sábado, 29 de septiembre de 2012
La tormenta se acerca
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viernes, 28 de septiembre de 2012
Tus escapadas nocturnas
En mi bosque encantado la lluvia no se resbala ni se escapa de los charcos. El tiempo se tuerce y levita sin rumbo, entregado las isobaras del sentimiento. Hay una caja de truenos en la que puedes abandonar tus pesares hilvanándolos por sorpresa.
Me adentro en las espesura mágica de este bosque y en los recorridos de las sombras y reflejos que raudos y veloces acuden a mi encuentro. Las palabras sin nombre, sin equipaje, enredadas como las de una luciérnaga principiante, se aglomeran entre los claros de luna y forman guirnaldas luminosas. Los minutos de la noche se escamotean y se polinizan en las gotas de lluvia, para que en nada se parezca esta noche al día. El sueño es un círculo de prosa que me rodea, y mi respiración se trenza en la oscuridad. Una ninfa me acerca un calendario: desgajo sus hojas para desordenarlas y que mañana pueda ser hoy.
Estoy celosa de tus escapadas nocturnas en las que no te puedo acompañar, por eso he decidido emprender las mías. Aquí las crisálidas descifran voces sabias de entre las ramas, y el polvo de resina brilla hasta desprenderse de la piel del árbol y lacar las rocas, el rocío y mi ropa. Estoy intentando recoger todas las hojas secas que tiene septiembre antes de irme.
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jueves, 27 de septiembre de 2012
It was, it is
Es tan extraño ... Estoy moviendo la película como nunca, y espero que mi carrera profesional y mi identidad artística vuelvan a su cauce. Pero mi padre está tan enfermo ... Ahora no come y le van a poner una sonda gástrica, que puede infectarse, y con la neumonía podría ser terrible.
It was the best of times, it was the worst of times ...
Charles Dickens, Historia de dos ciudades
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Brillar en la oscuridad
Cada día le saco una veta de brillo a Excálibur, una nueva centella de fuego al encender su filo con un golpe de mi determinación.
No me había dado cuenta de lo poco madura que soy, del largo camino que tengo que recorrer para conquistar el lado cálido de mi soledad. Percibo ese calor a ratos, pero no me conozco lo suficiente para solventar esas lagunas, esas pequeñas pendientes y resbalones de la voluntad, de la imaginación. Si supiera quién soy lo tendría más fácil: sólo tendría que aplicar la cataplasma adecuada en el rubor para continuar.
Hay que mantener la ilusión en suspenso en el aire y sustentarla con música, añoranza, imágenes, esperanza.
Hay veces que un ciclo completo de películas de Julie Delpy ayuda ...
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All in my mind
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martes, 25 de septiembre de 2012
El pequeño gramófono
Yo tengo intención de aplanar la noche con esas sensaciones que recorren los encuentros del día ya sellado. Son como espigas doradas que brillan en la oscuridad. Es oscuridad que amansa el crecimiento de la yerba, y las incipientes gotas de rocío que destilará el paso de las horas. Esta noche se revela lentamente en contrapuntos ciegos, y sigue en guardia. Reposa mientras respira. Intrépida, esmerada, repunta como ámbar azulado en la ciénaga lunar.
Sin prisa, esta noche enjugada en el ritmo de un código atemporal, se transporta por el silbido del frío, por las moléculas engarzadas en los copos de nieve ciegos que tardarán meses en descolgarse y caer. La entrada en el día, inmersa en el ritmo circadiano, se retrasa insólitamente, y al final se extravía, como las resoluciones del razonamiento nocturno.
No llegas al fondo, al interior de este sentimiento. Te pierdes por el borde de las pistas de tinta, por el filo del vaho encogido en tu ventana mientras espías a la luna. Recoges los trazos del sentimiento, los placeres ausentes, los anhelos que te acompañan y seguirán vivos en ti durante el tiempo que sea necesario. Pero al final crees que tus escritos son como el barro, que gastan el papel, que no se prenden ni se secan. Todo es tan incierto, todo es tan seguido, tan apretado. Mañana los minutos olerán todavía a noche fresca. Lo sientes.
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lunes, 24 de septiembre de 2012
Jugadas
Montar mi película, trabajar en ella hasta el último minuto, terminarla por fin, me va a dar la confianza en mí misma y el empujón para recuperar mi identidad como cineasta y artista. ¿Cómo voy a hacerme creíble ante los demás si soy invisible para mí misma? He intentado que me quieran por quien soy, que cuando estén cerca puedan llegar a mí, a mi esencia para ayudarme a percibirla, a seguir, a regresar, pero el apoyo que necesitaba tanto para reconstruirme no han podido dármelo. He conseguido pequeños pedazos, contribuciones, pero al final he tardado muchísimo tiempo en estar en posición de poder avanzar sin retroceder.
Estos años han sido fundamentales para indagar en mí misma, y espero que nutrirán mi actividad futura. Porque la compasión es más profunda cuando se ha sufrido, cuando se ha estado sola, cuando has estado mucho tiempo agarrándote de la cresta del precipicio y no has podido hacer nada más que sujetarte con las yemas sangrantes de los dedos congelándose, y ver el abismo debajo de ti, día tras día, mes tras mes, año tras año. Creo que la entereza y la decencia del ser humano existe si eres capaz de la solidaridad, el apartarte de ti misma y ver a las demás personas desde lejos para no pensar solo en ti, pero desde ti misma.
He pasado mucho tiempo protegiéndome de ese ambiente hostil, de ese frío gélido que durante el día y la noche me arrasaba el cuerpo mientras colgaba del precipicio. Y no he podido mezclarme con el mundo, contemplar los paisajes, sentir la música, la calidez de otras personas, porque el sujetarme era lo más importante para no caer.
He conseguido la capacidad de reflexión con cada golpe, con cada piedra que se despeñaba y me alcanzaba de pleno, porque no he podido evitarlas, tan sólo cerrar los ojos muy fuerte para que el daño del impacto no fuese tan penetrante, tan duro, tan hiriente, y que no me descompensara y me hiciera perder el equilibrio. Pero no siempre he podido tomar decisiones que me permitieran hacer cosas sensatas, que me facilitaran el camino, que me alejarán del conflicto, la violencia, la confusión, el desamor, el abandono.
Ahora estoy trabajando en algo abstracto: mi recuperación, mi salida del pasadizo interminable, caminar hacia la luz. Y sólo sabré lo que me espera cuando esté fuera. No sé quién me recibirá. No culpo a nadie de mi destierro, de mi dolorosa estancia en el infierno, de la falta de comprensión. Pero quiero salir de aquí, porque ya sé que ni siquiera las personas cercanas pueden darte lo que necesitas; yo lo esperaba ardientemente, necesitaba desesperadamente su ayuda; las guié para que caminaran conmigo, pero las inclemencias del tiempo las alejaron de mí. Lo entiendo. No juzgo a nadie. Lo han intentado, me han allanado parcialmente el camino, me han tendido la mano; no he estado completamente sola.
Pero no he querido exponerlas a la ventisca, al frío gélido, a la oscuridad y las bestias de la noche aullando y aterrorizándome. No era justo, y he puesto buena cara cuando he podido, les he prometido que iba a estar bien, que estaba trabajando en ello, a pesar de que en mi rostro se apreciaban el mordisco del frío y el rigor mortis inoculado por la mujer eterna de la guadaña que me anulaba. Ella controlaba a las sirenas para que me cantaran, para que me acercara a la tierra del no volver.
Hemos jugado un pulso de ajedrez, donde yo hacía desaparecer las piezas y la engañaba una y otra vez para volver a empezar y no terminar nunca la partida, conteniendo la respiración ante el terror que me asaltaba con su mirada fría, su presencia invernal, su omnipresencia ante la vida y la muerte que se percibía a cada instante. Al final acepté sus visitas, su asedio. Comprendí que ella tenía paciencia, tal vez más que yo, pero que había momentos en los que hasta ella se alejaba y me dejaba tranquila durante unas horas.
Así ha sido mi vida durante años, a pesar de que he tenido periodos de calma, de alegría, de esperanza reconocible. El acostumbrarme a la situación y luchar constantemente contra ella ha sido una constante durante este tiempo. A pesar de que otras personas lo pensaran, nunca me he rendido, nunca he dejado de rebelarme.
Ellas han llegado a pensar que me estaba acostumbrando a la situación, que en cierto modo era cómodo el no tener que enfrentarse a la vida, ser activa; que yo era autocomplaciente, indolente, que me hacía la víctima y vivía sin esfuerzo de mi familia, y no me despegaba de las faldas de mi madre. Si ellas supieran lo duro que es ver cómo tu vida se te escapa mientras la de las demás personas avanza, aunque les provoque a veces reír o sufrir, pero avanzan, se proponen cosas, las cumplen o no, pero pueden contar una historia; mientras que mi historia era la lucha diaria contra la depresión, la búsqueda de soluciones, el probar y fallar, probar y fallar, probar y fallar, una y otra vez.
Es difícil contar esta historia, y mi boca estaba sellada la mayor parte del tiempo, sin poder responder con sinceridad a un ¿cómo estás? inocente. Tenía tanto miedo a que me lo preguntaran, pasaba de largo a otra parte de la habitación para intentar evitar esa pregunta, o la sustituía por otra pregunta.
Yo no podía evitar lo que mi enfermedad hacía con mi cuerpo ni con mi mente: el ralentizar y entorpecer mis movimientos, el saquear mis pensamientos y llenarlos de huecos, el no poder vivir mi vida soñada con Septiembre, con mi familia. Es muy difícil explicar cómo todo se vuelve complicado, y no haces cosas porque hasta lo mínimo te resulta duro, extenuante, y a veces no te acuerdas de cómo hacer lo más básico. Si intentas movilizarte y llevar a cabo las tareas diarias, algo en tu mente se retuerce y chirría, se estira y deshilacha con un dolor agudo que te embota la cabeza, y te silba acúfenos en los oídos, invisibles para los demás.
Cualquier cosa te provoca una angustia tremenda, como si tuvieras ventosas arrancándose de tu pecho, y tienes que enmascararlo cuando estás delante de otras personas, y te sientes inmensamente culpable y vacía, pero ellas a menudo te perciben como una persona difícil, torpe, apagada con tu semblante ceniciento porque la depresión te roba la expresividad facial, la destreza corporal.
Pero no es lo único que te roba. Te roba las ideas: no las tienes, no puedes decidirte a nada porque de repente la multiplicidad de soluciones que pueden existir para resolver cualquier asunto a ti se te escapa. Muchas veces tu cerebro sólo ve un muro, un paredón sin salida. Te estrujas el cerebro pero no llegas a una solución. Tus pies te pesan como el hormigón, y tienes sueño siempre, cansancio constante: te desanimas.
Y la acumulación de cosas pendientes y la falta de lo más básico: lavavajillas, bragas, calcetines, comida para desayunar, tazas limpias, mi ordenador muerto de asco con el último proyecto otra vez sin terminar, te desespera y te hace sentirte inmensamente culpable. Intentas lavar los platos y algo te paraliza, y los restos de comida acumulados te dan miedo, piensas en cómo se están pudriendo, y los insectos surgirán de sus detritus e invadirán tu casa, tu piel, tu pelo, tus cosas.
Te agobia muchísimo, y cuando pasas por la puerta buscas el rincón más vacío, no miras a tu alrededor, no haces nada, porque si lo haces no dejarás más que desorden para juntarse con el caos que te rodea. A tu alrededor ves tus cosas y parece que pertenecen a otra persona que en su día estuvo frente a esa cámara, compró todas esos objetos, estuvo en todos esos sitios, tenía fuerza y valor para emprender esos mil proyectos.
No respondes, no reaccionas, se te queda el cerebro mudo, y la mirada perdida. La gente te agobia, estar en una situación social se convierte en un suplicio porque no sabes de qué hablar, te impacientas, te desesperas, no sabes responder a sus argumentos, no puedes pensar y sabes que tu expresión facial les hace desinteresarse de ti. El tiempo pasa muy lentamente y sólo quieres marcharte de allí y dejar a todo el mundo plantado. Y lo peor, lo más difícil, es volver a tu casa: se te hace eterno, no miras a las caras de la gente, intentas moverte más rápido pero tu cuerpo está anclado, sufres con el paisaje a tu alrededor, todo se vuelve acechante y vacío.
Y aunque yo analizaba la situación, leía libros (que luego olvidaba fácilmente) e intentaba seguir sus consejos, encontraba información de calidad en internet, hablaba en foros con gente muy puesta que no se dejaba vencer, probaba mil y una soluciones, me emocionaba cada vez que sacaba adelante una nueva idea, un nuevo antídoto, una nueva salida, a menudo no podía comunicársela a nadie, porque al mundo le parecía aburrido, una nueva parida, una pérdida de tiempo, y yo no podía explicar ni con dos frases el movimiento ingente de información y anhelos que se movían en mi cabeza.
La gente quiere que te levantes, que andes, que te movilices, que hagas algo, que limpies los platos, que salgas a la calle, que te dé el aire fresco, que te comuniques con los demás. Aunque duela.
Lo hacen con todo el amor del mundo, a veces duramente, a veces con mucha suavidad, pero tú sabes en tu interior que tu día a día consiste en intentarlo sin éxito, y no quieres repetirte explicando lo que te cuesta todo; así que decides decirles que no te apetece, que otro día será lo mejor, que quieres dormir pronto, que quieres estar sola.
Y se desesperan y se van alejando más de ti porque piensan que no lo intentas lo suficiente, que no pueden hacer nada. Durante muchos años han intentado estar ahí, pero la situación se les hace insostenible y sienten una impotencia total. No te quieren abandonar, pero se blindan ante tu sufrimiento, intentan no pensar mucho en eso, no tratarte de forma especial, hacer como que todo es normal para animarte, para que su ánimo no se encuentre también afectado. Eso les hace algo insensibles, se alejan de ti en realidad. Notas su amor incondicional y te gustaría que te creyeran cuando les dices que haces todo lo posible, que no va a ser siempre así, que cuando estés buena harás todas esas cosas maravillosas que querías hacer. Que te esperen, que tengan paciencia, por favor, tened paciencia conmigo. Paciencia infinita, por favor.
Se ocupan de que tengas las necesidades básicas: de que comas, descanses, no te pierdas las fiestas importantes - Navidad, Reyes, tu cumpleaños. Y tú no participas en nada de esto, porque simplemente quieres que te trague la tierra, te cuesta sonreír. Les decepcionas cuando preparan algo con toda la ilusión para ti, y tú te quedas parada, como insensible, como si no te afectaran las cosas, como si no te importara el esfuerzo. Haces un esfuerzo para darles las gracias, para pasar ese tiempo con ellas, y la verdad es que lo pasas bien, te gusta su compañía, pero te sientes culpable por tu pasividad. Tienes destellos fugaces de alegría, quieres ilusionarles, quieres agradecerles de todo corazón lo que hacen por ti. Te quieren muchísimo, darían lo que fuera para que estuvieras bien, pero no saben cómo ayudarte. Y tú utilizas la poca energía que tienes para hacer cosas con la gente que te quiere, para ayudarles tú en lo que puedas, para servirles de apoyo, ya que no puedes apoyarte a ti misma, para que vayan adelante, para que vivan una vida que tú no puedes tener todavía.
Al final no valía el explicar que yo no era así, que nunca había así, que la mayor parte del tiempo había sido una persona ambiciosa, activa, alegre y diligente, capaz de animar e inspirar a la gente con mi vitalidad, la magia de hacer, de crear, de describir lo interno y mostrarlo al mundo. Sospechan de tu actitud solitaria y misántropa. Sí, es verdad que siempre has tenido un punto melancólico y solitario, pero eso no había sido óbice para conseguir llevar adelante tu vida ... ¿o sí ...?
Tendré que encontrar dentro de mí la fuerza para sacar a Excálibur de la piedra. La veo brillar desde el fondo desde este pasadizo. A ella no le importa la lluvia, el viento, los mordiscos del frío. Ella está allí, perenne, siempre reluciente, esperándome. Lo tengo que hacer por mí y por todas las personas que me quieren. Ellas también me esperan. No quiero decepcionarlas, quiere mostrarles por fin lo mejor de mí. Quiero que me quieran, quiero darles todo aquello que no pude entregarles antes. Se lo merecen.
Os quiero. Te quiero. Gracias por estar ahí, por estar siempre ahí. No os preocupéis, ya estoy bien, nunca volverá a pasar. Ahora estoy trabajando duro para sacar a Excálibur de la roca, y la compartiré para que os jure lealtad.
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Estar
Cuando me llamaron para decirme que mi padre había vuelto al hospital una semana después de haber estado con él en la ambulancia, sujetándole la mano, sintiendo los segundos como horas, y él siguiéndome a todas partes con la mirada, no pude reaccionar. Y el otro día me dijeron que por la noche había estado en estado crítico. Me empecé a preparar para lo peor. Pero cuando fui a verle y me miró con esa cara de dignidad, de vitalidad, de querer decirnos que sólo pasaba por allí pero que iba a volver a casa pronto, algo se desbordó dentro de mí. Menos mal que Septiembre estaba allí para entenderme y sostenerme en pie al salir de la habitación.
Es verdad: ni él ni yo teníamos por qué estar ahí.
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domingo, 23 de septiembre de 2012
Querer vivir
Tengo la impresión de que vivo una existencia en la que todas las heridas, las renuncias están cubiertas por parches remendados mejor o peor. Pero estoy muy lejos de sentirme unificada, reunida. Más bien me siento traspapelada, con el pelaje sucio como una gata agreste despeluchada. Creo que cuando el mundo te ignora y te lanza sombras, truenos y relámpagos, debería ser posible tener un lugar, un refugio, dentro o fuera de ti, a donde acudir y estar a salvo; no importa lo pequeño que sea, o si está húmedo y oscuro: lo importante es que en él te sientas realmente segura, y puedas esperar a que escampe.
Pero cuando tu mente te falla y no puedes dominarla es muy difícil recoger sus añicos y recomponerlos. Me gustaría pensar que tengo la disposición de hacerlo, pero de repente he perdido la frágil seguridad que tenía en mí misma, y estoy haciendo lo posible por sobrevivir sin darme por vencida.
Hace una semana mi padre se puso muy enfermo, por segunda vez en este mes. Ha estado de nuevo en peligro de muerte. Cuando le vi en el hospital el viernes me apretó las manos con las suyas, y a mí me invadió la emoción. Intentaba hablar, levantarse, y al final me dedicó una de sus mejores sonrisas. Su cabeza está dinamitada, su corazón también; ahora sus pulmones están plagados por la neumonía. Pero quería vivir, quería seguir estando, quería participar, que le vieras, que le quisieras, querernos a nosotros con su sonrisa, con su atención.
Debería aprender de él. Hay que querer vivir, eso es lo importante. Aunque no puedas respirar, como él, hay que llenarse el pecho de aire fresco y respirar, hacer lo posible por respirar.
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sábado, 22 de septiembre de 2012
Ítaca perdida
He vuelto a caer, he vuelto a estrellarme, he vuelto a perder la confianza, el savoir faire, la ubicación, la presencia, el sentirme de pie, el anclaje. De nuevo el día se retuerce entre sus entrañas y en vez de recibirme me escupe. De nuevo siento que me falta esa mano amiga que me recogía como el cuenco de una concha marina, y me aconsejaba bien, me transportaba cuando me fallaba el caminar, y me llevaba a unos metros, ahí ahí, donde tengo mi esquinita, mi hueco, donde puedo ser yo misma. No quiero ser leona ni caimán, me conformo con ser un ser pequeño, trabajador, ocupado, alerta.
Ya no puedo ser pequeña, porque la pequeñez también me queda grande. Ahora tengo que huir aterrada de mi propia desnudez, a donde no puede acompañarme nadie, y donde mis cosas no se acercan a mis manos. Es una sensación reconocible, pero no por ello menos angustiosa.
Quiero tener esperanza en el día de mañana, pero tengo que poder reengancharme, volver a examinar la hoja de ruta, reponer combustible y seguir mi vuelo solitario en biplano. Pero lo que pasa es que tendría que estar volando durante meses antes de avistar Ítaca, de poder hacer un apunte de viaje y trazarla en el plano para ser capaz de volver. No tengo derecho a irme allí todavía.
Pero es que estoy volando en picado, y ya cierro los ojos antes del impacto.
Mientras caigo me puedo imaginar que por lo menos la estoy buscando. Supongo que eso es bueno. No sé si la pasión que me arrebola y que defiendo a capa y espada en este mundo cruel amortiguará el golpe, pero sé que me va a doler.
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Ratonera
Los besos no duran. Los sentimientos no duran. Las personas se van. Esto es una ratonera. Es una nada con patas que va arrasando por el mundo, donde no vale reconstruir, recuperar, sanar, profundizar.
Donde no te entienden porque no saben entenderte, porque no pueden mirar qué es lo que te duele y precisártelo, para que tú misma lo comprendas más de cerca. Porque no pueden situarse de cerca. Vivimos con fórmulas preconcebidas de tristeza, de alegría, de sentimientos prefabricados, y hay que seguir estos conceptos; pero a mí me llevan a la jaula, a la falta de espacio, al ahogo.
Y siempre me pasa lo mismo.
Yo soñaba con el camino a Ítaca contigo. Ahora viajo sola.
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viernes, 21 de septiembre de 2012
Tantos
Tengo muchos miedos. Miedo de escribir y que no pueda ser fértil. Miedo de leer y no poder hacer el esfuerzo mental para adentrarme en el mundo interior de otra persona. Miedo de recibir la noticia de la muerte de mi padre y sufrir inmensamente en soledad. Miedo de no ver crecer a mis sobrinita y a mi sobrinito. Miedo de no poder relacionarme socialmente por mi carácter, por mis puntos ciegos. Miedo de que ella todavía no vuelva a mi lado.
Tantos miedos.
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Esperas
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jueves, 20 de septiembre de 2012
It's time for better things
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miércoles, 19 de septiembre de 2012
Promesas
En las inmediaciones de esta noche busco huecos donde vincularme. Los sentimientos son como balones de oxígeno, y me recuerdan las cosas que me atan, que me refuerzan, que me componen.
En mi futuro avisto realidades de ternura en la noche fría. El sueño me arropará, y su cabeza en mi almohada no me dejará caer. Los días se sucederán en un baile de fuegos, con retamas en las yemas de los dedos. Mi soledad me sirve para imaginarlo.
Este otoño me he hecho promesas que verán la luz la próxima primavera, cuando los luceros reluzcan y despierten a los capullos de lila. Estas promesas son mías, nada más que mías. No encuentran eco todavía en su vida, ni en la de nadie. Una promesa existe para ser cumplida. Una promesa no se araña para arrancarla de la tierra que la sosiega, no se destierra a parajes recónditos, no se olvida. Una promesa es firme cuando se renueva cada día, cuando crees en ella, cuando sabes de ella. Así crecerá frondosa, y cuando el tiempo llegue se convertirá en el aroma de tu hogar.
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martes, 18 de septiembre de 2012
Cuadrantes
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lunes, 17 de septiembre de 2012
Paranoia
La paranoia engancha sus garfios en tus hombros, y los desgasta hasta que tu punto de gravedad pierde su perfil. El cansancio físico y el agotamiento mental crean un estado cercano al subconsciente, donde las cosas comienzan a entrar en la irrealidad, los pensamientos se juntan los unos con otros como las parcelas de tierra vistas desde un avión en ascenso, como las hormigas cuando corren atormentadas a la huida y se chocan unas con otras. Y empiezas a cometer errores que poco a poco te van precipitando a una situación que no tiene sentido, donde un error lo intentas solventar con otro error, así durante horas, hasta que te das cuenta y cambias de estrategia, o vuelves a empezar con todo.
Me he tenido que desembarcar de la mesa de montaje porque el ruido de los ordenadores me hacía sentirme en el centro desquiciante de una turbina mecánica. Las pantallas que han visto mi reflejo durante más de 10 horas diarias en las últimas semanas estaban cegándome y me provocaban fotofobia. Y el café llevaba ya horas retorciendo mi estómago y desbrozando mi capacidad analítica hasta que mi cerebro ha dejado de cotejar, distinguir, planificar, resolver, y ya no podía simplemente reiniciarse.
Ha habido un momento en el que he intentado calcular el trabajo que me quedaba, y después de hacer cuentas infructuosamente, después de ver cómo los minutos se mezclaban con los filtros, los render con los cuatro sistemas operativos que manejo, el cling cling del disco duro que está a punto de estropearse con los esfuerzos del vecino por tender la ropa a la 1:30 de la mañana, me he dado cuenta de que iba a llegar un momento en el que no iba a saber lo que estaba haciendo. Y más vale parar.
Cuando lo he hecho, me ha parecido increíble el poder saludar al silencio y respirar el aire fresco de esta madrugada. El zorro me ha visitado, pero se ha escondido en algún lugar.
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sábado, 15 de septiembre de 2012
If only you knew ...
Tu propia compañía en periodos prolongados es un volcán de sentimientos y sensaciones. Estoy aprendiendo de mí misma, observando los patrones de mi personalidad, los cambios de humor acorde a las situaciones y a cierto capricho aleatorio que no siempre puedo analizar.
Nadie quiere que esté sola; tienen miedo de que me aísle y me hunda, como si fuera un virus peligroso. Pero he de decir que en estos momentos es muy importante que le eche un buen pulso a la soledad. Yo tengo un pelaje solitario que a menudo he tenido que reivindicar, aunque en otras ocasiones lo he visto como una tara, una carencia. A veces me resulta duro, pero en general es una lección perdurable y necesaria porque me aguza la imaginación y hace que salgan a la superficie mis cualidades, y también las soluciones, paradójicamente, a mi propia soledad. También me ayuda a llevar a cabo una introspección que me enriquece, porque no tengo que pensar demasiado: todo sucede ahí, delante mío. Las frases se dicen solas, las cuestiones se desentrañan, las incógnitas se desvelan. Y me doy cuenta de que no hay nada que tenga sola que no pueda compartir con aquellas personas que quieran acompañarme.
Tal vez por todo esto tenga tanta tendencia a la intimidad con otra persona, y me resulte difícil el relacionarme a nivel social. Prefiero las distancias cortas donde haya información descodificada, donde no sea tan necesario explicarse, donde pueda compartir lo privado, donde el contacto sea muy directo, más sensual que verbal: como tocar la piel con las yemas de los dedos.
En esta cruzada de mis amistades por que no esté sola se están revelando temas muy interesantes. Todo el mundo me intenta explicar cómo es la persona que me merece, que me convendría. Y me sorprende, me llama mucho la atención que piensen en mí de esa manera, porque la verdad es que no me he parado a planteármelo mucho. Sé lo que quiero, lo que me gustaría que me ofreciera Septiembre, pero creo que cuando pienso en el amor lo hago de forma todavía poco aventajada; no puedo pararme a pensar todavía quién soy yo en todo este asunto. Es un prisma muy complejo, y todavía estoy examinando sus caras. ¿Por qué quieres a alguien? ¿Qué es lo que te atrae? Sí, exacto: ¿quién eres tú en todo este asunto?
Ya no se trata tanto de ser romántica. Creo que tengo un ramalazo pasional que he visto reflejado en la cara de mi padre cuando dejaba las máscaras aparte; una especie de desesperación y angustia reflejada en la cara cuando veía que aquellas personas a quienes quería se le alejaban irremediable, y eso le suponía un desgarro del alma. También lo he visto en mi madre, cuando miraba a mi padre como desde abajo, agachando la cabeza si era necesario para no perderse su mirada evasiva, sujetándole los hombros, intentando ver en sus ojos todo lo que sucedía en su cabeza, en su corazón. Como cuando se mira a un niño o a una niña y quieres ver si se ha hecho daño y cómo se siente cubriéndole con los movimientos de tu mirada que quiere localizarlo todo.
Lo he visto en los abrazos que nos hemos dado, que eran como un dejar en el suelo todo lo que se acarrea y con una enorme sonrisa por la alegría que sientes, correr hacia la otra persona para llegar a ella lo antes posible, aunque se encuentre a tu lado; rodearla con todo tu cuerpo y acomodar tu barbilla en su hombro mientras cierras los ojos respirando hondo, guardando ese precioso silencio, intentando alargar los segundos, porque sabes que ese momento, pase lo que pase, no se volverá a repetir.
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viernes, 14 de septiembre de 2012
Qué se le va a hacer
La soledad a veces muerde como una mandíbula de piezas afiladas, y sientes su intención de desgarrarte la piel. Es cuando llorarías, o expresarías esas preocupaciones que te mantienen en vilo o desganada o desvalida. Es también cuando entre la laringe y el esófago se acumula una nube borrascosa que te varía la dinámica de la gravedad de tu cuerpo, y sus ventosas se adhieren a tu interior e intentan evitar el vacío tirando de tus tejidos; su carburante es la humedad de tus mucosas, con lo se te agrava la sensación de malestar.
Durante estas últimas semanas me he repetido una y otra vez: "No te des por vencida", aunque a veces no sé muy bien lo que me está intentando vencer. Tal vez siento un desgaste de mi método para sentirme bien y continuar sintiéndome bien. O que me gustaría compartir estos momentos de música, de transpiración, de reestructuración. No sé muy bien cómo podría tener a alguien a mi lado mientras completo la a veces tediosa tarea de volver a montar cientos de planos con un sistema inestable, pero se me ocurre que tener la oportunidad de besar a alguien de cuando en cuando sería bastante agradable y reconstituyente. Un café en la habitación de al lado con ella tampoco puede medirse con palabras.
Creo que la gente bipolar necesitamos una dosis extra de cariño cálido de nuestro entorno más íntimo. Tal vez lo podamos retribuir con nuestra alegría y espontaneidad cuando todo nos reluce, ya que estos momentos los disfrutamos inmensamente debido a que sabemos que tenemos que aprovecharlos al máximo. Y es porque mañana el día podría amanecer chungo, y la verdad es que se puede hacer poco para evitarlo ...
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Es cierto
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jueves, 13 de septiembre de 2012
Sigue
Pero confío en que lo mismo que esta enfermedad me ha truncado durante tanto tiempo el devenir natural de mi vida, ahora la salud de mi mente me ayude a separar los rastrojos que quedan y sepa destacar de nuevo lo que me conforma realmente. La verdad es que todavía no sé lo que me espera, cómo me espero. Estoy descubriendo cosas nuevas todo el tiempo, porque la inteligencia activa se me despertando, mi rango visual se ha abierto, y mi mente puede respirar por fin. Supongo que es parecido a lo pasa cuando eres una bebé y vas descubriendo el mundo, porque yo ahora estoy perdiendo mis miedos.
Pero lo que es curioso es que ahora que me zambullo directamente en el agua fría y buceo como si no necesitase salir a la superficie a tomar aire, de vez en cuando me sumo en pequeñas crisis de desesperación, como resquicios de un pasado, de otra vida, en los que me demuestro mis vulnerabilidades. No sé muy bien de dónde vienen exactamente; me sorprendo cuando me confiscan la mente y el cuerpo: son como rabietas de un cerebro todavía delicado. Pero ahora me puedo ver desde el exterior y tal vez, cuando me haya observado lo suficiente, pueda no dejarme llevar, pueda desembarazarme de esa chaqueta de fuerza en la que me enfundan.
Llevo años en los que quería simplemente ser capaz de ponerme en marcha, de emprender proyectos, bien o mal, más inspirados o más fáciles de caer en la conspiración de la mala suerte, pero por lo menos necesitaba poder ponerme. Eso es lo único que quería, y ahora me sorprende el hecho de que esto lo estoy empezando a ver de forma completamente natural, y que el tumbarme en el sofá ya no es un destino para el resto del día, sino una pausa de mi actividad. No puedo no trabajar, porque eso equivaldría a sentirme expoliada, despojada de mis sueños, mis planes; sí, de mi destino.
Supongo que eso es la determinación de la artista: el no saber qué hacer si no te dedicas a tu trabajo, el sentirte perdida sin él, te digan lo que te digan. Ayer me llamó mi tía y me dijo no sé qué de mis hobbies. En fin, ahora el arte se llama así. Ahora entiendo la desazón, la angustia que me provocaba ser incapaz de trabajar en mis proyectos. Era como si me robaran la vida, el anhelo de respirar.
Pero todavía no me lo termino de creer. Sé que no hay vuelta atrás, pero mi mente no es lo suficientemente fuerte todavía para ser capaz de englobar en mis proyecciones las distancias que existen entre la acción, el resultado, el beneficio, la recompensa, el éxito y los pequeños escollos y fracasos.
Aunque he de decir que he aprendido una cosa de la enfermedad bipolar: te prepara para las carreras de fondo. Ves el tiempo alargarse y al mismo tiempo pasarte por delante. No tienes sensación de pasado ni futuro; es un estar ahí haciendo malabarismos para no caerte y estrellarte la crisma. Y esa capacidad de ver el tiempo como algo que no acaba nunca me ha enseñado a no ver el futuro como algo que pasa mañana; es como si el futuro no importara, el tiempo simplemente se alarga, y tú haces lo que puedes con él. Y así es como me gusta trabajar: sin plazos. Simplemente te pones y sigues. Sigues y sigues. Y sigues.
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miércoles, 12 de septiembre de 2012
Improntas
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Nieva
Una brisa llena de luz de candil en la noche lunática. Los minutos te adentran en rincones de invierno. Porque a veces el misterio de la noche se siente invernal, aunque las corrientes del aire se choquen con la condensación de la tierra aún caliente de este septiembre.
Quieres que sea un invierno cálido ...
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martes, 11 de septiembre de 2012
Black Horse
Rápidamente se canalizan las intensas pérdidas que retiran el habla al corazón roto. Son imágenes extraviadas que pronto encuentran túneles para reembarcarse en el dolor. Simples, dispuestas, interceptadas por la niebla de tu rostro esquivo y tus ojos brillantes que miran pero no responden.
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(re) Construcción
Lo que pasa es que desde que he decidido que mi trabajo es lo que tiene prioridad, me doy cuenta de la materia de la que está compuestos el tiempo y los sectores del día, algunos de ellos defectuosos desde que en mi historia personal ha figurado la depresión pertinaz durante tantos años.
Dentro de lo que es la reconstrucción está el aprender de nuevo en qué consiste la vida, así, simplemente. Y con eso me refiero a cómo se poliniza y transcurre, qué combustible llevan los vuelos del tiempo. Antes tenía la vida bastante estructurada en torno a un ambiente en el que intentaba protegerme de todo aquello que me hiciera sentirme peor; y había muchas, muchas cosas que me hacían sentir mal. Desarrollé una estrategia que me permitió aprender y cultivar la esperanza de que las cosas cambiaran. Pues bien: han cambiado, y ahora estoy llevando a cabo la rehabilitación para aprender de nuevo, saber cómo afrontar la cotidianidad, el trabajo, las relaciones personales, la fruta madura que cae en mi regazo, las evocaciones en mi memoria, el proceso de las acciones. Todo aquello que la depresión te roba.
Siento que estoy limpiándome poco a poco la pez pringosa y abrumadora que me ha estado impidiendo salir adelante, salir afuera, respirar aire, hacer cosas y ser yo. Cada día veo cómo se me abren puertas y posibilidades que no sé muy bien cómo afrontar porque tengo que aprender a utilizar las herramientas.
Ahora ya no se trata de relajarme continuamente para no desesperarme, de cultivar la esperanza con el aprendizaje de cómo funciona la mente cuando está encerrada entre rejas y aprisionada con cadenas en la cárcel del conde de Montecristo. Ahora se trata de trabajar y saber cómo expandirme, cómo nutrir una mente y un cuerpo ávido por alcanzar su potencial.
Por ejemplo: antes me resultaba difícil imaginar con precisión aquello que quería. Ahora estaba pensando que estoy agotada de estar doce horas al día montando delante de dos ordenadores, y que debería salir a tomar el aire. Y me han venido a la mente esas salidas a la costa en California, ese aire hinchado de frescor y sueños que se pueden hacer realidad. Ese salir en el coche de Regina sin previo aviso en expediciones nocturnas a sitios insospechados, conocer gente, ir a bailar música eléctrica y sensual con los brazos casi tocando el azul del cielo, y las caderas girándose enredadas en los cuerpos prendados de deseo y amor florido. Y cuando pienso que lo que me queda más a mano aquí es un paseo por la calle Fuencarral o la Plaza de Olavide me siento desubicada. Ya sé que es una tontería, que mi listón está demasiado alto, pero sólo estoy hablando de cómo estas imágenes retornan de mi memoria escondida, y la música que estoy escuchando estos días me las devuelve.
Pero mis noches con Septiembre hablando sentadas en el recinto de su casa en Aluche me hacía sentir igual de bien, porque estaba en su compañía.
Lo que me pasa es que estoy llena de vida.
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lunes, 10 de septiembre de 2012
El zorro perdido en Ítaca II
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El zorro perdido en Ítaca
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domingo, 9 de septiembre de 2012
Choices
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Partes
Por fin tengo algo salado en la cara que no son lágrimas. He estado con la bici y estoy contenta porque las rodillas están aguantando bastante. Lástima que no tenga más que piel y huesos ahora mismo, porque podría realmente hacerlas fuertes para la artroscopia. Pero bueno, aunque no puedo fiarme, por lo menos ya no es un mírame y no me toques. Ya veremos qué tal la noche, porque a veces me arde tanto la rodilla derecha que me despierto o no me puedo dormir.
Finalmente he podido apagar los ordenadores y tomarme un respiro. No he podido hacerlo hasta ahora porque he estado atrapada en un bucle horroroso del que no podía salir. Aparte de sentirme mal emocionalmente, los ordenadores me han estado fallando, he cometido errores porque mi mente estaba luchando consigo misma, y el chico de sonido, que es muy nervioso y algo avasallador, me ha estado agobiando todo el santo día. He pensado ahora que he tenido un ambiente súper tóxico a mi alrededor, todo me estaba fallando. Y que debería poder salir a la calle y tomar el aire, sin preocuparme de arreglar las cosas que no funcionan, empezando por este corazón roto. Pero me resulta muy difícil el dejar algo cuando lo he pillado entre las mandíbulas.
Ha sido uno de los días más difíciles de mi vida. La angustia me estaba arrancando la piel a tiras; y lo único que sacaba en claro era un dolor de cabeza cada vez más fuerte, los ojos deshabilitados para ver el fin de esto y anegados de lágrimas pesadas como el mercurio. La sensación de pérdida, de error, de desastre, de injusticia, de desamor lanzándome con violencia de un lado a otro de la habitación.
Y he sobrevivido. Supongo que esto es lo que dicen que es el ser fuerte. Sé fuerte, me dicen. Pero no sé si me estoy fortaleciendo. Tan sólo parece que empiezo a conocer la profundidad de estas emociones, la necesidad que tengo de Septiembre, de hacerla feliz, de compartir tantas cosas que ahora se pierden en el aire, sin testigos, sin palabras. Los ecos que me rodean de nosotras, las oportunidades perdidas, la incomprensión. Pero sobre todo el amor que le tengo. Todo se está revelando y me sobrecoge en una emoción incontenible.
Estoy escuchando (gracias a Dios) el álbum Frank, de Amy Winehouse. Ahora que me rodeo de música todo el tiempo las palabras de las letras me atraviesan como alfileres, mi cerebro está atento a todas las emociones y sentimientos que tengo y que se describen en las canciones a la perfección. Y me he dado cuenta de que lo estoy sintiendo TODO. Sé que estoy demasiado sensible, pero es como si yo fuera una resistencia electrónica que se magnetiza, que vibra con cualquier pequeña corriente de emociones y sus ondas reflejadas en la música por mínimo que sea el voltaje.
Esto también tiene que ver con que, paradójicamente, estoy recuperándome de mi terrible y largo periodo de depresión, y mi cerebro está despertando a la vida, a sus matices, a todo lo que tenía dentro y que no pude expresar durante años. No podía escuchar música; me agobiaba todo lo que tuviera demasiada información que yo no pudiera descifrar. En realidad mi indiferencia no era más que muchas emociones y sentimientos completamente bloqueados, y la imposibilidad cognitiva de acercarme a mi propia alma. Sabía que estaba muy lejos de mí, y buscaba tal vez que Septiembre se diera cuenta de dónde estaba yo para llevarme allí cerca, aunque sólo fuera un ratito. Pero no tuvimos demasiada suerte en eso.
Y hoy he tenido que luchar de nuevo contra mí, aunque ha sido otro tipo de lucha. La que mantuve contra la depresión, aunque era increíblemente dolorosa, la tenía ya en cierto modo dominada. Me refiero a mi capacidad de encajar cualquier golpe, por fuerte que fuera casi sin pestañear, aunque sufriera inmensamente con el dolor. Las cicatrices me protegían de alguna manera (y mi ángel de la guarda). Y la depresión me ha machacado a golpes durante todos estos años, aunque nadie lo sabe o lo entiende del todo. Es muy difícil explicarlo, y más todavía el expresarlo. El caballero de la guadaña me visitaba todas las noches y me invitaba a seguirle después de haber viciado mi cerebro con todo tipo de ideas horribles, pero siempre le di la espalda, aunque se sentara conmigo en mi sofá.
Y ahora no sé muy bien cómo salir de casa, de aquí, de mi mente, del fuerte que he construido, y que de alguna manera me ha protegido del mal tiempo, aunque el enemigo lo tenía en casa torturándome con técnicas de alienación muy sofisticadas y brutales. Y yo encajando, una y otra vez, encajando.
Ahora veo cómo me voy mostrando a mí misma, aunque todavía no al mundo. Veo cómo me rodeo de aquellos objetos físicos e intelectuales que me había perdido durante tanto tiempo. Pero ahora tengo que aprender a ser yo misma también ahí fuera. Y necesito salir a tomar aire. Estoy buscando al zorro.
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sábado, 8 de septiembre de 2012
Presa
Me va a estallar la cabeza. Estoy llegando hasta el límite, y con lo que he sufrido en mi vida y he aguantado llegué a pensar que el límite estaba lejos, pero a pesar de todo me estoy acercando peligrosamente. Yo sé que el corazón no revienta y que tampoco es tan fácil que te dé un ataque cardiaco, pero aún así yo diría que este dolor, esta emoción desbocada me está estrangulando la esperanza.
No es angustia ni ansiedad, es otra cosa, porque sé exactamente lo que me duele, por qué estoy triste, aunque no entiendo cómo puede durar siete meses ya, y cómo puede ser tan fuerte la hendidura que me está causando. Es como si un peso extraordinario me comprimiera el pecho, toda la caja torácica, y las lágrimas tuvieran emboscados a mis ojos, porque los oprimen constantemente. Se conjugan para apelmazarse en el lagrimal y no dan de sí hasta que la presión sobrepasa las isobaras del sentimiento.
Esta tromba de dolor comienza a empujar desde el paladar y me agarra con crueldad la musculatura del cuello, como si quisiera arrancármelo. Las acometidas de las lágrimas tienen un ritmo constante y a veces hay pausas entre ellas, pero a menudo siento con desesperación que se alargan interminablemente. Lloro a menudo hacia dentro, no sé la dirección de las lágrimas, sólo que me atenazan y me impiden parar esto. Me retuercen el paladar y la frente, y me hacen sentirme terriblemente mal, encadenada, prisionera de una sola emoción que arrambla con todo, que me impide ignorarla, que se establece como un huésped omnipotente que yo no he invitado.
Y para colmo estoy atontada, no me entero de nada, tengo que pensar detenidamente en mis acciones para acordarme en los próximos instantes de lo que he hecho, dónde he dejado algo, qué es lo que quería hacer, para no olvidarme y volver a hacerlo, o quedarme con la duda.
Y esto dura horas y horas hasta que mi organismo debe finalmente protegerme para evitar mi colapso, pero luego volverse a repetirse a traición.
Trabajo para olvidarme de todo, intento dormir mis horas, hago ejercicio con la bicicleta, mantengo mi casa limpia y ordenada, pero no consigo hacer nada para parar esto. Estoy comiendo bien, y aún así adelgazo todos los días. Me preocupa mucho. He hablado con mi hermana y me ha dicho con preocupación que no tengo más remedio que aguantar, que esto es así. Intento procesar esta información, porque es la frase más corta y más práctica que puedo recordar y repetirme constantemente. Me siento mal porque aunque esto sea así no le veo final.
A veces me digo: sólo tienes que aguantar este día, esta hora, esta tarde, esta noche. Y me suele ayudar, aunque sólo sea a recuperarme; pero hoy estoy tan cansada, tan exhausta que me siento vencida. No he parado de trabajar, pero hoy no he conseguido ocultarme en las horas ocupadas, ni en la música, ni en mi propia soledad en mi cómoda casa.
He llamado a Septiembre para preguntarle si es este dolor de lo que se esconde cuando tomó la decisión de no sufrir más por amor.
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Dressing station
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viernes, 7 de septiembre de 2012
Love for sale
La noche esculpe trozos de un pasado cercano. Me intento resguardar de nuevo, pero me siento deshojada.
Hoy he salido a la calle para comprar unas cosas, y en todas las tiendas, incluso en aquellas en las que no entraba, había música soul en la que se hablaba de amor, y no pude contener la emoción. La música era en inglés, y pensé que nadie más que yo entendía.
Ayer salí a la calle a buscar un cable para mi ordenador que le había prestado a una amiga, y para aprovechar y airearme volví a casa andando. Pasé una tienda donde Septiembre se había fijado en unos colgantes, también me encontré de frente con un cartel en el metro con dirección a Casa de Campo, la estación donde hacía el último transbordo para ir a su casa; y luego andando por Fuencarral y pasando locales cercanos a Chueca me preguntaba si ella estaría en uno de ellos. La calle me recordaba a Septiembre por todas las esquinas. Tuve que huir.
Ayer y hoy volví llorando a casa, y aunque intenté ocuparme con el ordenador, los cables, no pude calmarme. Incluso cuando decidí hacer un poco de ejercicio de rehabilitación para la rodilla en la bicicleta no pude dejar de llorar.
Ya no sé qué hacer. Me paso todo el día trabajando como una bestia para no pensar en nosotras y darle tiempo al tiempo, y cuando me descuido la emoción me arrasa y de nuevo siento cómo mi corazón me traiciona y se intenta arrancar de cuajo. Al final termino escuchando música y me quita el peso de evacuar mis emociones, y pienso que las personas que escribieron las canciones sabían lo que estoy sintiendo. Si no fuera por la música no sé lo que haría. La letra, las tonalidades, la variedad de matices envuelven mis emociones y las acarician con suavidad, con empatía, navegan por mis sentimientos, los recubren, los conocen, y parece como que me cuidaran.
Me encuentro sola porque parece que en esta sociedad el amor es algo que no tiene mucho valor; es casi como un objeto que se encuentra y se pierde, o que se reemplaza comprando otra unidad igual cuando no te gusta o no les gustas. No sé muy bien de dónde he salido.
Ayer cuando iba por la calle había muchísima gente, y yo me preguntaba si es verdad lo de las almas gemelas teniendo en cuenta que hay tanta gente por el mundo.
Pero yo creo en delfines: tras escogerse viven juntos toda la vida.
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