martes, 18 de septiembre de 2012

Cuadrantes


He estado tan absorbida y ocupada por el montaje de la película que me he encontrado con que mi percepción de las cosas ha cambiado. Cualquier actividad que haga fuera del montaje de repente me llama muchísimo la atención y la percibo de forma individual y especial. Así que, por ejemplo, una ducha a la una de la madrugada después de hacer bicicleta, me supone una experiencia sensorial tan fuerte, que la disfruto inmensamente y percibo todos sus matices como a cámara lenta. 

El aire fresco cuando voy a la otra habitación y abro la ventana me resulta un regalo, un ente corpóreo que entra en la habitación y se deshace en centellas reconfortantes. Y el levantarme y hacerme un té una vez más es la manera de romper la actividad del montaje, y encadenar las piezas de tiempo que voy recorriendo y sus encabezamientos. 

La música que escucho cuando ha terminado el día y me tumbo en el sofá a escribir mientras mis músculos descansan del ejercicio, es como una voz externa que me envuelve, me habla, me comunica sus palabras, su mensaje. Me sorprende su inmensidad, sus matices, su necesidad de formar parte de mi hábitat. El hecho de que sigue así aunque pueda olvidarme momentáneamente de ella.

Me pregunto si no estaré dándome cuenta de lo que son las parcelas de la acción, de las experiencias, después de haber sido víctima de la depresión y haber sentido un enorme cepillo que en un barrido le había quitado el color y la singularidad a las cosas, dejándolas todas al mismo nivel, con un color parecido, bastante pardo. Esto tenía que suceder en parte parar evitar el terror que supone el experimentar las experiencias fuertes y dañinas de forma demasiado intensa; es una forma de protección cuando no tienes capacidad de reacción, cuando el mundo te abruma y todo te parece difícil, si no imposible. 

Y ahora que mi cerebro está despertando al mundo, no sólo estoy empezando a comprenderme mejor, sino que soy capaz de entender el valor de cada actividad, el sentido de cada acción, su significado, y el disfrute singular de cada unidad, cada experiencia, cada situación. 

Ahora ya no me siento completamente abrumada para tomar decisiones, para incluir piezas en vez de restarlas, para experimentar el mundo. Lo que pasa es que no sé todavía cómo organizarme. Es como empezar de nuevo, y la perplejidad y la sorpresa dará paso a la emoción, las ganas de hacer cosas, de recorrer el tiempo y moverme en el espacio. Ahora ya no siento tanto la sombra de la rutina, de lo indiferente. Como estoy descubriendo de nuevo la vida, tendré que jugar de oído. 

Ítaca está cada vez más cerca .


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