lunes, 8 de abril de 2013

Indicios


Es extraño decirlo, pero creo que me estoy acostumbrando a su ausencia, me resulta más sencillo saber que se ha ido pero que tras su muerte su recuerdo lo impregna todo y continúa creando y sosteniendo esta familia. Su casa sigue en pie, su despacho; su vida ha tenido sentido. Sus libros de medicina me observan con toda la contundencia de sus cientos de páginas y parece que me hablaran, porque son su legado. Su silla de ruedas, su martillito para testar los reflejos en las rodillas de los pacientes, su aparato para leer electrocardiogramas, todo esto me rodea mientras escribo esto en su portátil.  

Si quisiera podría oler su colonia porque todavía quedan unas gotas en el frasco del baño. Ya no me pregunta el qué hubiera podido ser porque lo estoy viendo ahora mismo.

Ayer tras ducharme me puse en el cuerpo la crema que mi madre utilizaba para hidratarle las piernas y los brazos en el hospital. Ella me dio el bote y lo he estado mirando en el baño sin cogerlo durante todos estos meses. He estado utilizando otras cosas suyas: me voy a hacer sus gafas, tengo su bufanda, etc, y creo que mañana le pediré a mi madre su cadena de oro, pero no había abierto ese bote de crema porque no quería acordarme demasiado del hospital. 

Para mí el ponerle crema a mi padre e hidratar su piel negra formaba parte de algo que tenía que ver con nuestra identidad, con el sentido de la vida. Ese sentido de sentirte y ser, y ver quién eres y de dónde vienes, y que vas a seguir siendo aunque el cielo se resquebraje y caiga, la tierra se contraiga y convierta en tentáculos batientes sus propias carreteras y cordilleras, o la muerte te muerda como una serpiente y te arranque de tu propia piel a las personas que quieres.

0 Comments: