domingo, 9 de septiembre de 2012

Partes



Por fin tengo algo salado en la cara que no son lágrimas. He estado con la bici y estoy contenta porque las rodillas están aguantando bastante. Lástima que no tenga más que piel y huesos ahora mismo, porque podría realmente hacerlas fuertes para la artroscopia. Pero bueno, aunque no puedo fiarme, por lo menos ya no es un mírame y no me toques. Ya veremos qué tal la noche, porque a veces me arde tanto la rodilla derecha que me despierto o no me puedo dormir. 

Finalmente he podido apagar los ordenadores y tomarme un respiro. No he podido hacerlo hasta ahora porque he estado atrapada en un bucle horroroso del que no podía salir. Aparte de sentirme mal emocionalmente, los ordenadores me han estado fallando, he cometido errores porque mi mente estaba luchando consigo misma, y el chico de sonido, que es muy nervioso y algo avasallador, me ha estado agobiando todo el santo día. He pensado ahora que he tenido un ambiente súper tóxico a mi alrededor, todo me estaba fallando. Y que debería poder salir a la calle y tomar el aire, sin preocuparme de arreglar las cosas que no funcionan, empezando por este corazón roto. Pero me resulta muy difícil el dejar algo cuando lo he pillado entre las mandíbulas. 

Ha sido uno de los días más difíciles de mi vida. La angustia me estaba arrancando la piel a tiras; y lo único que sacaba en claro era un dolor de cabeza cada vez más fuerte, los ojos deshabilitados para ver el fin de esto y anegados de lágrimas pesadas como el mercurio. La sensación de pérdida, de error, de desastre, de injusticia, de desamor lanzándome con violencia de un lado a otro de la habitación.

Y he sobrevivido. Supongo que esto es lo que dicen que es el ser fuerte. Sé fuerte, me dicen. Pero no sé si me estoy fortaleciendo. Tan sólo parece que empiezo a conocer la profundidad de estas emociones, la necesidad que tengo de Septiembre, de hacerla feliz, de compartir tantas cosas que ahora se pierden en el aire, sin testigos, sin palabras. Los ecos que me rodean de nosotras, las oportunidades perdidas, la incomprensión. Pero sobre todo el amor que le tengo. Todo se está revelando y me sobrecoge en una emoción incontenible. 

Estoy escuchando (gracias a Dios) el álbum Frank, de Amy Winehouse. Ahora que me rodeo de música todo el tiempo las palabras de las letras me atraviesan como alfileres, mi cerebro está atento a todas las emociones y sentimientos que tengo y que se describen en las canciones a la perfección. Y me he dado cuenta de que lo estoy sintiendo TODO. Sé que estoy demasiado sensible, pero es como si yo fuera una resistencia electrónica que se magnetiza, que vibra con cualquier pequeña corriente de emociones y sus ondas reflejadas en la música por mínimo que sea el voltaje. 

Esto también tiene que ver con que, paradójicamente, estoy recuperándome de mi terrible y largo periodo de depresión, y mi cerebro está despertando a la vida, a sus matices, a todo lo que tenía dentro y que no pude expresar durante años. No podía escuchar música; me agobiaba todo lo que tuviera demasiada información que yo no pudiera descifrar. En realidad mi indiferencia no era más que muchas emociones y sentimientos completamente bloqueados, y la imposibilidad cognitiva de acercarme a mi propia alma. Sabía que estaba muy lejos de mí, y buscaba tal vez que Septiembre se diera cuenta de dónde estaba yo para llevarme allí cerca, aunque sólo fuera un ratito. Pero no tuvimos demasiada suerte en eso. 

Y hoy he tenido que luchar de nuevo contra mí, aunque ha sido otro tipo de lucha. La que mantuve contra la depresión, aunque era increíblemente dolorosa, la tenía ya en cierto modo dominada. Me refiero a mi capacidad de encajar cualquier golpe, por fuerte que fuera casi sin pestañear, aunque sufriera inmensamente con el dolor. Las cicatrices me protegían de alguna manera (y mi ángel de la guarda). Y la depresión me ha machacado a golpes durante todos estos años, aunque nadie lo sabe o lo entiende del todo. Es muy difícil explicarlo, y más todavía el expresarlo. El caballero de la guadaña me visitaba todas las noches y me invitaba a seguirle después de haber viciado mi cerebro con todo tipo de ideas horribles, pero siempre le di la espalda, aunque se sentara conmigo en mi sofá.

Y ahora no sé muy bien cómo salir de casa, de aquí, de mi mente, del fuerte que he construido, y que de alguna manera me ha protegido del mal tiempo, aunque el enemigo lo tenía en casa torturándome con técnicas de alienación muy sofisticadas y brutales. Y yo encajando, una y otra vez, encajando. 

Ahora veo cómo me voy mostrando a mí misma, aunque todavía no al mundo. Veo cómo me rodeo de aquellos objetos físicos e intelectuales que me había perdido durante tanto tiempo. Pero ahora tengo que aprender a ser yo misma también ahí fuera. Y necesito salir a tomar aire. Estoy buscando al zorro.

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