domingo, 24 de mayo de 2020

Be water

Be Water My Friend - Bruce lee - YouTube



Este fin de semana la verdad es que me he refinado. He decidido mirar cómo hacer yo el guión, y no me puedo creer que haya tardado tanto tiempo en trabajar en él cuando estaba allí mismo todo el material. No sé qué es lo que pensaba que era, pero me lo he puesto muy difícil. 

Esta semana quiero dejar que todo fluya ... Toda la resistencia que pongo en algunas cosas impide la naturalidad del devenir de las otras. 

PS. 

El sueño se está convirtiendo en un nuevo escribir. En vez de escribir aquí todos los días, simplemente sueño, y es como si estuviera pre-consciente, y todo se organiza ahí. Espero realmente ser capaz de ser mi mejor amiga ahora. A lo mejor todo empieza a cobrar sentido. 

martes, 25 de diciembre de 2018

Relaciones


He vuelto a la página en blanco, y he borrado todo lo que había escrito. Si tuviera valor me pasaría toda la noche escribiendo hasta que mi subconsciente se vaciara y surgiera la luz. Aunque eso es una fantasía, una ingenuidad. Me gustaría vivir una vida plena, real, coherente entre mis sentimientos y mis acciones, pero hay ahí una desconexión disfuncional. No sé qué efecto tiene el relacionarme con la gente. No sé hacerlo bien. Tiene que ayudar el mantener una buena relación conmigo misma. 


sábado, 22 de diciembre de 2018

Rewriting



Rewriting gives you a chance to make amends, offering you that smoochy smoochy feeling, and leaves you with the impression after a night out with yourself that you are actually jolly good company after all.

There is a certain awkwardness about writing that rewriting sands over and smooths down, this new window of opportunity to say things, to look over a word, a sentence, and ask yourself: can I really say this?  

Rewriting allows you to look at the final paragraphs and that full stop that saw the ending of pain and perceive the calling it quits as coming natural to you. There is a simplicity in that that is actually outstanding. There's no feeling of looking over the void, hanging on the verge of the cliff with bare feet, your bleeding toes and blistering open wounds bitten by the razor-like wind.

(Note to self: To look over this tomorrow)

domingo, 9 de diciembre de 2018

Hablar


Bueno, tampoco se puede decir mucho. Aunque tal vez lo que yo quiero es poder escuchar a quien no sabe qué contar(me). Pero cómo puedo exigirle a alguien hablar cuando yo tampoco sé lo que decir, lo que decir exactamente, la palabra precisa con la voz lúcida que quisiera tener. No tengo paciencia ni herramientas. Es todo muy complicado. Yo tampoco sé cómo decirlo, tal vez no tengo yo tampoco qué contar, esas palabras que dicen mucho sin esconder nada. Muy a menudo no se puede decir casi nada, ni te escuchan ni lo dices. Así se queda la historia. 

Aunque por supuesto, continuará [...]


jueves, 29 de noviembre de 2018

Areniscas


Bueno, parece que he conseguido un pequeño hito esta mañana, y ha sido ordenar un poco mi subconsciente. 

Quiero leer. Y escribir leyendo. Y leer escribiendo. Indagar dónde teclear desde el magma de la creatividad que se encuentra aquí mismo pero se expresa de forma inconsciente. Hacerlo de la forma más consciente posible, o por lo menos vislumbrar desde su lejanía los puertos de entrada. 

sábado, 10 de septiembre de 2016

Espero

No he sacado mis escritos adelante con suficiente regularidad. Tengo que escribir aunque sea un retazo diario para poder enraizarme. Todavía tengo dudas sobre la apertura del blog porque quiero escribir con total libertad pero tampoco quiero aislarme. Ya veré lo que al final tiene más sentido.

Bueno, al final he decidido que no, que este blog tiene que quedarse aquí, conmigo, y que no es necesario compartir mis pequeñas letras. Así que voy a encañonar la verdad y ser sincera, por lo menos conmigo misma, porque hay muchas personas con quienes no puedo ser sincera de verdad todavía, y me duele pero al mismo tiempo me ayuda a protegerlas y a proteger mi relación con ellas.


Estoy comiendo muchísimo y no entiendo de dónde viene toda esta ansiedad ... Hay temporadas en las que me pasa, y no tiene nada de malo, aunque me duele el estómago y no consigo bajar de peso ese kilo y medio dos kilos de más. Es una tontería, pero estoy más cómoda con mi peso de siempre y que la ropa me siente como siempre, y ser yo la de siempre, supongo. No puedo creerme que me dé vergüenza decirme estas cosas. También me gusta tener el control de la situación en vez de no tenerlo. Llevo mucho tiempo con dolor de estómago, un mes y medio, y es porque estoy comiendo mucho y a raíz de la ketamina. Cualquiera que leyera esto pensaría cualquier cosa de mí, pero es por eso que no debo dejar a la luz este blog.


Ahora estoy escribiendo y mañana también lo haré y al otro. Tengo que ponerme a escribir casi desde por la mañana, porque cuando leo los periódicos al final me estreso y me deprimo, y termino hundiéndome un poquito. Eso es lo que pasa, y creo que ése es la definición de una comportamiento autodestructivo. Así que tengo que hacer un esfuerzo por hacer aquéllo que es bueno para mí. Por ejemplo, no comer demasiado. Por ejemplo, leer tranquilamente. También tomarme las cosas con tranquilidad, no permitir que el agobio se haga con todo y defina la realidad.

Ahora tengo de nuevo dolor de estómago y lo voy a tener durante todo el día. Ayer comí demasiado y esta mañana probablemente también teniendo en cuenta que arrastraba la pesadez de ayer. No sé muy bien a veces de qué depende. Ahora, como me duele el estómago no estoy bien de humor, y eso tengo que tenerlo en cuenta. Tengo que hacer unas cuantas cosas que están pendientes y así me sentiré un poquito mejor. No sé si tomarme un café luego ... Es verdad que nos pasamos el tiempo intentando sentirnos mejor, mejorar un estado de ánimo u otro, en vez de observarlo con tranquilidad y surferarlo. Es bueno darme cuenta de que no estoy demasiado animada, así puedo poner el práctica algunos de los principios en los que he estado trabajando en este tiempo.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Rebeldía


Lo más difícil de la depresión es esta constante rebeldía, la presencia permanente del rechazo hacia ella. Esto hace que el cansancio se vuelva agotamiento, y el agotamiento, desesperación. Y así cristaliza una desesperada rebeldía, una rebelde desesperación que no se reconoce como propia, que no se acepta y que constantemente erosiona todas y cada una de las fibras de tu ser. 

La rebeldía es oponerse a esto, a no poder vivir, a sentirse apartada del mundo de los seres vivientes. No es posible simplemente vegetar, ser una planta, porque al menos las plantas y los árboles tienen un proceso, una intención. Es más bien ser una zombie, un personaje sin autora ni obra de teatro, una intrusa en una representación vital en la que nunca te pasan el libreto, en la que no tienes nada que hacer excepto quejarte, tal vez, esperar y ver como el tiempo pasa sin que las cosas mejoren, experimentando la derrota una y otra vez, la ansiedad de querer y no poder, la futilidad de la existencia. 

Yo no estoy desesperada porque a mi vida le pase nada malo, sin porque mi vida no pasa, porque "esto" es mi vida. Creo que necesito tener más paciencia, porque últimamente ya no puedo más. Soy muy consciente de que se me pasa la vida, de que quiero hacer muchísimas cosas y no tengo la energía física ni mental para siquiera planteármelas. Y no quiero vivir así, me parece una pérdida de tiempo y de vitalidad total. 

Es mi vida sin mí, e intento hacer lo que puedo, llevar a cabo las actividades que me permite la falta de conductividad neuronal, pero veo que me desespero más que antes, y de una manera que no se alivia fácilmente, casi sin consuelo. Antes podía simplemente cerrar los ojos y dormirme todo el tiempo, aunque al dormir no pudiera descansar y simplemente me pasara la mayor parte del sueño luchando contra la culpabilidad que me producía el sentirme tan inútil, el encontrarme tan inerte. Pero ahora se está desarrollando otro tipo de rechazo, de tristeza. Es el saber que podría mejorar pronto, pero que aún tengo que esperar más. Tal vez sea la recta final, y estoy haciendo todo lo posible para que sea así, pero me desespera ver que a pesar de que estoy dándolo todo, aún me queda esperar a que sea puedan pasar las cosar. Y los minutos pesan muchísimo y me agobian como horas muertas. Tal vez ahora soy capaz de ver las posibilidades escondidas detrás de la molicie y desee más que nunca el poder llevarlas a cabo, no sé. 

También me he dado cuenta de que si no escribo, si no puedo escribir, si no tengo la posibilidad de escribir, mi esencia está también perdida. Y estoy harta de no poder escribir. Sé que tengo que volver a leer poesía, y dejar el tipo de lecturas a las que me he entregado en los últimos años, porque no me van a fomentar la creatividad. La vida la veo en las palabras, es los actos, en la frescura del día a día, no en que me la cuenten. Y es una pena, porque durante mucho tiempo había pensado que tenía que leer filosofía para entender lo que estaba pasando. Y tal vez ese tiempo simplemente ya haya pasado, y ahora tenga que volver a mi trabajo, a mi intuición, a mi saber moverme por la literatura, por muy difícil que esto sea. Tal vez es tiempo simplemente de recuperar el trabajo y volver a creer en él, y mientras esperar a que este asunto neuronal se resuelva cuando el mostrenco administrativo dé algo más de sí y se solucione el tema del tratamiento. 

Entre medias por lo menos he de decir que me estoy encontrando a mí misma, quien soy, aunque sea por defecto, aunque sea siguiendo su rastro, persiguiendo su pista. Tengo un laboratorio neuronal defectuoso allí arriba, y estoy cansada de intentar hacer que funcione, pero no tengo más remedio que seguir. Echo de menos que alguien me ayude porque me siento sola en esta contienda. Tengo ayuda de I., pero ella está lejos y aunque suene patético la necesitaría mucho más cerca de mí. Espero sobrevivir estas semanas, está claro que lo haré, pero no sé cuánto sufrimiento más tengo que aguantar. Espero encontrar algún tipo de remedio, de alivio que dure más de unos minutos. Ya no puedo hacer más introspección, estoy muy, muy cansada. 

domingo, 5 de julio de 2015

Rendiciones


Vuelvo a la escritura, y vuelvo a mi espacio, y vuelvo a mí. He necesitado oxigenarme de aire blanco e informe, pensamientos aturdidos sin forma ni ensamblaje, pequeños intentos de expresión, con los que me he sentido cambiar y trasmutar sin saber muy bien en qué o a qué. Pero sobre todo me he nutrido de la espera misma, de ver cómo mi mente murmulla texturas literarias y narrativas sin embrocarlas en frases, creando una especie de barbecho enlodado repleto de interrogaciones sin respuesta ni marco, pero que sin embargo permanecían ahí de alguna forma con sentido, iluminando mi día a día. 

Creo que ha sido un periodo inquietante en el que también he forzado la máquina y he sufrido, porque no me he dado el gusto en ocasiones de escribir cuando quería hacerlo, tal vez para probar que puedo vivir un tiempo sin escribir(me) en todo, cuando en el fondo no es cierto. Siento arrepentimiento, tal vez debería haber seguido escribiendo aunque me costara; pero no importa, porque siempre lo que haces tiene un sentido y tras él te encuentras tú, te sientes tú, te ves a ti. 

Y ahora siento claramente que comienza un nuevo periodo, y estoy contenta. Todo es nuevo, va a ser nuevo, pero también es una continuación de lo anterior, de lo viejo, de lo conocido. Quiero volver a mis pequeñas rutinas, aunque albergo pequeños miedos, el temor de que no será como antes. Si es así: ¿Cómo será?

miércoles, 11 de febrero de 2015

Recuentos


Tengo frío, un frío irredimible, como mi cuerpo, irredento. Me planteo despertarme cuando todavía no me he dormido. La realidad parece una carrera de ráfagas asaltando mis ojos entreabiertos. Me estoy deshaciendo. Todo en pos de fraguarme de nuevo. Voy a partir los días en dos para reencontrarme en las mitades de mis dos pasiones. No me gustan las flores cortadas, me aterra el mirar los tallos al aire, las elongaciones abortadas. Pero mis días son como los aromas, emanan y transcurren, pero no puedes capturarlos fácilmente, y yo tengo la obligación de jalonar y jalear la poesía que se esconde detrás de los instantes nonatos. Primero, la poesía, y después las narraciones. 


sábado, 7 de diciembre de 2013

Represión

A menudo presiento de nuevo el improperio, la burla, la dureza y crueldad de mi padre cuando llevo a cabo ciertos actos y me sorprende reiteradamente el que mi madre ahora ya no me dispensa este trato. Pero sigo recordando su eco cuando en solitario hago estas mismas cosas y me invade la extrañeza de la niña al no verse castigada otra vez. Sin la rebelión ni el dolor que conllevaban casi te preguntas si eso que estás haciendo no es erróneo, indómito, incorrecto, rudo y despectivo como te hacían sentir. Es como si se revolviese de nuevo esa envoltura dentro de mi cuerpo y acrisolada en mi carne y yo quisiera dejar atrás el plástico del embalaje sin conseguirlo.

martes, 26 de noviembre de 2013

Rain from inside the car


Si no logro hoy ser creativa con la palabra, intentaré serlo con la mirada. Hay veces que los ojos te bailan y no puedes enfocar correctamente la realidad, ni siquiera tu realidad. Y durante esas horas embrujadas intentas reconocer con ojos enrojecidos esas pistas y rastros que la lluvia todavía no ha borrado. Tienes que ir despacio porque la maleza podría aprisionarte. No debes forzar el ritmo para no desorientarte. Mirar debajo de la ropa posada es una manera. 

viernes, 15 de noviembre de 2013

Sentidos


No quiero borrar el número de teléfono de mi hermano de la memoria de mi móvil. Tengo su televisor en mi casa, y pienso en él hasta cuando uso el mando. Recuerdo cuando le enseñé a utilizarlo. 

Estos pequeños gestos me acercan a su recuerdo y se cuelan y resguardan en mi cotidianidad. 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

El taxidermista



Durante toda la semana me he sentido como una mariposa de colección atravesada por un alfiler, ajena a su futuro, desplazada y débil. Sé que estaba enferma, y me ha afectado a la cabeza, pero en esos días sufro muchísimo, por eso ahora casi no puedo creerme el momento actual, porque durante ese tiempo la caída, la falta de todo, el vacío parecen insuperables. 

lunes, 16 de septiembre de 2013

Esa hoja suelta del calendario

Aprendes rápido la dinámica de la Hyène, y ahora se quiere colar por todas las esquinas, por todas la grietas del cuerpo de mi hermano y de nuestro espíritu. Por ahora ha conseguido convertirle en un ser ausente, postrado, caquéctico y desganado. Pero para combatirla hemos aprendido a ser como un virus mutando estrategias, turnos y dinámicas de ataque. Antes amenazaba con la fiebre alta, y ahora con la baja, y cree que podrá con nuestro agotamiento. A mí me ha provocado parásitos intestinales, desorientación, lapsus de memoria, dolor y rechinar de espalda y de piernas, migrañas intensas de cabeza, cansancio y embotamiento en los ojos, y un eczema en el cuero cabelludo que intento no rozar con los dedos porque me escuece como si estuviera en carne viva, y que no me he mirado. Casi no me atrevo a que mi madre lo examine, y tal vez pueda ir a nuestro médico de cabecera el jueves. Tal vez... Es que pillas los bacilos al cerrar ochocientas veces los interruptores de la luz, los del ascensor, los mandos de la máquina de bebidas.

Ella avanza pero nuestro equipo está siempre a la defensiva, y aunque no conseguimos arrinconarla se detiene y envía a sus esbirros: bacterias hospitalarias, cucarachas, la amenaza de las escaras, la toxicidad, algunas personas sin experiencia que pinchan a mi hermano cuatro veces su carne quemada antes de conseguir encontrarle la vena para la vía.

No es nada fácil localizar las artimañas de la Hyène y comprender su efecto a corto plazo. Se ríe en nuestra cara; sólo somos insectos para ella, gusanos, una molestia pequeña e incordiante, porque ella siente cómo bloqueamos sus intentonas, y, aunque no nos tema, la hacemos avanzar más despacio. Después de todo, nuestras armas son caseras y rudimentarias: café, taxis, móviles, visitas frecuentes a la máquina de bebidas para hidratarnos, móviles, una armada de medicamentos, la coordinación impecable a la hora de pasarnos la información de forma colectiva. Nos damos moral, compartimos el pesimismo y las malas noticias de forma estoica, con honestidad relatamos la última declaración demoledora del médico adaptándola convenientemente cuando la relatamos a mi madre. Tenemos el control de enfermería al lado y hemos propiciado una relación amistosa y solidaria de doble sentido con las enfermeras, y no nos cabe ninguna duda de que son ellas quienes le mantienen vivo. Ellas forman parte de nuestra primera línea de ataque con su acción rápida y eficaz.

Mientras la Hyène maquina, en nuestra familia estudiamos cualquier gesto suyo, quejido, equívoco; nos informamos y ayudamos mutuamente a todas horas con llamadas cruzadas como un batallón, siempre cargando contra ella. Pero nuestras armas tienen efectos colaterales y van deslabazando el cuerpo de mi hermano. Ella contrarresta nuestros ataques con gran sagacidad, su entrenamiento es impecable. Busca el arponazo final, la debilidad y victoria tras múltiples acometidas mortales, el descorazonamiento, el momento clave.

Nos crea inquietud, ansiedad y desorientación, la tememos y a veces nos desesperamos; yo lloro delante de las enfermeras y mi hermana, pero no delante de mi hermano o de mi madre, y nunca del médico. Nuestra
economía es de guerra y hemos adaptado nuestro modus operandi para saber dónde nos encontramos en todo momento con respecto al avance de la enfermedad.

El mundo tras tu turno contiene y exhibe demasiada luz, demasiada despreocupación, demasiada ignorancia. Está ajeno a todo esto. Yo lo ignoro, pero me zambullo inmediatamente en mi lectura, mi trabajo artístico, la comunicación íntima con esas personas clave en mi vida en estos momentos.

Somos un capullo cerrado que contiene cuatro personas que desde dentro maquinan el último ataque contra la Hyène. No se puede destruirla ni herirla de muerte. Todo parece que lo hacemos a rastras, tarde, con exceso. Debemos reaccionar rápido en esas noches de espanto, pero a veces lo hacemos con retrasos al dar la voz de alarma, hiriendo a mi hermano con esas durísimas intervenciones médicas: le pinchan, le inyectan, le inoculan.

Al estar sola en la casa de mi madre observo que ella sigue pasando las hojas del calendario. En ese momento me entra un escalofrío que me provoca algo así como la sobriedad que le golpea de repente a una persona borracha al pasar algo terrible. Me recuerda cuándo me aprendí de memoria la fecha y la hora de muerte de mi padre, y me pregunto cuándo arrancaremos la última hoja de la vida de mi hermano, y qué haremos entonces.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Angry song


Turn normal, if you must
write no more, if you can't
stay bereft
of your own life
if that's what you want

but don't feed me with your loss
don't turn me into a ghost
as I'm easily lost
in your smothering hug

domingo, 1 de septiembre de 2013

Sangre


Ya es septiembre, y para mí éste es un mes mágico en el que mis ideas concuerdan y puedo crear, me siento bien conmigo misma; y este año va a ser mejor que otros, mejor que todos, porque soy consciente de lo que puedo llegar a conseguir en septiembre cuando miro y reviso todos los otros septiembres.

No estoy flotando embriagada en ningún ambiente con exceso de oxígeno, ni tengo alucinaciones de éxito y conquista como en tantos otros rodajes; no siento que otras personas son dueñas de mi tiempo, ni que mi vida está empezando o que empieza de nuevo. No es nada de eso: es simplemente septiembre, mi septiembre, cuando no necesito metas porque yo ya soy capaz de hacer sueños y proyectos realidad como he hecho durante tantos otros septiembres: serendipity, intuición, lucidez. Pero no, no vivo en un mundo de fantasía.

Hoy me había olvidado, no me había percatado de que era uno de septiembre, porque tras leer con pasión hasta las cuatro de la madrugada mi madre me ha levantado tres horas más tarde con la tremenda noticia de que mi hermano había pasado una noche aciaga y me ha pedido que llegara allí a las ocho. El destino ha jugado toda la noche a la ruleta rusa con su hijo.

No necesitamos muchas palabras mi madre y yo. Yo no se las pido, no quiero exprimirle su escasa y preciada energía mental y emocional, y siempre hay tiempo para preguntas. No me da muchos detalles, pero tras oír las primeras palabras al coger el teléfono un instante después de estar soñando, mis oídos se agudizan y mi cerebro se despeja rápidamente. Mi hermano ha estado muy mal esta noche, como papá. Bien, sé perfectamente lo que eso significa.

Yo tampoco necesito muchas palabras conmigo misma cuando me lleno el termo de café y decido no ducharme porque quiero saltar en un taxi en cinco minutos; pero no puedo olvidarme de mis galletas porque Dios sabe cuándo voy a poder comer, y tres horas de sueño dan por lo menos para un par de galletas. Entre envolver las galletas en plástico de cocina y salir corriendo sin hacerlo hay cinco minutos en los que mi hermano puede estar muriéndose. Cuando la vida se mueve con esos parámetros yo saco lo mejor de mí misma (es septiembre, lo mismo pasó con mi padre el año pasado) y sé tomar decisiones, sé moverme entre campos de minas, sé orientarme en la total, absoluta y aterradora oscuridad. Mi hermano necesita que yo tenga café con leche de soja, que yo me haya comido unas galletas, que me haya podido mirar al espejo dos segundos más para saber qué aspecto voy a tener cuando me enzarce en batallas campales y siniestras con el equipo médico.

Las cosas pueden llegar a ser muy sencillas. En este caso nada de ello es nuevo, pero el año pasado todo lo era, y, sin embargo, mi comportamiento es muy parecido, aunque ahora cuento con la pequeña ventaja de la anticipación. Pero también conocer la verdad por anticipado a veces pesa como una bola de hierro.

Aquí estamos: la madrugada, el alba, el taxi, la calle desierta, el camino, la llegada, los ascensores en triplicado, la espera, los pasillos, el abrir la puerta de la habitación y entrar y pasar a formar parte de un ecosistema propio, alejado del mundo que ves allá debajo de las hileras e hileras de ventanas de todas las habitaciones.

Mi hermano físicamente cada vez se parece a una versión joven de mi padre, y el tener lo básico: una cama, un pijama azul, una mesita y una silla con joroba, hace que sus similitudes estén todavía más acentuadas. Y mi hermano está enseñando al mundo la misma mirada de zorro plateado.

Hay una cierta normalidad dentro de la estructura de una situación anormal, es como la vida en las trincheras donde los dientes no sólo sirven para comer sino como utensilio de trabajo o incluso moneda de cambio o de estraperlo.

El tiempo pasa volando cuando entablas una amistad imborrable con su compañero de habitación en cuestión de 24 horas si él ha estado presente en las crisis y ha estado a la altura. Y yo sé cómo utilizar el tiempo porque se te afinan los minutos y se te afilan los segundos, y en una habitación los metros útiles se usan al máximo para moverse, para buscar cosas, para colocarlas bien, para rodearle, tumbarle, moverle, sostenerle, circunvalar su aprensión y su mal humor, hasta para escucharle o inspeccionar su respiración cuando duerme. Los matices llegan a ser infinitos y nunca dejas de aprender(te) una nueva lección para los siguientes veinte minutos en los que una situación puede repetirse.

Le acaban de poner un aerosol y parece un astronauta o un viajero de la nave de Star Trek Voyager cruzando el tiempo y el espacio.

La sangre de mi hermano es intensamente roja antes de secarse en la sábana. Bueno, la verdad es que nadie sabe lo roja que es la sangre hasta que la ve en una bolsa. Esta mañana va por la segunda transfusión. Subo la vista hacia el colgador de la bolsa y mi mirada sigue con una lógica geométrica la línea curva del tubo que lleva la sangre a su vía en el brazo. El otro día, en un goteo de sueros, la vía se arrancó y la sangre chorreaba empapando las sábanas debajo de la manta, lejos de nuestra atención. Bien, yo me di cuenta, como siempre te das cuenta de esas cosas, cuando la hyène aparece silenciosa y agorera y cerca a tu padre o a tu hermano, dando vueltas por lo que ya considera un cuerpo perdido o a punto de caer. Es una sensación muy rápida, una fracción de una fracción de segundo, if you blink,  you miss it, y si no hubieras estado allí, cinco minutos es todo lo que se necesita cuando la sangre tiene vía libre.

La sábana y su pijama hoy tienen pequeñas manchas secas y otras más recientes y más rojas. Son como lunares que podrían tal vez cambiar de sitio como fichas del juego de la oca, por ejemplo. Tiene dos vías en los brazos y las conectan a esto o a lo otro constantemente, le pinchan el dedo para medirle la glucosa, le dan inyecciones, y la sangre simplemente mancha. La sangre se ve, es imposible no verla, no reflexionar sobre el hecho de que su lugar no está fuera; es un recordatorio del dolor, de la vulnerabilidad, de la lucha. A él no le importa ni le da miedo. Es más, no se ha percatado cuando yo le pregunto si quiere cambiarse la parte de arriba del pijama. Se busca las manchas por delante y por detrás girando y retorciéndose el cuello con cierta perplejidad. Yo cambio la sábana rápidamente con un golpe de muñeca fuerte cuando él va a la baño. La hyène retrocede, me enseña los dientes, gruñe asquerosamente y se va mezclándose sus patéticas cuatro patas quebradas en la huida.

martes, 27 de agosto de 2013

Lugares comunes


Es increíble cómo es posible reiterar tus rutinas al volver al hospital. Entras en ese pequeño ecosistema mecánico donde te llaman "acompañante", "familiar", y te reducen a una estructura estanca de la que el personal del hospital se blinda. Eres un resorte para lanzarte frases hechas, consignas de su gremio, respuestas enlatadas con las que ignoran tu reacción: "No podemos facilitarle esa información", "tiene que hablar con su médico", "salga de la habitación un momento, por favor", "ahora le atenderá su enfermera", "no sabemos cuándo se le subirá a planta".

Ayer se infiltraron bacilos hospitalarios en mi cuerpo, al llegar a casa lo he notado. Siento una creciente disipación eléctrica en mis músculos,  un enjambre furioso de diminutas moscas de la fruta detrás de la frente, y una nube de esporas malignas escociéndome los senos paranasales. Me he despertado con esa sensación de desorientación tan típica de levantarse incubando algo. 

Por lo demás el día y la madrugada de ayer fueron un acomodo a los tan bien conocidos momentos de déja vù. Ya sabíamos cómo era la persona aséptica de recepción de las urgencias, las salas nombradas por números donde te hacen el primer reconocimiento, lo brillantemente blancas que son, la actividad frenética que se deja entrever desde el fondo donde se tratan las urgencias, los pasillos semioscuros que engullen los box, la camisola prensada y almidonada que hay que ponerse, la bolsa que contiene la ropa con la que entraste, el saber que eres una persona más, una de muchas que en la tarde-noche de hoy tiene que ingresar en el hospital. 

Conocemos bien lo que es esperar en el box donde entra y sale gente constantemente, donde te preguntan lo mismo una y otra vez; la incomodez de las sillas, congelarse con el aire acondicionado de la habitación, la sensación de esperar durante horas y hacer muchas preguntas que siempre quedan en el aire: "Eso se lo tiene que explicar su médico".

Es una sensación que sería familiar si no tuviera la densidad de un tiempo que se vuelve viscoso, que te incorpora a su naturaleza expansiva, que te retiene durante horas y horas sin avanzar. Sé perfectamente que los kikos de la máquina son duros, que las botellas de agua valen 90 céntimos (pero son más baratas que las de la cafetería); que la gente que está en la sala de espera de familiares te invade con sus conversaciones de móvil sobre la persona enferma, cuánto tiempo llevan ahí esperando, quién tiene que organizar el coche, la casa, los relevos. 

Cuando no sabes dónde mirar se te queda la vista magnetizada a las bolsas de sueros, como si con cada pestañeo cayera una gota más. Cuando te duele el cuerpo de cuadricularlo en la incómoda silla de acompañantes, te levantas y recorres el cuadrilátero obtuso de la habitación para luego concentrar tus músculos y tus huesos de nuevo al espacio inflexible de la silla. 

Es como recorrer el espacio y el tiempo en una correa mecánica que te ha vuelto a llevar al mismo sitio.

sábado, 24 de agosto de 2013

La hyène


La fiebre del cáncer crece, se espesa, retrocede para coger más fuerza en su próxima embestida. En mitad de la noche corre desbocada y escuece al aire que la exhala. No pretende ser lo que no es, sus síntomas son claros y brutales; nunca se disfraza.

Por cada grado de fiebre las pulsaciones incrementan en diez pasos su velocidad. Es fácil hacer la cuenta. Hay que evitar la fiebre a toda costa, el cáncer le produce a mi hermano un ritmo muy elevado de pulsaciones, y sin piedad le recuerda a su corazón la implacabilidad de la cobra. 

La lucidez que te otorga el miedo es afilada y cortante como una navaja. Él está sudando pero la fiebre le hace sentir un frío de escarcha. Mi madre observa y escucha con la atención afinada de un animal siempre pendiente de sus depredadores, con el coraje de las madres cuando una fuerza externa intenta herir a sus retoños; su la mirada alerta preparada para atacar como una pantera de ojos brillantes.

Cuando es de noche la luz en la habitación de un enfermo se tiñe de los claroscuros del silencio, de la precaución. Escucho a mi madre hablarle a mi hermano dulcemente, muy bajito, poniéndole el termómetro de nuevo, ofreciéndole agua, haciéndole tomar paracetamol efervescente, refrescando su frente con una toallita mojada, intentando persuadirle para que se cambie la camiseta empapada. Él siempre tiene puesta la televisión, que escupe un cierto tono azulado en las sombras. 38,8 °C : comienza el juego del ataque y la espera.

Tras una hora la fiebre sólo ha bajado dos décimas. Mi madre vuelve a la cama preocupada y se prepara para levantarse en media hora. Hablo un poco con ella y le voy a buscar un reloj de alarma porque no quiero que esté pendiente de la hora de la radio y no descanse, aunque este descanso sea frugal y desvelado. No quiere que deje encendida la luz de la campana extractora de humos de la cocina para no molestar a mi hermano, y yo no quiero que cada vez que ella se levante andando a ciegas por el pasillo, y encienda los halógenos de la cocina, se deslumbre con su chirriante fogonazo. Los halógenos son la letra dura, la verdad rendida a la crueldad. Me gustaría que la noche se iluminase con luces suaves, murmullos, movimientos lentos que se aliaran a la reflexión, que redujeran la atonía, que revelaran el qué hacer cuando las cosas no marchan; acompañantes quedos y amables de la enfermedad. 

Me gustaría que mi madre durmiese en el dormitorio y no en la habitación pequeña, pero ella quiere estar cerca de él por si le necesita. Tiene el móvil preparado en caso de que él, aún a pesar de estar a escasos metros de distancia, le haga una llamada perdida. Ella es todo oídos, y aún sumida en un estado previo al sueño es capaz de oír cualquier sonido procedente de su habitación. Es como si hubiera desarrollado la audición tridimensional de una ciega y pudiera visionar exactamente los movimientos de mi hermano: si se levanta, si se cae al suelo, si se revuelve en su cama entre alucinaciones febriles que hacen que las sábanas crujan y le ahoguen. 

Cuando finalmente me voy a la cama del dormitorio de mi madre, y le doy un beso tras apagarle la luz con el menor ruido posible, con la esperanza de que descanse unos minutos, veo que hay luz en la cocina; al acercarme mi hermano está de pie cerrando la nevera. Le pregunto si tiene hambre y me responde mascullando algo así como que sólo quería ver qué había. Se lo digo a mi madre y ella se levanta en seguida, con urgencia, como con un resorte que le propulsa el cuerpo de felina hacia él. Se la ve algo más aliviada, porque el que mi hermano tenga hambre es buena señal.

Le hacemos dos filetes y mientras tanto hablamos de cuando mi madre atendía a un asentamiento chabolista con gente gitana en los años ochenta en el sur de Madrid, en una zona llamada equivocadamente La Fortuna. Hay muchas historias que nos hacen reír a las dos. Como cuando mi padre ni corto ni perezoso fue allí a hablar con el patriarca para decirle que cuando quisieran ir a la consulta se les atendería sin ningún problema, tuvieran o no tarjeta sanitaria.

Y la historia de la cabra no la había escuchado antes.

Mi hermano come rápido, con apetito, y pide que vertamos aceite frito sobre los filetes. Cuando termina, mi madre, con una gran sonrisa, me enseña el plato rebañado y brillante, sin una sola miga a la vista de la media barra de pan que se ha comido.

Al medirle la temperatura después de comer, a las dos de la madrugada, la fiebre se va sibilante por la ventana. Desaparece como si volara en la noche, y arrastra el sudor y las alucinaciones. Mi madre seguirá midiéndole la temperatura a mi hermano cada dos horas durante toda la noche porque la hyène es traicionera. 

miércoles, 21 de agosto de 2013

Indianápolis


Antes de bajarme de la cama, pensé: "Esto no va". Luego intenté recordar que cuando me siento así, a menudo el día simplemente remonta, y el mal despertar me parece algo anecdótico, remoto. 

A medida que iban pasando las horas me daba cuenta de todas las equivocaciones que se habían acumulado en este día, y cómo me estaban haciendo pagar por ello. Aún así, he continuado probando esto y lo otro, porque muchas veces sólo necesito mantenerme ocupada y que me salgan los proyectos para evitar esa sensación de vacío y derrota. 

Después me di cuenta de que no tenía comida hecha, y que tampoco podía picar nada. El día estaba bastante roto y no iba a ponerme a cocinar para presenciar cómo se me escapaban las horas como lagartijas delante mío sin haber podido solucionar lo que estaba pasando. Pero el hambre siempre me pone de mal humor y me causa una sensación de ahogo en el pecho. Por supuesto quise salir adelante con un café, qué prisa tenía, y la cafeína simplemente me reforzaba el hambre y me aceleraba sin que las cosas que estaba haciendo tan rápidamente se solucionaran antes o mejor. 

Es más, empecé a sentir que perdía cierta coherencia, aunque la coherencia si no se deja coger la persigo raudamente, con convicción, y la prendo a la pared para que me siga permitiendo llevar a cabo el plan del día, o por lo menos agarrar las situaciones y solucionarlas, y que luego parezca que el día estaba bien planeado.

Comenzaron a salir las cosas, pero aún así no terminaba de estar convencida, además me había entrado la paranoia debido a varios factores y no pude disfrutar del todo lo que estaba haciendo. 

El día se me escapaba entre los dedos, y no terminaba de entender por qué no conseguía tener esa sensación de miedo ordenado, de saber que aunque lo has hecho todo mal o lo has preparado nefastamente todavía es posible recuperar la sensación de valía, de ilusión, de fortaleza. 

Me ha estado picando la cabeza todo el día, y tengo las uñas demasiado largas. La piel también me picaba por el calor y me la rasgaba con las uñas, cosa que no estoy acostumbrada porque las uñas siempre me las corto, y no es lo mismo rascarte de una manera o de otra, la piel no la sigues igual con las uñas que con las yemas. 

Mi lengua tenía un sabor raro, salado, y he estado exprimiendo saliva con ella y los dientes de forma constante, automática, como hacemos en mi familia. Me he estado frotando las cejas y el comienzo del pelo en la frente hasta que me ha entrado dolor de cabeza. Me he pasado todo el día mirando a las pantallas con los ojos apretados, escépticos, achicados; las cejas arrejuntadas y fruncidas, acercándome cada vez más al monitor y sufriendo fotofobia.

El teléfono ha sonado muchas veces; las cosas se han complicado, luego se han arreglado. Sólo he pasado lo justo al teléfono. 

Tuve que irme de casa y salir de mi propio espacio mental, pero donde fui no me calmó lo más mínimo, es más, salí algo cabizbaja y culpable de haber querido huir. Para entonces ya eran las doce de la noche, y parece mentira que sólo fuera hace dos horas. Porque en estas últimas dos horas parece como que poco a poco las cosas recuperaran su rumbo, aunque siga sin tener suficiente comida en la nevera, o mañana pueda ser un día de excesivo calor y ruido. Por ejemplo: se me ha estropeado uno de los ordenadores, como es natural, y estoy arreglándolo ahora mismo con una utilidad de software que espero funcione, aunque no estoy segura. 

Pero el tiempo que no le he podido otorgar a las cosas que me hubieran calmado esta mañana lo estoy utilizando ahora en esas mismas cosas, y me pregunto por qué no me he organizado desde ese despertar malhumorado de esta misma manera, y si mañana volveré a cometer el error de empezar la casa por el tejado por eso de que a veces te gustaría vivir en el tejado. 

domingo, 18 de agosto de 2013

Biónica


Me doy cuenta ahora de que he estado tan ocupada y absorbida estos últimos días exprimiendo mi intelecto con nuevas lecturas apasionantes, que mientras tanto y sin percatarme del todo, una infección viral ha estado atentando con mi equilibrio, y me ha afectado a la musculatura, los nervios de los brazos, los cartílagos de las rodillas, los hombros, los ojos. Sé que es algo contagioso porque mi madre se siente igual.

Intento escribir y me vibran los nervios de los brazos. Pongo los pies en alto encima de la mesa y las rodillas chillan incómodas produciendo un dolor romo y penetrante. Enderezo el cuello tras darme cuenta de que mientras leo lo tengo inclinado hacia un lado, y la rueca del mecanismo que tira de él se tensa y retumba en un escozor que empieza siendo óseo y termina dirigiéndose hacia los ojos como una bengala. Cuando el dolor vibra en algún lado de mi cuerpo, su eco rechina en otro; cualquier movimiento provoca un nuevo desencuentro alojado incómodamente entre tendones, nervios, musculatura y cartílago.

El calor entra y sale de mi cuerpo en pequeños escalofríos ascendentes y descendentes, como fuegos fatuos articulados. Y el estómago se mide en fuerzas con la necesidad del cuerpo de alimentarse, repudiando la comida o montando una algarabía y malestar intenso después de haber comido, causándome pesadillas en mis sueños.

No es el final, lo sé, pero estoy cansada y maltrecha, y las buenas ideas se desdicen con el dolor de cabeza inmenso que me atenaza las sienes y los ojos por las noches. He presenciado con sorpresa cómo he acudido múltiples veces al cajón de las medicinas en busca de paracetamol y lo he consumido. La enfermedad te descentra y te envía a tierra de nadie para que te pierdas esas horas en las que podrían haber pasado muchas cosas que te brindaran las respuestas que esperabas.