jueves, 4 de octubre de 2012

No iba a esperar esa llamada ...



Me ha llamado. Estaba pensando en mí. Me ha llamado. Estoy a la espera. Ya no me importa esperar; he aceptado mi pérdida, y tras la pérdida aparece el encuentro.

Ya no piensa en mí de forma directa, ya puede desenmascararme de su vida. Hay veces en las que necesitas ver que mientras el tiempo se estrecha y se ensancha tienes que crear algo completamente nuevo para refundir tu vida, tus ilusiones. Integrar todo aquello que te permita no evaporarte o perderte en el laberinto de los días, de las mañanas y las tardes, de los atardeceres, y los saltos de las horas por los tramos de la lluvia, o entre la arena filtrada del viento. 

Hay ocasiones en las que ella pierde tu postura con el desafío de la distancia, y decide incluirse dentro para no estar completamente fuera. Parece que es mejor si no entrega tu futuro completamente al destino ciego. Puede que aunque haya certeza para abandonarte, la certeza sin la sombra de la duda no pueda sostenerse.

Es un seguir estando ahí, pero un estar de otra forma. Y tu presencia es esencial, porque has formado parte de un sentimiento, una idea, una verdad. Aunque nadie se diera cuenta tú estabas ahí, y no tenías que hacer nada, tan sólo ser tú, porque lo has entregado todo, lo has sentido todo, has confiado.

Es como cuando la luz inunda una habitación, al principio no parece que tenga nada que ver con el interior, y poco a poco, aunque te hubieras acostumbrado a la oscuridad, la luz comienza a revelarte, a sincerarte, y te restaura la forma, te acaricia, te vislumbra.

Te añoran, te sienten, te evocan, te buscan. Se desliza el recuerdo de ti y finalmente saben que te quieren, que necesitan alojar en sí el vacío que has dejado, y que antes era la posibilidad de crecer, de que creyeran en ti, de acercarte a ti misma mirando el rostro de tu alma gemela. Tú eres ella, y ahora lo sabe. 

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