martes, 13 de noviembre de 2012

Vagar

 
Estoy bien, no me encuentro atemorizada por la tristeza, pero me he encallado. Tengo la casa hecha un desastre. Todo comenzó el día después de la muerte de mi padre, cuando tuve que entrar en casa mientras mi hermana me esperaba en el coche camino del tanatorio. Tuve que buscar y coger apresuradamente todo tipo de cosas necesarias: fotos de mi padre, marcos, cargador del gps, hacer un cambio de pantalones, de zapatos, etc. Mi hermana no sabía el camino y estaba nerviosa, y yo no encontraba las cosas, así que me di muchísima prisa y dejé cajones abiertos, otros volcados, perchas sin colgar, etc. Tras su muerte y en el tanatorio yo me encargué de organizarlo todo, hasta en el entierro tuve que encararme con un sepulturero que nos quería echar un segundo después de finalizar porque tenía prisa.


Después pasé casi dos semanas en casa de mi madre durmiendo, cuidando de ella, comiendo, respondiendo al teléfono. Vinieron mi tía y mi tío de Canadá, en compañía de mi prima. Con ella hablé durante muchas horas, compartí el caudal ingente de nuestra melanina, de nuestro adn común: me abrazó, me besó, me escuchó. Pasó el funeral, las comidas en restaurantes, los recibos por pagar, las visitas al cementerio para ultimar el acabado del mármol de la tumba de mi padre.

Y cuando volví a mi casa, cargada con las bolsas de lo que había llevado al hospital (un edredón, una manta, pijamas, etc), y lo que llevé al tanatorio, mi únicos objetivos fueron el ponerme mis pantalones de andar por casa, mi sudadera gris, tumbarme en mi sofá y descargar los capítulos de mis series preferidas, buscando comedias románticas, cine independiente, cine francés, etc. 

Y a partir de aquí tengo poco que contar. Me he ido a la cama a altas horas de la madrugada, dormitando entre capítulo y capítulo, película en película. La casa se ha llenado de objetos amontonados unos encima de otros. No he guardado nada, simplemente he apartado como he podido todo lo que andaba por medio, tan sólo para poner otras cosas en su lugar. Me he dedicado a comer pan con tahini, patatas Pringles, palomitas de bolsa, alguna manzana, alguna naranja, y los envases y restos de comida están encima de mi mesa y de cualquier superficie hábil. Tengo que cerrar la nevera con rapidez porque ahí languidecen unos garbanzos podridos que puse en un tupper antes de que sucediera todo. Abro botes y no los cierro, cojo un plato detrás de otro y los amontono de cualquier manera cuando se ensucian. Cuanto más desastre se acumula, más incapaz soy de impedirlo. 

Al apoyar la cabeza en el brazo del sofá me he causado dolores de cabeza, de cuello, de hombros. Tardo medio día de media en lavarme los dientes, se me ha acabado la ropa interior, no soy capaz de quitar el tendedero medio vacío de en medio del baño. 

He pasado más de diez días en un sopor continuo, no he respondido a ningún mail, apenas me he acordado de los mensajes de texto que me han enviado. He puesto todo tipo de excusas para no ver a mis amistades, y sólo he ido a casa de mi madre unas cuanta veces, incluyendo hoy, para no dejarla sola. 

He pensado en mi padre, me he acordado de aquellos momentos en los que me cogía de los brazos pidiendo ayuda, en los que se emocionaba al verme llegar, en los que estaba en estado crítico luchando por esas horas más en nuestra compañía. 

Me acuerdo de Septiembre y me pregunto por qué ha habido tanto desamor durante tanto tiempo.

También he intentado escribir todos los días, para no alienarme por completo, pero estoy muy harta de la situación. Hace casi un año que no me pasaba nada de esto, a pesar de lo difícil que ha sido todo. Y finalmente he caído. 

He tenido momentos oscuros, pero ahora he pasado a otra etapa en la que en general simplemente me encuentro vaga, desmotivada para las cosas prácticas, bastante incapaz además de hacerlas. Me falta coordinación motriz, mis movimientos son torpes e incompletos, pienso de forma incompleta. Me acuerdo de cuando me movía por casa con todo en su sitio, cuando trabajaba tranquilamente, cuando las tareas cotidianas no eran un esfuerzo tan grande, y recuerdo que en situaciones similares hubo algún momento en el que mi motivación se activó y se mantuvo de forma continua.

Ahora estoy esperando con cierta resignación a que mi cerebro se cargue de los neurotransmisores necesarios para poder movilizarme, aunque guardo la esperanza de que una Mary Poppins pueda ayudarme tan sólo a arreglar la casa, me prepare una comida caliente y me traiga un té a la mesa de montaje. Me gustaría que volviera al día siguiente y al otro para animarme a seguir, para echarme una mano. 

No quiero pedir ayuda a nadie conocido porque tendría que explicar demasiadas cosas y es una situación que requiere intimidad y confianza. Mi hermana está demasiado ocupada. Esta es mi crónica del día. 

Pd: Me acaba de llamar M., mi pequeña de Ámsterdam. Va a venir a verme este fin de semana. Ya ha venido Mary Poppins! 


3 Comments:

nieves said...

Date tiempo...
Un abrazo
Nieves

Anónimo said...

Pringles...palomitas de bolsa...mmmmm!!!
Te pido un favor, no descuides tu salud,aliméntate bien, sal a la calle...
Dicen que hay que ver para creer, entonces ponte delante de un espejo y empieza a creer en ti.
;)
Besos.
Pd: Cuidado con los garbanzos...
Cáceres.

Ssplash said...

Sí, muchas gracias a l@s dos. Estoy aturdida todavía, pero intento espabilarme por momentos.

Besos