lunes, 19 de agosto de 2013

Yucatán


Me levanto y tengo media hora para vivir en la página. He tenido un sueño cóncavo, bello, sincero, poblado de mujeres y feminidad. Todo ello me hace odiar los martillazos de las obras del edificio y los aires acondicionados impertinentes e incansables, tronares ambos que me despiertan y corrompen mi sueño convirtiéndolo en algo fragmentado y entretejido con la ansiedad de arroparme en él.

Estoy pensando en acostarme antes y resurgir más pronto por la mañana. Esto va a ser difícil, porque la noche es la única que recoge mis anhelos de soledad unitaria y tranquila, pero el mundo me recuerda implacable que la entrada tardía en la mañana es insolidario e inconsciente; pero qué sabrá el mundo de mi integridad, mi trabajo, mi ritmo, mis telares de palabras y sentido(s).

Vivo una existencia en entredicho, pero como siempre, si quieres amainar la alienación que este mundo te produce desde el nacimiento (y que te regala los libros y el talento también) es importante sobrevivir al ruido, que también puede ser mental y exagerado, como el de una diva buscando el acercamiento de su deslumbrado público al escenario, y el brillar, brillar de las luces de candilejas.

No termino de aceptar que últimamente me faltan palabras y que, tal vez perezosa e indolentemente, plasmo cualquiera que apenas me convence al vuelo, y que pudiese sustituir a la exactitud de la que me evade y se esconde. En este tipo de escritura no contemplo la revisión exhaustiva sino la libertad, y por supuesto es hora ya de dedicarme a un nuevo libro, a convocar a los espíritus de la musa y pensar en una obra independiente y unitaria, tal vez afanosa de compartirse con el mundo exterior.

Y es especial y desesperadamente cierto que mi pasión por Virginia es como la excitación de un buque de vapor y su arranque poderoso, su travesía continua, sin perder fuerza ni valentía. Ella me enseña con sus ideas y comentarios que la acción no es tan importante como los personajes, como las ideas detrás de los pensamientos emotivos y únicos. Pero yo no tengo personajes, por lo tanto no puedo situarlos en un mundo que sería escuálido sin ellos. Vivo para dentro en este momento y no para fuera. No sé cómo podría combinar mi pasión por la narrativa de mis guiones de cine y sus protagonistas con la inmersión en mi mundo interno y mi cartografía y apreciación de sus capas y orografías.

Apenas me quedan diez minutos escasos para sacudirme estos pensamientos adheridos al sueño que me abandona, a la inmersión en el subconsciente de la noche. Es verdad que se escribe mejor por la mañana o a medianoche, y ambas cosas parecen excluir la una a la otra. Claro que no debería ser un problema siempre y cuando no tengas obligación de darte explicaciones a ti misma.

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