sábado, 2 de febrero de 2013

El rayo


En los últimos años, mi vida ha sido dominada por la enfermedad. Sobre todo la de mi madre, mi padre y mi hermano. Y además existe una relación muy clara entre la enfermedad de mi padre y mi hermano y la vulnerabilidad y el sufrimiento que padece mi madre que lleva cuidándolos toda la vida a costa de su salud. 

Y para mí, que desde fuera soy partícipe, pero no sufro en mi propia carne, la enfermedad es algo que tendría la capacidad de dominar por completo mi vida si lo permitiera; su vínculo con un futuro aún más desesperado es constante, a menos que la esperanza o la entereza lo destierre. Sobrevivir a ella si eres sensible al hecho de que otras personas en tu familia estén sufriendo conlleva la concepción y desarrollo de un plan muy sofisticado para impedir que te afecte y que pueda hundir. 

A veces me sorprendo al darme cuenta de que para blindarme permito que mi corazón albergue cierta indiferencia forzada, dureza, incluso falta de solidaridad. Creo que no me dejo llevar por la cobardía porque sé que lucho de forma apasionada por estar a la altura de las circunstancias. Pero ahora que a mi hermano le ha vuelto el cáncer y mi madre está débil y vulnerable, necesito aislar para mí un espacio en el que refugiarme, expresarme, repostar. Este espacio estoy dispuesta a compartirlo: no es un espacio inalterable o cerrado, pero conlleva un número de horas en el que no quiero pensar demasiado en las borrascas de nubarrones negros y cargados que se acercan, porque llegarán igualmente. James Baldwin dijo que la esperanza existe porque hasta ahora hemos sobrevivido, y además no nos podemos permitir el lujo de hundirnos.

Es difícil hablar de esto, porque la mayoría de la gente o se desespera, disgrega, desgasta, o se esconde de la enfermedad ajena aunque su familia y gente cercana sufra enormemente. 

Cuando empiezas a hacerte más mayor y te das cuenta de que las personas que antes te cuidaban ahora dependen de ti, debes desmontar esa idea de que estás en el mundo para conseguir lo tuyo, para rodar con libertad sin demasiadas responsabilidades, para entregarte con devoción a esa vida que corre a rienda suelta en búsqueda de tus sueños, y a reparar los daños del rodaje y las inevitables desilusiones.

También entiendo que el hecho de ser padre o madre te quita tiempo para poder estar ahí y ayudar cuando es necesario. Y lo mismo lo mismo que un bebé no llega a este mundo con un manual debajo del brazo, el cuidar de tu familia a veces te provoca muchos interrogantes. ¿Qué haré cuando pase esto, lo otro, cuando llegue el momento? Bien: harás lo que haya que hacer; lo harás mejor o peor, pero cumplirás con tu obligación. No te preocupes.  

Yo sé que he estado en el frente, que he defendido a mi familia, que acepto el papel que me ha tocado de ser responsable de cuidarlos, porque tengo más libertad y paradójicamente tal vez más recursos psicológicos, a pesar de la zozobra emocional en la que vivo. Estoy acostumbrada a surfear las grandes olas.

Cuando te das cuenta de que nadie te había explicado en que consistía esto: la parte de la vida que nos llega ineludiblemente, y que es lo más humano que existe; un momento en el que no te puedes desvincular porque tu cariño, tus valores son dictados por tu corazón, en ese momento es cuando la madurez te alcanza como un rayo cargado de voltaje que te agita violentamente el cuerpo para decirte: ¡Despierta!

No hay nada más real, más vivo, más universal: el dolor ajeno y tu corazón sangrando lágrimas para acompañarlo. 

2 Comments:

Anónimo said...

Me dejas darte un abrazo fuertote….

Cáceres.

Ssplash said...

¡Claro! :)

Y uno a ti de vuelta

Besoss