La fiebre del cáncer crece, se espesa, retrocede para coger más fuerza en su próxima embestida. En mitad de la noche corre desbocada y escuece al aire que la exhala. No pretende ser lo que no es, sus síntomas son claros y brutales; nunca se disfraza.
Por cada grado de fiebre las pulsaciones incrementan en diez pasos su velocidad. Es fácil hacer la cuenta. Hay que evitar la fiebre a toda costa, el cáncer le produce a mi hermano un ritmo muy elevado de pulsaciones, y sin piedad le recuerda a su corazón la implacabilidad de la cobra.
La lucidez que te otorga el miedo es afilada y cortante como una navaja. Él está sudando pero la fiebre le hace sentir un frío de escarcha. Mi madre observa y escucha con la atención afinada de un animal siempre pendiente de sus depredadores, con el coraje de las madres cuando una fuerza externa intenta herir a sus retoños; su la mirada alerta preparada para atacar como una pantera de ojos brillantes.
Cuando es de noche la luz en la habitación de un enfermo se tiñe de los claroscuros del silencio, de la precaución. Escucho a mi madre hablarle a mi hermano dulcemente, muy bajito, poniéndole el termómetro de nuevo, ofreciéndole agua, haciéndole tomar paracetamol efervescente, refrescando su frente con una toallita mojada, intentando persuadirle para que se cambie la camiseta empapada. Él siempre tiene puesta la televisión, que escupe un cierto tono azulado en las sombras. 38,8 °C : comienza el juego del ataque y la espera.
Tras una hora la fiebre sólo ha bajado dos décimas. Mi madre vuelve a la cama preocupada y se prepara para levantarse en media hora. Hablo un poco con ella y le voy a buscar un reloj de alarma porque no quiero que esté pendiente de la hora de la radio y no descanse, aunque este descanso sea frugal y desvelado. No quiere que deje encendida la luz de la campana extractora de humos de la cocina para no molestar a mi hermano, y yo no quiero que cada vez que ella se levante andando a ciegas por el pasillo, y encienda los halógenos de la cocina, se deslumbre con su chirriante fogonazo. Los halógenos son la letra dura, la verdad rendida a la crueldad. Me gustaría que la noche se iluminase con luces suaves, murmullos, movimientos lentos que se aliaran a la reflexión, que redujeran la atonía, que revelaran el qué hacer cuando las cosas no marchan; acompañantes quedos y amables de la enfermedad.
Me gustaría que mi madre durmiese en el dormitorio y no en la habitación pequeña, pero ella quiere estar cerca de él por si le necesita. Tiene el móvil preparado en caso de que él, aún a pesar de estar a escasos metros de distancia, le haga una llamada perdida. Ella es todo oídos, y aún sumida en un estado previo al sueño es capaz de oír cualquier sonido procedente de su habitación. Es como si hubiera desarrollado la audición tridimensional de una ciega y pudiera visionar exactamente los movimientos de mi hermano: si se levanta, si se cae al suelo, si se revuelve en su cama entre alucinaciones febriles que hacen que las sábanas crujan y le ahoguen.
Cuando finalmente me voy a la cama del dormitorio de mi madre, y le doy un beso tras apagarle la luz con el menor ruido posible, con la esperanza de que descanse unos minutos, veo que hay luz en la cocina; al acercarme mi hermano está de pie cerrando la nevera. Le pregunto si tiene hambre y me responde mascullando algo así como que sólo quería ver qué había. Se lo digo a mi madre y ella se levanta en seguida, con urgencia, como con un resorte que le propulsa el cuerpo de felina hacia él. Se la ve algo más aliviada, porque el que mi hermano tenga hambre es buena señal.
Le hacemos dos filetes y mientras tanto hablamos de cuando mi madre atendía a un asentamiento chabolista con gente gitana en los años ochenta en el sur de Madrid, en una zona llamada equivocadamente La Fortuna. Hay muchas historias que nos hacen reír a las dos. Como cuando mi padre ni corto ni perezoso fue allí a hablar con el patriarca para decirle que cuando quisieran ir a la consulta se les atendería sin ningún problema, tuvieran o no tarjeta sanitaria.
Y la historia de la cabra no la había escuchado antes.
Mi hermano come rápido, con apetito, y pide que vertamos aceite frito sobre los filetes. Cuando termina, mi madre, con una gran sonrisa, me enseña el plato rebañado y brillante, sin una sola miga a la vista de la media barra de pan que se ha comido.
Al medirle la temperatura después de comer, a las dos de la madrugada, la fiebre se va sibilante por la ventana. Desaparece como si volara en la noche, y arrastra el sudor y las alucinaciones. Mi madre seguirá midiéndole la temperatura a mi hermano cada dos horas durante toda la noche porque la hyène es traicionera.


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