Pensar, sentir, querer. Qué mundo tan lejano. ¿De qué estáis hablando? Si ni siquiera me puedo permitir el lujo de llorar, porque llevo muchos meses haciéndolo diariamente, y me estoy ajando la piel, me han salido unas arruguitas indelebles bajo los párpados, que surcan el camino hacia mis mejillas, y marcarán mi expresión para siempre.
Y tampoco quiero que el ánimo se desmorone; estamos acercándonos a un punto muy peligroso de no retorno, y no puedo permitírmelo. Mi párpados ya no dan para más, mis ojos están cansados, y además, una vez que tomas la decisión de no llorar, dejas de hacerlo, aunque lo necesites. ¿Ves? Si es que los ojos pueden ser un tapón de las lágrimas, ¿ves? si respiras hondo y sueltas el aire poco a poco las lágrimas se alejan. No vayas a ver a tu amiga del herbolario, no te encuentres a nadie por la calle, llega a casa y no abras la luz durante unos segundos. ¿Ves qué fácil? Vas a conseguir no llorar; sigue, sigue así. Qué bien lo estás haciendo. Ya nos vamos convirtiendo en una autómata, pero bueno, es el precio ¿no? Es el precio de no sentir. Que ya está bien de llorar, no vas a estar llorando sin parar como una nenaza, como una irracional, como una floja. Ya está bien, hombre.
A partir de ahora cuando me mire al espejo podré ver dónde se alojó ese sufrimiento, como una cicatriz, como un esguince después de un empujón, esa mala caída, esa equivocación, esa mala suerte. Tal vez las mire con sorpresa; tal vez alguna mañana me haya olvidado de ellas y las vuelva a ver y me acuerde vagamente de que el dolor me había traspasado los poros de la piel y se había agarrado a su humedad y me había rasgado la cara. Y tenga que pensar en esa persona que fui el año anterior, o hacía tres o cuatro años, esa persona a la que abandonaron, a la que no quisieron lo suficiente, a la que se le encadenó un desastre tras otro, a la que después de perder al amor de su vida el destino se volvió a torcer, y esta vez le tocó a ella bailar en la cuerda floja mientras un redoble le marcaba el momento en el que su padre comenzaba a debatirse entre la vida y la muerte.
No sé qué es lo que tendría que pasárseme por la cabeza. Gracias a Dios por el dolor de ojos, porque ya no tengo que obligarme a pensar. Me estalla la cabeza, estoy mareada, me da vueltas la habitación a mi alrededor si no me siento. Mi mundo se ha fracturado y mi cuerpo es el que ha recibido la tanda de palos.
Y es que aunque mi padre esté luchando contra la muerte, yo no sé hacerlo. Es una enemiga muy poderosa que está acechándole como una alimaña. Pero la muerte no es una perdedora, gana siempre. Puede aburrirse y largarse durante un tiempo; pero si se sienta ahí en el sofá enfrente suyo, si no se mueve, si se llena la habitación de su negrura, prepárate, porque las cosas se están poniendo verdaderamente chungas.
Si me sucediera a mí por lo menos sabría que estoy en el centro de la película, podría concentrarme, sería consciente de cuáles son mis debilidades, mis puntos fuertes. Yo he llegado a pensar que sabía darle esquinazo. Pero de repente estoy experimentando lo que es tener miedo. Todo lo demás que había sentido antes era un juego de niños. Ahora estamos hablando de otra cosa. Es muy sencillo: le miras a los ojos y comienzas a sospechar que ese sueño que tenías tan claro, tan cerca, de que volvería a casa, a su silla de ruedas, a su gorra de béisbol a su carita fría cuando regresaba del paseo, a su presencia al entrar en casa, cuando corríamos todas a cubrirle de abrazos, a esos besitos que todavía nos daba cuando se los pedíamos, pueda ya no suceder.
Lo peor es cuando tu esperanza se desmorona y te despiertas y ves cómo esa pesadilla que estabas soñando no lo era: era real, y te está pasando a ti.
Es cuando quieres cogerle por esa camisola que le han puesto y agitarle para que despierte, para que no se deje llevar; arrancárselo a esa asquerosa cabrona que se ríe de ti y de tu impotencia, se ríe de toda tu familia, se ríe del amor, de la ternura, se ríe mientras tú lloras.
Es cuando comienzas a observar que de un segundo a otro el cielo se ha ensombrecido, se ha apagado la música, tu sonrisa se congela; que lo que era luz ya no es tal, que él ya no está iluminado por tu esperanza, que el rayito se está extinguiendo y que las cosas se están poniendo feas, que las cosas son feas, que tú le habías cubierto el cuerpo entero de guirnaldas y de rosas, y que ahora los cuervos se las están llevando porque ella quiere arrebatártelo.
Y todo esto lo piensas sin permitirte llorar, porque para qué; tal vez no deberías dejar claro que estás desanimada, que tienes miedo, que estás esperando con terror a que ella abra la puerta y se lo lleve, y que la mirada de tu padre ya no te siga cuando mueves la silla o te vas a hacer algo, espera un segundito que voy a pasar al otro lado, porque ahora mismo lo único que tenemos es que nos mire y que parezca que todavía nos ve, y que si te mueves te siga con la mirada, por favor, síguenos con la mirada, por favor, por favor, síguenos siempre con la mirada.


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