Ecosistemas inquietantes, calles que cambian de sitio como porcelanas en busca de estante. Salgo a la calle y mi mundo interno, mi entorno diario epistolar, dramático, cibernético y literario reacciona tras cierta saturación, y me expulsa hacia fuera con una bocanada de vapor caliente.
Me siento ajena a la dinámica externa durante unos minutos. Tras ellos empiezo a entender la vida en comunidad, los viajes desenmascarados en metro sumergiéndome en un forzado incógnito.
Me ato a las miradas ajenas que contornean el suelo del vagón; sigo la panorámica del calzado, la acomodación de la pupila a la vista cercana. De cuando en cuando la locución del hombre y la mujer que sale de los altavoces me despierta del trance y aviva mi imaginación, y de forma instintiva giro la cabeza hacia arriba para consultar el mapa de la línea, que ya tengo más o menos memorizado, para por si acaso la serendipity me propulsara una vez más a apearme en la estación equivocada.
Las paradas se suceden tempranamente y yo estoy en vilo.


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