sábado, 28 de septiembre de 2013

Hielo


Sin saber entonces que la vida nos los arrebataría tan de inmediato, mi madre y yo cubrimos con hielo el cuerpo de mi padre, y sin cumplirse un año, el de mi hermano, intentando alejar la fiebre de la Hyène en las últimas horas de sus vidas. 

Fueron horas alargadas marcadas por el brillo templado y expectante del alba que deslumbraba la oscuridad contenida en las habitaciones del hospital. Mientras aplicábamos las compresas heladas sobre sus cuerpos, nuestros movimientos circulares alrededor suyo posiblemente calmaban el mordisco de la Hyène, y se mezclaban imperceptiblemente con el sonido del mantra del oxígeno que rugía en sus mascarillas. 

Tenían el pecho y los hombros descubiertos, las piernas abiertas. Era como si antes de entregarles a la eternidad, nosotras, las mujeres, la madre, la hija, la hermana, teníamos que bañarles y rozar su piel con las níveas compresas heladas para aliviarles el fuego de las heridas ardientes de la despedida. Y así, lo mismo que al venir al mundo el recién nacido es lavado por las manos de las mujeres para afrontar la vida al pleno oxígeno cardado en frescor, al marcharse, nuestros hombres recibieron la ternura en su piel, nuestras voces suaves arrullándoles, nuestro silencio en un gesto continuo de amor, en un adiós que sólo esperaba de cierto la tierra que te ve nacer y que te arrebata al morir. 

0 Comments: