Algunos territorios se renuevan cada mañana ignotos en la memoria, y deben ser recorridos una y otra vez porque la amnesia les descuelga. Son los territorios más personales, aquellos que no reciben recompensa al pasar por los caminos transitados reiteradamente, marcados desde la niñez. Son los que se evaden a la jurisdicción disciplinaria, aquellos que te proporcionan la libertad pero que no se encuentran en los mapas.
Esta tierra tuya tienes que fecundarla todos los días con tu propio abono: se nutre de tus inseguridades, de tus derrotas, de tus olvidos, de tus revelaciones, de tu lucidez, tu intuición.
No los encuentras en los mitos, en las bodegas de la historia, en los libros de cuentos donde ya se conoce el desenlace del relato, la dirección a tomar en ese camino que te lleva a cruzar el bosque tenebroso, las batallas que tendrías que lidiar con los seres encantados que surgirían a tu paso.
Te despiertas por la mañana a veces con el pánico de haber perdido el norte, no encuentras la brújula ni tus apuntes de bitácora. Te revuelves en tu habitación como un animal enjaulado, y te llueven las dudas encima como el granizo. Sí, estás perdida en un espacio que no aparece en los mapas, y en tus cartografías mentales se ha evaporado.
Sólo te queda un desconcierto por la noche pasada acobardada con las pesadillas, y apenas unos pétalos de ilusivas certezas que eran reales tan sólo ayer o antes de ayer.
Es el precio a pagar por encontrarte siguiendo a tu instinto, a tu sexto sentido, pensando en que cada día es oro molido, sin dejarte llevar por las incertidumbres del futuro ni del pasado.


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