viernes, 30 de agosto de 2013

This is definitely a new game


Chewing my subconscious' banter. I'm definitely swamped by it, but this morning I cannot face it because I know it welcomes me unabridged. I can't be completely honest about my latest thoughts on family and country.

The sins of literature


Brown bulky mail bags coming from afar, but did those letters matter at all?

Introvertida


De nuevo en el hospital, en la nueva habitación compartida de mi hermano. La pared de las habitaciones y de los pasillos tiene una cinta azul en la parte inferior que envuelve a la planta entera y te invita a seguirla. Recorres medicina interna en busca de un cuadrilátero y sus puntos cardinales, pero no eres capaz de entender la lógica que domina el diseño del alzado. Por lo tanto, te pierdes, y no te sirve de nada la referencia de la máquina del café porque vuelves a esa pared y no está, y la línea azul se ha convertido en amarilla, y ahora las habitaciones están aisladas y pone "infecciosas", y sales de allí pitando porque ya estás harta de bacilos hospitalarios que te rascan la garganta como buscando palabras que no has dicho o recompensas en forma de fluido que luego te dejan los ojos secos y pegados al levantarte y el estómago hecho polvo.

Espina dorsal


Por la mañana escribes mejor. Te enfrentas (porque es un cara a cara) con las palabras y los abstractos que emanan de tu mente, y aceptas las invenciones que se te ocurren. Algunas frases no transportan las resonancias que te gustaría inyectar en el texto, y algunos segundos pendulan entre los tiempos muertos y las proyecciones a medio camino entre la pantalla y tus ojos de vista cansada. 

Hoy quieres decir la palabra cierta, y buscas la frase completa, aunque no tenga significado. Por las mañanas escribes mejor porque no tienes nada que decir apenas sobre el día que empuja y mueve los hilos de la vida de otra gente en la calle, pero que a ti no te sabe a nada todavía más que a café y a un desayuno calórico forzado.  

De repente se acaba agosto, un mes de promesas y manojos. Un mes que ha durado casi más en el corazón que el verano entero. Esta noche no he dormido bien, el estómago me ha tenido en cuarentena. Luego la mañana ha empezado con la firmeza de mi aliento de café pulverizado en el ambiente como por un aerosol, pero mi cabeza es como una meseta expatriada, plana y ancha donde el polvo se ha asentado en un seno caliente.

Entiendo que se pueda escribir por la mañana porque estás flotando en el tiempo recién medido, y si te resguardas en uno de sus pliegues la sombra te ayuda a ver el interior de tu mente. Los ojos los tienes abiertos pero alejados de lo que ven enfrente suyo. Es como si vivieras en un principio sin principio, en unas horas que se miran al espejo perplejas de ser horas, de durar sesenta minutos.

Y la fecundidad de la mente, el paisaje, el terreno se encuentran mucho más a mano. Escribir es más fácil porque no exige una atención profunda, el centrarte, el ignorar lo que hay a tu alrededor, porque todavía no te has despertado a lo que te rodea, y si sigues escribiendo continúas sin ser demasiado consciente de ese circo que tan a menudo comienza a montar su carpa justo a cinco metros de distancia de tu propio lodazal.

Las razones

My own brain is to me the most unaccountable of machinery - always buzzing, humming, soaring, roaring diving, and then buried in mud.

Virginia Woolf

La enfermedad de mi hermano es como una enorme manta de humedad que encharca todo. Empapa mi cerebro y hay algo dentro que queda como inerme, indeciso, paralizado entre encrucijadas.

Hoy he tenido un día en el que me he dedicado en brazadas de tiempo muerto a la cuestión filosófica de cómo justificar la ausencia de productividad. Tenía la cabeza atorada, como un jarrón de flores sucio y desarreglado, y mis ideas eran como sus hojas acorchadas y estremecidas. No me daba cuenta de que el talento no consiste en hacer que las horas fluyan con la tarea justa y se acoplen las unas a las otras como en un perfecto puzzle. La verdadera hazaña y medida del ingenio consiste en sobrevivir a nuestra inoperatividad vital cuando la cabeza no rige o no convence o no ilumina. 

A estas horas de la noche continúo entonando la lastimera letanía por un día desaprovechado, la misma que comencé esta mañana. Y ahora necesitaría una llave inglesa mental para retroceder el destino de hoy. Pero no debería quejarme porque he hecho un poco de todo, aunque no haya conseguido todavía la argucia suficiente que me permita dedicar cuatro o cinco horas a la escritura. 

Este mes de agosto ha sido espectacular por su inmensa fruición y revelaciones. Hoy ni siquiera es viernes todavía, y aunque siento que tengo la mesa a medio poner, la verdad es que mi subconsciente se acerca a una solución definitiva. 

Tengo bacilos hospitalarios circulando por mis neuronas y mis leucocitos, no debería pedirle demasiado a la cabeza, y tal vez sí al corazón. 

jueves, 29 de agosto de 2013

Con las manos


Hay días que haces las cosas con las manos porque los ojos te hierven. Quieres tocar, notar, atrapar sin necesidad de hacer ninguna reflexión ni tomar decisiones. 

Me pregunto si alguna vez volveré a sentir la ligereza, la desinhibición, la despreocupación de cuando era niña. 

martes, 27 de agosto de 2013

Lugares comunes


Es increíble cómo es posible reiterar tus rutinas al volver al hospital. Entras en ese pequeño ecosistema mecánico donde te llaman "acompañante", "familiar", y te reducen a una estructura estanca de la que el personal del hospital se blinda. Eres un resorte para lanzarte frases hechas, consignas de su gremio, respuestas enlatadas con las que ignoran tu reacción: "No podemos facilitarle esa información", "tiene que hablar con su médico", "salga de la habitación un momento, por favor", "ahora le atenderá su enfermera", "no sabemos cuándo se le subirá a planta".

Ayer se infiltraron bacilos hospitalarios en mi cuerpo, al llegar a casa lo he notado. Siento una creciente disipación eléctrica en mis músculos,  un enjambre furioso de diminutas moscas de la fruta detrás de la frente, y una nube de esporas malignas escociéndome los senos paranasales. Me he despertado con esa sensación de desorientación tan típica de levantarse incubando algo. 

Por lo demás el día y la madrugada de ayer fueron un acomodo a los tan bien conocidos momentos de déja vù. Ya sabíamos cómo era la persona aséptica de recepción de las urgencias, las salas nombradas por números donde te hacen el primer reconocimiento, lo brillantemente blancas que son, la actividad frenética que se deja entrever desde el fondo donde se tratan las urgencias, los pasillos semioscuros que engullen los box, la camisola prensada y almidonada que hay que ponerse, la bolsa que contiene la ropa con la que entraste, el saber que eres una persona más, una de muchas que en la tarde-noche de hoy tiene que ingresar en el hospital. 

Conocemos bien lo que es esperar en el box donde entra y sale gente constantemente, donde te preguntan lo mismo una y otra vez; la incomodez de las sillas, congelarse con el aire acondicionado de la habitación, la sensación de esperar durante horas y hacer muchas preguntas que siempre quedan en el aire: "Eso se lo tiene que explicar su médico".

Es una sensación que sería familiar si no tuviera la densidad de un tiempo que se vuelve viscoso, que te incorpora a su naturaleza expansiva, que te retiene durante horas y horas sin avanzar. Sé perfectamente que los kikos de la máquina son duros, que las botellas de agua valen 90 céntimos (pero son más baratas que las de la cafetería); que la gente que está en la sala de espera de familiares te invade con sus conversaciones de móvil sobre la persona enferma, cuánto tiempo llevan ahí esperando, quién tiene que organizar el coche, la casa, los relevos. 

Cuando no sabes dónde mirar se te queda la vista magnetizada a las bolsas de sueros, como si con cada pestañeo cayera una gota más. Cuando te duele el cuerpo de cuadricularlo en la incómoda silla de acompañantes, te levantas y recorres el cuadrilátero obtuso de la habitación para luego concentrar tus músculos y tus huesos de nuevo al espacio inflexible de la silla. 

Es como recorrer el espacio y el tiempo en una correa mecánica que te ha vuelto a llevar al mismo sitio.

domingo, 25 de agosto de 2013

Inflexible


La realidad te queda grande. 

Disappearance of Pacific island intrigues scientists


Algunos territorios se renuevan cada mañana ignotos en la memoria, y deben ser recorridos una y otra vez porque la amnesia les descuelga. Son los territorios más personales, aquellos que no reciben recompensa al pasar por los caminos transitados reiteradamente, marcados desde la niñez. Son los que se evaden a la jurisdicción disciplinaria, aquellos que te proporcionan la libertad pero que no se encuentran en los mapas.  

Esta tierra tuya tienes que fecundarla todos los días con tu propio abono: se nutre de tus inseguridades, de tus derrotas, de tus olvidos, de tus revelaciones, de tu lucidez, tu intuición. 

No los encuentras en los mitos, en las bodegas de la historia, en los libros de cuentos donde ya se conoce el desenlace del relato, la dirección a tomar en ese camino que te lleva a cruzar el bosque tenebroso, las batallas que tendrías que lidiar con los seres encantados que surgirían a tu paso. 

Te despiertas por la mañana a veces con el pánico de haber perdido el norte, no encuentras la brújula ni tus apuntes de bitácora. Te revuelves en tu habitación como un animal enjaulado, y te llueven las dudas encima como el granizo. Sí, estás perdida en un espacio que no aparece en los mapas, y en tus cartografías mentales se ha evaporado. 

Sólo te queda un desconcierto por la noche pasada acobardada con las pesadillas, y apenas unos pétalos de ilusivas certezas que eran reales tan sólo ayer o antes de ayer. 

Es el precio a pagar por encontrarte siguiendo a tu instinto, a tu sexto sentido, pensando en que cada día es oro molido, sin dejarte llevar por las incertidumbres del futuro ni del pasado. 

sábado, 24 de agosto de 2013

Rutinas


Ayer cogiste un paquete de café y lo abriste. Después doblaste el borde y las esquinas y prensaste el extremo con una pinza de cierre de plástico, de esas largas y longitudinales que sellan el contenido. Tienes que hacer bastante fuerza con los dedos para que el clip quede cerrado.

A la mañana siguiente te haces un café. Cuando abres el paquete las esquinas y los bordes mantienen la forma del doblez. Sigues teniendo que apretar con fuerza el clip para cerrarlo.

Un día después te haces el café, y antes de guardarlo coges de forma automática, sin pensar, la pinza clip que habías dejado a un lado para dejarlo cerrado. El extremo del paquete parece que cierra a la perfección simplemente con seguir sin esfuerzo la forma del doblez con los dedos. Solamente el clip sigue siendo difícil de cerrar, porque el papel metalizado del paquete de café es algo grueso, y al plegarlo los dos lados de papel que quedan enrollados hacen que el pliegue esté más duro, de forma que la pinza tiene que apretarse con toda la fuerza de tus dedos si quieres que haga clic y se quede cerrado.

Todos los días haces el café. Llega un día en que casi está acabado y hay que agitar el paquete y volcarlo en el filtro, pero evitar que el café molido salte por todas partes. Al acabarse compras uno o más paquetes. Tienes que volver a doblar el borde y las esquinas que se resisten un poco pero finalmente quedan plegadas. Y te preguntas por qué no cambias de pinza o lo pones en un frasco de cristal, porque cada vez que te haces un café tienes que dejarte las yemas de los dedos medio machacadas con ese clip de mierda.

La hyène


La fiebre del cáncer crece, se espesa, retrocede para coger más fuerza en su próxima embestida. En mitad de la noche corre desbocada y escuece al aire que la exhala. No pretende ser lo que no es, sus síntomas son claros y brutales; nunca se disfraza.

Por cada grado de fiebre las pulsaciones incrementan en diez pasos su velocidad. Es fácil hacer la cuenta. Hay que evitar la fiebre a toda costa, el cáncer le produce a mi hermano un ritmo muy elevado de pulsaciones, y sin piedad le recuerda a su corazón la implacabilidad de la cobra. 

La lucidez que te otorga el miedo es afilada y cortante como una navaja. Él está sudando pero la fiebre le hace sentir un frío de escarcha. Mi madre observa y escucha con la atención afinada de un animal siempre pendiente de sus depredadores, con el coraje de las madres cuando una fuerza externa intenta herir a sus retoños; su la mirada alerta preparada para atacar como una pantera de ojos brillantes.

Cuando es de noche la luz en la habitación de un enfermo se tiñe de los claroscuros del silencio, de la precaución. Escucho a mi madre hablarle a mi hermano dulcemente, muy bajito, poniéndole el termómetro de nuevo, ofreciéndole agua, haciéndole tomar paracetamol efervescente, refrescando su frente con una toallita mojada, intentando persuadirle para que se cambie la camiseta empapada. Él siempre tiene puesta la televisión, que escupe un cierto tono azulado en las sombras. 38,8 °C : comienza el juego del ataque y la espera.

Tras una hora la fiebre sólo ha bajado dos décimas. Mi madre vuelve a la cama preocupada y se prepara para levantarse en media hora. Hablo un poco con ella y le voy a buscar un reloj de alarma porque no quiero que esté pendiente de la hora de la radio y no descanse, aunque este descanso sea frugal y desvelado. No quiere que deje encendida la luz de la campana extractora de humos de la cocina para no molestar a mi hermano, y yo no quiero que cada vez que ella se levante andando a ciegas por el pasillo, y encienda los halógenos de la cocina, se deslumbre con su chirriante fogonazo. Los halógenos son la letra dura, la verdad rendida a la crueldad. Me gustaría que la noche se iluminase con luces suaves, murmullos, movimientos lentos que se aliaran a la reflexión, que redujeran la atonía, que revelaran el qué hacer cuando las cosas no marchan; acompañantes quedos y amables de la enfermedad. 

Me gustaría que mi madre durmiese en el dormitorio y no en la habitación pequeña, pero ella quiere estar cerca de él por si le necesita. Tiene el móvil preparado en caso de que él, aún a pesar de estar a escasos metros de distancia, le haga una llamada perdida. Ella es todo oídos, y aún sumida en un estado previo al sueño es capaz de oír cualquier sonido procedente de su habitación. Es como si hubiera desarrollado la audición tridimensional de una ciega y pudiera visionar exactamente los movimientos de mi hermano: si se levanta, si se cae al suelo, si se revuelve en su cama entre alucinaciones febriles que hacen que las sábanas crujan y le ahoguen. 

Cuando finalmente me voy a la cama del dormitorio de mi madre, y le doy un beso tras apagarle la luz con el menor ruido posible, con la esperanza de que descanse unos minutos, veo que hay luz en la cocina; al acercarme mi hermano está de pie cerrando la nevera. Le pregunto si tiene hambre y me responde mascullando algo así como que sólo quería ver qué había. Se lo digo a mi madre y ella se levanta en seguida, con urgencia, como con un resorte que le propulsa el cuerpo de felina hacia él. Se la ve algo más aliviada, porque el que mi hermano tenga hambre es buena señal.

Le hacemos dos filetes y mientras tanto hablamos de cuando mi madre atendía a un asentamiento chabolista con gente gitana en los años ochenta en el sur de Madrid, en una zona llamada equivocadamente La Fortuna. Hay muchas historias que nos hacen reír a las dos. Como cuando mi padre ni corto ni perezoso fue allí a hablar con el patriarca para decirle que cuando quisieran ir a la consulta se les atendería sin ningún problema, tuvieran o no tarjeta sanitaria.

Y la historia de la cabra no la había escuchado antes.

Mi hermano come rápido, con apetito, y pide que vertamos aceite frito sobre los filetes. Cuando termina, mi madre, con una gran sonrisa, me enseña el plato rebañado y brillante, sin una sola miga a la vista de la media barra de pan que se ha comido.

Al medirle la temperatura después de comer, a las dos de la madrugada, la fiebre se va sibilante por la ventana. Desaparece como si volara en la noche, y arrastra el sudor y las alucinaciones. Mi madre seguirá midiéndole la temperatura a mi hermano cada dos horas durante toda la noche porque la hyène es traicionera. 

Pequeñeces


Se acerca septiembre, un mes de acción, resolutivo, expectante.

Intento acercarme a las sensaciones que me embargan, y decido solucionar temas pendientes y embarcarme en otros proyectos que alimenten mi afán de superación. Hoy he tenido una conversación importante con mi madre en la que le he hecho ver que lo que puede hacer para sentirse mejor en su vida, dejando a un lado los problemas y graves responsabilidades que tiene, es tener una lista de cosas pequeñas que sólo tengan interés para ella misma, aunque tal vez no signifiquen demasiado para otras personas. Cosas que al realizarlas le hicieran sentirse mejor.

Le hablé de que los libros que estoy leyendo ahora, aunque esto no tenga ninguna trascendencia para otras personas, son los más bonitos y enriquecedores de toda mi vida. Y mis pequeños proyectos (de los que he recortado el gran plan de conquistar el mundo y hacerle admirarme y reconocerme) son los que consiguen revelar verdades diáfanas, haciéndome ver quién soy realmente y de lo que soy capaz.

Se trata de reconocer que lo que mejor nos hace sentir y lo que realmente nos permite acumular momentos de felicidad son las pequeñeces.

viernes, 23 de agosto de 2013

Entropía


La fiebre sube. Ahora, a la una de la madrugada.

La noche se contrae, continúa su rumbo, se vuelve impenetrable, desconfiada, y no da ninguna pista sobre cómo van a desarrollarse los acontecimientos. Como siempre obliga a mi madre a estar desvelada, pendiente, preocupada.

Mi hermano quiere una botella de agua fría, pero él está tiritando. Hay una pequeña rutina: si la fiebre sube medio grado se le da una pastilla y se espera media hora más. Si está bajando, entonces se puede esperar con mayor tranquilidad. Mi madre me pregunta si quiero caldo, porque hay mucho en la cazuela hecho de hoy. Es la una de la mañana pero para ella es sólo el comienzo de otro tramo del día.

Hoy no tengo coraje para irme de su lado, no sé si aguantaré el levantarme cada media hora durante toda la noche. Por lo menos intentaré estar despierta hasta que la fiebre baje.

No me gusta esta noche, me resulta baldía, desagradable. No me interesa nada de ella. Dan ganas de darse la vuelta y abandonarla.

jueves, 22 de agosto de 2013

You scream


You scream in such a way that wants to be known, like a very different life imbuing you which you wish to tell.

Lejos de aquí


Indianápolis está bastante lejos, y es muy cansado seguir allí. 

miércoles, 21 de agosto de 2013

Indianápolis


Antes de bajarme de la cama, pensé: "Esto no va". Luego intenté recordar que cuando me siento así, a menudo el día simplemente remonta, y el mal despertar me parece algo anecdótico, remoto. 

A medida que iban pasando las horas me daba cuenta de todas las equivocaciones que se habían acumulado en este día, y cómo me estaban haciendo pagar por ello. Aún así, he continuado probando esto y lo otro, porque muchas veces sólo necesito mantenerme ocupada y que me salgan los proyectos para evitar esa sensación de vacío y derrota. 

Después me di cuenta de que no tenía comida hecha, y que tampoco podía picar nada. El día estaba bastante roto y no iba a ponerme a cocinar para presenciar cómo se me escapaban las horas como lagartijas delante mío sin haber podido solucionar lo que estaba pasando. Pero el hambre siempre me pone de mal humor y me causa una sensación de ahogo en el pecho. Por supuesto quise salir adelante con un café, qué prisa tenía, y la cafeína simplemente me reforzaba el hambre y me aceleraba sin que las cosas que estaba haciendo tan rápidamente se solucionaran antes o mejor. 

Es más, empecé a sentir que perdía cierta coherencia, aunque la coherencia si no se deja coger la persigo raudamente, con convicción, y la prendo a la pared para que me siga permitiendo llevar a cabo el plan del día, o por lo menos agarrar las situaciones y solucionarlas, y que luego parezca que el día estaba bien planeado.

Comenzaron a salir las cosas, pero aún así no terminaba de estar convencida, además me había entrado la paranoia debido a varios factores y no pude disfrutar del todo lo que estaba haciendo. 

El día se me escapaba entre los dedos, y no terminaba de entender por qué no conseguía tener esa sensación de miedo ordenado, de saber que aunque lo has hecho todo mal o lo has preparado nefastamente todavía es posible recuperar la sensación de valía, de ilusión, de fortaleza. 

Me ha estado picando la cabeza todo el día, y tengo las uñas demasiado largas. La piel también me picaba por el calor y me la rasgaba con las uñas, cosa que no estoy acostumbrada porque las uñas siempre me las corto, y no es lo mismo rascarte de una manera o de otra, la piel no la sigues igual con las uñas que con las yemas. 

Mi lengua tenía un sabor raro, salado, y he estado exprimiendo saliva con ella y los dientes de forma constante, automática, como hacemos en mi familia. Me he estado frotando las cejas y el comienzo del pelo en la frente hasta que me ha entrado dolor de cabeza. Me he pasado todo el día mirando a las pantallas con los ojos apretados, escépticos, achicados; las cejas arrejuntadas y fruncidas, acercándome cada vez más al monitor y sufriendo fotofobia.

El teléfono ha sonado muchas veces; las cosas se han complicado, luego se han arreglado. Sólo he pasado lo justo al teléfono. 

Tuve que irme de casa y salir de mi propio espacio mental, pero donde fui no me calmó lo más mínimo, es más, salí algo cabizbaja y culpable de haber querido huir. Para entonces ya eran las doce de la noche, y parece mentira que sólo fuera hace dos horas. Porque en estas últimas dos horas parece como que poco a poco las cosas recuperaran su rumbo, aunque siga sin tener suficiente comida en la nevera, o mañana pueda ser un día de excesivo calor y ruido. Por ejemplo: se me ha estropeado uno de los ordenadores, como es natural, y estoy arreglándolo ahora mismo con una utilidad de software que espero funcione, aunque no estoy segura. 

Pero el tiempo que no le he podido otorgar a las cosas que me hubieran calmado esta mañana lo estoy utilizando ahora en esas mismas cosas, y me pregunto por qué no me he organizado desde ese despertar malhumorado de esta misma manera, y si mañana volveré a cometer el error de empezar la casa por el tejado por eso de que a veces te gustaría vivir en el tejado. 

lunes, 19 de agosto de 2013

Yucatán


Me levanto y tengo media hora para vivir en la página. He tenido un sueño cóncavo, bello, sincero, poblado de mujeres y feminidad. Todo ello me hace odiar los martillazos de las obras del edificio y los aires acondicionados impertinentes e incansables, tronares ambos que me despiertan y corrompen mi sueño convirtiéndolo en algo fragmentado y entretejido con la ansiedad de arroparme en él.

Estoy pensando en acostarme antes y resurgir más pronto por la mañana. Esto va a ser difícil, porque la noche es la única que recoge mis anhelos de soledad unitaria y tranquila, pero el mundo me recuerda implacable que la entrada tardía en la mañana es insolidario e inconsciente; pero qué sabrá el mundo de mi integridad, mi trabajo, mi ritmo, mis telares de palabras y sentido(s).

Vivo una existencia en entredicho, pero como siempre, si quieres amainar la alienación que este mundo te produce desde el nacimiento (y que te regala los libros y el talento también) es importante sobrevivir al ruido, que también puede ser mental y exagerado, como el de una diva buscando el acercamiento de su deslumbrado público al escenario, y el brillar, brillar de las luces de candilejas.

No termino de aceptar que últimamente me faltan palabras y que, tal vez perezosa e indolentemente, plasmo cualquiera que apenas me convence al vuelo, y que pudiese sustituir a la exactitud de la que me evade y se esconde. En este tipo de escritura no contemplo la revisión exhaustiva sino la libertad, y por supuesto es hora ya de dedicarme a un nuevo libro, a convocar a los espíritus de la musa y pensar en una obra independiente y unitaria, tal vez afanosa de compartirse con el mundo exterior.

Y es especial y desesperadamente cierto que mi pasión por Virginia es como la excitación de un buque de vapor y su arranque poderoso, su travesía continua, sin perder fuerza ni valentía. Ella me enseña con sus ideas y comentarios que la acción no es tan importante como los personajes, como las ideas detrás de los pensamientos emotivos y únicos. Pero yo no tengo personajes, por lo tanto no puedo situarlos en un mundo que sería escuálido sin ellos. Vivo para dentro en este momento y no para fuera. No sé cómo podría combinar mi pasión por la narrativa de mis guiones de cine y sus protagonistas con la inmersión en mi mundo interno y mi cartografía y apreciación de sus capas y orografías.

Apenas me quedan diez minutos escasos para sacudirme estos pensamientos adheridos al sueño que me abandona, a la inmersión en el subconsciente de la noche. Es verdad que se escribe mejor por la mañana o a medianoche, y ambas cosas parecen excluir la una a la otra. Claro que no debería ser un problema siempre y cuando no tengas obligación de darte explicaciones a ti misma.

domingo, 18 de agosto de 2013

Biónica


Me doy cuenta ahora de que he estado tan ocupada y absorbida estos últimos días exprimiendo mi intelecto con nuevas lecturas apasionantes, que mientras tanto y sin percatarme del todo, una infección viral ha estado atentando con mi equilibrio, y me ha afectado a la musculatura, los nervios de los brazos, los cartílagos de las rodillas, los hombros, los ojos. Sé que es algo contagioso porque mi madre se siente igual.

Intento escribir y me vibran los nervios de los brazos. Pongo los pies en alto encima de la mesa y las rodillas chillan incómodas produciendo un dolor romo y penetrante. Enderezo el cuello tras darme cuenta de que mientras leo lo tengo inclinado hacia un lado, y la rueca del mecanismo que tira de él se tensa y retumba en un escozor que empieza siendo óseo y termina dirigiéndose hacia los ojos como una bengala. Cuando el dolor vibra en algún lado de mi cuerpo, su eco rechina en otro; cualquier movimiento provoca un nuevo desencuentro alojado incómodamente entre tendones, nervios, musculatura y cartílago.

El calor entra y sale de mi cuerpo en pequeños escalofríos ascendentes y descendentes, como fuegos fatuos articulados. Y el estómago se mide en fuerzas con la necesidad del cuerpo de alimentarse, repudiando la comida o montando una algarabía y malestar intenso después de haber comido, causándome pesadillas en mis sueños.

No es el final, lo sé, pero estoy cansada y maltrecha, y las buenas ideas se desdicen con el dolor de cabeza inmenso que me atenaza las sienes y los ojos por las noches. He presenciado con sorpresa cómo he acudido múltiples veces al cajón de las medicinas en busca de paracetamol y lo he consumido. La enfermedad te descentra y te envía a tierra de nadie para que te pierdas esas horas en las que podrían haber pasado muchas cosas que te brindaran las respuestas que esperabas.

sábado, 17 de agosto de 2013

What's the matter?


In the heat of the moment. That's what the matter is.

Unkown source


All these things happen in second place. And entirely.

Noches que cuentan



Me preparo para salir. Primero me muevo, luego me detengo. (Pre)sentir. 

Never, never gonna give you up




God heavens knows that ...

Anclas


Estoy en deuda con los múltiples recovecos entre las tiernas dunas, sus rizomas subterráneos, límpidos, y los tallos emergentes que asientan la arena en la humedad amalgamada. Su simplicidad me alienta a conseguir lo mismo.

viernes, 16 de agosto de 2013

All these things happen in one second and last for ever (Virginia Woolf)


Sometimes street clocks are wrong, and their inner wheels slide like euphoric conkers issuing a limited and wistful portrayal of time.

Sally


Estoy buscando el trébol de cuatro hojas como quien quiere hacer la foto perfecta, esa captura de lo extraordinario situado a menudo en el terraplén, en las mesetas diminutas, las rupturas de las fallas y el verde derramado por la hierba. Ayer eran periplos descalza por la hierba cortada, hoy me agazapo y repto con los codos hincados en la tierra, alerta, como el rocío enamorado del trébol, siguiéndole la pista, resbalándome al igual que él con la inercia sobre las capas de hierba, con la esperanza de alcanzar el cáliz del trébol y recogerme allí, en el cuenco de esa rosa suya de los vientos, en el vientre atónito y salvaje que podría tatuarse en tu camino.

Me doy cuenta de que este hallazgo tan especial no puede pasar desapercibido, y debería convertirse en mi rumbo a seguir por el horizonte. Es cierto que faltan los destinos colaterales, que tendré que descifrar su sentido y realizar un examen detallado de su ausencia en los nervios de sus puntas cardinales.

Parece ser que tendría que dividir su esencia en seis mil cuatrocientas partes iguales y concordantes, pero por supuesto no soy el tipo de persona que hace esos cálculos. Prefiero confiar en mi fuerza instintiva y decidir si debo embarcarme en el sur por el oeste o el norte por el sudeste, y continuar tentando a la rueda de la fortuna.

Tal vez es todo mucho más sencillo. Quizás el trébol suspira por parecer una flor de lis, y sucumbir a su bella simplicidad; y yo podría permanecer en este sitio el tiempo suficiente para haber viajado sin moverme (en el centro del vértice) buscando palabras que recojan ese mensaje insaciable de libertad.

Bien, me levanto del suelo sin pisar el trébol ni arrancar su cuarta punta cardinal, y oteo el cielo cargado de nubes semi grises y haces brillantes que se mueven como las luces verticales de un faro. Ah, la tormenta está cerca, dicen; eso significa que por encima de esas nubes se está formando toda la energía estática precisa para la tormenta, la confusión de vapor de agua desbordado, y la urgencia por explosionar en la atmósfera. Podría empaparme completamente y temblar con el frío y el viento.

A pesar de los augurios no llueven ranas ni proyectiles de granizos, sino iridiscentes y blandos receptáculos individuales. No, no estoy relatando un sueño ni una ensoñación; quiero atrapar una de estas cajas entre mis manos antes de que se pierda entre bandadas de lluvia rápida y copiosa. El trébol es una fuerza magnética que atrae a una de estas cajas rosadas, y me brinda la oportunidad de recogerla y abrirla. De acuerdo, estoy preparada. Dentro de su interior parece que hay un espejo en el que me encuentro a mí misma; no tengo miedo, no me he percatado de la apertura de la caja. Estoy en cuclillas entre la hierba buscando una flor de lis desaparecida a través de la alambrada de las lenguas de la hierba que quieren protegerla e impedir su fuga. Pienso en cuando Sally Seton y yo nos besamos, en Virginia, dear, en todas las mujeres que amé y que perdí.

jueves, 15 de agosto de 2013

Recién cortada


Lo que se te ocurre al pisar con la lengua el segundo café. Lo que podrías decir con esas palabras recién encontradas.

All about happy


Oh, yes, it's all instinctively quiet now. I've got to resign myself to the fact that reading and writing are two different things. I mean that I do write, and I might be read, but I am not being written to.

I would like to write those long eloping letters that would take me flying up high like an ecstatic kite in spring, weathering all sorts of cloud formations: the blistering, the callous, the insurgent. Embedded in the flight there might be answers to the riddles, to the shifts in time zones, trading new gifts for the keen and the young.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Sally Seton


Having met Sally Seton and lost her, that no doubt is the worst tragedy.

Lo que sabes


Probablemente quisiera escribir una larga carta, una que se extendiera como un río de taquigrafía, que hiciera que saltaran las palabras en el aire como grillos o caballitos de mar. Lo que sé podría plasmarlo en el papel continuo de la carta y sacarlo a la luz. Podría contarlo todo, podría contar muchísimas cosas y no terminar nunca. Hablar y hablar y comentar esto y lo otro, y este detalle además, y todavía más cosas, siempre siendo fiel a la evidencia, al sentimiento, a la impresión.


Lo que sé. Tienes que hablar de lo que sabes. Tienes que escribir sobre lo que sabes y conoces. Tu visión interna, aquello que piensas sobre lo que ves, lo que se esconde detrás de tu mirada y se forja en las mallas de tu memoria y los recuerdos de tus batallas. Esas travesías por el desierto, esas equivocaciones sistemáticas, esos cambios que has experimentado sin proponértelo. Ese atrapar el sedimento, la cascarilla, lo que queda sobre lo que se creía a pies juntillas, de forma ciega y apasionada; lo automático, las certezas, tus bastiones, las ilusiones que nunca se perdieron de lo que se revisó, y las que te sorprenden con su llegada.


Si sientes frío o calor o indiferencia. Si te gusta o te parece aberrante y quieres quitarlo de en medio. El batallón de palabras que a veces no acuden a tu llamada, y otras se diría que quieren adelantarse las unas a las otras. Lo que te gustaría asesinar con palabras cortantes, como quien articula un papel a tijeretazos, porque lo odias, lo odias, lo odias. Lo que no se ha dicho, lo que se retuvo de lo que se olvidó, lo que te sedujo; lo que te dejaron decir sin interrumpirte. Lo que no le interesa a nadie, a nadie.


Lo que puedes contar de forma rápida y automática porque ya lo has relatado muchas veces; lo que quisieras adornar con palabras espléndidas, renovadas, pero no puedes; lo que desearías embellecer pero te resulta imposible, porque no puedes apartar el recuerdo romo y deslucido; lo que quisieras olvidar; lo que apartas y luego recuperas. Lo que te ha pasado apenas hace cinco minutos; lo que quieres recordar de ayer. Lo nulo, lo insuficiente, lo banal; lo absolutamente fascinante y excéntrico.


Lo que quisieras borrar inmediatamente con un golpe de muñeca, apuntando a la papelera después de arrancarlo del carro de la máquina de escribir. Lo que no puedes escribir con la máquina, porque no tienes un estudio con vistas ni una mesa de escritora, ni un sombrero colgado en la pared esperando a que recorras París.

martes, 13 de agosto de 2013

Trasiegos lúcidos


Los sueños se encuentran cardados como el algodón en flor; en su enredo de fibras se atrapan los médanos de ausencias y retornos, narraciones inacabadas que siempre perecen deslumbradas con la luz solar, como Eurídice.

Pero no es cierto que los sueños nos permitan volar en libertad, más bien nos atrapan en médanos templados y nos obligan a contorsionarnos con las persistencias de los recuerdos dalinianos. Nos fuerzan a desbordarnos por las líneas sinuosas de un paraje donde crecen profusamente cientos de cajas chinas encajadas en la tierra como en un campo de minas.

Los sueños son obstusos y nos coartan la libertad desplegando sus narrativas inversas donde el tiempo y el espacio son ilimitados, y nos hacen alternar roles entre tripulante y microbio en un laboratorio de observación de historias.

Segismundo, Alicia, el conde de Montecristo vivieron la plasticidad del tiempo y la pesadilla de antes de despertar. La almohada es el lecho de las sombras y las luces de la fragua infernal.

Yo visito estos mundos y estoy abocada a no despertarme nunca; mi destino es incierto porque vivo la amnesia desvelada en el mundo real donde transita la línea de tiempos del nacimiento a la muerte. No se sueña a menos que te arrojen balones de oxígeno para no ahogarte en los meandros que te atraviesan con sus finos alfileres. No puedo sincronizarme y seguir este ritmo vital donde la línea asíntota de mi subconsciente nunca se junta con las líneas curvas que guían la realidad.

Levanto la cabeza de la almohada e inmediatamente me siento acorralada, y no recuerdo dónde dejé el uniforme militar para incorporarme a la rutina que me aprisiona en la esclavitud de los minutos y las tareas diarias perfectamente delimitadas; aquí la variable del error se paga con inoculaciones de ansiedad y escozor en el plexo solar.

A veces perdida, otras lúcida, rastreo en este mundo en busca de interlocutores válidos, sentido y sensibilidad, y me separo irremediablemente de una existencia sensata y ejemplar, donde la gente pudiera depender de mí para trasplantar sus sueños y responsabilidades. Es inevitable pero completamente necesario.
 

Buques anfibios


Hoy me duelen los ojos, y no sé si es porque he contemplado mucho o porque he convertido mi vista en una lupa para observar los objetos y las palabras de una manera cubista. Tengo un dolor de cabeza que emana del dolor de ojos, como si en mi cabeza estas ideas destiladas que he visto se hubieran convertido en bolas de billar y hayan rebotado por todas las esquinas hasta empujar la negra. 

En realidad estoy pendiente de saber qué es lo que significa lo que he visto, la trascendencia que tiene. Estoy sometiendo a mi cerebro eléctrico al consumo diario de miles de palabras, y todas las intento asimilar. Todos esos significados se convierten en energía en el juego de canicas cósmico de mis neuronas, y no sé cuál será el resultado. Las palabras van derechas al desván del subconsciente, y la verdad es que hoy no siento que tengo acceso a ellas. 

Voy a irme a la cama a descansar o tal vez a retomar esa conversación conmigo misma y el mundo exterior colapsado en mi memoria. 

domingo, 11 de agosto de 2013

The body electric

En el hospital el tiempo está suspendido en el aire cargado de sudor. Los segundos se mueven como un moscardón ansioso y mareado bordoneando un tubo fluorescente intermitente y ruidoso. La cadencia entre el vuelo circular del insecto y el chasquido del fluorescente al apagarse y encenderse sustituye al rítmico metrónomo del segundero de un reloj barato de pared.

Mi madre se atormenta porque la muerte no juega limpio. Puedes desesperarte y contemplar derrotada e impotente el canto del cisne, o mantener una actitud de vigilancia para encontrar a la enfermedad en una renuncia. 


 

Coffee before 4PM

Poised in the threshold.

sábado, 10 de agosto de 2013

Radical acts


Unabridged

Redeeming close calls and inaccurate detentions. This is the enduring longing that I'm trying to put into words. I imagine something to say and then realise that it has already been written by someone else somewhere else. 

That doesn't retain an eloping heart. 

All that poetry that remains unabridged, and me just arriving late at its receding shore.  
 

viernes, 9 de agosto de 2013

Face


My chest is a bulletproof vest with a constant hint of a piercing shot.

jueves, 8 de agosto de 2013

Dead wood


What's the 411? It's a rabid number that shows initiative, zeal, immense hope and no fear. The tolls ahead race through your head but as long as you find solace in your whereabouts, your orientation, your wisdom at staying put in your goal, you'll achieve the brain fitness needed to surpass hidden rots. 

Life roars, retrieves its rummages, speeds up in sprees, retreats into buckles, and I keep my eye on the moleskine that will lead me to the waiting cursor, the untold noun, the euphoric term that will best serve my soul travails. That unnamed eternal sunshine of the spotless mind, now defined and thoroughly raw, ready for the taking. 

miércoles, 7 de agosto de 2013

Inference


In this massive world of instant gratification you repeat the same toxic emotions, then switch to unbreathable air and remote anachronistic thinking. And you resolve instances and occurrences of living with a snap of the fingers, plexus and brain neuropathy that cramps your appetite for knowledge. 

That's why you write mornings and rest twilights to recall good ideas. 

Serendipity

How I found my life once I got there.

Revelaciones 

Decides qué armas redentoras utilizar. El sonido del coro en el teatro griego que se desarrolla en tu mente, las vistas precisas e imaginarias que se forman en tu retina, el reloj de arena que se decanta por tus venas como si fueran un alambique, y revive tus recaídas con un grumo solitario de memoria.

Te desprendes de las estructuras verbales que mantienen tu fenomenología mental, tu paisaje estático arrebolado con señales de humo. A lo lejos corren ríos de vidrio, las lechuzas se recogen, el rocía se afana por cuajar, el viento redobla sus intrépidos revolcones con los dientes de león enajenados.

Tengo hambre de música, de la simplicidad e inocencia del lenguaje binario, de la tertulia literaria, del recogimiento nocturno. Pero un nuevo día se levanta como un telón de hojalata, y añoro la noche por su unidad, su amplitud, sus frases hechas y las que quedan por revivir.

No soy un animal diurno, no pertenezco a esa especie que se renueva cada jornada y forma parte de la estampida urbana. No tengo prisa, no exhibo movimientos circundantes por el tiempo y su aguja afilada y rectilínea. El lenguaje nocturno es más sonoro y entronizado en el ambiente, y se mantiene suspendido en las partículas invisibles del negro compacto, con sus corrientes límpidas de lucidez que se bañan y refrescan como sombras chinas.

Esta noche retomaré el paisaje recogido y abigarrado de estos umbrales nocturnos y repasaré con mi mente la trastienda de acontecimientos sucedidos durante el día, su mordedura en la carne, su inmutable resaca.

Refractaré la luz diurna calada y absorbida por mi cuerpo, y lo haré con un compás de espera propio, tranquilo y sabio. No sé si lograré plasmar en la pantalla las constantes interrupciones sinápticas en mi pensamiento o esos vagos erizos de mar que arrastran el déjà vu como si fuera un racimo o un banco de algas. Por la noche un radiador es un xilófono; un mármol, un espejo; los autobuses, buques fantasmas; las multitudes, desfiles de piedra. La noche es más emotiva, más lúcida, más variada que lo que puede caber en un día.

Salta, transpira, escucha, responde, revive y recuadra las líneas convexas de cielo estrellado y los aullidos de las constelaciones efervescentes. El futuro empieza aquí. El pasado está anclado en el ritmo pausado que avanza hasta explosionar en un amanecer radiado y rebosante de energía, como una recién nacida que mira al mundo con su sabiduría interna e instintiva, tan razonable y bella.

Las dudas bailan en mi boca como los rastros memoria del sueño retráctil. Rescato esos pensamientos húmedos en palabras y frases abrumadas. Mis próximos veinte años de vida se desplegarán en miles de folios encuadernados como una captura de pantalla infinita. El infinito existe, las trombas de palabra sin dueña, sin restricciones calculadas mediante la aritmética.

Nada se resiste al ritmo implacable del día excepto las revelaciones irreversibles de la noche.

martes, 6 de agosto de 2013


Agosto errabundo

Seguimos intentando la revolución inteligente de las tundras en verano.

Luego el siguiente paso sería hablar de la realidad, que es lo más extraño que hay, y yo hoy me encuentro en una realidad paralela. Me estoy situando en un plano prendido al presente para poder operar con mayor libertad. Es un sitio interesante para la observación.

He estado explorando otros sitios y otros semblantes. En estas vidas se reúnen los cuatro tiempos de un compás. Es llevadero, es absoluto, es contundente, es impredecible. Tal vez dé confort la retahíla de incompatibilidades surgidas al ritmo, alrededor, impresionantemente.


Oblongo

Es una locura cómo puedes meterte por un tubo de goma, (asfixiarte) y salir por el otro extremo del tubo de goma. Es una locura.

Bucles



domingo, 4 de agosto de 2013

Borra, sacude el carro de la máquina de escribir, suprime o avanza. Juegas con el barro sin terminar tus lecturas. Vas a hacer lo que te toque esta vez. Te estás encerrando poco a poco dentro de este maremágnum de incertidumbre. Grabas tus sueños en papel secante para abaratar costes. Sabes que no a todo el mundo le gustan tus frases. Ya me he olvidado del anillo que me regalaste, ¿cómo es posible? Tal vez porque me lo tuviste que regalar en dos ocasiones.

Parece difícil terminar las frases, recoger los colchones que se airean fuera. Llevas tu comida en frascos, tienes las manos henchidas de furores y nubes pequeñas de aliento. Jamás vas a dejar de enredar, entretejer, impresionar, recopilar todo este pequeño mundo que es tuyo. Sería como querer romper e investigar en el centro de las canicas de cristal, las canicas que te llenan los bolsillos, que te siguen los pasos, que se sueltan en los caminos y ruedan y ruedan solas. 

Podrías seguir así toda la vida, redimiendo ángeles, vagabundeando entre los erizos de mar. Ya no sirve de nada buscarle sentido, ya quedan muy pocas certezas, bonitos escenarios, canciones de cuna inolvidables. Reitera, reitera. Ahora todo se ha complicado demasiado, no te harían caso nunca. 

Tu realidad se está descomponiendo y surge algo muy extraño, muy informe que se parece mucho a la realidad. Espera: es la realidad. ¿Dónde están tus principios cuando tus manos están atadas, tus ojos tapados, tus oídos cerrados? ¿Por qué todo el mundo se ha dado cuenta de cómo es la realidad antes que yo? ¿De verdad me tiene que gustar esto? ¿Dónde he vivido todo este tiempo?

A lo mejor ahora despierto y me encuentro con aquella persona de debía haber sido, acorde a mi falta de talento y mis debilidades. Es como querer hacer música con tijeras. 

Soundtracks

Some raw, some thin, some riotous and unending. The noise and ruckus in the mind, in the street, some intimate, domestic; some bare, others ironed up.

Soundscapes all around us.


Free

Free time, soft seconds, rapid thoughts. A myriad and counting. Can do. Will do.                                

Redenciones

Tengo una valija embalada de sueños sin cumplir. Una lista escrita con letra escarchada y tinta deshecha, un volcán que ha desaparecido sin dejar rastro, sin estela de cenizas, sin embargos en el alma ni pétalos iridescentes colgando del aire. Sueño con cosas simples que pueda encontrar en una arcón olvidado, en el umbral de un pasillo, o unas mentiras sin dueña. Quiero una bebida de líquido enfrascado en hielo, de fruta transportada en bandejas de mimbre en flor, y raudos deseos de libertad. Son las promesas del alma que viven para  siempre, que me recuerdan las tonalidades de un pasado dichoso que lucha por volver.

Me encuentro en una habitación cuajada con las hileras de luces entre los tablones de la persiana. Muy pronto rendirá el sol sus últimos y vibrantes reflejos, es la hora bruja del tocador de una madre, del amor florecido, de las sábanas incendiadas. En breve me entregaré al principio de las cosas importantes que comienzan con un paso al frente de un camino. 

Ubicaciones

Mi ubicación actual es estar desubicada. Buscar el centro en el fondo frondoso de mi creatividad, permitir que el tiempo rodee las redes en el agua pero que pueda colarse entre ellas si lo necesita. Recoger mi propio latido. 

En Madrid no hay mirador, no hay balcón, pero no quiero darle la espalda a la ventana. 
 

Ámsterdam

La interfaz es el precinto de la narrativa táctil. Las letras acarrean la responsabilidad de transmitir el mensaje y entretejerlo. Esta noche la digitalización es placentera y suave, y transcurre sin esfuerzo. Solo habría que pensar algo y traducirlo al ámbito luminoso de la pantalla. 

El ronroneo de los coches a lo lejos, el salvaje corte en el aire de las motos, la soledad de las calles crean un tapiz sonoro de ecos y vibraciones. Las historias imbricadas en la noche se suceden sin testigos; las risas, los latidos, los viajes y los retornos la pueblan. 

Cada ciudad tiene su ritmo nocturno. En Ámsterdam yo seguía los destellos en el agua mientras pedaleaba hacia casa. Las bicicletas emitían ruidos internos, la calle olía a café y grasa mojada. He echado mucho de menos a Ámsterdam. Sabía dónde estaba. 


 

sábado, 3 de agosto de 2013

Infinito

Lo nuevo, con su emoción, curiosidad, potencial de conocimiento inacabable ... Lo creado y conocido, con su intensidad, su recuerdo acumulado, su veracidad ...
  

viernes, 2 de agosto de 2013

Dead pixels


El cansancio de hoy inmediatamente apuntaba al bulbo raquídeo y ha tentado a las pesadillas. 

jueves, 1 de agosto de 2013

Las historias empiezan con la ubicación perfecta. Puedes decir muchas cosas para luego escribirlas. Todo esto tiene mucho sentido. El que quieras darle. Mañana reiteraré los mismos imperativos. La literatura teje sus propias conversaciones. Quieres seguir y podrás. Es muy tarde.