El No es una energía que se interpone entre la acción y yo para protegerme y para no repetir traumatismos pasados. Y tiene sentido, normalmente. Lo que pasa es que vale la pena traspasar la barrera de fuego que antecede a la acción y llevarla a cabo, porque es una forma de explicarle también al subconsciente que el No no era necesario, ni llevar a cabo la acción algo tan doloroso.
Enfrentarse al No es como apuntarse a una expedición avezada y difícil. Lo hago parapetada hasta los dientes, y me preparo para ese impacto tan familiar, el golpe infligido, la herida traumatizante. Pero no debería hacerlo con esta actitud, voy a intentar dejar de sentir miedo, voy a observarlo cuando se manifiesta y voy a ser consciente de que voy a enfrentarme a él y conquistarlo.
Pero tengo que intentar ser maternal con él, porque el miedo es una parte de mí que quiere protegerme de todas esas situaciones en las que estaba desvalida, cuando me estrellé y me sentí perdida, cuando me faltó ese apoyo consciente, incondicional y sereno que me hubiera ubicado y me hubiera facilitado el descanso después del shock.
Así que ahora sí que voy a intentar estar presente durante el proceso de reparación. Y quiero ver germinar esa semilla de sanación desde sus verdes brotes, admirarla, alentarla, auparla y notar en mí la reconversión, sentir la alegría de vivir desde la transfiguración del dolor en presencia, en amistad fraternal, en curiosidad y reconocimiento de la personita que antes estaba sola y que ahora navega en libertad.
