miércoles, 21 de agosto de 2013

Indianápolis


Antes de bajarme de la cama, pensé: "Esto no va". Luego intenté recordar que cuando me siento así, a menudo el día simplemente remonta, y el mal despertar me parece algo anecdótico, remoto. 

A medida que iban pasando las horas me daba cuenta de todas las equivocaciones que se habían acumulado en este día, y cómo me estaban haciendo pagar por ello. Aún así, he continuado probando esto y lo otro, porque muchas veces sólo necesito mantenerme ocupada y que me salgan los proyectos para evitar esa sensación de vacío y derrota. 

Después me di cuenta de que no tenía comida hecha, y que tampoco podía picar nada. El día estaba bastante roto y no iba a ponerme a cocinar para presenciar cómo se me escapaban las horas como lagartijas delante mío sin haber podido solucionar lo que estaba pasando. Pero el hambre siempre me pone de mal humor y me causa una sensación de ahogo en el pecho. Por supuesto quise salir adelante con un café, qué prisa tenía, y la cafeína simplemente me reforzaba el hambre y me aceleraba sin que las cosas que estaba haciendo tan rápidamente se solucionaran antes o mejor. 

Es más, empecé a sentir que perdía cierta coherencia, aunque la coherencia si no se deja coger la persigo raudamente, con convicción, y la prendo a la pared para que me siga permitiendo llevar a cabo el plan del día, o por lo menos agarrar las situaciones y solucionarlas, y que luego parezca que el día estaba bien planeado.

Comenzaron a salir las cosas, pero aún así no terminaba de estar convencida, además me había entrado la paranoia debido a varios factores y no pude disfrutar del todo lo que estaba haciendo. 

El día se me escapaba entre los dedos, y no terminaba de entender por qué no conseguía tener esa sensación de miedo ordenado, de saber que aunque lo has hecho todo mal o lo has preparado nefastamente todavía es posible recuperar la sensación de valía, de ilusión, de fortaleza. 

Me ha estado picando la cabeza todo el día, y tengo las uñas demasiado largas. La piel también me picaba por el calor y me la rasgaba con las uñas, cosa que no estoy acostumbrada porque las uñas siempre me las corto, y no es lo mismo rascarte de una manera o de otra, la piel no la sigues igual con las uñas que con las yemas. 

Mi lengua tenía un sabor raro, salado, y he estado exprimiendo saliva con ella y los dientes de forma constante, automática, como hacemos en mi familia. Me he estado frotando las cejas y el comienzo del pelo en la frente hasta que me ha entrado dolor de cabeza. Me he pasado todo el día mirando a las pantallas con los ojos apretados, escépticos, achicados; las cejas arrejuntadas y fruncidas, acercándome cada vez más al monitor y sufriendo fotofobia.

El teléfono ha sonado muchas veces; las cosas se han complicado, luego se han arreglado. Sólo he pasado lo justo al teléfono. 

Tuve que irme de casa y salir de mi propio espacio mental, pero donde fui no me calmó lo más mínimo, es más, salí algo cabizbaja y culpable de haber querido huir. Para entonces ya eran las doce de la noche, y parece mentira que sólo fuera hace dos horas. Porque en estas últimas dos horas parece como que poco a poco las cosas recuperaran su rumbo, aunque siga sin tener suficiente comida en la nevera, o mañana pueda ser un día de excesivo calor y ruido. Por ejemplo: se me ha estropeado uno de los ordenadores, como es natural, y estoy arreglándolo ahora mismo con una utilidad de software que espero funcione, aunque no estoy segura. 

Pero el tiempo que no le he podido otorgar a las cosas que me hubieran calmado esta mañana lo estoy utilizando ahora en esas mismas cosas, y me pregunto por qué no me he organizado desde ese despertar malhumorado de esta misma manera, y si mañana volveré a cometer el error de empezar la casa por el tejado por eso de que a veces te gustaría vivir en el tejado. 

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