Aprendes rápido la dinámica de la
Hyène, y ahora se quiere colar por todas las esquinas, por
todas la grietas del cuerpo de mi hermano y de nuestro espíritu. Por ahora ha
conseguido convertirle en un ser ausente, postrado, caquéctico y desganado.
Pero para combatirla hemos aprendido a ser como un virus mutando estrategias,
turnos y dinámicas de ataque. Antes amenazaba con la fiebre alta, y ahora con
la baja, y cree que podrá con nuestro agotamiento. A mí me ha provocado parásitos
intestinales, desorientación, lapsus de memoria, dolor y rechinar de espalda y
de piernas, migrañas intensas de cabeza, cansancio y embotamiento en los ojos,
y un eczema en el cuero cabelludo que intento no rozar con los dedos porque me
escuece como si estuviera en carne viva, y que no me he mirado. Casi no me
atrevo a que mi madre lo examine, y tal vez pueda ir a nuestro médico de
cabecera el jueves. Tal vez... Es que pillas los bacilos al cerrar ochocientas
veces los interruptores de la luz, los del ascensor, los mandos de la máquina
de bebidas.
Ella avanza pero nuestro equipo está siempre a la defensiva, y aunque no
conseguimos arrinconarla se detiene y envía a sus esbirros: bacterias
hospitalarias, cucarachas, la amenaza de las escaras, la toxicidad, algunas
personas sin experiencia que pinchan a mi hermano cuatro veces su carne quemada
antes de conseguir encontrarle la vena para la vía.
No es nada fácil localizar las artimañas de la Hyène y comprender su efecto
a corto plazo. Se ríe en nuestra cara; sólo somos insectos para ella, gusanos,
una molestia pequeña e incordiante, porque ella siente cómo bloqueamos sus
intentonas, y, aunque no nos tema, la hacemos avanzar más despacio. Después de
todo, nuestras armas son caseras y rudimentarias: café, taxis, móviles, visitas
frecuentes a la máquina de bebidas para hidratarnos, móviles, una armada de
medicamentos, la coordinación impecable a la hora de pasarnos la información de
forma colectiva. Nos damos moral, compartimos el pesimismo y las malas noticias
de forma estoica, con honestidad relatamos la última declaración demoledora del
médico adaptándola convenientemente cuando la relatamos a mi madre. Tenemos el
control de enfermería al lado y hemos propiciado una relación amistosa y solidaria
de doble sentido con las enfermeras, y no nos cabe ninguna duda de que son
ellas quienes le mantienen vivo. Ellas forman parte de nuestra primera línea de
ataque con su acción rápida y eficaz.
Mientras la Hyène
maquina, en nuestra familia estudiamos cualquier gesto suyo, quejido, equívoco;
nos informamos y ayudamos mutuamente a todas horas con llamadas cruzadas como
un batallón, siempre cargando contra ella. Pero nuestras armas tienen efectos
colaterales y van deslabazando el cuerpo de mi hermano. Ella contrarresta nuestros
ataques con gran sagacidad, su entrenamiento es impecable. Busca el arponazo
final, la debilidad y victoria tras múltiples acometidas mortales, el
descorazonamiento, el momento clave.
Nos crea inquietud, ansiedad y desorientación, la tememos y a veces nos
desesperamos; yo lloro delante de las enfermeras y mi hermana, pero no delante
de mi hermano o de mi madre, y nunca del médico. Nuestra
economía es de guerra y hemos adaptado nuestro modus operandi para saber dónde nos encontramos en todo momento con
respecto al avance de la enfermedad.
El mundo tras tu turno contiene y exhibe demasiada luz, demasiada
despreocupación, demasiada ignorancia. Está ajeno a todo esto. Yo lo ignoro,
pero me zambullo inmediatamente en mi lectura, mi trabajo artístico, la
comunicación íntima con esas personas clave en mi vida en estos momentos.
Somos un capullo cerrado que contiene cuatro personas que desde dentro
maquinan el último ataque contra la Hyène.
No se puede destruirla ni herirla de muerte. Todo parece que
lo hacemos a rastras, tarde, con exceso. Debemos reaccionar rápido en esas
noches de espanto, pero a veces lo hacemos con retrasos al dar la voz de
alarma, hiriendo a mi hermano con esas durísimas intervenciones médicas: le
pinchan, le inyectan, le inoculan.
Al estar sola en la casa de mi madre observo que ella sigue pasando las
hojas del calendario. En ese momento me entra un escalofrío que me provoca algo
así como la sobriedad que le golpea de repente a una persona borracha al pasar
algo terrible. Me recuerda cuándo me aprendí de memoria la fecha y la hora de
muerte de mi padre, y me pregunto cuándo arrancaremos la última hoja de la vida
de mi hermano, y qué haremos entonces.