Borra, sacude el carro de la máquina de escribir, suprime o avanza. Juegas con el barro sin terminar tus lecturas. Vas a hacer lo que te toque esta vez. Te estás encerrando poco a poco dentro de este maremágnum de incertidumbre. Grabas tus sueños en papel secante para abaratar costes. Sabes que no a todo el mundo le gustan tus frases. Ya me he olvidado del anillo que me regalaste, ¿cómo es posible? Tal vez porque me lo tuviste que regalar en dos ocasiones.
Parece difícil terminar las frases, recoger los colchones que se airean fuera. Llevas tu comida en frascos, tienes las manos henchidas de furores y nubes pequeñas de aliento. Jamás vas a dejar de enredar, entretejer, impresionar, recopilar todo este pequeño mundo que es tuyo. Sería como querer romper e investigar en el centro de las canicas de cristal, las canicas que te llenan los bolsillos, que te siguen los pasos, que se sueltan en los caminos y ruedan y ruedan solas.
Podrías seguir así toda la vida, redimiendo ángeles, vagabundeando entre los erizos de mar. Ya no sirve de nada buscarle sentido, ya quedan muy pocas certezas, bonitos escenarios, canciones de cuna inolvidables. Reitera, reitera. Ahora todo se ha complicado demasiado, no te harían caso nunca.
Tu realidad se está descomponiendo y surge algo muy extraño, muy informe que se parece mucho a la realidad. Espera: es la realidad. ¿Dónde están tus principios cuando tus manos están atadas, tus ojos tapados, tus oídos cerrados? ¿Por qué todo el mundo se ha dado cuenta de cómo es la realidad antes que yo? ¿De verdad me tiene que gustar esto? ¿Dónde he vivido todo este tiempo?
A lo mejor ahora despierto y me encuentro con aquella persona de debía haber sido, acorde a mi falta de talento y mis debilidades. Es como querer hacer música con tijeras.

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