viernes, 23 de agosto de 2013

Entropía


La fiebre sube. Ahora, a la una de la madrugada.

La noche se contrae, continúa su rumbo, se vuelve impenetrable, desconfiada, y no da ninguna pista sobre cómo van a desarrollarse los acontecimientos. Como siempre obliga a mi madre a estar desvelada, pendiente, preocupada.

Mi hermano quiere una botella de agua fría, pero él está tiritando. Hay una pequeña rutina: si la fiebre sube medio grado se le da una pastilla y se espera media hora más. Si está bajando, entonces se puede esperar con mayor tranquilidad. Mi madre me pregunta si quiero caldo, porque hay mucho en la cazuela hecho de hoy. Es la una de la mañana pero para ella es sólo el comienzo de otro tramo del día.

Hoy no tengo coraje para irme de su lado, no sé si aguantaré el levantarme cada media hora durante toda la noche. Por lo menos intentaré estar despierta hasta que la fiebre baje.

No me gusta esta noche, me resulta baldía, desagradable. No me interesa nada de ella. Dan ganas de darse la vuelta y abandonarla.

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