Estoy en una dimensión en la que no me reencuentro como tal, sino que actúo y voy hacia adelante, como para crear elementos y partidas que pueda más adelante incorporar a la línea continua sobre la que estoy reestructurándome. Pero no puedo estar haciendo esto mucho tiempo, porque cuando llega un tiempo muerto, suceden un quiebro, un error, un fracaso o una decepción, pego un pequeño retroceso y parece que estoy dándole una dentellada a mi capacidad de recuperarme.
Pero en este momento, y quiero decir hoy, gracias a la manera tan orgánica en la que se ha desarrollado el día, me he sentido bastante bien. Tal vez un poco expectante, con un poco de miedo de que la cosa se tuerza, puede que un poco cerca del linde frágil en el que puedo llegar a andar sobre la cuerda floja con una pértiga para balancearme entre el sí y el no; pero no del todo todavía. Así que tengo que comenzar a alzar la guardia, por si acaso. Volver a hacer planes, ver cómo puedo hacer un poquito de todo y controlar los ritmos de lo que emprende. Porque cada empresa, cada propósito, cada actividad tiene un ritmo diferente; son como una chiquillada a la que tienes que atender al mismo tiempo y con igual atención y consideración.
Siempre que recibo cariño de forma especial, como si se tratara de una recompensa a mis acciones, y también de forma accidental, me siento especialmente bien. De esa manera en la que se va trazando la línea en la que se sintetiza tu personalidad con el ambiente exterior sin que salten chispas ni se fuercen las muescas. Y también cuando no te lo esperas. Hoy me ha sonreído mucha gente, se ha mostrado solícita, me ha buscado, me ha seguido con la mirada por los pasillos, me ha reconocido, y no sé muy bien a qué se debe. A veces el simple valor de la permanencia, de la constancia, de la coherencia de tus actos aunque al principio no se comprendan, te otorga un perfil que radia algún tipo de atractivo para las demás personas.
Hoy precisamente que no he buscado nada de nadie, ni he exigido, que he agachado la cabeza, he escuchado, y hasta me he despistado, la gente del hospital me ha preguntado, ha pedido mi opinión, y he notado que hasta se han sentido felices de que yo estuviera ahí porque querían de alguna forma enseñarme cómo se preocupan por mi padre, que lo que estamos haciendo está bien, tiene sentido, que finalmente lo entienden.
Hoy que sólo he conseguido que me saliera un solitario tras intentarlo durante más de siete horas, que llevo la misma ropa de ayer, que no me he duchado, que no he sido pesada, y he pasado mucho tiempo apoyada en la pared de pasillo absorta en el juego con mi ordenadorcito, la gente ha querido hacerse notar, me ha sonreído, me ha avisado de que terminaban con mi padre para que entrara, me ha preguntado dónde estaba el termómetro, la crema, qué temperatura tenía, cuándo le iban a poner el catéter, si llegaba ya la alimentación, que cómo estaba.
Ya me sé sus nombres, ya sé a qué vienen - si tiene fiebre en cinco minutos están aquí y le administran paracetamol; si tiene la tensión alta no le mueven demasiado, si le sube la glucemia vuelven y le inyectan insulina. Y ya esperan que les diga algo, que les informe, que les diga quién se ha pasado por ahí, que les trate de forma personalizada. Y justo hoy que mi madre, mi hermana y yo estábamos cansadas de explicarnos, de empujar la maquinaria del hospital, de resolver situaciones.
Justo hoy que no me han salido los solitarios.


2 Comments:
Me alegro mucho de leerte mejor; lo mereces, aunque no te salgan los solitarios.
¡Un besote!
Gracias, bonito. Sé que estás siempre ahí. Besitos
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