir a los mercenarios del Opencor que si no tienen cerveza de lujo nadie la va a tener por aquí disponible y pienso en ti que recorrías con tus labios el cuello del botellín ayer y mecías mi mente nublada con tus palabras rítmicas y sus tonos musicales, y acercabas tu cara como si quisieras que te besara, y acercabas tus labios a mi piel y yo tan sólo lo aproveché para escucharte más de cerca, porque fuiste tú quien decidiste ir a un bar de Chueca y quien quisiste saber de mi vida aunque yo como siempre te preguntaba por la tuya.

Te preocupaba si tomaba medicación y yo te dije que no era medicación era sólo una pastilla por las mañanas, como si ahora voy a tener que preocuparme por la medicación cuando al tomármela la veo como un seguro de vida, como una red para no estrellarme contra los picos de los témpanos de la depresión o la euforia, como si no pudiera emborracharme por la primera vez en dos años o tal vez tres o cuatro y beber de un botellín. Tú querías mojitos, yo te pregunté que qué tenía un mojito porque no tengo ni idea, la idea del ron sonaba mortal y me desmarqué por una Heineken, porque tal vez la noche tenía algo de Ámsterdam, de no haber conocido ahí alguien como tú, de haber compartido tantos años con el amor de mi vida pero no haber tomado ninguna Heineken con ella. Y tú sorprendentemente pides otra, como si quisieras seguirme la pista y no quisieras que me desmarcara nunca, nunca de ti.

El brillo verde sexy del botellín me recordaba a los latidos del timbre de las bicicletas de allí, pero anoche no estaba en Ámsterdam sino en Chueca a unos metros de la plaza y esto no es Nueva York sino Madrid ni San Francisco sino algo cercano a Malasaña y la Glorieta de Bilbao donde vivo y no me tengo que preocupar de pedalear en la bici contra el frío o que el amor de mi vida se estrelle contra un coche porque ha bebido demasiado y está de buen humor pero sus luces no funcionan como deberían porque no le importan y a mí sí.

Y tú quieres pagarlo todo, y yo pienso que un mojito es una bebida para una primera, segunda y tercera cita, en todo caso para las primeras citas, y que el haberme llevado a un restaurante a cenar sushi, tu comida preferida aunque tú eres vegana, es una extravagancia de las primeras citas, pero no digo nada, sólo escucho y observo cómo zarandeas tu cuerpo en la noche cálida, mostrando tu lado masculino al decirme que tú amaste a tu novio por primera vez en el Moulin Rouge y por eso no me importa haberme fijado en la chica japonesa del restaurante y haberte comentado lo bella que era, comentario que te ha desarmado un poco, pero es que esa chica tenía la belleza salvaje de un hombre joven, los ojos andróginos, la sonrisa de pan, unos labios recortados y grandes, y hablaba español perfectamente, y si Bizcochito me dejara por su novio podría volver y escribir en mis Moleskines en su restaurante para verla cada noche si fuera necesario, aunque probablemente eso lo escriba pero no lo haga. Aunque le dije hola y gracias y otra vez gracias y adiós al marcharse y preguntarle a su compañero cuándo le tocaba y es el lunes y el martes o sea que este finde no trabajaba, y Bizcochito me mira y quiere aprender a seducir como yo, pero yo solo lo hago no sé por qué lo hago, tal vez porque esta noche estamos en Chueca y yo quiero hablar de mis amantes porque ella habla de los suyos y quiero sentirme libre y en tablas y ella silenciosamente lo sabe.

Entro en el Opencor y sí tienen Heineken, pero no botellines con el brillo sexy verde pero no importa y no sé cuántas latas coger que me ayuden a seguir sintiéndome como cuando me amaba esta mañana tras haber leído tus mensajes de texto en mi móvil en la cama de mi litera y cuando la noche pasada acercabas tu mirada, tu sonrisa, tus labios y tus dientes a mí mientras me hablabas y me escuchabas pero yo no podía besarte sino sonreír ante tu osadía de querer seducirme, de hacerlo desde que te vi, de hacerlo con tanta intensidad durante toda la noche, tal ve sin ser consciente de ello, porque la intimidad que estamos creando entre nosotras desde que nos conocimos es no ya muy especial sino algo importante que no recuerdo desde hace mucho tiempo y que no sé cuándo va a acabar y no quiero acabarlo de un plumazo con un beso.

Bésame tú si te atreves y tal vez me pregunte entonces el qué habría caído en mis labios, en mis dientes, en mi boca y te mire extrañada y vulnerable porque no sabría cómo acabaría esto y no quiero que acabe, quiero que continúe todo igual, tú seduciéndome y yo seduciéndote y así hasta el infinito, porque cuando me coges la mano siento electricidad y tan sólo mirarte me produce un placer infinito y sé que tu olor pronto quedará sellado en mi memoria.

También sé que anoche te he visto, finalmente te he visto, tienes un lado que no es etéreo, que es casi macarra, que es muy masculino, que tienes escondido en el herbolario, que he descubierto y que también es frágil e inventado y por eso eres tan loquis como yo aunque no tomes medicación o una pastilla o nada que se le parezca.

He descubierto ya varios registros de tu risa y está la risa burlona, la sarcástica, la que quiere emular la mía, y por eso ya me siento más relajada y si quieres hablar de tu chico, pues bueno, yo te seguiré la corriente y veré a dónde nos lleva esto, pero yo no puedo besarte si estás con otra persona, deberías saberlo, prefiero emborracharme o emborracharte y luego llegar a casa y amarme mientras te sueño y recibo tus mensajes de ayer esta mañana, y luego me envías uno más y como si yo estuviera borracha de ayer que no pude porque me dejé tres cuartas partes del sexy botellín verdoso, decido enviarte una avalancha de mensajes ardientes que tú no desperdicias ni calumnias sino que respondes tal vez extasiada, tal vez preocupada, no lo sé, pero no me puedes llevar a tu sushi favorito o a diez metros de la plaza de Chueca cuando yo sugería un Opencor y una humilde ensalada en mi casa después del concierto de cuarzos al que me llevaste, donde yo te cogí la mano y casi me dormí y cuando el chico de los cuarzos lloraba con una voz femenina el sueño me invadía y era como si durmiéramos juntas aunque tú estabas en posición de loto, porque ayer me explicaste que pasaste de diseño gráfico a ser profesora de yoga después de diez años practicando, poco a poco te saco información y no estás acostumbrada.

Creo que una lata de Heineken no es suficiente, aunque no bebo, van a ser dos, pero no me gusta llenarme la barriga con este caldo de cebada, aunque lo haré por ti, porque aunque no fumo alguna vez he fumado en rodajes y en momentos claves y tú dices que no fumas normalmente pero a veces sí y te sacas un cigarrillo reciclado de los sin techo y lo enciendes y apagas constantemente, y no sé si decir que eres sexy porque nuestra relación no es sexual es física y sensual pero no es sexual aunque sí es tremendamente física y sensual y no me decido en absoluto a hacer nada ya que no sé qué hacer ni quiero hacer nada, tan solo seguirte la corriente y pensar horas más tarde en lo que me estás haciendo o lo que yo te estoy haciendo.

No recuerdo haber visto nada en el Lamictal sobre beber Heineken pero perfectamente podría haber una advertencia, aunque cuando haces algo que normalmente no haces sigues sin normalmente hacerlo así que no me preocupa, el tomarlo todas las mañanas también es algo bastante bestia y adictivo y perdona, Lamictal, hoy voy a hacer lo que me dé la gana porque es sábado y ayer estuve con Bizcochito e hicimos el amor en un bar mientras todo el mundo estaba mirándonos.

domingo, 18 de mayo de 2008

Mundo de nicotina


Fui con C. y C. a San Isidro este sábado, y les he llenado la foto de flores, porque la verdad es que no había tantas en la ribera del Manzanares. Creo que estábamos tod@s en el mismo estado catatónico, pero yo intenté hablarles y la verdad es que tenía que habérles dejado en paz para que pensaran en sus cosas, pero como ellos no se conocíansentí que no podía callarme. Además, con el ruido de la música (¿he dicho ruido?) sólo nos escuchábamos dos al mismo tiempo. Me hubiera gustado ir al Ladyfest pero nos echó un poco atrás lo de los €12 y nos quedamos en la tienda árabe ahí en medio de la esplanada del Manzis haciéndonos masajes de hombros y viendo como los niños brincaban más alto que nadie. Pero yo me sentía rara. Rara porque no me gustaba la música tanto, y rara porque estaba rara, muy rara, tan rara que quería salir de mi cuerpo, de mi piel.

Monix me dijo que en Chueca había carpa y escenario, sí, y lo había pero para que se subieran cuatro borrachas a cantar jotas y flamencadas a voz en grito. Terminé con unas amigas suyas en Truco; no había estado ahí prácticamente desde hacía tres años cuando besé a Ms por primera vez. El darme cuenta de eso me hizo reconocerme a mí misma que si no voy por Chueca es porque la verdad no me ha interesado mucho nunca, pero ahí me encontraba yo ayer, intentado explorar las limitaciones de mi nueva vida de soltera bollo. La verdad es que no era sólo por eso. Por supuesto que no. Estoy simplemente intentando rodearme de cierta energía eléctrica femenina que es la que falta en mi casa desde que Ms se fue y Cuore me dio voleto. Es una energía muy especial que necesito cerca y que promueve mi bienestar. Salgo de casa para no pensar en Cuore y llenarme la cabeza con otras imágenes diferentes a su cuerpo, a su sonrisa, a su energía, a su fuerza, a la alta tensión de su mirada.

Quería trabajar en mi estado contemplativo sin esperar nada, tan sólo mirar y dejarme llevar. Pero estuve con unas chicas muy majas aunque una de ellas tenía un ímpetu desaforado y quería ligar, LIGAR, LIGAR!!!, no conmigo, creo, pero su obsesión era hablarme al oído todo el rato y lanzarme la batería de preguntas típicas de sopa de de sobre Chueca. Eso me hizo decidirme a volver sola (si vuelvo) la próxima vez.

Después fuimos al Planet. Mi mirada merodeaba la pista de baile y se posaba con naturalidad en las chicas que consideraba atractivas. Era muy fácil combinar el movimiento de los ojos, el acomodar el cuerpo de pie cada par de minutos para no quedarte con mala postura y moverte para que la gente pasase. Ahí miras diferente; tu cerebro y tus ojos están coordinados a la perfección, te llama la atención un perfil, una sonrisa, la naturalidad de alguien, la belleza o la simpatía. Tus ojos dilatan las pupilas con deseo cuando tu cerebro hace clic, sí, ella, mírala un poco más que obtendrás tu recompensa. Tu radar se activa y se activa la mirada durante unos segundos, la miras, te mira y sin propiciarlo te surge una sonrisa que apenas te encoge las comisuras de la boca.

Me resultaba imposible el zarandear los brazos con la música pero quedé hechizada mirando a una chica que trabajaba ahí y que cargaba con una caja de vasos de arriba pa'bajo con el brazo en alto cruzando la pista de baile. ¡Madre mía! Creo que cuando pasaba notaba de repente que el corazón era un músculo, porque lo sentía ahí, turgente en el pecho, palpitando con fuerza. Es una morenita con melena modernilla, toda vestida de negro staff, con unos ojos oscuros y brillantes, labios de cantante, hombros de nadadora y cinturón punk de tachuelas de plata brillantes. Tiene un piercing negro en algún lugar de su mejilla y cuando sonríe se le hunden dos hoyuelos que deben traer loca a su novia.

La niña iba y venía y se hacía paso siempre a mi lado porque yo estaba en medio, claro, y cada vez que aparecía de forma periódica me daba la oportunidad de renovar mi consumición de placer visual, era un mmmhhh, y un supiro, o un ahhhh y después inhalar ese aire viciado de nicotina y música mala. Podría haberme quedado toda la noche sintiendo como iba y venía y pasaba por mi lado, viendo la fuerza poderosa de sus hombros; seguro que podía haberme llevado a mí al piso de arriba en andas. Si nadáramos juntas me podría haber sacado del agua, como hizo un monitor de barranquismo cuando me dio hipotermia y se me paralizaron los brazos y las piernas. Eso si que era energía femenina electrizante cuajada de juventud, arrojo. Staff sonreía con fuerza, con una boca flexible y unos dientes blancos preciosos, con una sonrisa deportiva que arrojaba al aire bocanadas de risas que saltan del pecho por sorpresa. Pero no la voy a ver más o en mucho, mucho tiempo. No se me ha perdido nada en estos bares donde no bebo ni bailo, me pican los ojos con el humo y luego me levanto con asma por las mañanas y respiro mal todo el día siguiente. Adiós, Staff, pensaré en ti de vez en cuando, seguro que me alegrarás el día.

Estoy probando las mil y una maneras de no pensar en Cuore. Hoy no me ha llamado ni me ha mandado ningún mensaje con el móvil. Supongo que no habrá pensado en mí. Qué extraño es imaginármelo cuando yo he pensado en ella varias veces durante el día. Esto no es amor es una triste obsesión. Obsesión por recordar las conversaciones que mantuvimos, la tersura de su piel bajo las yemas de mis dedos, la forma que me abrazaba durante toda la noche, y cómo entre sueño y sueño la notaba sujetándome el pecho, evitando que cayera de la cama y pulverizara mis sueños. Obsesión por las horas que entretuvimos en un cuerpo a cuerpo, en silencio, con los cinco sentidos en acción, a oscuras, descifrando los ecos de nuestro deseo, viajando por las curvas de nuestra piel. Fue casi como un amor de verano, intenso, opaco, azuzado por cientos de conversaciones en un universo multisensorial.

Uno de los besos más bonitos fue cuando te acompañé a tu trabajo, paraste el coche para aparcarlo, y antes de salir giraste el cuello en silencio para besarme un hasta luego.

viernes, 16 de mayo de 2008

Palabros: cinco de la mañana


La tabla rasa. El colchón rosado. La quietud escasa. Perfectas cosas. Nadar en seco.

Rapidez trepidante. Sufrir en silencio. Brillar en la oscuridad. Mentir a sabiendas. Cantar de memoria. Reír sin ganas. Dibujar en círculo.

Las cinco de la mañana. Alonso Martínez sigue en pie y tiene autobuses y caminantes. Lo que no ha llegado es la noche del día siguiente. Miguel y yo abandonamos Chueca. Con sus humos y simplismos, escondites y misterios. Ellas nos miraban, nos sonreían, se sonreían, se escoltaban, las cabecitas bullían en el aire. La simpatía se dispersaba como spray transpirado. Me hicieron un pasillito muy rico para llegar al ropero. Bueno rollo, niñas guapas, nadie se marchaba hasta el final, final.

Llegado el cierre te vas y te intentas acordar de lo que has visto, lo que retienes, lo que perderás justo antes de meterte en la cama.

Pero ahí no se encuentra el amor. El amor es como Dios y está en todas partes. Pero en Chueca no.