Revelaciones
Decides qué armas redentoras utilizar. El sonido del coro en el teatro
griego que se desarrolla en tu mente, las vistas precisas e imaginarias que se
forman en tu retina, el reloj de arena que se decanta por tus venas como si
fueran un alambique, y revive tus recaídas con un grumo solitario de memoria.
Te desprendes de las estructuras verbales que mantienen tu fenomenología mental, tu paisaje
estático arrebolado con señales de humo. A lo lejos corren ríos de vidrio, las
lechuzas se recogen, el rocía se afana por cuajar, el viento redobla sus intrépidos
revolcones con los dientes de león enajenados.
Tengo hambre de música, de la simplicidad e inocencia del lenguaje binario,
de la tertulia literaria, del recogimiento nocturno. Pero un nuevo día se
levanta como un telón de hojalata, y añoro la noche por su unidad, su amplitud,
sus frases hechas y las que quedan por revivir.
No soy un animal diurno, no pertenezco a esa especie que se renueva cada
jornada y forma parte de la estampida urbana. No tengo prisa, no exhibo
movimientos circundantes por el tiempo y su aguja afilada y rectilínea. El
lenguaje nocturno es más sonoro y entronizado en el ambiente, y se mantiene suspendido en
las partículas invisibles del negro compacto, con sus corrientes límpidas de
lucidez que se bañan y refrescan como sombras chinas.
Esta noche retomaré el paisaje recogido y abigarrado de estos umbrales
nocturnos y repasaré con mi mente la trastienda de acontecimientos sucedidos
durante el día, su mordedura en la carne, su inmutable resaca.
Refractaré la luz diurna calada y absorbida por mi cuerpo, y lo haré con un compás
de espera propio, tranquilo y sabio. No sé si lograré plasmar en la pantalla
las constantes interrupciones sinápticas en mi pensamiento o esos vagos erizos
de mar que arrastran el déjà vu como si fuera un racimo o un banco de algas. Por la noche un radiador es un xilófono; un mármol, un espejo; los
autobuses, buques fantasmas; las multitudes, desfiles de piedra. La noche es más
emotiva, más lúcida, más variada que lo que puede caber en un día.
Salta, transpira, escucha, responde, revive y recuadra las líneas convexas
de cielo estrellado y los aullidos de las constelaciones efervescentes. El
futuro empieza aquí. El pasado está anclado en el ritmo pausado que avanza
hasta explosionar en un amanecer radiado y rebosante de energía, como una recién
nacida que mira al mundo con su sabiduría interna e instintiva, tan razonable y
bella.
Las dudas bailan en mi boca como los rastros memoria del sueño retráctil. Rescato
esos pensamientos húmedos en palabras y frases abrumadas. Mis próximos veinte
años de vida se desplegarán en miles de folios encuadernados como una captura de
pantalla infinita. El infinito existe, las trombas de palabra sin dueña, sin
restricciones calculadas mediante la aritmética.
Nada se resiste al ritmo implacable del día excepto las revelaciones irreversibles
de la noche.