Hoy vuelvo a dormir con mi padre. Y volveré a pisar la noche de la calle, a repicar mis pies en la acera inconsciente, ajena a lo que nos sucede; pasar por delante de la gente que se prepara para su fin de semana como si fueran sombras, y proceder a la inmersión en la Ciudad del Dolor.
Esta noche quiero estar un poco mejor, porque la falta de oxígeno, la incomunicación con el personal que (des)cuida a mi padre, y el calor extraño y seco de esa habitación me provoca un malestar difícil de desprender de mi cuerpo, una sensación de haberme triturado la cabeza, atenazado los pulmones, que tardo otras 48 horas en enjuagar y deslavar.
Pero Papi sigue, y es el que nos mantiene en ruta hacia su destino, que deseo y espero sea un rumbo rítmico y sosegado para avistar pronto la vuelta a casa.
Tengo mi pequeño ordenador, una bolsa de campaña, y la sensación de traspaso de poderes de mi madre y mi hermana a mí. Ya he organizado la ropa para las próximas noches; ya sé que voy a lavar cada muda todos los días y ducharme antes de salir, porque quiero estar libre de gérmenes y desilusiones, de arrugas y pliegues en la esperanza cuando llegue allí y le sujete la mano. Me sentaré a su lado, tocaré su rostro con dedos de ciega para que sepa que estoy ahí, como si él y yo al unísono respiráramos por los poros de su piel, para parar las manillas del reloj y entrar en su ciclo circadiano.
Voy a escribir y leer antes de dormirme, y voy a intentar que al mantenerme en vela y en la semi inconsciencia pueda estar alerta para percibir su respiración, sus toses, sus movimientos, y la vuelta al descanso paulatinamente después de que entre gente en su habitación. Lo hacen gritando, abriendo la luz intempestivamente, como si en vez de entrar en su habitación fueran a abrir un armario para llevarse productos de limpieza.
Debo estructurarme la noche en la cabeza y ser capaz de estar dentro del esquema mental, y no fuera, desarraigada y errante, náufraga en ese extraño paradero donde el tiempo se para y se descose para repetir una y otra vez la noche de la marmota.
Es extraño volcar aquí mis experiencias, regresar a casa una y otra vez después de esta odisea intensa y reiterada, y no poder alojarme en el regazo de alguien que esté fuera de nuestra realidad. Por eso al abrir la puerta de casa me regalo esos veinte segundos sin encender las luces para revisar las sombras de la oscuridad de mi casa, tan diferente de la de la habitación de hospital, porque parece que mi casa me espera y está dispuesta a acogerme, tomar el relevo, y ser ella la que vele por mí durante las horas que me esperan antes de volver con él.


2 Comments:
Quisiera abrazarte en cada amanecer, en cada regreso. Al fin y al cabo, un mar de distancia no es nada, y tú lo sabes. Así que ahí estaré acechante como tu casa, con una taza de té humeando que te devuelva el ánimo para creer y las fuerzas para continuar.
Muchas gracias, bonita. Desde aquí siento tu cariñito: es cálido y reconfortante :-)
Besitos
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