lunes, 13 de enero de 2014

Dolor

Me he dado cuenta de que este terrible dolor experimentado en el último año y medio me ha hecho ver con claridad lo especial que es vivir. El dolor es la excusa perfecta para disfrutar de la vida aún más todavía. Cuando bailo lo hago por mi padre y por mi hermano, por mi familia rota, porque me acuerdo de ellos bailando y porque ahora debo ser yo ellos. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

The way they went


They left with candour, they left in the same way: silently and present. Both my dad and my brother left together, they left with us.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Hielo


Sin saber entonces que la vida nos los arrebataría tan de inmediato, mi madre y yo cubrimos con hielo el cuerpo de mi padre, y sin cumplirse un año, el de mi hermano, intentando alejar la fiebre de la Hyène en las últimas horas de sus vidas. 

Fueron horas alargadas marcadas por el brillo templado y expectante del alba que deslumbraba la oscuridad contenida en las habitaciones del hospital. Mientras aplicábamos las compresas heladas sobre sus cuerpos, nuestros movimientos circulares alrededor suyo posiblemente calmaban el mordisco de la Hyène, y se mezclaban imperceptiblemente con el sonido del mantra del oxígeno que rugía en sus mascarillas. 

Tenían el pecho y los hombros descubiertos, las piernas abiertas. Era como si antes de entregarles a la eternidad, nosotras, las mujeres, la madre, la hija, la hermana, teníamos que bañarles y rozar su piel con las níveas compresas heladas para aliviarles el fuego de las heridas ardientes de la despedida. Y así, lo mismo que al venir al mundo el recién nacido es lavado por las manos de las mujeres para afrontar la vida al pleno oxígeno cardado en frescor, al marcharse, nuestros hombres recibieron la ternura en su piel, nuestras voces suaves arrullándoles, nuestro silencio en un gesto continuo de amor, en un adiós que sólo esperaba de cierto la tierra que te ve nacer y que te arrebata al morir. 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Enorme


Me acuerdo de tocarle la cara y recorrerla con mis manos, tenía esa textura especial por donde corría su melanina que también era la mía y la de mi hermana; una piel fuerte, hidratada y enternecedora que me hacía sentirme viva, suya. Sus labios eran perfectos, esculpidos con líneas finas como en una estatua clásica, con un color beige rosado que resonaba en mi memoria, me recordaba sus besos, especialmente los que ahora me podía dar, suaves, blandos, con esfuerzo, acercándose todo lo que podía. Me gustaba tocar también el cuello rígido de su camisa, bien planchado, cercando su fuerte y amplio cuello; parecía vestirse el cuerpo, la piel con su innata elegancia para seguir haciéndonos partícipes de ella. 

Yo le abrazaba los últimos años para sentir su fuerte musculatura, esa espalda que había visto tantas veces, tan amplia, ancha, cruzada de arriba abajo por una línea del grosor del dedo índice, redondeada a los lados y flexible, potente. Y al abrazarle podía contener su espíritu, la tonalidad de nuestra relación, el hecho de cuidarle y querer cuidarle más, el fuselaje de toda su vida en acción, en movimiento, enorme, absolutamente enorme. Sigue siendo mío, y yo su hija.


sábado, 7 de septiembre de 2013

Ella, yo


Veo pequeños gestos y detalles que me hacen notar que mi madre a veces ocupa mi espacio de trabajo, de descubrimiento, de exploración. La almohadilla del ratón tiene un pequeño bolsillo de plástico donde ha metido una nota con la extensión de la habitación de mi hermano en el hospital. Mis libros aparecen montados en columnas encima de la mesa del despacho de mi padre, con las hojas al vuelo creando abanicos, y un billete de diez o veinte euros entre sus páginas para el taxi, dinero que normalmente devuelvo; lo pongo debajo de uno de los dos (y tres) relojes de alarma que tiene mi madre encima de su mueble del dormitorio, alineados en un pequeño triángulo junto con los vasos de agua estática tras toda una madrugada en vela, con un despertar fijado en las agujas de todos los relojes a las seis de la mañana.

El despacho de mi padre donde me refugio y que me he asignado, aunque sin cambiar demasiado las cosas, huele a su dulce colonia que significa tanto ella, su presencia. He arreglado el portátil que mi padre se trajo de la oficina al dejar su puesto en la empresa, y sigo rodeándome de sus revistas y libros de medicina por doquier, sus múltiples fonendos y aparatos quirúrgicos, los ángeles querubines de porcelana de mi madre, los libros de arte de ella, los ocurrentes objetos de oficina regalados por los laboratorios, la mesa de roble imponente y bella para recibir a pacientes de ambos, y los muebles y paredes de madera oscura que hacen de este despacho un clásico en su mobiliario, pero sin el espíritu rancio de otras consultas médicas de los años 60 y 70 que todavía huelen antiguo y despliegan un caduco espíritu abrumador y solemne.

¿Cuándo entra mi madre aquí? No sólo viene para airear el despacho ni llevarse mi taza de café vacía del día anterior, y tampoco para mover mi desorden de sitio. Tal vez nota que mi desinterés en limpiar el polvo de la mesa (no ha llegado a proporciones irrazonables) y mi respeto a todos los objetos de mi padre muestran mi deseo de integrarme en su mundo y no alterarlo demasiado. Los armaritos bajos empotrados en la habitación están llenos a reventar de mis modems, routers y cables, objetos mecánicos e informáticos varios que no están a la vista aunque ocupan espacio, pero eso sospecho que a mi madre le gusta porque le muestra mis múltiples naturalezas, mis excentricidades, mis maneras distintas que ella se ha pasado la vida apoyando y fomentando desde que yo era pequeña y curiosa, resuelta y empeñada en arreglar mecanismos internos, aunque a menudo destruyéndolos (ahora los arreglo de forma intuitiva, casi mágicamente, de manera inconcebible).

viernes, 14 de junio de 2013

Rock & roll whore


Una de las cosas que estoy evitando desde Londres es el convertirme en una maldita estrella de rock. Quiero decir que mi trabajo artístico se convierta en el centro de mi vida y me haga obscenamente egocéntrica y egoísta. Ahora resulta que el alejarme de este planteamiento como si fuera la peste ha sido tan catastrófico como el estar completamente ebria de él, ya que cada vez que he estado trabajando en algo y ha sucedido alguna tragedia o se ha cernido sobre mí una responsabilidad perentoria que he sentido mi deber asumir, he dejado mis proyectos en el aire, y entre una cosa y la otra al final me he encontrado desterrada de mí misma y he perdido las plumas de todas formas. Y he culpado a la vida por ser tan jodidamente difícil y contradictoria. Ya ves ...

Hoy estoy trabajando de nuevo con la determinación y obstinación de antaño. Es extraña la famosa frase de "la vida sigue". En realidad no es que la vida siga, es que siempre está en suspenso, frágil, abriéndose camino ...

domingo, 12 de mayo de 2013

Señales

Mi hermano está ingresado en un hospital sin nombre. Porque los hospitales son como calles sin título que todo el mundo conoce pero que nadie quiere nombrar.

Ahora paso por delante de ese hospital y digo: "Aquí es donde murió mi padre". Donde murió tumbado, callado, evanescente.

Cuando vienen a afeitar a mi hermano pienso en cómo conseguirían rasurar el aire cardado de los pasillos, el olor a papel mojado de la sala de espera.

De madrugada el control de enfermería es esa parada de tren desierta, donde nada se mueve, con esa inflexibilidad de regimiento, donde se contempla la cuadratura del círculo, las sendas concéntricas, el reloj parado; donde los fantasmas acuden desnudos, apenas cubiertos por las pequeñas camisolas de tela ligera e industrial para pedir su bandeja de comida, su vasito de pastillas.

Preguntas, te vuelves, circulas, entras y sales. Vas a comer a la cafetería. Es un ecosistema cerrado, como una prisión de puertas abiertas donde sales a tomar el aire tú sola; una interrogación constante sobre la vida y muerte, un tránsito por tus terrores nocturnos.

Los ascensores grises son testigos de sollozos, de improntas de manos y piernas, de las pisadas gruesas de los bedeles y los cuerpos sin perfumar de las enfermeras.

Aquí no hay sistema de clases, aquí predomina la espera sobre la huida. Todo es relativo o implacable.

lunes, 15 de abril de 2013

Visitas


Caminos de ida y vuelta, la reserva abierta, la vida entrecortada. La lluvia se amortaja, es en el recordar donde nieva. 

lunes, 8 de abril de 2013

Indicios


Es extraño decirlo, pero creo que me estoy acostumbrando a su ausencia, me resulta más sencillo saber que se ha ido pero que tras su muerte su recuerdo lo impregna todo y continúa creando y sosteniendo esta familia. Su casa sigue en pie, su despacho; su vida ha tenido sentido. Sus libros de medicina me observan con toda la contundencia de sus cientos de páginas y parece que me hablaran, porque son su legado. Su silla de ruedas, su martillito para testar los reflejos en las rodillas de los pacientes, su aparato para leer electrocardiogramas, todo esto me rodea mientras escribo esto en su portátil.  

Si quisiera podría oler su colonia porque todavía quedan unas gotas en el frasco del baño. Ya no me pregunta el qué hubiera podido ser porque lo estoy viendo ahora mismo.

Ayer tras ducharme me puse en el cuerpo la crema que mi madre utilizaba para hidratarle las piernas y los brazos en el hospital. Ella me dio el bote y lo he estado mirando en el baño sin cogerlo durante todos estos meses. He estado utilizando otras cosas suyas: me voy a hacer sus gafas, tengo su bufanda, etc, y creo que mañana le pediré a mi madre su cadena de oro, pero no había abierto ese bote de crema porque no quería acordarme demasiado del hospital. 

Para mí el ponerle crema a mi padre e hidratar su piel negra formaba parte de algo que tenía que ver con nuestra identidad, con el sentido de la vida. Ese sentido de sentirte y ser, y ver quién eres y de dónde vienes, y que vas a seguir siendo aunque el cielo se resquebraje y caiga, la tierra se contraiga y convierta en tentáculos batientes sus propias carreteras y cordilleras, o la muerte te muerda como una serpiente y te arranque de tu propia piel a las personas que quieres.

viernes, 8 de febrero de 2013

Corre


El recuerdo se abre paso entre los sentidos: lo palpas, lo imitas, te roza la mejilla, se imbrica en tu piel, se tiende a tu paso, detiene tus palabras, tus pensamientos. 

Es en un lapso reverso de tiempo cuando aparece casi como una centella que mantiene su candor. El lado derecho de tu cabeza parecería que te escuece, la mirada se extiende mientras escala por ella la tristeza. Ves establecerse un puente entre tú y él, es como si pudierais rescataros mutuamente y aunar las manos. Él se va pero saluda cortés, con galanía, porque ha prometido nunca abandonarte. 

Es el recuerdo de mi padre, cuando le veo desde lejos, corriendo como en esa foto tan preciosa en blanco y negro. 

I can live in your smile.

sábado, 2 de febrero de 2013

El rayo


En los últimos años, mi vida ha sido dominada por la enfermedad. Sobre todo la de mi madre, mi padre y mi hermano. Y además existe una relación muy clara entre la enfermedad de mi padre y mi hermano y la vulnerabilidad y el sufrimiento que padece mi madre que lleva cuidándolos toda la vida a costa de su salud. 

Y para mí, que desde fuera soy partícipe, pero no sufro en mi propia carne, la enfermedad es algo que tendría la capacidad de dominar por completo mi vida si lo permitiera; su vínculo con un futuro aún más desesperado es constante, a menos que la esperanza o la entereza lo destierre. Sobrevivir a ella si eres sensible al hecho de que otras personas en tu familia estén sufriendo conlleva la concepción y desarrollo de un plan muy sofisticado para impedir que te afecte y que pueda hundir. 

A veces me sorprendo al darme cuenta de que para blindarme permito que mi corazón albergue cierta indiferencia forzada, dureza, incluso falta de solidaridad. Creo que no me dejo llevar por la cobardía porque sé que lucho de forma apasionada por estar a la altura de las circunstancias. Pero ahora que a mi hermano le ha vuelto el cáncer y mi madre está débil y vulnerable, necesito aislar para mí un espacio en el que refugiarme, expresarme, repostar. Este espacio estoy dispuesta a compartirlo: no es un espacio inalterable o cerrado, pero conlleva un número de horas en el que no quiero pensar demasiado en las borrascas de nubarrones negros y cargados que se acercan, porque llegarán igualmente. James Baldwin dijo que la esperanza existe porque hasta ahora hemos sobrevivido, y además no nos podemos permitir el lujo de hundirnos.

Es difícil hablar de esto, porque la mayoría de la gente o se desespera, disgrega, desgasta, o se esconde de la enfermedad ajena aunque su familia y gente cercana sufra enormemente. 

Cuando empiezas a hacerte más mayor y te das cuenta de que las personas que antes te cuidaban ahora dependen de ti, debes desmontar esa idea de que estás en el mundo para conseguir lo tuyo, para rodar con libertad sin demasiadas responsabilidades, para entregarte con devoción a esa vida que corre a rienda suelta en búsqueda de tus sueños, y a reparar los daños del rodaje y las inevitables desilusiones.

También entiendo que el hecho de ser padre o madre te quita tiempo para poder estar ahí y ayudar cuando es necesario. Y lo mismo lo mismo que un bebé no llega a este mundo con un manual debajo del brazo, el cuidar de tu familia a veces te provoca muchos interrogantes. ¿Qué haré cuando pase esto, lo otro, cuando llegue el momento? Bien: harás lo que haya que hacer; lo harás mejor o peor, pero cumplirás con tu obligación. No te preocupes.  

Yo sé que he estado en el frente, que he defendido a mi familia, que acepto el papel que me ha tocado de ser responsable de cuidarlos, porque tengo más libertad y paradójicamente tal vez más recursos psicológicos, a pesar de la zozobra emocional en la que vivo. Estoy acostumbrada a surfear las grandes olas.

Cuando te das cuenta de que nadie te había explicado en que consistía esto: la parte de la vida que nos llega ineludiblemente, y que es lo más humano que existe; un momento en el que no te puedes desvincular porque tu cariño, tus valores son dictados por tu corazón, en ese momento es cuando la madurez te alcanza como un rayo cargado de voltaje que te agita violentamente el cuerpo para decirte: ¡Despierta!

No hay nada más real, más vivo, más universal: el dolor ajeno y tu corazón sangrando lágrimas para acompañarlo. 

lunes, 28 de enero de 2013

Sujeto tus manos y seguimos hablando


La muerte de mi padre ha causado un vacío insondable. Yo me sumerjo en su búsqueda. No es una despedida. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Encadenadas


La lucha contra la muerte no es una lucha desigual. A la muerte se la vence o se la combate en el campo de batalla. Eres tú o ella. Pero la muerte también te enseña a pelearte por la vida, a sanarla, porque la muerte puede ser muy rápida, muy sencilla, muy elocuente en su brevedad y en el cuerpo a cuerpo, cuando sólo existen las distancias cortas. Te mantiene sensibilizada con el sufrimiento, pero también presente en la ausencia, por su brutalidad, su silenciosa inoculación de la pérdida, de la despedida, del no retorno.

Te inmuniza contra aquello que te impide seguir, enfrentarte, dinamizarte, ganar. Las dudas te las desvela, el dolor lo retrae y te despeja la mente para actuar, para ser tú misma, para no rebelarte, para brillar. 

Hablan de las estrellas como en cuento de hadas. Pero las estrellas existen al igual que las almas. Esa mirada de mi padre en la foto de médico que alumbra mi mesa de escritura, esa sonrisa de estar ahí, de querer vivir, de pensar en el minuto siguiente que ahora no existirá para él, pero para mí sí. Quiero continuar, quiero vivir, quiero olvidarme de esta muerte a la que le arrebatamos minutos, segundos inigualables, momentos de gloria, de exaltación, de felicidad franca y buena. esa muerte que me ayudó a recuperar el valor, que me enseñó a tararear música mientras me desplazo por este tiempo que ya no tiene el mismo sentido, que ya no grita sus huidas, que desvanece las dudas y las réplicas. 

No me das miedo, simplemente me perteneces. Mi padre, como siempre, te habló de tú a tú. Así era él. Así seré yo. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Rosebud


Hay otros mundos posibles, hay multitud de mundos posibles, y sólo se trata de rendirse a lo que es evidente, y dejar de justificarse en un inmovilismo de resistencia. Basta de redenciones, de carencias, de búsquedas desencaminadas. Finalmente me siento capacitada para afrontar con lucidez mis batallas interiores, porque no son daños colaterales sino la materia prima de mi creatividad. 

Este mundo posible al que ya me voy a incorporar sin reservas y con exclusividad consiste en la simple expresión de los sentimientos internos, la observación de estos por medio de mi propia escritura, y también por la lectura señalizada con el puño y letra de aquellas personas que los han plasmado de forma tan concienzuda, inteligente, visceral, testaruda e inasequible al desaliento. 

La expresión literaria puede haber surgido como expresión desesperada, incoherente, desabrida, biliosa, reprensible, rota, fragmentada, incompleta, alcoholizada, alterada. Pero a menudo las maneras rábidas y personales, sin ambages, sin vergüenzas, luchando contra la inhibición de sus impulsos más fieros, plasmaron sus incoherencias y batallas por adaptar y adaptar(se) a este mundo, sin abandonar la fidelidad a su cosmología interna, como perros a su instinto zapador.

Voy a dejar de lado la obsesión por revisar las narrativas de mi historia personal, de esas horas, esos minutos, esos años. Porque no me interesa vivir en el ahora mismo ni en el mañana, y me frustra tener que pensar en el tiempo como una medida de la existencia. No me importa que sea lunes o viernes, que tenga esta edad o haya tenido la otra. Esta versión de la cartografía del tiempo se extingue en ese último suspiro como aquel de mi padre en el que no dejo de pensar. Un último suspiro, breve, sencillo; un adiós sin sufrimiento, tal vez con sorpresa, y toda tu vida se sintetiza, se termina con una exhalación del alma y del cuerpo; y a veces no te queda tiempo de revisar lo que has hecho o lo que has querido hacer, de expresar todo tu esfuerzo. Es un simple adiós al mundo en el que dejas de existir. Carpe diem!

Los sentimientos como estilo de vida, la percepción como necesidad para esclarecer tu lugar en el mundo, para continuar, para respirar, para ser. 

La escritura, la lectura, al fin. 

sábado, 8 de diciembre de 2012

Cosas que no sé hacer


Planear esos días libres, pensar que llega mi cumpleaños, saber qué comprar a las amistades por los suyos, hacer fotos en vacaciones, tener a mano la tarjeta de bonificación del supermercado, llevarme el paraguas cuando llueve (a menos que lo tenga dentro de mi mochila durante todo el año), no olvidarlo en cualquier parte si lo llevo, lavarme el pelo antes de salir los sábados. 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Sentimientos II


En estos momentos en mi vida hay muchas emociones fuertes flotando por los aires, chocándose, mirándose, esperándose. No sé muy bien cómo reaccionar, y a veces ni sé lo que estoy haciendo, o si lo estoy haciendo bien. También quiero reprimir mis impulsos cuando aconsejo a las demás personas en mi familia lo que hacer o lo que sentir, porque desde ese momento parece que yo también tengo la responsabilidad sobre lo que les está pasando por dentro. Pero en muchas ocasiones me atrevo perfectamente a asumir esa responsabilidad. No me importa el peso y quiero hacerlo.

Otras veces siento el borde afilado de la lucidez que antes no tenía, la que te permite quitarte la venda de los ojos, la que te dice exactamente lo que tienes que hacer. Estoy empezando a escuchar otra voz en mi cabeza que es la que me guía por el precipicio y me para ayudarme a vencer el vértigo me impide mirar hacia abajo. Es una voz valiente, experta, relajada, sincera, y no sabía que existía. Es muy extraño. También hay sentimientos que no he tenido nunca, formas de mirar a otras personas que no existían antes. 

Hay veces que llorar no es opcional, y no pasa nada. 

De repente lo irreversible, lo inevitable, la muerte, la enfermedad, lo práctico, lo ético, lo que falta por hacer planean constantemente sobre nuestras conversaciones. Estoy haciendo otra cosa y me acuerdo del instante en el que mi padre murió. El mundo se ha abierto como una presa, y la realidad ya no exhibe trucos ni mentiras para protegerte. 

Ahora sé cuáles son realmente las heridas que duelen para siempre, y cómo no revalidar las que te hicieron daño en el momento, pero que en realidad no dejan tanta huella como pensaste. También estoy aprovechando la ocasión para establecer mejor mis prioridades. Cuando hay cosas importantes que te han pasado, ya las tonterías te empiezan a parecer tonterías y no cosas relevantes. Estamos luchando por muchas cosas que nos llevan toda la energía, mientras que la verdadera esencia nuestra se queda por el camino. Me digo muchas veces: "Y esto ¿qué me importa? Total ... " Total. Un montón de cosas que ya no importan nada o casi nada. 

Al final no sé en qué persona me estoy convirtiendo. It better be good. 

viernes, 30 de noviembre de 2012

Hierba



Este año ha pasado todo lo imaginable. Realmente a veces miro al suelo y me admiro de estar pisándolo y mantenerme de pie. Pero la verdad es que cuanto más palos te da la vida, más parece que te vuelves una bella pieza de piedra a la que se esculpe y se le va dando forma. 

Hoy he leído una hermosa carta escrita en la primera guerra mundial por una enfermera a la madre de un pobre soldado que murió de neumonía en el hospital. La enfermera incluye en la carta un poco de hierba del campo cercano a donde yacían los soldados en el cementerio, cerca de la tumba del soldado. 

Jamás se me hubiera encogido el corazón de esta manera con la belleza de esta carta si no hubiera sido por lo que ha pasado este año.  

La vida es hierba. 

The sacrifice is not in vain
www.lettersofnote.com


In November of 1918, just days after the end of World War I was announced, a young soldier named Richard Hogan was hospitalised in France with influenza. Two weeks later, he passed away. Shortly after his burial, Maude Fisher, the American Red Cross nurse who had cared for him during his final days, wrote the following heartfelt letter of sympathy to his mother.

(Source: War Letters: Extraordinary Correspondence from American Wars.)

November 29th, 1918

My dear Mrs. Hogan:

If I could talk to you I could tell you so much better about your son's last sickness, and all the little things that mean so much to a mother far away from her boy.

Your son was brought to this hospital on the 13th of November very sick with what they called Influenza. This soon developed into Pneumonia. He was brave and cheerful though, and made a good fight with the disease. Several days he seemed much better, and seemed to enjoy some fruit that I brought him. He did not want you to worry about his being sick, but I told him I thought we ought to let you know, and he said all right.

He became very weak towards the last of his sickness and slept all the time. One day while I was visiting some of the other patients he woke up and seeing me with my hat on asked the orderly if I was his sister come to see him. He was always good and patient and the nurses loved him. Everything was done to make him comfortable and I think he suffered very little, if any pain.

He laughed and talked to the people around him as long as he was able. They wanted to move him to another bed after he became real sick and moved the new bed up close to his, but he shook his head, that he didn't want to move. The orderly, a fine fellow, urged him. "Come on, Hogan," he said, "Move to this new bed. It's lots better than the one you're in." But Hogan shook his head still.

"No", he said, "No, I'll stay where I am. If that bed was better than mine, you'd 'a' had it long ago."

The last time I saw him I carried him a cup of hot soup, but he was too weak to do anything but taste it, and went back to sleep.

The Chaplain saw him several times and had just left him when he breathed his last on November 25th, at 2:30 in the afternoon.

He was laid to rest in the little cemetery of Commercy, and sleeps under a simple white wooden cross among his comrades who, like him, have died for their country. His grave number is 22, plot 1. His aluminum identification tag is on the cross, and a similar one is around his neck, both bearing his serial number, 2793346.

The plot of the grave in the cemetery where your son is buried was given to the Army for our boys and the people of Commercy will always tend it with loving hands and keep it fresh and clean. I enclose here a few leaves from the grass that grows near in a pretty meadow.

A big hill overshadows the place and the sun was setting behind it just as the Chaplain said the last prayer over your boy.

He prayed that the people at home might have great strength now for the battle that is before them, and we do ask that for you now.

The country will always honor your boy, because he gave his life for it, and it will also love and honor you for the gift of your boy, but be assured, that the sacrifice is not in vain, and the world is better today for it.

From the whole hospital force, accept deepest sympathy and from myself, tenderest love in your hour of sorrow.

Sincerely,

Maude B. Fisher

viernes, 16 de noviembre de 2012

Fotos


Mañana hará un mes que ha muerto mi padre. Me lo ha dicho mi hermana esta noche; la verdad es que no lo había pensado. Su voz estaba temblorosa, temiendo despertarse mañana y darse cuenta de que todo no ha sido un mal sueño. 

Un mes. No sé muy bien lo que significa; probablemente no es tan importante, es un número de días casi arbitrario en lo que se refiere a los sentimientos. Aún así lo que ha pasado lo tengo muy claro en la cabeza. Cada día ha contado su peso en plomo. En eso consisten los aniversarios. En saber lo que te ha pasado desde la última vez. 

Pero mis auténticas emociones se encuentran escondidas dentro de las bolsas todavía llenas de las cosas que me llevé al hospital y al tanatorio. Cuando lave la manta, cuando ponga de nuevo las fotos, cuando mi casa esté arreglada como el día que salí de aquí sin saber que pasarían semanas antes de regresar, entonces me preguntaré cómo ha quedado todo. 

Hay ciertas cosas en las que no quiero pensar demasiado, aunque estén ahí. Es increíble el número de ellas que hay pendientes en mi cabeza. No me explico cómo voy a seguir mi vida y tener tiempo además de sentir todo esto. Hay algunos momentos en los que me doy cuenta de que no he pensado en él durante horas, y me pregunto dónde habrán ido esos pensamientos perdidos, qué hubiera podido haber en ellos. 

Cuando estoy en casa de mi madre y veo sus fotos por todas partes o las evito o las miro, e inmediatamente si las observo pienso en ese pedacito de historia suya y nuestra, en lo que expresa la foto, en lo que había detrás, en dónde estaba, en qué momento fue, en por qué tenía esa pose, en quién se la hizo (muy a menudo fue mi madre). Me he dado cuenta de que hay fotos en las que miras a la cámara y otras que te hacen sin ser tú demasiado consciente. Mi padre tiene muchas de estas últimas: en una cena, en una conferencia, en un viaje de negocios. La narrativa cambia mucho en estos casos con respecto a las otras fotos. Mi padre tiene muchas fotos suyas, y cuando sonríe siempre tiene la misma sonrisa. Es increíble conservar la sonrisa durante toda tu vida. 

Mi sobrinita de dos años ahora dice que se tumba en el lado de la cama del abuelo, y que ése es su lado ahora cuando quiere dormir. Le puse una corbata suya el otro día, y hoy me ha pedido que se la ponga otra vez. A menudo señala las fotos de mi padre y dice sonriente e ilusionada que en ellas está el abuelo. Parece que ella piensa en él a menudo porque no quiere olvidarse ...

martes, 13 de noviembre de 2012

Vagar

 
Estoy bien, no me encuentro atemorizada por la tristeza, pero me he encallado. Tengo la casa hecha un desastre. Todo comenzó el día después de la muerte de mi padre, cuando tuve que entrar en casa mientras mi hermana me esperaba en el coche camino del tanatorio. Tuve que buscar y coger apresuradamente todo tipo de cosas necesarias: fotos de mi padre, marcos, cargador del gps, hacer un cambio de pantalones, de zapatos, etc. Mi hermana no sabía el camino y estaba nerviosa, y yo no encontraba las cosas, así que me di muchísima prisa y dejé cajones abiertos, otros volcados, perchas sin colgar, etc. Tras su muerte y en el tanatorio yo me encargué de organizarlo todo, hasta en el entierro tuve que encararme con un sepulturero que nos quería echar un segundo después de finalizar porque tenía prisa.


Después pasé casi dos semanas en casa de mi madre durmiendo, cuidando de ella, comiendo, respondiendo al teléfono. Vinieron mi tía y mi tío de Canadá, en compañía de mi prima. Con ella hablé durante muchas horas, compartí el caudal ingente de nuestra melanina, de nuestro adn común: me abrazó, me besó, me escuchó. Pasó el funeral, las comidas en restaurantes, los recibos por pagar, las visitas al cementerio para ultimar el acabado del mármol de la tumba de mi padre.

Y cuando volví a mi casa, cargada con las bolsas de lo que había llevado al hospital (un edredón, una manta, pijamas, etc), y lo que llevé al tanatorio, mi únicos objetivos fueron el ponerme mis pantalones de andar por casa, mi sudadera gris, tumbarme en mi sofá y descargar los capítulos de mis series preferidas, buscando comedias románticas, cine independiente, cine francés, etc. 

Y a partir de aquí tengo poco que contar. Me he ido a la cama a altas horas de la madrugada, dormitando entre capítulo y capítulo, película en película. La casa se ha llenado de objetos amontonados unos encima de otros. No he guardado nada, simplemente he apartado como he podido todo lo que andaba por medio, tan sólo para poner otras cosas en su lugar. Me he dedicado a comer pan con tahini, patatas Pringles, palomitas de bolsa, alguna manzana, alguna naranja, y los envases y restos de comida están encima de mi mesa y de cualquier superficie hábil. Tengo que cerrar la nevera con rapidez porque ahí languidecen unos garbanzos podridos que puse en un tupper antes de que sucediera todo. Abro botes y no los cierro, cojo un plato detrás de otro y los amontono de cualquier manera cuando se ensucian. Cuanto más desastre se acumula, más incapaz soy de impedirlo. 

Al apoyar la cabeza en el brazo del sofá me he causado dolores de cabeza, de cuello, de hombros. Tardo medio día de media en lavarme los dientes, se me ha acabado la ropa interior, no soy capaz de quitar el tendedero medio vacío de en medio del baño. 

He pasado más de diez días en un sopor continuo, no he respondido a ningún mail, apenas me he acordado de los mensajes de texto que me han enviado. He puesto todo tipo de excusas para no ver a mis amistades, y sólo he ido a casa de mi madre unas cuanta veces, incluyendo hoy, para no dejarla sola. 

He pensado en mi padre, me he acordado de aquellos momentos en los que me cogía de los brazos pidiendo ayuda, en los que se emocionaba al verme llegar, en los que estaba en estado crítico luchando por esas horas más en nuestra compañía. 

Me acuerdo de Septiembre y me pregunto por qué ha habido tanto desamor durante tanto tiempo.

También he intentado escribir todos los días, para no alienarme por completo, pero estoy muy harta de la situación. Hace casi un año que no me pasaba nada de esto, a pesar de lo difícil que ha sido todo. Y finalmente he caído. 

He tenido momentos oscuros, pero ahora he pasado a otra etapa en la que en general simplemente me encuentro vaga, desmotivada para las cosas prácticas, bastante incapaz además de hacerlas. Me falta coordinación motriz, mis movimientos son torpes e incompletos, pienso de forma incompleta. Me acuerdo de cuando me movía por casa con todo en su sitio, cuando trabajaba tranquilamente, cuando las tareas cotidianas no eran un esfuerzo tan grande, y recuerdo que en situaciones similares hubo algún momento en el que mi motivación se activó y se mantuvo de forma continua.

Ahora estoy esperando con cierta resignación a que mi cerebro se cargue de los neurotransmisores necesarios para poder movilizarme, aunque guardo la esperanza de que una Mary Poppins pueda ayudarme tan sólo a arreglar la casa, me prepare una comida caliente y me traiga un té a la mesa de montaje. Me gustaría que volviera al día siguiente y al otro para animarme a seguir, para echarme una mano. 

No quiero pedir ayuda a nadie conocido porque tendría que explicar demasiadas cosas y es una situación que requiere intimidad y confianza. Mi hermana está demasiado ocupada. Esta es mi crónica del día. 

Pd: Me acaba de llamar M., mi pequeña de Ámsterdam. Va a venir a verme este fin de semana. Ya ha venido Mary Poppins! 


Réquiem arrebolado


Emprendemos un adiós inacabado. Silenciar la noche, retrasar el día.