Las nubes se incendian con leves trifulcas metereológicas que nada tienen que ver con la levedad del ser ni con los pensamientos profundos o imprevistos ni con el despertar desvaído ni la falta de intimidad contigo misma ni con el precipitarte en la vulgar insipidez de las horas sin ángel.
Es fácil retrocederse en las palabras escritas, reprender a la página por no exudar lo mejor de ti, por fallarte y no fortalecer los vocablos que te hieren, ignorando la urgencia que tienes de evacuar ensoñaciones. Pero lo que no es sencillo es divagar por su blancura y desprenderse de la crítica interna, de los valores férreos de excelencia que te silban al oído refutaciones y te dan tirones en seco para que abandones.
Es extraño el tener que agitar el subconsciente como si tu cabeza fuese un matasuegras con resaca, y exigirle cordura o cuanto menos presencia. Cuando tienes un destino literario que proseguir y no te acompaña un whisky para comenzar la mañana de escritura, si la creatividad no anda suelta y desbocada, sino más bien enfundada en un muelle retráctil que no encaja, no hay rebelión posible, tan sólo la búsqueda de aquellas palabras que residen en ti y que hay que arrancarse como una epidermis injertada, como la fina capa de cordura enajenada que te impide expresarte.


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