Probablemente quisiera escribir una larga carta, una que se extendiera como un río de taquigrafía, que hiciera que saltaran las palabras en el aire como grillos o caballitos de mar. Lo que sé podría plasmarlo en el papel continuo de la carta y sacarlo a la luz. Podría contarlo todo, podría contar muchísimas cosas y no terminar nunca. Hablar y hablar y comentar esto y lo otro, y este detalle además, y todavía más cosas, siempre siendo fiel a la evidencia, al sentimiento, a la impresión.
Lo que sé. Tienes que hablar de lo que sabes. Tienes que escribir sobre lo que sabes y conoces. Tu visión interna, aquello que piensas sobre lo que ves, lo que se esconde detrás de tu mirada y se forja en las mallas de tu memoria y los recuerdos de tus batallas. Esas travesías por el desierto, esas equivocaciones sistemáticas, esos cambios que has experimentado sin proponértelo. Ese atrapar el sedimento, la cascarilla, lo que queda sobre lo que se creía a pies juntillas, de forma ciega y apasionada; lo automático, las certezas, tus bastiones, las ilusiones que nunca se perdieron de lo que se revisó, y las que te sorprenden con su llegada.
Si sientes frío o calor o indiferencia. Si te gusta o te parece aberrante y quieres quitarlo de en medio. El batallón de palabras que a veces no acuden a tu llamada, y otras se diría que quieren adelantarse las unas a las otras. Lo que te gustaría asesinar con palabras cortantes, como quien articula un papel a tijeretazos, porque lo odias, lo odias, lo odias. Lo que no se ha dicho, lo que se retuvo de lo que se olvidó, lo que te sedujo; lo que te dejaron decir sin interrumpirte. Lo que no le interesa a nadie, a nadie.
Lo que puedes contar de forma rápida y automática porque ya lo has relatado muchas veces; lo que quisieras adornar con palabras espléndidas, renovadas, pero no puedes; lo que desearías embellecer pero te resulta imposible, porque no puedes apartar el recuerdo romo y deslucido; lo que quisieras olvidar; lo que apartas y luego recuperas. Lo que te ha pasado apenas hace cinco minutos; lo que quieres recordar de ayer. Lo nulo, lo insuficiente, lo banal; lo absolutamente fascinante y excéntrico.
Lo que quisieras borrar inmediatamente con un golpe de muñeca, apuntando a la papelera después de arrancarlo del carro de la máquina de escribir. Lo que no puedes escribir con la máquina, porque no tienes un estudio con vistas ni una mesa de escritora, ni un sombrero colgado en la pared esperando a que recorras París.


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