
Nubes imperfectas, un conglomerado de tornillos y hierro en lo que parece un tejado, pero en el fondo es una entreplanta plana con una cubierta nubosa, se yergue erecto y absorbe programas televisivos para la vecindad.
El paisaje urbano se constituye de cajas mal diseñadas y no captura mi atención. Me acuerdo de los tejados y las terrazas de Ámsterdam y el olor a pastel caliente de manzanas amargas con nata fresca.
Sí, querer estar en otro sitio pero enclavada en éste. Desear estar en otro estado pero infiltrada en éste. Buscar imágenes nuevas sin lograr fijar tu memoria en las demudadas que se te ofrecen en el lugar donde estás y mientras te vas amontonando como el polvo superficial de las playas de las aceras en la calle, sin nada que ofrecerte.
Las toxinas de lo anodino te asaltan indecentemente y te provocan a convertir el domingo en un lugar más acogedor. No siempre lo consigues ¿verdad? y no siempre se debe a otras personas, sino a ti, a tu enervada búsqueda aislada y poco avenida, infrapoblada, sin subrayados, tu postura en retroceso con golpes de carro de tu inestable e incorpórea máquina de escribir ambulante. Tanto vales, tanto sufres.
Inspeccionas los conceptos y no crees que te debas a la melancolía, ni a las ideas migratorias como las bandadas de aves ignotas y despobladas que no están surcando el aire ahora y que por tanto no te inspiran a deforestar tus ideas hechizadas.
La infancia no se repite, pero tu indigestión del presente sí. A veces la vida no te otorga esos momentos perfectos de entrega absoluta al instante, sino que te catapulta a una nada enjuta, histriónica y desnutrida, con el oído afinado de la tuberculosis, y que no te merece la pena revisitar.
domingo, 31 de enero de 2010
Instantes
Publicado por Ssplash a las 16:22
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Minucias

Al encontrar un diente suelto de lactante en el cajón de piezas olvidadas de mi mente, hago historia y rememoro y enumero objetos míticos que se ajuntaban a la imaginación de mi curiosidad infantil.
Mi madre y mi padre se habían marchado y yo recorría con mi vista y mis manos todos los rincones y huecos de la casa. Una vez derramo un bote entero de tinta completamente azul, azul marino oscuro Pelikán, oscuro sin género de duda sobre la moqueta beige claro, recién limpiada del dormitorio luminoso de mi madre donde adoraba investigar. La limpio desesperadamente con leche, el cerco continúa aunque se mezcla con el oscurecimiento del agua mechada sobre las fibras esponjosas de la moqueta recién nueva.
Mi vista intenta por todos los medios excusar la mancha, hacerme pensar que no es tan grave, que no se nota tanto, que mi madre no volverá a enfadarse conmigo por la trastada, pero inmediatamente vuelvo a agobiarme y sentir los temblores del desastre, desear que nunca hubiera ocurrido, que mi torpeza no hubiera causado el cataclismo, que la vida no fuera tan injusta, que se puediera volver atrás por arte de magia, como cuando ibas al puesto verde y pudieras comprar cualquier cosa con tu pequeña fortuna de veinticinco pesetas, esos cinco duros generosos en una moneda oronda y brillante, fruto de tu fortuna de niña, esas cosas que te dan sólo por ser pequeña, por ser hija, sobrina o nieta.
Pero tan sólo los cinco duros te ofrecen una magia verdadera, sólo tu niñez te ofrece el privilegio de imaginar que las cosas no son tan cual y todavía pueden pasar cosas buenas, como que la leche limpie una moqueta y que tu madre no entre en cólera, pero la tinta china es hirientemente real, es un insulto a tu inocencia, te la vas a cargar, lo sabes, y tiemblas cuando oyes el cierre de la puerta y preparas la frase: "Mami, no quería, pero ..."
En el cajón de madera medio rota hay muchas cosas súper interesantes. Primero está la pintura blanca ajada tipo barca de pescador de la parte frontal del cajón, y un tirador redondo con forma de champiñón pequeño, y detrás de él un cabo de vela, un picaporte de metal dorado, unas cerillas sueltas, un olor masticable de hierro viejo, una cuchilla de afeitar con mango de plástico blanco, un trozo de papel de plata amalgamado, lápices de carpintero, doce tornillos (dos pares iguales, ocho sueltos de diverso grosor y longitud), dos finas varillas de metal brillante, el cuerpo de un reloj de muñeca con la cubierta de la esfera transparente crucificada por un golpe seco.
Multitud de pilas AAA, un trozo de jabón verde afilado de los de marcar ropa, un recordatorio de una comunión ya pasada, clips de papel grandes de metal, dos pinzas de madera deslabazadas con el metal por ahí, unos alfileres sueltos, pequeños, que te dan miedo de pincharte, un metro de tela reforzada de naranja oscuro con algunas marcas de centímetros y pulgadas un poco borradas, un bloque de madera cuadrado, la tapa de plata de un salerillo, unas gomas el probablmente del cambio de parquet del salón, gomas elásticas, una muy ancha y varias finas, unos ganchos de plástico de guiar cortinas, un par nuevo de cordones de zapatos con su papel y todo , un botecito de pintura de uñas blanco nácar, unos cascos rotos de walkman, un adaptador de teléfono (sólo la pieza de plástico beige), una ficha solitaria de dominó, un carrete de hilo negro y un sello reciclado de Franco viejo, que todavía no te horripila.
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Insufribles

Con colores planos iluminados por la luz verdosa, deprimente y verde moho de los halógenos del metro. Las certeras líneas de la uniformidad más alienante. El murmullo sordo de las conversaciones que ni te van ni te vienen. La simpleza ramplona de la indiferencia.
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Infibraciones

Seguras, ridículas y poco fieles. Adjetivos consecutivos que reniegan de su propio vacío aislado para convertirse en frases sin vuelo. Renovaciones del vocabulario y sus racimos de dedos pulsátiles. Paseos en el aire y renuncias a la lógica adobada.
Este calor es como una precipitación de lluvia causada por las bajas presiones de la atmófera. Se empuja y levanta hacia los techos falsos de esta oficina. Veo las cabezas encasilladas por encima de las separaciones del mobiliario. El calor lo han respirado todas las cajas torácicas, lo ha transpirado la piel, lo distribuye el movimiento emergente generado por las ondas y frecuencias sonoras y catódicas de los monitores de nuestros reducidos y asignados puestos de trabajo.
También contribuyen al bochorno Los teclados manidos, los cientos de conversaciones telefónicas, las conversaciones de nuestra materia orgánica impactada por la molicie que mantiene en vilo al mercurio del termómetro.
Todo el mundo repite de memoria consignas comerciales poco convincentes, nos escuchamos unos a otras percibiendo las variaciones en el tono nuestra voz mientras nuestros teléfonos lanzan llamadas una tras otra tras la pausa administrativa de la centralita. Absorbemos las conversaciones de colegas de trabajo sin registrarlas en el cerebro. La voz al otro lado de la línea puede centrarnos en un eje que se retuerce y nos acerca a la realidad de nuestro trabajo aquí.
Es una lástima que todas las voces al otro lado del auricular correspondan a uno de los cien patrones únicos ofrecidos por la interpretación de las líneas analógicas de la centralita. Escuchas voces jóvenes, medio graves o tildadas, y te imaginas la persona, pero es la imaginación la que te propulsa a comunicarte. Cuando te sientes biónica paras y te revisas.
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Luz

Hay una luz exfoliante que inunda el aseo del trabajo. Son exactamente las 6:17 de la tarde y el día ha decidido dar de sí, reiterarse en su identidad única, crear tu mundo, recrear tus neuronas en la vibración de la vida, avanzar y alargar el latir cardíaco.
El día emergente se desvía como un cometa en recesión después de dar 360 grados imputándote a terminar y desvestir las horas. Tú eres quien debe finalizar la jornada y creer que habrá un día después del redoblar de la huecos de las almohadas.
No siempre sabes cómo blindar tus miedos, infiltrarte en retirada sin el pugnar del pasado recordándote cómo tu propia vida se desangra día a día sin remisión. Intentas contarte los días no como un número creciente sino como una cuenta atrás donde se te permite vivir y experimentar la vida y no la muerte escondida.
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Grasa

Te recubre el interior del estómago en su superficie inversa. Transita y tal vez se embolsa la estructura del agua que le sigue y crea burbujas que eructan.
Esta bolsa de patatas sobra, las últimas patatas sobran, los recuerdos de sabores que te llenan sobran, la resonancia que refuerza las ganas de comerlas sobra, porque te llena en vano y luego al mezclarse con el vaso de agua te hace sentirte desguazada en un mundo de sal y aceite vegetal que te ensucian la lengua y te filtran la energía vital, como la nata montada en cantidades apreciables.
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Ímpetus

Recorres el borde del escenario antes de que nadie venga a ensayar el estreno. Lo haces de espaldas al telón, palpando la tela como si estuvieras ciega y sintieras vértigo con miedo a caerte en el hueco de la orquesta. No quieres estar en el hueco de la orquesta.
Interiorizas una estrategia que te obliga a desenmascararte, a rebelarte contra tus contradicciones. Estás donde quieres estar y luchas con breves descargas de energía, pero sientes que estás enzarzada en tu propia Babelia, la de tu mente.
Volviendo al proscenio, lo importante es tener algún motivo para regular la frustración, aunque sea de forma escénica, aunque no sea de forma autosuficiente.
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Monstruos

Enfrente hay monstruos, se intercalan en los sueños, dinamitan las columnas que normalmente te sustentan. Hoy he soñado con una salamandra gigante, con un tritón que con ademán humano y destreza de reptil, se había escondido en la casa de mi niñez. Le teníamos miedo, hemos desertado la casa, busco con urgencia un hombre fuerte, casi de circo, con un bate de béisbol, para que apalee y reviente los sesos al monstruo.
Ese monstruo que se esconde me provoca un miedo ancestral. Es un destructor de hogares, un aguacero de humedades en nuestra niñez. Esta noche soñé con él, y sentí de nuevo el pavor de sufrir el escozor de una familia destrozada.
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Raíces

Palabras de honestidades reducidas, casi intermedias, casi inoperantes, casi insípidas, difíciles, reducidas. La creación y la observación van de la mano; será que no estoy del todo tranquila o enraizada, o no me siento con ganas o fuerzas de ver lo que sucede o lo que está sucediendo.
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viernes, 29 de enero de 2010
Meltdown

Me he he tomado un café y algo más para desayunar y me ha sentado fatal. Creo que he comido demasiado y ahora me duele mucho la cabeza y el estómago. Siento resaca tras el tumulto emocional de esta semana. Me siento vulnerable, es verdad, pero también a la defensiva porque parece que me encuentro siempre oscilando entre la caricia y el golpe propinados ambos por mis seres queridos. Es una sensación conocida que se remonta y es muy incómoda. Proviene de la niñez y ahora la veo perpetuada en el carácter español. Esa grosería, ese mal humor, esa forma de ser desagradable sin pensar en los sentimientos de los demás.
Es probablemente una costumbre, una forma de ser inconsciente pero me desequilibra y me hiere porque a menudo no sé si lo que hago tiene alguna incidencia o importancia. Desconozco si mis acciones, mi personalidad, mi manera de expresar mis ideas, mis acciones, mis sentimientos son comprensibles o coherentes para los demás o simplemente pasan desapercibidos o, peor aún, arrollados cuando llega el aguacero de reproches.
Todo esto me crea una sensación de seguridad precaria en un mundo con un envoltorio hostil que me provoca escozor.
Y ahora, tras mis últimos intentos de hablar, de sentir por mí misma, de encontrar coherencia en mis relaciones, me siento destartalada, algo insulsa, conmocionada. Me resulta difícil expresarme o expresar algo sin que me juzguen; no sé si mis esfuerzos por crear relaciones bonitas y regeneradoras simplemente se estancan al ser ignorados, y veo que la soberbia de los demás no tiene límites y aplasta todo si tienes la osada intención de que entiendan lo que están haciendo.
Debería entonar un mea culpa por dejar que la situación llegue a este límite, aunque sinceramente no sé muy bien lo que debería haber hecho ni lo que debo hacer ahora. Estoy sufriendo un shock anafiláctico debido a la toxicidad que ha desbordado a mi organismo.
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jueves, 28 de enero de 2010
K.O.

Me gustaría poder llamar por teléfono algún día y que las personas de mi familia o aquellas que trato con frecuencia estuvieran de buen humor.
Me encuentro con que la gente a mi alrededor tiene problemas para comunicarse y calmarse cuando están bajo presión, y es como si una cortina de fealdad les impregnara y les cubriera de negatividad.
Yo en esos momentos debería alejarme porque voy a decidir rendirme incluso antes de que me lancen el primer golpe. O sea que hoy he decidido hacer lo que me hace sentirme bien. Hoy es mi día para reconstruirme, porque esta semana ha estado colmada de incertidumbres y momentos restañados; y, la verdad, ya a jueves parece que no va a ser fácil reequilibrarme completamente (si sigo el calendario romano y creo que el lunes es el comienzo de algo, y que la vida se trasiega de siete en siete (peldaños)
Hoy hubiera escrito algo inmediatamente tras levantarme, pero estaba obcecada con el wash and go de casa de I.B. para encender mi día. Creo que voy a seguir tuneando el Jornada porque al fin y al cabo es mi terapia. No tengo forma de explicarme esta obsesión de forma intelectual. Supongo que es una forma como otra cualquiera de evadirse y subir la serotonina a cachitos consiguiendo logros pequeños con el troubleshooting de mis ordenadores.
Hoy estoy sin móvil porque se me olvidó anoche en casa de mi hermana después de dedicar una mañana entera a arreglar su ordenador, y tras verla tan cansada cuidar toda la tarde/noche de mi sobrino mientras ella dormía un poquito y se relajaba. Sí, es cierto que le he reprochado que no se plantease siquiera el acercármelo. Siempre soy yo la que tiene la obligación de andarme con unos trajines de la leche e ir de un lado a otro. Y todo el mundo sabe lo que me cuesta ir en el p... autobús a Majadahonda. No me van a poder contactar sin móvil, y lo peor es que I.B. dice que es normal: que yo no quiero que me contacte nadie, que quiero estar en mi mundo, pasar un poquillo, escaquearme, escaparme, esconderme, invisibilizarme, en fin, pasar el umbral del 2010 teletransportándome con una nube de azufre de camuflaje a alguna lejana dimensión donde los almanaques son papel mojado, donde ni con salvas pudieran encontrar mi escondrijo, donde todas las redes de nylon del mundo perfectas para la caza y captura ni lanzadas desde helicópteros por el avieso ejército de EE.UU. al mando del comandante Patton pudieran seguirme el rastro. Imagino que algo así tan difícil como ganar la guerra de Afganistán en ruso o bushoninano. Joder, no estaría mal, pero la cosa es que no es verdad, y me duele. Casi siempre estoy cerca y de buena disposición, pero parece que mi tiempo no vale ni un ochavo. Cuanto más disponible estoy más se queja todo Cristo viviente. ¿Por qué será?
Tendré que volver a ser la suricata a la que se ha condenado con el edicto de búsqueda y reward.
Me doy cuenta de que las cosas que hago son interpretadas a veces con tal dureza que el castigo se vuelve eterno: porque claro como tú .... (repítase hasta la saciedad). Te pueden andar reprochando lo mismo sin parar durante TODO el tiempo del mundo. Total: tienen tiempo. Esto me cansa mucho, pero es sin duda una terapia de choque y desgaste muy efectiva. Me recuerda a la que usaban mi padre y mi madre; ese constante reprochar, parecía que el estar bien o feliz se trataba únicamente de un breve armisticio en la inmensidad del océano de tu impertinente vida infantil.
Volviendo al móvil de los cojones, a mi hermana no se le ha ocurrido nada más ni nada menos que coger el autobús hasta Madrid hasta la sierra llevando el móvil (tan embarazadísima de seis meses como está) y dejarlo en el ascensor de la casa de mi madre. Porque claro, como es sabido yo tengo todo el tiempo del mundo para ir recogiendo mis cosas donde otras personas deciden dejarlas. Mi tiempo no vale nada, pero es que ahora parece que yo ni siquiera tengo casa o derecho a que mis cosas vayan a parar ¡a mi casa! Y recibo un mail, porque claro ¿para qué está el teléfono fijo?, en el que me dice que "estaré contenta" y que mi móvil ha sido despachado. Todo normal hasta ahora.
La estrategia ha variado, ahora se me está intentando hacer sentir mal porque lo que hago, de todas formas, no vale un ochavo (como mi tiempo, atención), y mis intereses no son propiciar el bienestar de los demás. Estooo ... a ver: no dedico mi tiempo para ayudar a los demás (madre, padre, hermano, sobrino, etc) sino realmente para sentirme bien haciéndoles sentir mal por no agradecerme las cosas, con lo cual en realidad lo que pretendo es cabrear a todo el mundo, hacerles la vida imposible en esas correrías, favores y encargos kilométricos jamás llevados a cabo hasta ahora que me encargan sin rubor, todo porque lo hago para fastidiar ... claro está.
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Rádix

Trillo los rellanos, laboro la tierra con desesperada desgana, arrancando millones de átomos con las uñas, buscando las protuberancias de las raíces perdidas. A veces hay que esperar a que se cocinen las salmueras y vibre la salvia.
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Parteners

El entorno es de un gris manchado, como el interior de algo cóncavo y roto. Pero no roto porque no sirva para nada, que casi todo sirve, casi cualquier pieza me sirve para mirarla y remirarla y pensar un lugar, un engranaje, un sitio para ella, o tal vez un escondite en mis cajas de trozos de mundo que utilizo para repararme.
Me cambio de envase y todo sigue siendo imperfecto, como algo tan pesado que no puedes levantar. Miras a tu alrededor en busca de pistas, de aperturas, de sincronismos, piensas en las ilusiones que te almibaraban hace un par de cientos de minutos.
"Este tren no admite viajeros". Pero está lleno.
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Y ya

Transeúntes intransigentes, atenazados por los tiempos y entretelas. Insuperables y sopesadas razones de ser.
Insípidas mandarinas.
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Estoy en el autobús a Majadahonda, trayecto que sufro con indignación corporal. No me gusta, me aliena, y debería encontrar el por qué de tan tremendo rechazo ... Supongo que son las vueltas ignominiosas que da por toda la zona, tragándose la totalidad de Pozuelo y haciéndome perder el tiempo con lo que parecen cientos de urbanizaciones y rotondas. El ruido del motor de gasóleo, sus constantes empellones que propulsan mi estómago hacia mis costados, en zig zag, apretándome el abdomen hacia arriba, son un tormento para mi cuerpo, y probablemente no podré salir de ésta airosamente.
Esta mañana he tardado casi una hora y media en publicar una pequeña entrada en el blog porque el Jornada no daba de sí con rapidez en internet. Ya tengo clara la sistemática para no dormirme entre carga de página y reseteos.
Hoy me he levantado con I.B. y he desayunado con ella en medio de su usual rapidez y urgencias matutinas. Por mi lado he estado muy contenta de estar con ella aquellos escasos 55 minutos, y despertarme pronto sin demasiado sueño, gracias a la siestecita que me tomé a las 7:30PM de ayer. Me viene muy bien dormirme un poco antes de cansarme demasiado por la noche. Voy a intentar crear un hábito cuando sospeche que a partir de las 8PM lo único que voy a querer va a ser esperar el momento glorioso de dormirme. Supongo que cuando estoy tan derrotada hay algo en mi organismo que no da más de sí, y el dormir un poco me estimula o tal vez hace creer al cuerpo que de alguna forma ha empezado un nuevo despertar. No creo que sea normal el tener tanto sueño por las tardes, me recuerda a los tiempos del instituto, cuando después de comer, cuando oscurecía a las cuatro me pegaba las siestas del marajá.
Por ahora sobrevivo el trayecto; supongo que en el fondo me estoy mareando, y estoy alerta al más mínimo movimiento del autobús cuando se zampa una curva para que mi Jornada no se vuelque. No me importa escribir cosas insustanciales, tan sólo quiero sentir que paso el tiempo entre letras.
Tengo calor con el plumas, me voy a quitar la bufanda. Creo que mis muñecas se resienten ligeramente por la posición constreñida de los brazos y la tensión que hago con la bolsa para crear la ilusión de una conjunción anatómica, pero es mejor que luchar contra el embriagador olor a gases de gasóleo que se filtra por el aire acondicionado.
El paisaje es anodino: carretera, dongs del timbre de parada, curvas de una tonelada de peso. Es el típico viaje que no ilusiona, que aburre, que te haría aficionada a la radio si se pudiera sintonizar, siempre y cuando seas tú quien lo haga y no tu conductor.
Me gustaría poder escribir algo machadiano sobre Somosaguas, Pozuelo, Majadahonda o Las Rozas, pero sólo se me ocurre mencionar lo bien que me sentarían unas patatas del McDonalds ahora mismo en Mc Car. Me bajarían el bolo abdominal y crearían la somnolencia de sentidos perfecta para olvidarme del trayecto y de este eléctrico dolor de cabeza.
Tengo que preparar un taller sobre creatividad que voy a dar en febrero. Estamos a quince días y debo ponerme las pilas. No hay nada mejor para hacerlo que explorar el origen de mi propia. creatividad. Cómo surge, cómo estimularla, cómo encontrar sus claves y conservarlas en su estuche para siempre.
Desde que empecé a escribir este blog en mayo del 2008 he sido bastante consciente de sus andaduras y retos, de mis oleadas de improvisación, de mi búsqueda por la palabra concreta o metafórica, de mis símbolos, de mis repeticiones en esencia y mis obsesiones concéntricas. He sobrevivido al rechazo que me suponían mis propias y aburridas declaraciones de principios, y he registrado fielmente lo que se me pasaba por la cabeza como estrategia de búsqueda de la libertad y el desarrolo personal. George Steiner me dio las claves: nunca te sientas culpable de tu percibida mediocridad de lo que creas, porque es donde te encuentras en este momento y has de respetarlo.
La velocidad a la que asciende este dolor de cabeza y las náuseas que me produce este autobús me obligan a parar por ahora. No podría ser sereno ni hacer las rondas, I'm afraid.
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miércoles, 27 de enero de 2010
Paralelismos

Al escribir es tan importante el sitio, el momento, como el mero acto de hacerlo. Tengo sólo unos minutos esta mañana antes de ponerme en movimiento; en realidad el día acaba de empezar. Las primeras impresiones no están formadas todavía para plasmarlas en palabras porque la costumbre de plasmarme no la he gestionado bien en estos días.
Podría contarme muchas cosas, pero probablemente a nivel del subconsciente no estoy sintonizada con ese otro lado completamente libre de mi persona. He estado trasteando con mi Jornada, el pequeño ordenador, para poder escribir en cualquier lado, y la compulsión de escribir se ha convertido en algo casi utilitarista que ha perdido momentáneamente su expresividad.
Todo es más lento para su renovado arranque, al no encontrar la facilidad de hace unos días no he localizado el momento para dedicarme correctamente a escribir.
Le he dado vueltas y al final he llegado a la conclusión de que lo que quiero es simplemente aplicarme y no darle tanta importancia a la creatividad florida, sino al mero arte de digitalizar con las yemas de mis dedos esa realidad que para mí es más potente que las causalidades, las decisiones forzadas del día a día, la continuidad del pensamiento acorde a leyes ajenas, la constante comparación ilusoria entre las reglas transpirables de una ciudad poco iluminada sensorial y pensativamente como Madrid.
Mi prima canadiense-haitiana me comentó una vez que yo vivo una realidad paralela, y es cierto, claro. Pero no quiero obsesionarme con eso, es ridículo, hay que vivirla y ya está. Sumergirse en ella y no hacer estandarte, no rizarla contra los bordes del contacto con la realidad social, no pelotearse con lo formal, el vacío impersonal.
Aunque es en lo cotidiano de mi correlación y paralelismo con aquello que me rodea que probablemente me encuentro a mí misma, sin necesidad de esforzarme.
martes, 26 de enero de 2010
Comfort zone

Estoy en el coche de mi madre esperando a que vuelva de hacer unas gestiones. Son las doce de la mañana e intento despejarme. Qué pena no encontrarme cerca de una zona wifi. Escaneo para ver si pillo alguna red pero no parece posible. Hoy es mi día de ayudar a mi madre, y espero aprovechar para escribir, volver a una normalidad de ánimo, en ello estoy.
Tal vez debería escanear mi mente en busca de una señal para encontrarme, sanarme, tranquilizarme.
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Como siempre

Hay veces que te gustaría que las cosas fueran como siempre. Pero no como hace años sino como hace semanas o meses o días.
Tan sólo como si fuese hace días me conformaría. Cuando tenía algo de control sobre lo que hacía, o decía, o por lo menos cierta sensación de continuidad. Hay veces que luchas públicamente para conseguir lo que quieres, y de repente la habitación se ventila y tú has perdido tu emplazamiento, se apagan las luces y te encuentras a ti misma en otro lugar, ha pasado una hora y no te acuerdas en qué has ocupado el tiempo, pero el tiempo te ha cambiado. Algo habrás hecho porque te has desplazado, y ya no sientes que todo sea lo mismo. Las cosas han cambiado y ni siquiera has sido consciente de ello hasta ahora.
Me levanto esta mañana y consigo extraer unos cuantos pensamientos de mi cerebro en la ducha, y me doy cuenta de que no tengo todos los sentidos activados, y tal vez ése sea un momento perfecto para escribir, no lo sé. Se supone que escribimos aguzando los sentidos pero dejando atrás la lógica del día a día. Pero es verdad que la vorágine de las obligaciones, los ires y venires, a veces te estampan y te cuajan y te desamparan y al final no escribes y no te cuentas a ti misma lo que ocurre, porque no lo sabes ni siquiera tú.
Sé que he abierto las puertas del sotanillo del buque, donde entra y sale el agua, a la entrada de más oxígeno. Me estoy relacionando con más gente, intento hacer planes para no aislarme del todo. Y de repente aparece ese imperceptible clic que lo cambia todo, un toquecito que te desplaza. Y tengo ganas de volver, pero creo que no he guardado el ticket de la devolución ...
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Haciendo aguas

Cada vez que intento escribir algo después de un periodo de resaca física o existencial parece que he perdido las claves para hacerlo. Me acuerdo de cómo lo hacía, pero no sé si sigo siendo la misma. Todo sucede de forma vertiginosa y de repente mi estado de ánimo cambia y pierdo el sincronismo.
Me levanto tras un sueño agitadísimo con sensación de cansancio y sé que no se disipará fácilmente. Normalmente esto me pasa cuando me duele el estómago. Entonces el día avanza, y si la sensación de abotargamiento no se disipa eso quiere decir que is here to stay. Y esto es lo que ha estado pasando estos días.
La semana pasada estaba súper energética y las cosas que hacía no me resultaban difíciles; el ir y venir tampoco era un gravamen. Me sentía como un gato elástico que se movía ajetreadamente en su ambiente. Entonces llegó el viernes ... Supongo que todo tiene su génesis, seguro que no el quid de la cuestión no es tan misterioso como parece, pero no sé cuáles son las claves porque en su momento no previne esta situación ya que no la vi venir.
De todas formas veo cómo estoy de nuevo saliendo de esta. Creo que fue el viernes cuando se disparó la alarma. Pero ya estoy mejor. Mañana será otro día.
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sábado, 23 de enero de 2010
Vigilias

Al final el día no ha dado mucho de sí, he conseguido hacer un paquete con lazo de él, pero no le he sacado el jugo. No me ha sido posible.
Debería doblegarme y aceptar el hecho de que casi todas las cosas me llevan aproximadamente 3 horas, a pesar de lo que corra, salte o aprenda arameo. No quiero echar la culpa a mi madre, pero mis conversaciones con ella han sido bastante estériles, un foco de negatividad importante. Luego he visto que el tiempo es muy inestable. Afecta a todo el mundo.
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jueves, 21 de enero de 2010
The hills are alive

Empañados los cristales del raciocinio con las prisas, claro. Extirpándome del cascarón y buscando rehenes y coartadas para salir del paso airosa. Es el comienzo de un nuevo día, pero todo el mundo ya se ha tomado su café y tiene sus pensamientos revueltos al ritmo de la albúmina.
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Almohada 2
Discusión

Son palabras lanzadas al viento como dagas prehistóricas. Cortan la piel, jalonan el aire de sustancias maleadas, de bilis tóxicas. Son los gritos de los aledaños de la ira, de la piedra semi-preciosa que no pudo ser noble. Son sonidos que maúllan y cosen y cardan los labios atravesados por pespuntes sangrientos de rabia.
Son las discusiones que quieren herir y herirte.
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Sinrazones

Yo me identifico con mis sueños, aunque sufra y me hiera y me caiga, y a veces me asesinen. Porque no estoy aquí.
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Caras, rostros, sillas

Qué verán otras personas en tu rostro. A veces me gustaría qué expresan mis hendiduras, mis ojos color miel caliente, mi piel. ¿Qué pensará la gente al verme?
Horas pérfidas para viajar. Mi letra no es redonda, está llena de rastrojos y formas acabadas al alza de un grafismo acelerado.
Existe una belleza suma que es la de coincidir con los rostros de los demás. Antes del verbalismo el ser humano se comunicaba consigo mismo y las otras personas seguían su mensaje integral, sin refinar, sin embellecer, pero con pleno sentido. En mi rostro existe algo donde el entendimiento de los demás se acomoda.
Yo me considero hecha de materia prima escrita, de pulpa de papel, y cada vez me identifico menos con mi cuerpo.
Me pregunto si mi sobrino, el bebé se encuentra a sí mismo al ver su mirada reflejada en el espejo.
Identificarse con la corporalidad es como resguardarse en lo enigmático.
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El momento perdido, caliente

En una taza de té y un líquido ámbar resguardado y caliente. El momento pende de la condensación y el instante en que se produzca.
Hay veces que tu momento no coincide con el de los demás. O sí lo hace, pero de forma marginal. Alguien cuenta el tiempo desde que se levanta a las siete de la mañana y su ritmo pertenece a esa franja horaria. Tú te debates entre el significado del día desde que tu promesa de hacer algo por alguien al mediodía se tambalea peligrosamente al acercarse la hora después de haberte levantado tarde porque haberte acostado de madrugada debido a un fuerte dolor de estómago que ha ascendido a congestión nasal.
Has soñado sobre transfusiones de sangre. Es un sueño potente que latía con el bombeo del bolo de tu digestión y la pesadez del flanco de tus ovarios. Quieres sentirte viva, pero a veces te agarras al sueño porque te vivifica, carga tu cerebro con programas de paisajes y sensaciones intensas que casi se acercan a ser pensamientos.
Al levantarte mantienes el abdomen en vilo, como una saca de correos mal repartida, como el ansia de tu amada, que grita porque ya no te conoce, porque no te ve lo suficiente.
Hoy hay que orquestrar el día y otorgarle un significado. Te has mirado al espejo, has sentido tu cuerpo, y la molicie marcada por el dolor de estómago y la consiguiente congestión de cabeza no te da tregua.
Sabes que tu día ha amanecido complicado por las prisas y las ansias de otras personas. Pero es que tú no compartes su franja horaria.
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Híper ventilación

El corazón resabiado no vale nada, pero el cerebro muerto de sueño es una piltrafilla. Se me repite el ritmo de los vagones de metro de forma aburrida, sin placer. Las bolsas de los lados llenos de servilletas de Ikea para mi madre.
Es la segunda vez que le compro ropa a mi padre, y me sorprende ser rata con el dinero. Es que no quiero pensar mucho en ello, y me planteo pillar ropa que se seque rápìdamente. Qué extraño comprarle ropa a tu padre.
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Cold

Este invierno me paso todo el rato congelada. Mi cuerpo está generando energía como puede, pero mi calefacción interna está escacharrada. No sé qué hacer, tengo menos frío en la calle que en casa. Y los fríos bancos del acero del metro me van a provocar cistitis crónica o algo peor si se me pasa sentarme sin tirar del faldón del plumas para evitar su fría superficie.
Estoy un poco desesperada con este tema, pero espero que la cosa mejore pronto porque es muy cansado tener frío todo el tiempo.
Hoy hay posibilidades de que llegue el teléfono y pronto mis vitaminas y nootrópicos cerebrales. Supongo que me vendrán bien para recargar el soma.
Voy intentar recuperar material literario desaparecido en combate. Llevo dos semanas intentando conseguir que aparezca el archivo del blog que se zampó el pc del trabajo. Pero tiene que venir el informático porque yo no tengo acceso de administrador. Y tiene que querer hacerlo también, que esa es otra.
Me siento, y si no escribo no soy yo sin mis ideas ni ocurrencias. La línea continua para espabilar el subconsciente y seguir creándome como persona se debilita.
Intento tener contenta a mi madre, que ya no puede más con mi padre. Ya no puede más.
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Missing

I.B. está desesperada, necesita que le envíe mensajes, que esté localizable. Parece que me resisto a que me vean cuando desaparezco. He llegado a querer que todo el mundo estuviera de vacaciones. Pero ahora de repente me apetece ser una parte fundamental de la vida de mis personas queridas e impongo mi presencia con toda la energía recolectada en estos meses sin contacto.
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Cacharris

Estoy recuperando mi energía lentamente desde que no como lácteos ni trigo. Estoy intentando adaptarme a una vida con leche de soja, pero la verdad es que a veces me da arcadas. Quiero escribir por la mañana y no lo estoy haciendo porque me levanto como si una plancha me hubiera escalfado la cabeza y luego no encuentro tiempo porque parece que me dedico a prepararme a escribir.
Llevo un mes esperando a que llegue mi móvil de Singapur (via eBay), y está tardando tanto que parece que en vez de allí viene de Saturno. No estoy localizable y esto está poniendo muy nerviosa a mucha gente, y luego me llega a mí el turno de ponerme nerviosa. He encontrado una tienda maravillosa con aparatos con todo tipo de cables, teclados, pantallas y entresijos internos de piezas vistosas y arcaicas, y hoy le he preguntado al dueño si ltenía mi teléfono (de recambio, porque ya va por el cuarto). Si lo llego a saber me paso por allí antes, porque sí lo tenía. Y desde que ayudé un día a un señor mayor a visionar el vídeo grabado en su cámara mpeg (por qué la gente graba en mpeg nunca lo sabré) el dueño de la tienda me tiene cariño.
Su tienda es fabulosa, el típico sitio donde me perdería si de hecho se pudiera abrir la puerta del todo, porque los maravillosos objetos se amontonan unos contra otros, encima de los unos, a un lado de los otros hasta llegar al techo y copar toda la tienda como una montaña de piezas de dominó animadas de lado a lado y de cuadrilátero a cuadrilátero. Yo pensé que era posible encontrar tiendas así sólo de tornillos y piezas metálicas, en Madrid he visto alguna que otra. Y entiendo a los propietarios: para qué arreglar algo que tiene su orden cuando recuerdas perfectamente donde están las cosas. Si algo ha durado lo suficiente para llegar ahí de segunda mano, de cuarta mano, mejor aguantará el peso de treinta kilos de aparatos encima suyo.
Me encantan, me encantan los sitios así, y el dueño, Javier, es un tío cojonudo, no es un viejo como suele ser en estos casos, es algo mayor que yo con una sonrisa súper dulce y una mirada de locuelo rizando algunos de sus bucles en el pelo canoso. Tiene anteojos, porque no son gafas, son anteojos, y está siempre al teléfono. No tiene mostrador, cuando llamas a la puerta siempre está hablando con tíos que llevan bolsas tipo viajes Ecuador, con las espaldas forradas de pana o pertrechados de chaquetas impermeables de pescar, intentando encontrar una ganga en medio de esa cacharrería o que le arreglen sus aparatos electrónicos carpetovetónicos. Javier sale de entre las montañas de objetos reciclados y se espera que le pidas cualquier cosa o que le preguntes algo: un móvil, un reproductor VHS o Betamax, un monitor de ordenador, una grabadora de cassettes, un tocadiscos, un cargador de batería, máquinas de escribir, cosas Philips, Samsung, Motorola, Nokia, Dell, HP, Brother y además marcas nacionales que no recuerdo.
Es un sitio fantástico en el que me quedaría miles de años.
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martes, 19 de enero de 2010
Tarde

Estoy sintiéndome un poco desplazada porque llevo un par de noches acostándome a las ocho de la mañana. Tengo los ojos secos y estoy en ayunas. Debido a líos informáticos no consigo sentarme a escribir como debería. Esta noche he estado trabajando pero no he conseguido centrarme a gusto, no he conseguido sentarme a gusto ni sentirme a gusto. Sé que estoy en la antesala de un buen trabajo.
Esta mañana (tarde) me he levantado de buen humor, como si hubiera gastado un día, aunque no sea verdad. Tengo que mirar las últimas películas que me he bajado e intentar verlas, porque llevo semanas intentando volver a mi perdida rutina de utilizar el tiempo para así poder escribir y no termino de conseguirlo.
Como siempre el tiempo se me antoja como un tejido de lana compacta que se va tejiendo y que me ayuda a aislarme del mundo y entrar en mí para luego volver a comunicarme de forma satisfactoria. Pero estoy intentando recobrarme a quien era en abril del 2009, con mi trabajo literario urdiéndose de forma diara, el entendimiento de los de los bastidores de detrás de mi subconsciente más entero, cuando el mundo me sabía a tostada crujiente, y todavía no lo he conseguido.
He escrito sí, sin parar, aunque las idas y venidas en metro no han sido tan fructíferas porque tras ello no he podido pasar el material de inmediato al blog y sellarlo en mi memoria.
Noto que la química de mi cabeza no es la misma, y aunque intento adaptarme a ella veo por ejemplo que tengo más frío en el cuerpo que el año pasado, aunque estoy más fuerte ... Que tengo más ansiedad, aunque lo veo todo más claro, que me importa más lo que la gente cercana piense de mí porque veo que solicitan mi atención y nunca están colmadas. Aunque sea más independiente, y ahora viene la niña. La niña de mi hermana, a quien llamamos cariñosamente bebé, a quien su influjo de maternidad total eleva todos los ambientes.
Llevo escribiendo en mi cabeza desde hace meses, a veces escribo y otras no. Me da una pereza increíble pasar este material al ordenador. He enganchado la sensación de vacío de un lado a otro, en el metro con un fardo pesado y cansino a escribir en mi Moleskine, como siempre, espero que esto pase relativamente pronto.
Luz

No hay casi siquiera retroceso. Es un empuje certero, de redoble perfeccionado y fueros sensibles. No repite ración, es cristasolado y ensoñador. Muy pronto, se deberá recoger con mucho cuidado y mucho tiempo.
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El menú

Mi padre me hizo acompañarle a un bar sucio y poco amistoso. Preguntó por el menú y ya se había hecho tarde; nos fuimos. Debería haberme dado cuenta de que algo pasaba. Un hombre de restaurantes buenos, clubs VIPS, viajes internacionales ... Debería haber sabido que el Alzheimer iba avanzando.
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Portería

Antes de que se muriera mi portero lo vi allí, sentado a la puerta de mi antigua casa. Debería decir que es muy raro pensar que se puede morir tu portero, porque un portero parece estar siempre allí, como un cancerbero en su caseta. Él vivía en la planta baja oscura con las escaleras empinadas, bajo el patio húmedo donde se perdían las pelotas de juegos, las pinzas de la ropa, y los juguetes que tirábamos aposta al vacío. Vivía con una madre anciana, viuda, de pueblo y de negro, y ella sí tenía pinta de morirse, pero de no morirse nunca.
Era mi territorio Erizo, aunque mi familia nunca me otorgó tanta credibilidad como a la otra Paloma.
Acabo de pasar por mi antigua casa, he logrado subir. Ver el portal de mi infancia, el ascensor, no me acordaba que fuera tan pequeño !Si cabíamos cuatro más mi madre! Ya no sé si quiero comprar la casa, se me ha pegado a la piel el sudor de las paredes, las palabras vertidas, los recuerdos. No sentí nostalgia de habernos mudado; ha sido importante pasar por allí, porque antes cada vez que pasaba por delante del portal pensaba que quería vivir allí de nuevo. Al llegar se me hizo todo bastante pequeño: el ascensor, las escaleras, el patio.
Mi portero se encerraba en su garita y nos deprimíamos al ver que ponían toros, o fútbol, y no podíamos ver los dibujos. Era bruto pero sonreía y nos subía las bicicletas en andas. Siempre olía a chatos de vino y volvía chisposo del bar de al lado después de su trabajo. Su hermana estaba amargada y tenía el colmillo retorcido, y fue grosera con mi madre. Él fue débil, y perdió la confianza de mi familia. No le saludamos más al marcharnos. Yo sólo le vi una vez cuando pasé por ahí. Le pregunté con nerviosismo cómo estaba. Más tarde me enteré de que había muerto. Es extraño, los viejos porteros nunca mueren.
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Mi vida de jarrones chinos

Mi tío abuelo andaba por la calle un día y encontró un jarrón chino enorme y hecho pedazos en un saco de tela de saco marrón. Cuando se jubiló, muchos años más tarde lo restauró.
Mi vida está llena de jarrones chinos.
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Mimosa

Con mi Jornada customised pierdo el sedoso tacto de la superficialidad del 2.0 del 2.1 y me encuentro en territorio IBM inspired. Just me.
Terapia: Desde las 9 de la noche hasta las 5:30 de la tarde del día siguiente me he dedicado a configurar mi PDA Hand Held PC, el HP Jornada. Supongo que este tipo de explosión compulsiva y mantenida es muy difícil que la gente la comprenda. Pero era algo que quería hacer y lo hice. Lo hice.
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Imágenes

Me he dado cuenta de que prefiero los entornos gráficos y accesibles cuando tengo que escribir y navegar para tener información. Por ejemplo, prefiero simplemente tener toda la mañana para hacer algo, pero que nadie me obsesione por completarlo, llegar a ello, que no me funcionen las prisas en el cerebro
Fundamentalmente me movilizo más por compulsión que por obligación. Supongo que mi compulsión es mi obligación vital. Cómo remiendo mis ansias de vivir, de empaquetar esas horas entre la vigilia y el sueño. El ADN de mi antepasados del siglo XIX donde el tiempo era oro, pero oro jalonado por espejos domésticos que te reflejan las cotidianas costumbres, se me antoja que de corporalidad proustiana. El ADN me hace transcurrir el tiempo despacio, pero en vertiginoso Carpe Díem. Como en un sueño vivido, donde lo último que te preocupa es despertarte.
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Escribir

Llevaba muchos meses enlazando una idea con otra. Y ahora tengo que cazarlas al vuelo. Hasta que vuelva a darles prioridad para sacar rebanadas del tiempo y lo consiga rebautizar. Me paso el tiempo persiguiendo las horas y descifrando enigmas, y con esos vericuetos trans-vivo repercutiendo seriamente en la fruición con la que lo vivo, y el dinamismo de mis transiciones.
Estoy en movimiento constantemente, echo de menos el moverme cuando estoy quieta. Pero no puedo gestionar bien el tiempo cuando hay plazas. Necesito pensar que voy a fluir.
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Wake up
La búsqueda del loro hormiguero

Corazonadas a saltos, en medio de la encrucijada. En plena emoción como si no me jugara nada, acompasada internamente por la inmediatez.
Ensimismada, atando cabos, plantando puentes, impresionada por la luminosidad de la niebla en turbina ensangrentada de luz.
Sin prisas, leyendo el tiempo de la existencia nonata al revés de mi sobrina, de 4 a 0 meses y ya estará aquí. No la conocemos pero se apoderará de nuestras vidas.
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Wait

Esperar y madurar. Aceptar lo inevitable con la imaginación, que no hubiera ocurrido. Plasmación no verbal de lo ocurrido intentando solventarlo en silencio, sin apoyo, con un miembro corporal atomizado.
Embolsarte el encontronazo con la mala suerte, convertirle en un dolor sordo en el costado.
Esperar a olvidarte de un desencanto, de un despiece del placer, o de lo ordinario, del ritmo del reloj ... no importa. Esperar a olvidarte del dolor, purgarlo, redimirlo, sintonizarlo con el vaho de la decepción.
Soportar la irrupción del elefante en tu cacharrería, del volcado de datos en falso, de la mancha de aceite en el subconsciente que te invade y fulmina las ideas, que se pierden.
La sensación de impotencia, de llorar con los ojos, de activar el fuego en los músculos apretados de tu abdomen y erotizar el dolor, recoger sus impresiones fotográficos, luego recortarlas hasta su centro neurálgico con tijeritas.
Todas tus células, tus moléculas deben unificar criterios, pasar del rechazo al olvido, transportarse precipitadamente al siguiente día, donde el corazón puede que se entretenga con otras entretelas, puede que obvie el escozor de lo ocurrido, pero es un nuevo día y todavía estamos en éste.
Domar la furia, ese caballo desbocado que huye del dolor de sus propias heridas abiertas. Hacer corresponder la intensidad del desengaño con lo ocurrido. Anestesiar el rechazo a vivir de nuevo cada segundo por separado, sin tener que va nunca con aquello.
Hay que esconder el vello de la piel bajo el felpudo para que no se erice. La saliva de la boca enfurecida, el gesto fruncido para que no te dilapide.
Hoy he escrito sobre los ríos y su calma superficial, sus corrientes subterráneas, el miedo a no salir a flote, a querer romper los puentes, a no ver los obstáculos.
Hoy he perdido los textos.
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EnTres mínimas

Sin corazón no se gana el paraíso.
Entregas pequeñas concesiones a cada instante y cuando llega el momento de dar lo mejor de ti es difícil.
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Estarías aquí

El tiempo es una nube y no se me precisa ... Es francamente libidinoso ...
Se queja mucho de mí, pero mientras tanto no hago más que hacerle cosas. Nada de lo que haga es suficiente y no le importa. Hay que esperar a que pase el chaparrón, pero para entonces ya te has empapado el alma con el aguacero.
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Dinner table

Hoy he estado de comida familiar multitudinaria y ha sido increíblemente estresante. Me he dado cuenta del estado de desahucio y orfandad de las personas de mi familia. Cuando llegan a un sitio nunca esperan que las pequeñas decisiones las tome una persona, la que ha organizado el evento.
Se sofocan todos entre ellos, no se escuchan, buscan lo mismo, la mesa, la esquina, piden los cubiertos, te estrenas con imposiciones, requerimientos. No aceptan tu ayuda, inmediatamente dudan de tu efectividad y tu criterio. Pero lo hacen todos a la vez, y tu abres cada vez más los brazos, preparada para saltar.
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Esperar

Me gusta comprar en eBay porque de repente me resulta agradable esperar. Sólo tengo que hacer el pequeño esfuerzo de buscar aquello que quiero, preguntar mis dudas, sacar el cerebro de la pecera y disfrutar pensando con ilusión que recibiré aquello que pido, como en una carta a los Reyes. No sé nunca exactamente cuando voy a recibir lo que he comprado y en eso reside parte del encanto ...
Es por la forma de utilizar el tiempo de manera diferente, que es justo lo que necesito. Aprender a retirarme de la carrera sería excelente para mí, me ayudaría a gestionar los elementos del tiempo en mi cabeza y restaurar el ritmo real que seguro que se encuentra en mi ADN personal.
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No te dan

Es un balón uniformado, siempre alerta, siempre adelante, siempre entusiasmado con la ronda nocturna. A mí me gustaría saber en qué consiste el seguirle la pista a ese partido de tenis del estrés y las prisas entrecortadas, siempre traicionada por los reveses que te tiran y te dejan fuera de juego por no ser zurda, por dar un traspiés con cada raquetazo, por no llegar a ninguna bola sin tener el corazón en la boca.
Si me dieran tregua, lo que no directamente no se da por supuesto, daría igual, porque soy yo la que se debería dar tregua, la que debería escupir el prendedor que me retuerce los bronquios, la angustia de vivir en una carrera asíntota, insensata, retorcida, buscando siempre la gratificación inmediata.
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lunes, 18 de enero de 2010
Pastillazos

Me surgen las ideas como frondosas oleadas de dudas. No sé cómo desenmarañarlas y presiento que tal vez me encuentre un poco enferma, algo floja porque si no me resultaría más sencillo expresarme.
Me han llegado momentos en los que he despertado ensoñada, con cascadas de ideas enroscadas en frágiles momentos sin compartir. Son ideas pobladas de sueño, como aguardientes de emociones que se evaporan en la luz de la mañan al no prenderlas antes de que se evaporen. Con una rapidez de animalillo se repliegan en las sábanas y los rincones sin explorar de las almohadas.
El día ha remontado porque finalmente me siento un poco útil. Es el mejor incentivo para empezar la semana con cierta continuidad. Me he dado cuenta de que estoy sufriendo un ataque tremendo y acérrimo de síndrome de colón irritable, y voy a reaccionar tomando Zofrán y comiendo pocas levaduras.
Me vendrían bien unos probióticos, pero por ahora voy a pasar un poco de historias, que estoy harta de tragarme pastillas una detrás de otra ...
Los bancos no me hacen ningún caso y tengo que empezar a preparar los talleres!!
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sábado, 16 de enero de 2010
Simple

Es simple, y debería ser así siempre. Es como una luz encendida que baila con su propio destello y su cadencia de iluminación sideral, suave y lenta.
Simples palabras decantadas en serio.
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Prismas

Estoy intentando verlo todo sin saber lo que he escuchado. Prefiero hacer como si la borrasca ha acabado y no quedan tenedores de hilo de nube enroscada. Para todo hay que tener valor, hasta para encerrarse en un espacio en blanco.
Tengo las pupilas encendidas y me arrulla el sonido de una máquina que se escucha tan rápido como mis pulsaciones. Me desvelo pero sigo anhelando la repetición de dígitos, de ideas y teclas sueltas, la circunvalación de ideas inmensas que transitan parajes de letras y conceptos fieles.
Entre ellos los que entienden de floreros de mesa. Los que te rondan la cabeza hasta que se posan en la superficie y se llenan de papel de ciénaga encantada.
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