miércoles, 24 de octubre de 2012
Siempre estarás, papi
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jueves, 11 de octubre de 2012
Justo hoy
Estoy en una dimensión en la que no me reencuentro como tal, sino que actúo y voy hacia adelante, como para crear elementos y partidas que pueda más adelante incorporar a la línea continua sobre la que estoy reestructurándome. Pero no puedo estar haciendo esto mucho tiempo, porque cuando llega un tiempo muerto, suceden un quiebro, un error, un fracaso o una decepción, pego un pequeño retroceso y parece que estoy dándole una dentellada a mi capacidad de recuperarme.
Pero en este momento, y quiero decir hoy, gracias a la manera tan orgánica en la que se ha desarrollado el día, me he sentido bastante bien. Tal vez un poco expectante, con un poco de miedo de que la cosa se tuerza, puede que un poco cerca del linde frágil en el que puedo llegar a andar sobre la cuerda floja con una pértiga para balancearme entre el sí y el no; pero no del todo todavía. Así que tengo que comenzar a alzar la guardia, por si acaso. Volver a hacer planes, ver cómo puedo hacer un poquito de todo y controlar los ritmos de lo que emprende. Porque cada empresa, cada propósito, cada actividad tiene un ritmo diferente; son como una chiquillada a la que tienes que atender al mismo tiempo y con igual atención y consideración.
Siempre que recibo cariño de forma especial, como si se tratara de una recompensa a mis acciones, y también de forma accidental, me siento especialmente bien. De esa manera en la que se va trazando la línea en la que se sintetiza tu personalidad con el ambiente exterior sin que salten chispas ni se fuercen las muescas. Y también cuando no te lo esperas. Hoy me ha sonreído mucha gente, se ha mostrado solícita, me ha buscado, me ha seguido con la mirada por los pasillos, me ha reconocido, y no sé muy bien a qué se debe. A veces el simple valor de la permanencia, de la constancia, de la coherencia de tus actos aunque al principio no se comprendan, te otorga un perfil que radia algún tipo de atractivo para las demás personas.
Hoy precisamente que no he buscado nada de nadie, ni he exigido, que he agachado la cabeza, he escuchado, y hasta me he despistado, la gente del hospital me ha preguntado, ha pedido mi opinión, y he notado que hasta se han sentido felices de que yo estuviera ahí porque querían de alguna forma enseñarme cómo se preocupan por mi padre, que lo que estamos haciendo está bien, tiene sentido, que finalmente lo entienden.
Hoy que sólo he conseguido que me saliera un solitario tras intentarlo durante más de siete horas, que llevo la misma ropa de ayer, que no me he duchado, que no he sido pesada, y he pasado mucho tiempo apoyada en la pared de pasillo absorta en el juego con mi ordenadorcito, la gente ha querido hacerse notar, me ha sonreído, me ha avisado de que terminaban con mi padre para que entrara, me ha preguntado dónde estaba el termómetro, la crema, qué temperatura tenía, cuándo le iban a poner el catéter, si llegaba ya la alimentación, que cómo estaba.
Ya me sé sus nombres, ya sé a qué vienen - si tiene fiebre en cinco minutos están aquí y le administran paracetamol; si tiene la tensión alta no le mueven demasiado, si le sube la glucemia vuelven y le inyectan insulina. Y ya esperan que les diga algo, que les informe, que les diga quién se ha pasado por ahí, que les trate de forma personalizada. Y justo hoy que mi madre, mi hermana y yo estábamos cansadas de explicarnos, de empujar la maquinaria del hospital, de resolver situaciones.
Justo hoy que no me han salido los solitarios.
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miércoles, 10 de octubre de 2012
Familia en solitario
Me estoy pasando el tiempo haciendo solitarios. No soy muy buena, y sigo sin entender la dinámica que hace que se puedan solucionar, pero voy progresando. Me había llevado el ordenadorcito para escribir mientras mi padre durmiera, pero al final me he dedicado a los solitarios. Supongo que de alguna manera me hacen aplicar la mente a algo que no tiene que ver con lo que está sucediendo ahora, ni con nada de mi vida, ni el amor ni el desamor, ni la memoria, ni la muerte, los sentimientos, el personal del hospital, cómo tratan a mi padre, etc, etc, etc. Me he vuelto un poco adicta al juego la verdad, pero creo que es que me gusta agachar la cabeza y ver cómo pasan las horas sin tener que estar demasiado presente en la habitación de cuando en cuando. También sé que nunca volveré a mirar a un solitario de la misma manera, que me recordarán a este periodo cuando me pasaba horas y horas seguidas haciendo tap tap con el puntero en la pantallita.
Hoy he estado todo el día en el hospital. Como siempre se habla, se explica por milésima vez lo mismo, se escucha, se concilia, se espera, se espera más, entran unos, salen otras, "vamos a hacer lo siguiente ...", más opciones, nuevas alternativas que antes no existían, ¿por qué no lo habían pensado antes?. Se vuelve a escuchar otra vez una promesa que al final se demorará un día y medio más de lo establecido.
Llamo a la puerta de la coordinadora de enfermería, llamo a la de atención al paciente, a la de la sala de médicos. Hablo, hablo, hablo. Vuelvo a la habitación; mi madre me pregunta: "¿Qué han dicho?". Le envío un mensaje de texto a mi hermana con lo que han dicho. Lo que dicen, lo que responden a lo que preguntamos es un circuito cerrado entre mi hermana, mi madre y yo. La información circula y utilizamos los mensajes de texto de los móviles como los telégrafos en tiempos de guerra.
Analizamos tácticas, estrategias, nos animamos mutuamente, encontramos el momento de ser honestas también sobre nuestros miedos, nuestro cansancio emocional, nuestras expectativas, nuestros sueños. Nos mentimos a veces para mantener la esperanza, la energía, el entusiasmo, la tensión que requiere una carrera de fondo.
Cuando hablamos parecemos la misma persona. Al final nos miran directamente a los ojos, no sé si me escuchan; nos están teniendo tan cerca, tan presentes, que al final lo que hacen es tratar de sintonizar con esta familia, con nuestro tono de voz similar, nuestra manera de hablar y nuestras expresiones compartidas, la cadena de expresiones faciales parecidas que les llevan a mi padre, que les motivan a imaginarse quiénes somos, quién ha sido él, cómo se llegó a cimentar esta familia.
La enfermera me vio llorar ayer, pero había terminado su turno y salió pitando; y hoy me ha intentado demostrar su dinamismo, que está pendiente, y me ha intentado animar, y dice que conoció a mi padre en un ingreso hace tres años y medio. Sí, cuando Septiembre y yo nos hicimos novias, le digo la fecha exacta, porque lo recuerdo todo, claro. Lo escribí, lo sé, fue ahí, todo lo que pasó. Ella se acuerda de que mi padre lloraba; sí, fue así. Sufría mucho, su mundo se había fracturado, su mente había explosionado, tenía que marcharse de allí, tenía que operar al día siguiente, ¿cómo me pueden ustedes hacer esto? ¿por qué me han atado las muñecas a la cama? Al verme creo que se lo he recordado.
Fiebre, y por consiguiente paracetamol, destaparle para que no se fría de calor, le miden la tensión, está alta, le refresco la cabeza y el cuello, está ardiendo. Vienen, entran, salen, yo con mis solitarios, pendiente de si arruga la frente, de si se queja, si cierra la boca y por tanto está bien, si ha abierto los ojos, si me mira sin que yo me tenga que ponerme a la altura de sus ojos.
Pinchazo para medición de la glucosa, muy alta, claro, insulina al canto, reclinar la silla para que pose bien la cabeza, el brazo apoyado en la almohada que se desliza, cuidado con la vía en la mano. Humedecerle los labios, ver cómo la auxiliar se carga el termómetro al estamparlo contra las patas de la cama ("éste es de mercurio, pero ahora están prohibidos").
Mi madre se tumba en la cama, le dan mareos, quiere que me baje a la cafetería y que me tome un menú. Le digo que cierre los ojos, que no van a venir todavía, que tiene un ratito.
Ya no queremos practicar pasillismo. Les explico a las auxiliares, tiene mal las rodillas, no puede levantarse cada 20 minutos y pasarse la vida fuera de la habitación apoyada en la pared. Se lo digo mientras termino mi solitario, no dan crédito, no me importa. Mi madre se queda dentro.
Ella se va a ir, yo me quedo, me voy a tomar un café con ella, nos reímos un montón, hablamos, descansamos. Ayer se pasó todo el día y toda la noche llorando. Cada día es un nuevo.
Me quedo toda la tarde. Entran, salen, yo salgo. No me he quitado la bata verde (inútil, por cierto) al salir al pasillo, me medio recriminan, yo sigo con el solitario.
Se ha espabilado, le hemos puesto las gafas. Me ha dado un beso, me quiere enseñar que puede mover un brazo, que puede mover el otro, que lo puede mantener unos segundos en alto. Que él también está haciendo un esfuerzo. Que se esfuerza con nosotras. Que somos una familia.
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martes, 9 de octubre de 2012
El canguro y el radiador
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sábado, 6 de octubre de 2012
53
La auxiliar me dijo que le quitara el anillo a mi padre por si se le hinchaba la mano. Me lo dijo a las cinco de la mañana de forma algo extraña, mientras yo pasaba la noche con él, y no sé si fue por eso que pensé que lo que realmente me dio a entender, sin querer ser directa, fue que era mejor que los pacientes vulnerables no llevaran anillos de oro por si las moscas ...
Y así su anillo llegó a mi mano, de una forma especial y algo torpe y accidentada. Sin saber muy bien qué hacer con él, decidí ponérmelo, y unos instantes después pensé: son cincuenta y tres años de amor entre mis manos. Porque la alianza de mi padre representa cincuenta años de amor incondicional entre mi madre y mi padre. Y hasta que mi amor por Septiembre no se desvanezca, y la esperanza (o la certeza) de que se dé cuenta de que en realidad me quiere no la fulmine el tiempo, llevaré también nuestro anillo de compromiso. No tengo más remedio. Lo decidí en su momento, y aunque a veces me duele sentirlo tan cerca y a ella tan lejos, me siento predestinada a tenerlo en mis manos y creer en él.
Al contarle a mi madre lo que había pasado sonrió y me dijo que podía llevar el anillo hasta que mi padre estuviera bien y saliera del hospital. Ella es realmente la que ha creado ese amor y lo ha hecho existente y fuerte durante todo este tiempo.
Me emociona ser la persona que proteja los cincuenta años de amor de mi padre cosechados en este mundo. Nunca llegaré a conseguir seguir sus pasos, lo sé. Pero si sólo consigo mecerle durante este tiempo en un mar de caluroso cariño y afecto para que él se sienta querido y protegido, me habré acercado una milésima al mensaje del que soy depositaria.
Cada vez parece que me acerco más a él, mientras él se nos va. Llevo alguna ropa suya, escribo con su ordenador en su despacho encima de su mesa de roble. Me he llevado a mi casa sus plumas estilográficas, y todos los días me recibe el olor de su colonia cuando entro de puntillas en su habitación del hospital y le doy un beso para que sienta mi presencia.
Al final, todo es nuestro ...
Me pregunto si finalmente he podido sacar a Excálibur de la piedra.
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viernes, 5 de octubre de 2012
La noche de la marmota
Hoy vuelvo a dormir con mi padre. Y volveré a pisar la noche de la calle, a repicar mis pies en la acera inconsciente, ajena a lo que nos sucede; pasar por delante de la gente que se prepara para su fin de semana como si fueran sombras, y proceder a la inmersión en la Ciudad del Dolor.
Esta noche quiero estar un poco mejor, porque la falta de oxígeno, la incomunicación con el personal que (des)cuida a mi padre, y el calor extraño y seco de esa habitación me provoca un malestar difícil de desprender de mi cuerpo, una sensación de haberme triturado la cabeza, atenazado los pulmones, que tardo otras 48 horas en enjuagar y deslavar.
Pero Papi sigue, y es el que nos mantiene en ruta hacia su destino, que deseo y espero sea un rumbo rítmico y sosegado para avistar pronto la vuelta a casa.
Tengo mi pequeño ordenador, una bolsa de campaña, y la sensación de traspaso de poderes de mi madre y mi hermana a mí. Ya he organizado la ropa para las próximas noches; ya sé que voy a lavar cada muda todos los días y ducharme antes de salir, porque quiero estar libre de gérmenes y desilusiones, de arrugas y pliegues en la esperanza cuando llegue allí y le sujete la mano. Me sentaré a su lado, tocaré su rostro con dedos de ciega para que sepa que estoy ahí, como si él y yo al unísono respiráramos por los poros de su piel, para parar las manillas del reloj y entrar en su ciclo circadiano.
Voy a escribir y leer antes de dormirme, y voy a intentar que al mantenerme en vela y en la semi inconsciencia pueda estar alerta para percibir su respiración, sus toses, sus movimientos, y la vuelta al descanso paulatinamente después de que entre gente en su habitación. Lo hacen gritando, abriendo la luz intempestivamente, como si en vez de entrar en su habitación fueran a abrir un armario para llevarse productos de limpieza.
Debo estructurarme la noche en la cabeza y ser capaz de estar dentro del esquema mental, y no fuera, desarraigada y errante, náufraga en ese extraño paradero donde el tiempo se para y se descose para repetir una y otra vez la noche de la marmota.
Es extraño volcar aquí mis experiencias, regresar a casa una y otra vez después de esta odisea intensa y reiterada, y no poder alojarme en el regazo de alguien que esté fuera de nuestra realidad. Por eso al abrir la puerta de casa me regalo esos veinte segundos sin encender las luces para revisar las sombras de la oscuridad de mi casa, tan diferente de la de la habitación de hospital, porque parece que mi casa me espera y está dispuesta a acogerme, tomar el relevo, y ser ella la que vele por mí durante las horas que me esperan antes de volver con él.
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Ternura
¿Qué es ternura? Ternura es tu madre tumbada y durmiendo con zapatos en la camilla al lado tuyo, y tú entre ella y tu padre moliéndote los huesos en esa silla que se despliega, hundiéndote la cadera en los múltiples huecos, machacándote la rodilla, acariciando la mano de tu padre que duerme en la siguiente cama en su habitación de hospital. Y el sonido del oxígeno como paisaje y arrullo nocturno.
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jueves, 4 de octubre de 2012
No iba a esperar esa llamada ...
Me ha llamado. Estaba pensando en mí. Me ha llamado. Estoy a la espera. Ya no me importa esperar; he aceptado mi pérdida, y tras la pérdida aparece el encuentro.
Ya no piensa en mí de forma directa, ya puede desenmascararme de su vida. Hay veces en las que necesitas ver que mientras el tiempo se estrecha y se ensancha tienes que crear algo completamente nuevo para refundir tu vida, tus ilusiones. Integrar todo aquello que te permita no evaporarte o perderte en el laberinto de los días, de las mañanas y las tardes, de los atardeceres, y los saltos de las horas por los tramos de la lluvia, o entre la arena filtrada del viento.
Hay ocasiones en las que ella pierde tu postura con el desafío de la distancia, y decide incluirse dentro para no estar completamente fuera. Parece que es mejor si no entrega tu futuro completamente al destino ciego. Puede que aunque haya certeza para abandonarte, la certeza sin la sombra de la duda no pueda sostenerse.
Es un seguir estando ahí, pero un estar de otra forma. Y tu presencia es esencial, porque has formado parte de un sentimiento, una idea, una verdad. Aunque nadie se diera cuenta tú estabas ahí, y no tenías que hacer nada, tan sólo ser tú, porque lo has entregado todo, lo has sentido todo, has confiado.
Es como cuando la luz inunda una habitación, al principio no parece que tenga nada que ver con el interior, y poco a poco, aunque te hubieras acostumbrado a la oscuridad, la luz comienza a revelarte, a sincerarte, y te restaura la forma, te acaricia, te vislumbra.
Te añoran, te sienten, te evocan, te buscan. Se desliza el recuerdo de ti y finalmente saben que te quieren, que necesitan alojar en sí el vacío que has dejado, y que antes era la posibilidad de crecer, de que creyeran en ti, de acercarte a ti misma mirando el rostro de tu alma gemela. Tú eres ella, y ahora lo sabe.
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miércoles, 3 de octubre de 2012
Es mi padre
Estoy residiendo en un universo paralelo a éste. Un universo en el que mi hermana, mi madre y yo estamos en shock. Y todas vamos tirando a pesar de todo. Es como si fuéramos una melé de rugby que se mueve armónicamente. Mi hermana me llama por la mañana porque quiere saber las últimas noticias de mi padre, yo le digo que no sé nada, que estoy recuperándome todavía de las dos noches transcurridas durmiendo allí. "Vale", me dice, pues voy a llamar a Mami. "Sí, y dime lo que ha pasado". Me llama de nuevo y me despierta para contármelo. "Cuando vayas dime qué tal le ves", me comenta. "De acuerdo", asiento yo. Pero mientras tanto ella tendrá oportunidad de hablar con mi madre y decirle que yo iba a ir hoy a dormir, y tras eso mi llamada a mi madre sería para ver en qué estado de ánimo se encuentra, para luego advertir a mi hermana del clima y las condiciones en las debemos proceder para animarla, aliviarla o dejarle un poco tranquila para que pueda descansar antes del siguiente round.
Y durante el día se suceden llamadas y contra llamadas en las que te vas haciendo un mosaico de la situación. Quien tiene la información más reciente es el punto cardinal, el bastión fuerte, y todas acudimos en su dirección para ver cuál será el siguiente paso que debemos tomar. Y cuando alguien ha visto a mi padre, esto tiene la mayor trascendencia, así que la melé cambia de nuevo de ruta para acercarse a esa otra persona.
Vamos también desplegando un plan orgánico en el que te enteras de quién ha hablado con la médico estúpida, con la auxiliar desapegada, o con la jefa de enfermería. No es lo mismo el haber hablado con la médico estúpida que con la jefa de servicio. También hay que ver quién se ha desgastado más, o a quién le queda menos credibilidad por haber tenido una bronca con el personal del hospital más recientemente; y así decidimos de forma democrática quién de las tres irá a hablar con quién como poli buena o como poli mala.
En estos momentos mi madre tiene la sartén por el mango ya que ha puesto bastante orden tras una serie de quejas a los altos estamentos que han hecho que la gente la llame "la señora", y temen cuando ella observa algo mal hecho. Pero ahora está muy afectada y abatida, así que hoy me toca a mí pasar ahí la noche y hacerle ver a esta gente que tenemos un equipo para estar con mi padre 24 horas al día, y protegerle de su maltrato y malos cuidados.
La dinámica entre nosotras, L., el cuidador de mi padre (aunque somos todas cuidadoras), y el personal del hospital en sus diferentes turnos (completamente aleatorios) va cambiando también periódicamente. En realidad es un ciclo en que minuto a minuto se van agotando las cargas del juego, una de nosotras pierde o gana una vida, y si lo hemos hecho bien podemos acceder a la próxima fase del juego. Y como cualquier juego de ordenador tenemos que sortear precipicios, monstruos feroces y letales, seres más o menos infernales o farragosos, o simplemente molestos, que te impiden llegar a tu siguiente objetivo.
Primero no le alimentaban, ahora no le limpian bien. Casi se muere de inanición, y ahora no solo tiene que luchar contra dos neumonías contiguas, sino con una infección genital que le ha provocado la mala atención de estas personas. Menos mal que finalmente L. se puso en primera línea de batalla, y consiguió acceder a tiempo a esta problemática.
Ahora todavía nos queda el tema del baño, ya que hemos observado con horror que hay bichos, no lo limpian, y se dedican a usar agua del lavabo y enjuagar el envase de la sonda nasogástrica en medio de toda la roña y la basura. Yo iba a limpiarlo de arriba a abajo con lejía, ya que vamos poco a poco supliendo todo lo que esta gente deja de hacer, pero la estrategia de mi madre de hablar con la gente en mando ha sido el primer paso. Eso fue por la mañana, pero todavía no lo han hecho - difícil será organizar la limpieza de un baño de dos metros cuadrados.
También tenemos fotos y la posibilidad de denunciarles a Sanidad. Así que vamos considerando nuestras bazas paso a paso, implementando una cierta estrategia a medida que las necesidades van surgiendo: una vía arrancada durante horas, y por consiguiente un edema en la mano; dejarle que se le eche la cabeza hacia atrás cuando le elevan con la máquina, porque no se percatan de que la desnutrición y la lucha contra las infecciones le han vuelto como un polichinela desarreglado; su medicación en pastillas aunque él lleve más de una semana sin tragar, etc, etc, etc. Pero en el pim pam pum a veces te alcanza a ti.
Por otro lado las emociones son como las de una montaña rusa. Cuando le ves pestañear, mirarte y reaccionar, te sientes viva, recuperando la sonrisa y la esperanza, fuerte, alimentada. Y cuando pasan las horas y él no se espabila, entre nosotras lo comentamos con seriedad, abatimiento, intranquilidad, y al final una de nosotras lidera el bando optimista para animar a las demás.
Así que hoy voy a ir yo para allá, y espero que la encantadora enfermera de noche del otro día. A., esté ahí, porque es como una aparición, como si nos hubieran enviado un ángel que me dice que duerma bien, y que cuando me despierta se siente culpable y me cierra la luz inmediatamente. Ella entiende que al estar ahí queremos que mi padre se sienta como en casa en nuestra compañía, y no encerrado en un cuarto con cuatro paredes blancas y desvaídas, donde prácticamente nadie añade calor humano al ambiente.
Voy a llevarme mi mini ordenador y escribir, escribir y escribir. Abstraerme, escribir mientras le sujeto el dedo meñique, mientras observo su respiración, la oigo, la siento, analizo sus inflexiones, recorro sus ondas de dentro afuera y en sentido contrario con mi escucha. Le tranquilizo con mi voz, con una presión de mis dedos en su mano, con un tap tap de mi mano en sus sábanas, y hasta un beso (prohibido).
No me importa que las auxiliares, las enfermeras y el resto de la gente piensen que somos ñoñas: es mi padre, y no el suyo.
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Corazón
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martes, 2 de octubre de 2012
Miradas
Pensar, sentir, querer. Qué mundo tan lejano. ¿De qué estáis hablando? Si ni siquiera me puedo permitir el lujo de llorar, porque llevo muchos meses haciéndolo diariamente, y me estoy ajando la piel, me han salido unas arruguitas indelebles bajo los párpados, que surcan el camino hacia mis mejillas, y marcarán mi expresión para siempre.
Y tampoco quiero que el ánimo se desmorone; estamos acercándonos a un punto muy peligroso de no retorno, y no puedo permitírmelo. Mi párpados ya no dan para más, mis ojos están cansados, y además, una vez que tomas la decisión de no llorar, dejas de hacerlo, aunque lo necesites. ¿Ves? Si es que los ojos pueden ser un tapón de las lágrimas, ¿ves? si respiras hondo y sueltas el aire poco a poco las lágrimas se alejan. No vayas a ver a tu amiga del herbolario, no te encuentres a nadie por la calle, llega a casa y no abras la luz durante unos segundos. ¿Ves qué fácil? Vas a conseguir no llorar; sigue, sigue así. Qué bien lo estás haciendo. Ya nos vamos convirtiendo en una autómata, pero bueno, es el precio ¿no? Es el precio de no sentir. Que ya está bien de llorar, no vas a estar llorando sin parar como una nenaza, como una irracional, como una floja. Ya está bien, hombre.
A partir de ahora cuando me mire al espejo podré ver dónde se alojó ese sufrimiento, como una cicatriz, como un esguince después de un empujón, esa mala caída, esa equivocación, esa mala suerte. Tal vez las mire con sorpresa; tal vez alguna mañana me haya olvidado de ellas y las vuelva a ver y me acuerde vagamente de que el dolor me había traspasado los poros de la piel y se había agarrado a su humedad y me había rasgado la cara. Y tenga que pensar en esa persona que fui el año anterior, o hacía tres o cuatro años, esa persona a la que abandonaron, a la que no quisieron lo suficiente, a la que se le encadenó un desastre tras otro, a la que después de perder al amor de su vida el destino se volvió a torcer, y esta vez le tocó a ella bailar en la cuerda floja mientras un redoble le marcaba el momento en el que su padre comenzaba a debatirse entre la vida y la muerte.
No sé qué es lo que tendría que pasárseme por la cabeza. Gracias a Dios por el dolor de ojos, porque ya no tengo que obligarme a pensar. Me estalla la cabeza, estoy mareada, me da vueltas la habitación a mi alrededor si no me siento. Mi mundo se ha fracturado y mi cuerpo es el que ha recibido la tanda de palos.
Y es que aunque mi padre esté luchando contra la muerte, yo no sé hacerlo. Es una enemiga muy poderosa que está acechándole como una alimaña. Pero la muerte no es una perdedora, gana siempre. Puede aburrirse y largarse durante un tiempo; pero si se sienta ahí en el sofá enfrente suyo, si no se mueve, si se llena la habitación de su negrura, prepárate, porque las cosas se están poniendo verdaderamente chungas.
Si me sucediera a mí por lo menos sabría que estoy en el centro de la película, podría concentrarme, sería consciente de cuáles son mis debilidades, mis puntos fuertes. Yo he llegado a pensar que sabía darle esquinazo. Pero de repente estoy experimentando lo que es tener miedo. Todo lo demás que había sentido antes era un juego de niños. Ahora estamos hablando de otra cosa. Es muy sencillo: le miras a los ojos y comienzas a sospechar que ese sueño que tenías tan claro, tan cerca, de que volvería a casa, a su silla de ruedas, a su gorra de béisbol a su carita fría cuando regresaba del paseo, a su presencia al entrar en casa, cuando corríamos todas a cubrirle de abrazos, a esos besitos que todavía nos daba cuando se los pedíamos, pueda ya no suceder.
Lo peor es cuando tu esperanza se desmorona y te despiertas y ves cómo esa pesadilla que estabas soñando no lo era: era real, y te está pasando a ti.
Es cuando quieres cogerle por esa camisola que le han puesto y agitarle para que despierte, para que no se deje llevar; arrancárselo a esa asquerosa cabrona que se ríe de ti y de tu impotencia, se ríe de toda tu familia, se ríe del amor, de la ternura, se ríe mientras tú lloras.
Es cuando comienzas a observar que de un segundo a otro el cielo se ha ensombrecido, se ha apagado la música, tu sonrisa se congela; que lo que era luz ya no es tal, que él ya no está iluminado por tu esperanza, que el rayito se está extinguiendo y que las cosas se están poniendo feas, que las cosas son feas, que tú le habías cubierto el cuerpo entero de guirnaldas y de rosas, y que ahora los cuervos se las están llevando porque ella quiere arrebatártelo.
Y todo esto lo piensas sin permitirte llorar, porque para qué; tal vez no deberías dejar claro que estás desanimada, que tienes miedo, que estás esperando con terror a que ella abra la puerta y se lo lleve, y que la mirada de tu padre ya no te siga cuando mueves la silla o te vas a hacer algo, espera un segundito que voy a pasar al otro lado, porque ahora mismo lo único que tenemos es que nos mire y que parezca que todavía nos ve, y que si te mueves te siga con la mirada, por favor, síguenos con la mirada, por favor, por favor, síguenos siempre con la mirada.
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Ya es Septiembre
Ya sé que mi comportamiento define mis zonas erróneas, que no debería pensar más en ti, ni creer en ti, ni dejar pasar la oportunidad de ser feliz con alguien que me pueda dar la ternura y comprensión que yo también puedo ofrecer. Ya sé todo eso. Y después de ayer lo sé de sobra. Pero no puedo dejar de sentir lo que siento, o negarlo, o convertirlo en algo diferente con la razón, el sentido común.
Ahora simplemente no voy a estar en tu vida, no vamos a tener ningún contacto, y si tú lo decides no volveré a verte. No voy a ser tu amiga. Nos hemos conocido para estar juntas, para entender el mundo y entendernos entre nosotras y desde nosotras, para procrear algo desde nuestras entrañas, para confiar incondicionalmente tú en mí, y yo en ti, porque debemos. Si esto no puede suceder, prefiero desaparecer completamente.
Para mí no estar es lo mismo que estar. Yo te tendré en mi vida, aunque sea desde la distancia, desde el infinito, desde el no ser o desde el no tener.
Yo no quiero transformar nada, y crearnos en en otra cosa completamente diferente para la que no estamos diseñadas. Mi reino solo tiene un precio y un destino. Por eso hablamos de Ítaca.
Es que me da igual lo que digas, y me da igual lo que hagas. Qué me importa. Yo voy a seguir queriéndote igualmente, y eso ya es una premisa testada y probada. Tú puedes irte a donde sea, puedes querer a quien quieras, puedes hacer lo que te dé la gana. Yo estoy aquí haciendo lo mío, y echándote de menos; supongo que cada vez lo haré con más filosofía. Ya no tienes que saberlo, ya no tengo que contártelo. Ya puedo respirar con libertad porque ahora mis sentimientos son puros y no molestan a nadie. Los llevo con naturalidad y no espero conseguir nada con ellos. Tú no quieres que esté contigo, pues bueno. Haya paz. Prefiero estar sola y tranquila.
Si echo de menos nuestro anillo, pues voy y me lo vuelvo a poner, porque para mí es algo natural y no tengo que explicármelo. Ya me estoy situando en el presente, ya no en la espera ni en la esperanza. Me pesan demasiado los párpados para ver algo más de lo que tengo delante delante de los ojos. Así que ya no pienso en ti y en lo que va a pasar, ya he aceptado que no se puede seguir así ni asá. Pero yo tengo derecho a mis propios sentimientos, y aunque intento no encerrarme en la desesperación, sé que te quiero y que el sentimiento no es trágico; es simplemente una certeza, una realidad. Finalmente no tengo que hablar de mis emociones, ni de las tuyas, ni de tus carencias, ni de mis anhelos. Ya no tengo que rebozar mis sentimientos por el barro, por la incomprensión, por el asalto, por la apisonadora. Ya no tengo que acabar sujetándome el tórax con ambas manos para que no se me salga el corazón, huyendo desesperado de la masacre.
Es bonito que el amor que te tengo ya no forme parte de una narrativa, de un plan, de una quimera. Si alguien me preguntase, tal vez no lo revelara. Me van a decir un montón de cosas al respecto, y, mira, ya he oído suficiente, gracias. Ya he escuchado a quien tenía que escuchar. Me van a ver tranquila, y eso les quitará el desasosiego.
Ya no hay reproches, ni explicaciones, ni ofrecimientos, ni relatos, ni besos a la desesperada, ni abrazos con lágrimas escondidas, ni cariños lanzados al viento, ni qué penas. Ya no puedo seguir hablando contigo, ni pensar en lo que ha sucedido en esas conversaciones, ni tratar de entender las batallas campales que se desencadenan sin que yo sepa ni cómo. Ya simplemente estamos en septiembre.
Ahora va a ser siempre septiembre. Para siempre.
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