viernes, 21 de marzo de 2014

Stendhal Syndrome: give in to the flooding


Yes, I sing her body electric, her passion and doom, her torn blood and light in a vacuum. These comings and goings between the selves. How could I perjure against your favourite writer? Me, who lives immerse in the rapids, the heartbeats of the word and verb and virgo. I thank you for not contesting nor rejecting me for my ignorance about this. My blueprint, my base is my belief in rescuing myself from my memory drifting. I need something alive and burning on the page to shake me and get me out of my constant stupor. An arrow of truth, a speech, a valid ticket to transit towards embodying my alter egos. I have not witnessed enough fear to decide that I'm that person in a parallel world, confronting reality, fighting and ending defeated. My defence strategies are crumbling though as I read. Your books leave me unprotected and expectant.

The calico braids and husk of the words of my new readings shine like the penetrating gaze of the silver fox lost in the urban darkness. The end verb, the nightfall in verse of your books let me discover that I was also blinded, lost after crossing the threshold of the downs, the frontier. I wonder the streets tonight and stop and window gaze in front of closed bookshops. Despite this when I get near yours, I turn around. 

I'm afraid of my inquisitorial delusions, my vagueness as I speak to you. I try to go unnoticed in your bookshop, and zigzag around the floral center that accommodates books that are urgent, those perfectly understated covers, and I head towards the wall shelves, towards safey. I buy your books and take them outside the bookshop, into the street to gather oxygen, to feel the fresh air and stop smelling of new paper pulp, to get their pages intercalated and pressed in the falling rain. 

Verse greengrocers and narrative spiritualists stay outdoors and the night flees. Those who know that books are also written on scraps of paper, words smuggled in jail, over bundles of serpentines, on those exhausted calendars whose pages have been torn and bereft of the endless days and months.

I buy books from the one-eyed man who sells inconceivable literature at one o'clock in the morning. I watch him with a smile of hidden complicity when he suddenly remembers his whereabouts and makes me a list of books that have not sold yet, then sucks his thumb and runs it along their spines (his memory is tactile). His glass eye is pending and chases with stern looks like light beams those book thieves that gather around aimlessly (they are all students), those who skirmish and fuss and leave. 

I relax my shyness instinct and tell him impossible stories and fables, despite retrieving it later when people approach us and I realise that they want to steal my books away from me.

After talking to you I have chosen to browse febrile dystopias that torment me with their violent language cracking the fuselage open and raw. These ideas are pure as the piercing cold in the snow, and writers dump them in literature sprees, widening the spacing of their writings, shooting projectiles as dirty as stained stars falling in their revealing delirium.

Now that you're my bookseller I can not escape. In can't backtrack into the trenches of thought and emotion. You've narrated those poems that I can read in the subway 
without covering the front cover with my fingers, wishing that people read my book over my shoulder instead of pushing my rucksack in unison as they force my body against the metal bars of the train. If they knew what I'm reading they would allow me to travel, to continue my journey as a flaneuresse .

Well, I'm choking on the words, I reflect my gulps on the patina of my coffee, I sink into the couch, and as I read I search for impossible positions to place my body and rest on the page. You are to blame for this.

I took the book you told me about, and let my fears loose; in fact, I forgot them. I wonder why you pushed me in the direction of this dazzling darkness, the misery and desperation and blinding truth of les poètes maudits

Why? Well, I'll have to find out before I am able to get back to you and say something worthwhile ...

La madrugada es hora de vender libros: Carta a mi librera



Querida, 

Te quiero agradecer tu cuidada atención ayer cuando me orientaste, situaste y embadurnaste con aquello que tal vez te inspiré y había errado al buscar. Los libros que amas y que me recomiendas debo leerlos con urgencia, no hay otra manera; así que en mi trayecto de anoche a casa recogí tu poema preferido de nuevo, y también me adentré en las mazmorras de Nâzim Hikmet y Sapienza, sus herrumbres, su pasiones, su perdición y los rasgados de sangre y luz en el vacío. Desde ahora alojaré vivamente en mi memoria mi otro trayecto por tu librería, esas idas y venidas entre los estantes, y tu maravillosa intuición al no rechazar mi ignorancia. ¿Cómo pude perjurar contra tu Goliarda Sapienza y su Art of Joy, yo que vivo inmersa en Djuna Barnes, H.D., Virginia Woolf, Ntozake Shange, Dorothy Parker ...? Bien, cualquier mujer que supera las 500 páginas tiene algo que decirme, algo vivo y ardiente que me sacuda de mi estupor vital. He de decirte que te he traicionado vilmente y que anoche he comprado L'arte della gioia en inglés porque mi vida la traduzco constantemente y mi memoria inglesa de rescata de mi deriva.

Sentí el síndrome de Stendhal al leer a Hikmet, no es extraño cuando encuentras lo buscado o lo que otra persona ha entendido en ti. Una flecha, un discurso, un tránsito de nuevo por mis alter egos (Genet, Quentin Crisp, Djuna Barnes, Romaine Brooks a quienes no leo ni presencio lo suficiente por miedo de haber sido esa persona en otra existencia paralela, quién sabe). Pero ahora me brindas a Hikmet y mis defensas se derrumban. Le leo. Desprotegida y expectante. 

Las flechas y hendiduras en la noche contienen la mirada encendida y penetrante del gato pardo; si lees un libro después del anochecer su magnetismo te ataca, y el famoso virus del lenguaje de Burroughs también torna tus moléculas en portadoras de vaticinios, esclarece el twilight para hechizarte y condenarte a formar parte para siempre de los eslabones de sus cadenas de ADN. El verbo extremo, el verso anochecido, la mirada del zorro también perdido como tú en los bajos fondos de la oscuridad urbana, ciego, extraviado tras traspasar el umbral del parque londinense donde vive, después de cruzar los downs empapados; es él mismo que te empuja a los escaparates de las librerías cerradas. 

Siento decirte que no suelo entrar en librerías. Me abruman, me sacuden, me hacen huir de su energizante ímpetu literario, de las voces que te asaltan al traspasar su umbral. No entiendo a quienes venden libros, y no me suelen entender a mí, a mis delirios inquisitorios, mis vaguedades. Intento pasar desapercibida, y hago zigzag alrededor del centro floral que disponéis siempre para alojar los libros urgentes, y derivo hacia los estantes equilibrados de las paredes. Yo les compro los libros a quienes sacan las librerías a la calle para oxigenarse, a quienes no se cansan de haches intercaladas, prensadas con la lluvia de la calle. A los verduleros de versos y a las espiritistas de la narrativa. A quienes saben que los libros se escriben también en jirones de papel, en asentamientos de serpentinas, y en fajos apretados del borde exhausto de aquellos calendarios que tienen arrancadas todas las hojas de los días y los meses. 

Los compro al hombre tuerto que los vende inconcebiblemente a la una de la madrugada en su puesto trasnochado. Le observo con una sonrisa de complicidad escondida cuando él recuerda y me hace un listado de los libros que todavía no ha vendido, para después chuparse el dedo y recorrerlo por los lomos de los libros de ocasión (su memoria es táctil). Su ojo de cristal está pendiente de los ladrones de libros (todos estudiantes) y sus escaramuzas. Así que mi sorpresa al sentirte cercana me hizo saltarme mi timidez, a pesar de recuperarla a ráfagas después cuando la gente salió y me di cuenta de que no estaba sola contigo y que me querían robar mi libro. 

Hay algo que me atrae en la cárcel relatada por Hikmet y otras literaturas malditas, en las narrativas y las distopias febriles que me atormentan con el lenguaje violento que resquebraja el fuselaje. Transcurrir tiempo en la cárcel y escribir allí en papel higiénico rígido, escribir con las uñas creando relieves en las paredes húmedas en las paredes húmedas que apestan a ceguera y a oscuridad sucia, códigos secretos sin tinta en cintas de papel escaso y escamoteado es en cierto modo un lujo inmerecido y extremo. Normalmente no nos damos cuenta de la prisión que nos rodea en nuestro fuero interno, en el exterior, y quienes viven en la cárcel son perfectamente conscientes de encontrar(se) allí, en una prisión, en cuerpo y alma, formando parte de un enjambre aplastado contra las rejas. Las ideas depuradas que vuelcan en su literatura se extienden por el interlineado de sus escritos, y nos alcanza el proyectil de lluvia de estrellas manchada y sucia con su delirio revelador


Ahora que eres mi librera no puedo escaparme. No hay retaguardia en las trincheras del pensamiento y la emoción. Me has hablado del Pan Desnudo, de Sapienza, de Abdelá Taia, de Chukri, del verso de Hikmet con esos poemas suyos que puedo leer en los vagones de metro sin cubrir la portada con los dedos, ansiando que ojeen el libro por detrás de mi hombro las otras personas que están allí, aquéllas que en mi tránsito por la ciudad subterránea me empujan en unísono la mochila de mi espalda y el cuerpo contra las barras del vagón. Tal vez si leyeran algún verso de mi libro tendrían más piedad y respetarían mi viaje, mi condición de flaneuresse

Bien, me ahogo en la palabra, me reflejo en la pátina del café, me hundo en el sofá y mientras leo busco posturas imposibles. Tú tienes toda la culpa. 

Mañana o el año que viene tal veces descubras por mí a Khadija, a Fátima, a 'A'isha, Halima, Lubaba, Sha'wana, Zuda, Jahanara, Noor. Pero primero tengo que volver al libro del que te hablé y redescubir la literatura de las místicas, santas y descarriadas sufistas. He cogido el libro que te dije que olvidé y ya no le tengo miedo. 

Muchas gracias por tu ayuda y por indicarme el camino de las baldosas amarillas hacia la epifanía y la oscuridad deslumbrante. Quieres que me enardezca con el vacío de Hikmet, Mohamed Chukri y Goliarda, ¿por qué? Bueno, tendré que descubrirlo antes de contarte algo que valga la pena ...

Un abrazo

miércoles, 24 de julio de 2013

Haiku ruido


En Madrid hace demasiado ruido para pensar. Te planteas incluso si es inútil hacerlo. Estamos ante la tiranía del ruido y del músculo y de la voz alta y el altavoz sin interruptor de apagado.

¿O seré yo quien ha subido el volumen?

domingo, 14 de julio de 2013

Juncos



Deja que los libros se tumben en esa dirección sobre las estanterías, como juncos elásticos mecidos por el viento. 

lunes, 6 de mayo de 2013

Claramente

Estoy cansada de que me critiquen con total alevosía. Y es muy fácil saber por qué lo hacen. 

sábado, 4 de mayo de 2013

La nube

Trabajo para existir en mí, y mi esfuerzo me desconcha. Quiero pausar y escribir, y dejar de estar en la nube digital. 

Quiero volver a mi escritura y dedicarle tiempo, mi tiempo, mis impresiones salpicadas de sudor, mis huellas táctiles, lo tangencial, lo imberbe, lo sano.

Ese otro tiempo me desmiembra. Pero espera ... escucha ... tienes que crearte a ti, y a veces convertirte en una figura de piel elástica que habla, que camina, que corre, que conversa y se dinamiza para luego volver hacia ti, sabiendo también que ella es la que eras y quien eres. 

viernes, 7 de septiembre de 2012

Love for sale


La noche esculpe trozos de un pasado cercano. Me intento resguardar de nuevo, pero me siento deshojada. 

Hoy he salido a la calle para comprar unas cosas, y en todas las tiendas, incluso en aquellas en las que no entraba, había música soul en la que se hablaba de amor, y no pude contener la emoción. La música era en inglés, y pensé que nadie más que yo entendía.

Ayer salí a la calle a buscar un cable para mi ordenador que le había prestado a una amiga, y para aprovechar y airearme volví a casa andando. Pasé una tienda donde Septiembre se había fijado en unos colgantes, también me encontré de frente con un cartel en el metro con dirección a Casa de Campo, la estación donde hacía el último transbordo para ir a su casa; y luego andando por Fuencarral y pasando locales cercanos a Chueca me preguntaba si ella estaría en uno de ellos. La calle me recordaba a Septiembre por todas las esquinas. Tuve que huir.

Ayer y hoy volví llorando a casa, y aunque intenté ocuparme con el ordenador, los cables, no pude calmarme. Incluso cuando decidí hacer un poco de ejercicio de rehabilitación para la rodilla en la bicicleta no pude dejar de llorar. 

Ya no sé qué hacer. Me paso todo el día trabajando como una bestia para no pensar en nosotras y darle tiempo al tiempo, y cuando me descuido la emoción me arrasa y de nuevo siento cómo mi corazón me traiciona y se intenta arrancar de cuajo. Al final termino escuchando música y me quita el peso de evacuar mis emociones, y pienso que las personas que escribieron las canciones sabían lo que estoy sintiendo. Si no fuera por la música no sé lo que haría. La letra, las tonalidades, la variedad de matices envuelven mis emociones y las acarician con suavidad, con empatía, navegan por mis sentimientos, los recubren, los conocen, y parece como que me cuidaran.

Me encuentro sola porque parece que en esta sociedad el amor es algo que no tiene mucho valor; es casi como un objeto que se encuentra y se pierde, o que se reemplaza comprando otra unidad igual cuando no te gusta o no les gustas. No sé muy bien de dónde he salido. 

Ayer cuando iba por la calle había muchísima gente, y yo me preguntaba si es verdad lo de las almas gemelas teniendo en cuenta que hay tanta gente por el mundo. 

Pero yo creo en delfines: tras escogerse viven juntos toda la vida. 

domingo, 19 de agosto de 2012

Esperándote


Hoy iba a casa de mi madre en metro, y cuando subía por las escaleras mecánicas al salir, surgió una tromba suave de hojas secas de olmo que venían de la calle. Se acercaban en mi dirección de forma sincopada y alegre, como polvo de estrellas; eran ocho o nueve, y me hicieron pensar en Septiembre. Y al ser propulsadas por el choque contra el borde de la escalera en movimiento, cada una escogió un rumbo diferente hacia el interior del metro. Y cuando desperté del trance de este momento mágico y silencioso ya se me habían escapado casi todas volando por encima mío, jugando al escondite con mi cuerpo, rozando mis brazos, mi espalda. 

Al final intenté concentrarme y me dije que tenía que venir Septiembre a mi encuentro, que si una hoja se posaba en mis manos recuperaría a Septiembre en cuestión de semanas. Al acercarme a las escaleras empedradas de la calle pude atrapar una que planeaba entre los escalones, dispuesta a seguir a las otras. La cogí en esa interrupción de su vuelo, suspendida en el aire, antes de hacer ese último quiebro o arrebolarse.

Ahora la tengo encima de mi mesa. Ella y yo estamos expectantes. Te esperamos.

jueves, 16 de febrero de 2012

Varias vidas en una



Ecosistemas inquietantes, calles que cambian de sitio como porcelanas en busca de estante. Salgo a la calle y mi mundo interno, mi entorno diario epistolar, dramático, cibernético y literario reacciona tras cierta saturación, y me expulsa hacia fuera con una bocanada de vapor caliente. 


Me siento ajena a la dinámica externa durante unos minutos. Tras ellos empiezo a entender la vida en comunidad, los viajes desenmascarados en metro sumergiéndome en un forzado incógnito. 


Me ato a las miradas ajenas que contornean el suelo del vagón; sigo la panorámica del calzado, la acomodación de la pupila a la vista cercana. De cuando en cuando la locución del hombre y la mujer que sale de los altavoces me despierta del trance y aviva mi imaginación, y de forma instintiva giro la cabeza hacia arriba para consultar el mapa de la línea, que ya tengo más o menos memorizado, para por si acaso la serendipity me propulsara una vez más a apearme en la estación equivocada. 


Las paradas se suceden tempranamente y yo estoy en vilo.  

martes, 21 de septiembre de 2010

Visualizar


Estoy en un viaje de metro acalorado con miedo de triturarme las gafas de sol en el bolsillo al estirar los muslos. Un chico rasguea sus piernas al escuchar su ipod, y yo me entreno para el saber urbano.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Gasóleo


Hoy no he conseguido engancharme del todo a la realidad. Me ha vuelto a fallar el combustible. Espero que sea por los antibióticos nada más, o en su mayoría. Me doy cuenta de que todo en la vida son sensaciones y reacciones. Como empezar un tramo de la vida y al adentrarse en él dejar otro.

Como he estado mucho tiempo montando en bicicleta ahora que voy en metro se me hace extraño. Es como ir de vacaciones y encontrar otro aire, exponerte a otro aire. Así es como son los cambios. Sentirte en tu cuerpo de forma diferente, que tu cuerpo sea otro aún dentro del mismo bastidor. Si consiguiera enderezar mi vida para que mi cuerpo se encontrara en otra bocanada de aire aspirado, que mis movimientos fueran salpicados por otro dinamismo, sentiría tal vez esa sincronía, esa sensación de poder respirar, de disfrutar de la vida.

Son momentos rellenos que deslizan el oxígeno.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Indexada


Estoy intentando entronizarme en existencias hechizadas donde el suelo tenga una tensión firme, donde no me hunda sino que me ejemplarice. Donde las vibraciones genitales tengan suficiente resuello para crear un grito quedo y acallado que reverbere en mis piernas, que rectifique mis pies y sus suelas y sus epidermis y hasta la escritura quebrada de mis manos.

Donde pueda encontrar algo de comer sin esfuerzo, donde me identifique con mi propia imagen en el espejo de mi cerebro. Donde pueda subir al exterior en una escalera mecánica que me propulse con gentileza. Donde mis pulmones y mi tráquea no tengan miedo de sentirse atrapados a veces.

No importa, siempre habrá tiempo y ganas de respirar, aunque el alma piense.

6 kg de polvo polivalente


MODO DE EMPLEO:

Quitar el precinto de seguridad.

Te quito el precinto y tu seguridad queda al descubierto. Tal vez sea mejor así.

No apto para tensiones superiores a ...

... observar tu vulnerabilidad, los cambios en el terreno.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Frase dormir


Te planteas que efectivamente estás contenta, feliz con tu vida, pero son esos pequeños momentos de contrabando que te descolocan y te hacen concentrarte en la malignidad del instante: si bajo por estas escaleras mecánicas corriendo... ¿Me caeré y no podré llegar? Si me quito la mochila repleta con la mano derecha en vez de la izquierda... ¿Me volveré a machacarme la muñeca? Si permito a mi madre hablarme de esta manera... ¿Perderé mi identidad? Si no duermo bien y sigo teniendo miedos nocturnos... ¿Estaré descansada por la mañana y podré sobrevivir el día agachada y hundida como una medusa atrapada? Si le permito a ese hombre empujar mi mochila en el metro al salir... ¿Me dolerá el orgullo herido? ¿Seré tonta?

Si me pongo la mochila sobre las rodillas en el metro con el portátil encima... ¿Aplastaré el sombrero bombín de payaso que tanto me costó conseguir? Si no extiendo el cuello lo suficiente para ver la estación a la que hemos llegado... ¿Me pasaré de estación y llegaré tarde y apurada?

Si no hago la maniobra perfecta para ocupar el único asiento libre y sisárselo a esa señora que no es lo suficientemente mayor para agenciárselo... ¿Me pasaré todo el viaje acarreando la mochila y estrujándome las lumbares? Si no camuflo el portátil y hago como si no lo tengo... ¿Me lo robarían de un tirón? Si no me preparo y no me levanto... ¿Se me pasará la estación?

Si me preocupo por todas estas cosas, este montón de cosas... ¿Se me prenderá la ansiedad y finalmente la depresión y se me harán astillas en el centro del tórax?

domingo, 31 de enero de 2010

Insufribles


Con colores planos iluminados por la luz verdosa, deprimente y verde moho de los halógenos del metro. Las certeras líneas de la uniformidad más alienante. El murmullo sordo de las conversaciones que ni te van ni te vienen. La simpleza ramplona de la indiferencia.