sábado, 8 de septiembre de 2012

Presa


Me va a estallar la cabeza. Estoy llegando hasta el límite, y con lo que he sufrido en mi vida y he aguantado llegué a pensar que el límite estaba lejos, pero a pesar de todo me estoy acercando peligrosamente. Yo sé que el corazón no revienta y que tampoco es tan fácil que te dé un ataque cardiaco, pero aún así yo diría que este dolor, esta emoción desbocada me está estrangulando la esperanza. 

No es angustia ni ansiedad, es otra cosa, porque sé exactamente lo que me duele, por qué estoy triste, aunque no entiendo cómo puede durar siete meses ya, y cómo puede ser tan fuerte la hendidura que me está causando. Es como si un peso extraordinario me comprimiera el pecho, toda la caja torácica, y las lágrimas tuvieran emboscados a mis ojos, porque los oprimen constantemente. Se conjugan para apelmazarse en el lagrimal y no dan de sí hasta que la presión sobrepasa las isobaras del sentimiento. 

Esta tromba de dolor comienza a empujar desde el paladar y me agarra con crueldad la musculatura del cuello, como si quisiera arrancármelo. Las acometidas de las lágrimas tienen un ritmo constante y a veces hay pausas entre ellas, pero a menudo siento con desesperación que se alargan interminablemente. Lloro a menudo hacia dentro, no sé la dirección de las lágrimas, sólo que me atenazan y me impiden parar esto. Me retuercen el paladar y la frente, y me hacen sentirme terriblemente mal, encadenada, prisionera de una sola emoción que arrambla con todo, que me impide ignorarla, que se establece como un huésped omnipotente que yo no he invitado. 

Y para colmo estoy atontada, no me entero de nada, tengo que pensar detenidamente en mis acciones para acordarme en los próximos instantes de lo que he hecho, dónde he dejado algo, qué es lo que quería hacer, para no olvidarme y volver a hacerlo, o quedarme con la duda.

Y esto dura horas y horas hasta que mi organismo debe finalmente protegerme para evitar mi colapso, pero luego volverse a repetirse a traición.

Trabajo para olvidarme de todo, intento dormir mis horas, hago ejercicio con la bicicleta, mantengo mi casa limpia y ordenada, pero no consigo hacer nada para parar esto. Estoy comiendo bien, y aún así adelgazo todos los días. Me preocupa mucho. He hablado con mi hermana y me ha dicho con preocupación que no tengo más remedio que aguantar, que esto es así. Intento procesar esta información, porque es la frase más corta y más práctica que puedo recordar y repetirme constantemente. Me siento mal porque aunque esto sea así no le veo final. 

A veces me digo: sólo tienes que aguantar este día, esta hora, esta tarde, esta noche. Y me suele ayudar, aunque sólo sea a recuperarme; pero hoy estoy tan cansada, tan exhausta que me siento vencida. No he parado de trabajar, pero hoy no he conseguido ocultarme en las horas ocupadas, ni en la música, ni en mi propia soledad en mi cómoda casa. 

He llamado a Septiembre para preguntarle si es este dolor de lo que se esconde cuando tomó la decisión de no sufrir más por amor. 

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