Me acuerdo de tocarle la cara y recorrerla con mis manos, tenía esa textura especial por donde corría su melanina que también era la mía y la de mi hermana; una piel fuerte, hidratada y enternecedora que me hacía sentirme viva, suya. Sus labios eran perfectos, esculpidos con líneas finas como en una estatua clásica, con un color beige rosado que resonaba en mi memoria, me recordaba sus besos, especialmente los que ahora me podía dar, suaves, blandos, con esfuerzo, acercándose todo lo que podía. Me gustaba tocar también el cuello rígido de su camisa, bien planchado, cercando su fuerte y amplio cuello; parecía vestirse el cuerpo, la piel con su innata elegancia para seguir haciéndonos partícipes de ella.
Yo le abrazaba los últimos años para sentir su fuerte musculatura, esa espalda que había visto tantas veces, tan amplia, ancha, cruzada de arriba abajo por una línea del grosor del dedo índice, redondeada a los lados y flexible, potente. Y al abrazarle podía contener su espíritu, la tonalidad de nuestra relación, el hecho de cuidarle y querer cuidarle más, el fuselaje de toda su vida en acción, en movimiento, enorme, absolutamente enorme. Sigue siendo mío, y yo su hija.


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