Por la mañana escribes mejor. Te enfrentas (porque es un cara a cara) con las palabras y los abstractos que emanan de tu mente, y aceptas las invenciones que se te ocurren. Algunas frases no transportan las resonancias que te gustaría inyectar en el texto, y algunos segundos pendulan entre los tiempos muertos y las proyecciones a medio camino entre la pantalla y tus ojos de vista cansada.
Hoy quieres decir la palabra cierta, y buscas la frase completa, aunque no tenga significado. Por las mañanas escribes mejor porque no tienes nada que decir apenas sobre el día que empuja y mueve los hilos de la vida de otra gente en la calle, pero que a ti no te sabe a nada todavía más que a café y a un desayuno calórico forzado.
De repente se acaba agosto, un mes de promesas y manojos. Un mes que ha
durado casi más en el corazón que el verano entero. Esta noche no he dormido
bien, el estómago me ha tenido en cuarentena. Luego la mañana ha empezado con
la firmeza de mi aliento de café pulverizado en el ambiente como por un
aerosol, pero mi cabeza es como una meseta expatriada, plana y ancha donde el
polvo se ha asentado en un seno caliente.
Entiendo que se pueda escribir por la mañana porque estás flotando en el
tiempo recién medido, y si te resguardas en uno de sus pliegues la sombra te
ayuda a ver el interior de tu mente. Los ojos los tienes abiertos pero alejados
de lo que ven enfrente suyo. Es como si vivieras en un principio sin principio,
en unas horas que se miran al espejo perplejas de ser horas, de durar sesenta
minutos.
Y la fecundidad de la mente, el paisaje, el terreno se encuentran mucho más a mano. Escribir es más fácil porque no exige una atención profunda, el
centrarte, el ignorar lo que hay a tu alrededor, porque todavía no te has
despertado a lo que te rodea, y si sigues escribiendo continúas sin ser
demasiado consciente de ese circo que tan a menudo comienza a montar su carpa justo
a cinco metros de distancia de tu propio lodazal.


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