miércoles, 7 de agosto de 2013

Revelaciones 

Decides qué armas redentoras utilizar. El sonido del coro en el teatro griego que se desarrolla en tu mente, las vistas precisas e imaginarias que se forman en tu retina, el reloj de arena que se decanta por tus venas como si fueran un alambique, y revive tus recaídas con un grumo solitario de memoria.

Te desprendes de las estructuras verbales que mantienen tu fenomenología mental, tu paisaje estático arrebolado con señales de humo. A lo lejos corren ríos de vidrio, las lechuzas se recogen, el rocía se afana por cuajar, el viento redobla sus intrépidos revolcones con los dientes de león enajenados.

Tengo hambre de música, de la simplicidad e inocencia del lenguaje binario, de la tertulia literaria, del recogimiento nocturno. Pero un nuevo día se levanta como un telón de hojalata, y añoro la noche por su unidad, su amplitud, sus frases hechas y las que quedan por revivir.

No soy un animal diurno, no pertenezco a esa especie que se renueva cada jornada y forma parte de la estampida urbana. No tengo prisa, no exhibo movimientos circundantes por el tiempo y su aguja afilada y rectilínea. El lenguaje nocturno es más sonoro y entronizado en el ambiente, y se mantiene suspendido en las partículas invisibles del negro compacto, con sus corrientes límpidas de lucidez que se bañan y refrescan como sombras chinas.

Esta noche retomaré el paisaje recogido y abigarrado de estos umbrales nocturnos y repasaré con mi mente la trastienda de acontecimientos sucedidos durante el día, su mordedura en la carne, su inmutable resaca.

Refractaré la luz diurna calada y absorbida por mi cuerpo, y lo haré con un compás de espera propio, tranquilo y sabio. No sé si lograré plasmar en la pantalla las constantes interrupciones sinápticas en mi pensamiento o esos vagos erizos de mar que arrastran el déjà vu como si fuera un racimo o un banco de algas. Por la noche un radiador es un xilófono; un mármol, un espejo; los autobuses, buques fantasmas; las multitudes, desfiles de piedra. La noche es más emotiva, más lúcida, más variada que lo que puede caber en un día.

Salta, transpira, escucha, responde, revive y recuadra las líneas convexas de cielo estrellado y los aullidos de las constelaciones efervescentes. El futuro empieza aquí. El pasado está anclado en el ritmo pausado que avanza hasta explosionar en un amanecer radiado y rebosante de energía, como una recién nacida que mira al mundo con su sabiduría interna e instintiva, tan razonable y bella.

Las dudas bailan en mi boca como los rastros memoria del sueño retráctil. Rescato esos pensamientos húmedos en palabras y frases abrumadas. Mis próximos veinte años de vida se desplegarán en miles de folios encuadernados como una captura de pantalla infinita. El infinito existe, las trombas de palabra sin dueña, sin restricciones calculadas mediante la aritmética.

Nada se resiste al ritmo implacable del día excepto las revelaciones irreversibles de la noche.

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