martes, 27 de agosto de 2013

Lugares comunes


Es increíble cómo es posible reiterar tus rutinas al volver al hospital. Entras en ese pequeño ecosistema mecánico donde te llaman "acompañante", "familiar", y te reducen a una estructura estanca de la que el personal del hospital se blinda. Eres un resorte para lanzarte frases hechas, consignas de su gremio, respuestas enlatadas con las que ignoran tu reacción: "No podemos facilitarle esa información", "tiene que hablar con su médico", "salga de la habitación un momento, por favor", "ahora le atenderá su enfermera", "no sabemos cuándo se le subirá a planta".

Ayer se infiltraron bacilos hospitalarios en mi cuerpo, al llegar a casa lo he notado. Siento una creciente disipación eléctrica en mis músculos,  un enjambre furioso de diminutas moscas de la fruta detrás de la frente, y una nube de esporas malignas escociéndome los senos paranasales. Me he despertado con esa sensación de desorientación tan típica de levantarse incubando algo. 

Por lo demás el día y la madrugada de ayer fueron un acomodo a los tan bien conocidos momentos de déja vù. Ya sabíamos cómo era la persona aséptica de recepción de las urgencias, las salas nombradas por números donde te hacen el primer reconocimiento, lo brillantemente blancas que son, la actividad frenética que se deja entrever desde el fondo donde se tratan las urgencias, los pasillos semioscuros que engullen los box, la camisola prensada y almidonada que hay que ponerse, la bolsa que contiene la ropa con la que entraste, el saber que eres una persona más, una de muchas que en la tarde-noche de hoy tiene que ingresar en el hospital. 

Conocemos bien lo que es esperar en el box donde entra y sale gente constantemente, donde te preguntan lo mismo una y otra vez; la incomodez de las sillas, congelarse con el aire acondicionado de la habitación, la sensación de esperar durante horas y hacer muchas preguntas que siempre quedan en el aire: "Eso se lo tiene que explicar su médico".

Es una sensación que sería familiar si no tuviera la densidad de un tiempo que se vuelve viscoso, que te incorpora a su naturaleza expansiva, que te retiene durante horas y horas sin avanzar. Sé perfectamente que los kikos de la máquina son duros, que las botellas de agua valen 90 céntimos (pero son más baratas que las de la cafetería); que la gente que está en la sala de espera de familiares te invade con sus conversaciones de móvil sobre la persona enferma, cuánto tiempo llevan ahí esperando, quién tiene que organizar el coche, la casa, los relevos. 

Cuando no sabes dónde mirar se te queda la vista magnetizada a las bolsas de sueros, como si con cada pestañeo cayera una gota más. Cuando te duele el cuerpo de cuadricularlo en la incómoda silla de acompañantes, te levantas y recorres el cuadrilátero obtuso de la habitación para luego concentrar tus músculos y tus huesos de nuevo al espacio inflexible de la silla. 

Es como recorrer el espacio y el tiempo en una correa mecánica que te ha vuelto a llevar al mismo sitio.

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