Mi hermano está ingresado en un hospital sin nombre. Porque los hospitales son como calles sin título que todo el mundo conoce pero que nadie quiere nombrar.
Ahora paso por delante de ese hospital y digo: "Aquí es donde murió mi padre". Donde murió tumbado, callado, evanescente.
Cuando vienen a afeitar a mi hermano pienso en cómo conseguirían rasurar el aire cardado de los pasillos, el olor a papel mojado de la sala de espera.
De madrugada el control de enfermería es esa parada de tren desierta, donde nada se mueve, con esa inflexibilidad de regimiento, donde se contempla la cuadratura del círculo, las sendas concéntricas, el reloj parado; donde los fantasmas acuden desnudos, apenas cubiertos por las pequeñas camisolas de tela ligera e industrial para pedir su bandeja de comida, su vasito de pastillas.
Preguntas, te vuelves, circulas, entras y sales. Vas a comer a la cafetería. Es un ecosistema cerrado, como una prisión de puertas abiertas donde sales a tomar el aire tú sola; una interrogación constante sobre la vida y muerte, un tránsito por tus terrores nocturnos.
Los ascensores grises son testigos de sollozos, de improntas de manos y piernas, de las pisadas gruesas de los bedeles y los cuerpos sin perfumar de las enfermeras.
Aquí no hay sistema de clases, aquí predomina la espera sobre la huida. Todo es relativo o implacable.

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