Veo pequeños gestos y detalles que me hacen notar que mi madre a veces ocupa mi espacio de trabajo, de descubrimiento, de exploración. La almohadilla del ratón tiene un pequeño bolsillo de plástico donde ha metido una nota con la extensión de la habitación de mi hermano en el hospital. Mis libros aparecen montados en columnas encima de la mesa del despacho de mi padre, con las hojas al vuelo creando abanicos, y un billete de diez o veinte euros entre sus páginas para el taxi, dinero que normalmente devuelvo; lo pongo debajo de uno de los dos (y tres) relojes de alarma que tiene mi madre encima de su mueble del dormitorio, alineados en un pequeño triángulo junto con los vasos de agua estática tras toda una madrugada en vela, con un despertar fijado en las agujas de todos los relojes a las seis de la mañana.
El despacho de mi padre donde me refugio y que me he asignado, aunque sin cambiar demasiado las cosas, huele a su dulce colonia que significa tanto ella, su presencia. He arreglado el portátil que mi padre se trajo de la oficina al dejar su puesto en la empresa, y sigo rodeándome de sus revistas y libros de medicina por doquier, sus múltiples fonendos y aparatos quirúrgicos, los ángeles querubines de porcelana de mi madre, los libros de arte de ella, los ocurrentes objetos de oficina regalados por los laboratorios, la mesa de roble imponente y bella para recibir a pacientes de ambos, y los muebles y paredes de madera oscura que hacen de este despacho un clásico en su mobiliario, pero sin el espíritu rancio de otras consultas médicas de los años 60 y 70 que todavía huelen antiguo y despliegan un caduco espíritu abrumador y solemne.
¿Cuándo entra mi madre aquí? No sólo viene para airear el despacho ni llevarse mi taza de café vacía del día anterior, y tampoco para mover mi desorden de sitio. Tal vez nota que mi desinterés en limpiar el polvo de la mesa (no ha llegado a proporciones irrazonables) y mi respeto a todos los objetos de mi padre muestran mi deseo de integrarme en su mundo y no alterarlo demasiado. Los armaritos bajos empotrados en la habitación están llenos a reventar de mis modems, routers y cables, objetos mecánicos e informáticos varios que no están a la vista aunque ocupan espacio, pero eso sospecho que a mi madre le gusta porque le muestra mis múltiples naturalezas, mis excentricidades, mis maneras distintas que ella se ha pasado la vida apoyando y fomentando desde que yo era pequeña y curiosa, resuelta y empeñada en arreglar mecanismos internos, aunque a menudo destruyéndolos (ahora los arreglo de forma intuitiva, casi mágicamente, de manera inconcebible).


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